Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Después de regresar a mis aposentos me aseé con el agua que habían dejado preparada, me lavé la cara a conciencia y traté de hacer algo decente con aquella masa de rizos pelirrojos que parecía tener voluntad propia.

Màiri apareció poco después para ayudarme con el vestido y, mientras apretaba cordones y colocaba telas como si llevara toda la vida haciéndolo, yo intenté no pensar en lo ocurrido con Daziel.

Fue completamente inútil.

Mi cuerpo parecía conservar una memoria extraordinariamente detallada de la mañana.

«No pienses en él». «Ni en sus brazos». «Y muchísimo menos en lo demás».

Pero fue imposible.

Cuando estuve lista bajé al gran salón con la intención de encontrar a Rose desayunando, pero no había ni rastro de ella.

Tampoco de Brett ni de Daziel, y mucho menos del rey.

Supuse que todavía estaba durmiendo la mona.

Crucé el salón, pasé por la cocina y encontré a Fergoll enfrascado en sus tareas mientras varios ayudantes iban y venían a su alrededor.

―Buenos días, Fergoll.

El cocinero levantó la cabeza.

―Buenos días, mi señora.

Aquello de «mi señora» seguía resultándome rarísimo.

Cogí una manzana de uno de los cestos.

―Te robo esto.

―No es necesario robar en vuestra propia cocina.

Me detuve con la manzana en la mano.

―Discúlpame, es una forma de hablar.

Fergoll sonrió y yo le di un mordisco mientras salía por la puerta que comunicaba con el patio.

La mañana estaba fresca, aunque el cielo se había despejado y la fortaleza bullía de actividad.

Crucé el patio sin saber muy bien dónde buscar a Rose, recorrí la zona de las caballerizas y terminé siguiendo el sonido seco y repetitivo de algo golpeando madera.

Cuando doblé una esquina comprendí qué era.

Me detuve.

―No puede ser.

Rose estaba en el patio de entrenamiento con un arco entre las manos.

Mi Rose.

La misma Rose a la que había conocido en Londres.

La mujer que siempre había sido bastante torpe para cualquier cosa que requiriese coordinación y que podía tropezarse con una baldosa perfectamente lisa o dejar caer algo de las manos sin saber siquiera cómo había ocurrido.

Más de una vez me había reído de ella porque era capaz de caminar tranquilamente por la calle y terminar chocándose contra una farola por ir hablando conmigo en lugar de mirar al frente.

Y aquella misma mujer sostenía ahora un arco entre las manos con una seguridad que no le había visto en la vida. Rose colocó una flecha, levantó el arma y tensó la cuerda. Su postura era firme, los hombros relajados y la mirada estaba completamente concentrada en una diana situada a varios metros.

Soltó la cuerda y la flecha salió disparada clavándose prácticamente en el centro.

Abrí la boca.

―Venga ya.

Rose volvió la cabeza y sonrió al verme.

―Buenos días.

Me acerqué despacio, todavía mirando la diana.

―La vida en Escocia te ha cambiado bastante.

―¿Por qué lo dices?

Señalé el arco.

―Porque la última vez que comprobé tus habilidades, utilizar el mando de la televisión desde el sofá ya te parecía suficiente actividad física.

Se echó a reír.

―He tenido buenos profesores.

Preparó otra flecha.

―¿Brett?

―Entre otros.

Volvió a tensar.

Esta vez observé con atención.

Soltó la cuerda y la flecha volvió a clavarse cerca del centro.

―No puede ser.

Rose sonrió satisfecha.

―No está mal, ¿verdad?

―¿No está mal? Si me das eso a mí probablemente mate a una gallina que esté detrás de nosotros.

―Puedo enseñarte.

Aquello consiguió despertar inmediatamente mi interés.

―¿De verdad?

―Claro.

Miré el arco.

―Me encantaría.

Por primera vez desde que había aparecido en aquel maldito siglo encontré algo que realmente quería aprender. Quizá porque me parecía útil. Quizá porque la idea de regresar a mi época sabiendo disparar con arco tenía cierto atractivo.

«¿Qué hiciste durante tus vacaciones, Chloe?»

«Nada especial. Viajé a 1469, conocí a un highlander espectacular y aprendí tiro con arco».

