Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Rose había hecho preparar la carreta antes de que termináramos nuestra conversación.

Según me explicó, ya había hablado con Brett y a él no le había parecido mal que fuéramos solas, aunque aquello de solas era bastante relativo en esta época.

Dos de los hombres de su esposo nos acompañarían durante todo el trayecto, cabalgando junto al vehículo, porque al parecer recorrer las Highlands sin una escolta armada no entraba dentro de las actividades recomendables para dos mujeres.

No protesté. Si visitar a Sienna podía acercarme un poco más a comprender qué demonios me había ocurrido y, sobre todo, cómo regresar a mi tiempo, estaba dispuesta a aceptar hasta una pequeña guardia personal.

Subimos a la carreta y Rose se acomodó frente a mí mientras uno de los hombres cerraba la portezuela. Apenas había terminado de colocarme el vestido cuando volvieron a abrirla de golpe.

Daziel apareció al otro lado como si alguien acabara de dispararlo desde el interior de la fortaleza.

Me sobresalté.

―¿Es que no pensabas decirme que te marchabas a ver a mi madre?

Por el tono de su voz, no parecía especialmente contento.

Lo miré durante unos segundos. Tenía una mano apoyada en la puerta y respiraba ligeramente agitado, como si hubiera atravesado medio castillo buscándome.

Su mirada estaba clavada en mí y apenas pareció reparar en que su cuñada estaba sentada a menos de un metro, contemplando la escena con un interés que empezaba a resultarme sospechoso.

―No lo he visto necesario.

Las cejas de Daziel se juntaron.

―¿No lo has visto necesario?

―Eso he dicho.

―Has salido de mi alcoba esta mañana y no he vuelto a verte.

Rose movió ligeramente la cabeza.

Yo la miré de reojo.

La muy traidora bajó la vista, pero alcancé a ver perfectamente la sonrisa que intentaba esconder.

Volví a concentrarme en Daziel.

―Escucha, Daziel. No eres mi esposo de verdad.

Aquello consiguió que su mandíbula se tensara.

―No te debo explicaciones ―continué―. Puedo ir donde quiera y no tengo que darte un parte de dónde estoy en cada momento.

Me observó como si acabara de decir la mayor estupidez que había escuchado en su vida.

―¿Eso es lo que crees?

Levanté ligeramente la barbilla.

―Eso es exactamente lo que creo.

Nos quedamos mirándonos en silencio.

Daziel parecía tener unas cuantas cosas que decir al respecto, pero la presencia de Rose debía de estar conteniéndolo. Sus ojos se desviaron hacia ella por primera vez y mi amiga adoptó inmediatamente una expresión de absoluta inocencia que no engañaba a nadie.

Él volvió a mirarme.

―Bien. Hablaremos en privado cuando regreses.

―Estupendo.

Daziel sostuvo mi mirada durante un instante más, cerró la portezuela de un sonoro golpe y desapareció.

Me quedé contemplando la madera.

―¿Pero qué demonios le pasa?

La carreta comenzó a moverse poco después. El traqueteo de las ruedas sobre el terreno llenó el interior y apenas habíamos atravesado las puertas de la fortaleza cuando escuché una risa frente a mí.

Levanté la cabeza. Rose tenía una mano sobre la boca.

―¿Qué tiene tanta gracia?

Eso fue suficiente para que dejara de contenerse.

―Joder, Chloe.

―¿Qué?

―Estáis metidos hasta las trancas.

Abrí los ojos.

―¿Perdona?

―Daziel está loco por ti.

Solté una carcajada.

―¿Es que acaso te has vuelto loca?

―Lo está.

―Rose, apenas nos conocemos. Eso es imposible.

―¿Y?

―¿Cómo qué y? ―Mi amiga se acomodó mejor en el asiento. ―Es que acaso no tienes sentido común. Solo tienes que ver cómo se ha puesto. Como te mira.

―Me mira como si quisiera estrangularme la mitad del tiempo.

―No es precisamente eso lo que parece querer hacerte.

―Rose.

Volvió a reírse.

―Y él tampoco te es indiferente.

―¿Indiferente? ―repetí antes de empezar a reírme―. Dios mío, ya hablas como toda una señora de fortaleza. Dentro de poco empezarás a decirme que mi conducta es impropia de una dama.

―Pues quizá debería.

―No te atrevas.

Rose negó con la cabeza, todavía divertida, aunque poco a poco su expresión se volvió algo más seria.

―Fuera de bromas, hay algo que deberías entender. ―Hizo una pausa―. Te lo digo porque vienes de nuestro tiempo y estás interpretando lo que ha ocurrido entre vosotros según nuestras reglas.

Fruncí el ceño.

―¿Qué reglas?

―Las nuestras, Chloe. Las del siglo XXI. Tú piensas que os habéis atraído, os habéis acostado, os lo habéis pasado estupendamente y ahora cada uno puede continuar con su vida hasta que decidáis si queréis repetirlo o no.

―Exactamente.

―Pues Daziel no ha crecido pensando así.

Mi sonrisa comenzó a desaparecer.

―¿Qué quieres decir?

Rose se inclinó ligeramente hacia mí.

―Que aquí acostarse con alguien tiene unas implicaciones muy diferentes, sobre todo para una mujer.

No es habitual que una mujer respetable se acueste con un hombre simplemente porque le apetece y al día siguiente ambos actúen como si nada hubiera ocurrido.

Puede pasar, por supuesto, porque la gente siempre ha sido gente, pero socialmente no se interpreta como lo haríamos nosotras.