Completamente normal.

Rose se acercó para recoger otra flecha y entonces me observó detenidamente. Su sonrisa desapareció poco a poco.

―¿Qué?

Ella entrecerró los ojos.

―Hay algo diferente en ti.

Sentí que se me encogía el estómago.

―No hay nada diferente.

―Sí que lo hay.

―Será el vestido.

―No.

―El pelo.

―Tampoco.

Rose dejó el arco a un lado.

―Es tu cara.

―¿Qué le pasa a mi cara?

Entonces sonrió.

Aquella sonrisa.

La conocía perfectamente.

―Oh, no.

―¿Qué?

―Lo has hecho.

Mi corazón dio un pequeño salto.

―¿El qué?

―Tienes esa cara.

―¿Qué cara?

―Esa cara.

―Rose, como vuelvas a decir «esa cara» sin explicarme qué demonios significa...

―La de haber pasado una noche estupenda.

Abrí mucho los ojos.

―¡Joder, Rose!

Ella se llevó una mano a la boca.

―¡Lo sabía!

―¡Baja la voz!

Miré alrededor inmediatamente para comprobar que nadie estuviera lo bastante cerca para escucharnos.

Rose ya estaba riéndose.

―No puedo creerlo.

―Pues créetelo.

―¿Con Daziel?

La miré con expresión asesina.

―No, Rose. Con Fergoll. Claro que con Daziel.

―¡Chloe!

―Creo que la he cagado.

La sonrisa de Rose se desvaneció un poco.

―¿Qué has hecho?

―La he cagado profundamente.

―Eso ya lo has dicho.

Solté el aire y me llevé ambas manos al rostro.

―No puedo mentirte, tía. No pude resistirme.

Rose cruzó los brazos.

―¿No pudiste resistirte?

―¡Míralo!

―Es mi cuñado.

―Pues enhorabuena por la genética de la familia política, porque ese hombre es...

Ese tamaño, esos brazos enormes, los abdominales, la cicatriz de la ceja que debería hacerlo parecer peligroso y resulta que le queda condenadamente bien, esos ojos azules que te miran y parece que te están quitando la ropa...

―Chloe...

Ya no podía parar.

―Las piernas, Rose. ¿Has visto las piernas de ese hombre? ¿Y los muslos? ¿Y el culo?

―¡No miro el culo de mi cuñado!

―Pues yo sí. Y te aseguro que merece la pena.

Rose se echó a reír.

―Estás fatal.

―¡Es que por donde lo mires está bueno! No tiene ni una parte desaprovechada. Es irritante.

―¿Y por eso te acostaste con él?

―No exactamente.

―Ajá.

―Bueno... quizá ayudó.

Rose negó con la cabeza, divertida.

―No puedo creer que lo hayas hecho.

Me acerqué a ella y bajé la voz.

―Lo peor no es eso.

―¿Hay algo peor?

―Me encantó.

Rose abrió los ojos.

―Chloe...

―Muchísimo. Nivel preocupante. Nivel quiero repetirlo una vez, dos, tres o todas las que hagan falta.

―Hace unas horas querías regresar al siglo XXI.

―¡Y sigo queriendo regresar! Una cosa no quita la otra. Puedo querer volver a casa y reconocer que tu cuñado está espectacularmente...

Me interrumpí.

Rose arqueó una ceja.

―¿Espectacularmente qué?

―Espectacularmente buenorro . Atractivo, que es el tipo más varonil y sexy que he conocido jamás.

―Dios, Chloe, estás fatal.

―Puede que esté ovulando, ya sabes. Puede que mis hormonas me tengan la libido por los aires.

Mi sonrisa desapareció cuando recordé el verdadero motivo por el que la estaba buscando.

―Pero ahora tengo un problema.

―¿Qué ocurre?

Miré alrededor otra vez y me acerqué todavía más.

―No usamos nada.

Su expresión cambió.

―¿Nada?

Negué.

―Nada. Ni preservativo, evidentemente, ni anticonceptivos. Yo tomaba la píldora, pero llevo desde que llegué aquí sin tomarla. Y no estaba precisamente pensando con la cabeza cuando ocurrió.

―Vale.

―No me digas vale con esa cara.

―¿Qué cara?