Y Daziel, además, ya te ha presentado ante el rey como su esposa.

―De mentira.

―Para ti.

―¡Para él también!

―Eso tendrás que preguntárselo.

Me quedé callada.

Rose continuó antes de que pudiera protestar.

―No estoy diciendo que por haberte acostado con él le pertenezcas ni ninguna barbaridad semejante.

Lo que intento explicarte es cómo puede estar interpretándolo Daziel.

Él te ha llevado a su cama, os habéis acostado y, ante todo el mundo, eres la mujer con la que afirma haberse casado.

Es posible que para él eso signifique que ahora tiene ciertas obligaciones contigo.

―No.

Rose sonrió.

―Chloe...

―No, no, no. Detén la carreta. Volvamos atrás y aclaremos esto ahora mismo.

Se echó a reír.

―No seas exagerada.

―¡No soy exagerada! Ese hombre no tiene ningún compromiso conmigo. Ninguno. Él es libre y yo también.

―Bien.

―Nos divertimos.

―Muchísimo, por lo que me has contado.

―Rose. ―La fulminé con la mirada. ―Nos divertimos y punto. Somos dos adultos. Nos apetecía, ocurrió y no significa que ahora tengamos que elegir cortinas para nuestra casita medieval.

Rose soltó una carcajada tan fuerte que uno de los hombres que cabalgaban junto a la carreta volvió la cabeza.

―Baja la voz, pedorra. No necesito que todo el mundo se entere de esto ―dije nerviosa.

―Perdona, pero si crees que no lo sabe ya todo el mundo es porque no conoces absolutamente nada de este tiempo.

―¡¿Qué?!

―Chloe, en esta época no hay intimidad para las mujeres de alta cuna.

―¿Alta cuna? ¿pero tu te oyes? Ni que fuésemos de la realeza.

―Lo creas o no aquí es así. Y eso implica tener poca intimidad.

Tus doncellas mismas controlarán tu periodo.

Sabrán si duermes con tu esposo y confirmarán al resto del clan que cumples con tus obligaciones maritales.

Si el rey las hiciese llamar ellas serían quien confirmarían que tu esposo y tú dormís en la misma cama.

―Dios, esto es surrealista.

―Lo es.

―Soy una tonta… ahora por mi culpa Daziel se hará ideas equivocadas.

―Habla con él, conozco a Daziel. Te entenderá.

Asentí sintiendo toda una madeja de pensamientos en mi cabeza.

Miré por la pequeña abertura de la carreta y contemplé durante unos segundos cómo la fortaleza iba quedando atrás. De pronto recordé la expresión de Daziel cuando le había dicho que no era mi esposo. No había sido simplemente enfado. Había algo más que en aquel momento no había sabido interpretar.

―¿De verdad crees que piensa que tiene alguna obligación conmigo?

―Creo que Daziel es un hombre del siglo XV que acaba de acostarse con una mujer a la que lleva días presentando como su esposa. Así que sí, me parece bastante posible.

Me dejé caer contra el respaldo.

―Mierda.

Rose volvió a sonreír.

―Además, hay otro pequeño problema.

La miré con desconfianza.

―¿Cuál?

―Que te gusta.

―Eso no es ningún problema. Ya hemos establecido que es atractivo.

―No he dicho que te parezca atractivo.

―Es lo mismo.

―No lo es.

―Me pone. Muchísimo. ¿Contenta?

―No es solo eso.

―Claro que sí.

―Esto es algo más, aunque todavía no lo reconozcas.

Abrí la boca.

―Porque me preocupa lo del embarazo.

―Y antes de eso me describiste sus ojos, sus brazos, sus abdominales, sus piernas, sus muslos, su culo...

―¡Ya lo he entendido!

Rose se echó a reír otra vez mientras yo me hundía un poco más en el asiento.

Fantástico.

Había viajado casi seiscientos años hacia el pasado, mi mejor amiga estaba casada con un highlander y tenía una hija, quizá yo misma acababa de meterme en un problema monumental con otro highlander y ahora resultaba que el hombre podía interpretar lo ocurrido entre nosotros de una manera completamente diferente a la mía.

Me tapé el rostro con ambas manos.

―Mierda.

―¿Qué?

Separé los dedos lo suficiente para mirarla.

―La he cagado.

Rose sonrió.

―Un poco.

―No. ―Dejé caer las manos sobre mi regazo y solté un largo suspiro―. Creo que la he cagado pero bien.

Y las carcajadas de mi supuesta mejor amiga acompañaron el traqueteo de la carreta durante buena parte del camino.

El trayecto hasta la casa de Sienna se prolongó durante buena parte de la mañana.

A medida que nos alejábamos de Kinlochewe, el camino se hacía más estrecho y el paisaje más salvaje.

Las montañas se alzaban a nuestro alrededor cubiertas por manchas de brezo y bosque, y en algunos tramos las ruedas de la carreta avanzaban con dificultad entre piedras y raíces.

Rose parecía conocer perfectamente el recorrido.

Yo, en cambio, no dejaba de mirar por la abertura lateral preguntándome cómo demonios alguien podía decidir vivir voluntariamente tan lejos de cualquier atisbo de civilización.

Finalmente abandonamos el camino principal y nos internamos por un sendero que atravesaba un bosque antiguo. Los árboles crecían tan juntos que sus ramas parecían entrelazarse sobre nuestras cabezas, dejando pasar apenas algunos haces de luz.