―La de médico anunciando una enfermedad terminal.

―No estoy poniendo ninguna cara.

―¡Rose!

―Está bien. Ven conmigo.

Me agarró del brazo y me llevó hacia una zona más apartada del patio, detrás de una de las construcciones próximas a las caballerizas. Cuando comprobó que nadie podía escucharnos, se apoyó contra el muro.

―Primero, no significa que estés embarazada.

―Gracias. Esa parte ya me la explicó Daziel con una tranquilidad que casi consiguió que quisiera estrangularlo.

―Y tiene razón.

―No necesito que ahora te pongas de su parte.

―No me pongo de parte de nadie. Solo intento tranquilizarte.

Respiré profundamente.

―Entonces dime qué hacen aquí para evitar quedarse embarazadas.

Rose hizo una mueca.

―Creo que lo que voy a contarte no te va a gustar.

―No, no, no. No empieces así. Me asustas.

Rose hizo una pequeña mueca antes de contestar.

―Aquí las mujeres conocen algunas formas de intentar evitar un embarazo. Algunas utilizan plantas, preparan infusiones o recurren a mezclas que se introducen dentro del cuerpo.

La miré horrorizada.

―¿Mezclas que se introducen dónde?

Rose levantó las cejas.

―¿De verdad quieres que te lo explique?

―No. Definitivamente no.

―Eso pensaba.

―¿Y funcionan?

Su expresión fue suficiente para quitarme cualquier esperanza.

―Ese es el problema. Nadie puede asegurártelo. Algunas mujeres confían en esos remedios porque es lo único que conocen, pero yo no me arriesgaría. Hay plantas que pueden resultar peligrosas si no sabes exactamente cuánto tomar y otras que probablemente no sirvan absolutamente para nada.

―Fantástico. O sea, que mis opciones son quedarme embarazada o envenenarme intentando evitarlo.

―Dicho así suena horrible.

―Porque es horrible, Rose.

―Por eso te estoy diciendo que no tomes nada por tu cuenta. Mucho menos cualquier brebaje que alguien te ofrezca asegurándote que impedirá un embarazo.

Me llevé ambas manos a la cara.

―Echo de menos las farmacias. Ahora mismo daría un brazo por entrar en una, acercarme al mostrador y pedir anticoncepción de emergencia sin tener que preocuparme de si voy a acabar criando malvas por culpa de una hierba medieval.

―Me llevé las manos a la cabeza agobiada―. ¿O sea que no puedo hacer nada fiable?

―No de la manera en que podrías hacerlo en nuestro tiempo.

―Joder.

―Lo siento.

―¿Y ahora qué hago?

Rose me tomó de las manos.

―Ahora esperas. No te queda otra. Puede que no haya ocurrido absolutamente nada.

―¿Y si sí?

―Entonces lo afrontaremos cuando lo sepamos.

La miré.

―Eso mismo me dijo Daziel.

Rose sonrió.

―Quizá mi cuñado tenga más sentido común del que pensabas.

―No te emociones.

―¿Qué dijo exactamente?

―Que si ocurriera no me dejaría sola.

La sonrisa de Rose cambió.

―¿Te dijo eso?

―Sí.

―Chloe...

―No pongas esa cara.

―¿Qué cara?

―¡Otra vez con las caras! ¿Qué os pasa hoy a todos con mi vida?

Rose se rio y yo terminé haciendo lo mismo, aunque todavía sentía aquel nudo instalado en el estómago.

―Está bien ―dije finalmente―. No voy a beber ningún brebaje medieval ni a meterme cosas raras en ninguna parte. Cruzaremos los dedos para que no haya pasado nada y, mientras tanto, procuraré mantener las piernas bien cerradas cuando Daziel esté cerca.

Rose soltó una carcajada.

―Eso último quiero verlo.

―Tengo fuerza de voluntad.

―Hace cinco minutos me has descrito hasta los muslos del hombre.

―He tenido un momento de debilidad.

―Claro.

―No volverá a ocurrir.

Rose me miró.

Yo la miré.

―Bueno... intentaré que no vuelva a ocurrir.

―Eso resulta bastante más creíble.

Le di un pequeño empujón con el hombro.

―Cállate.

Nos quedamos unos segundos riéndonos y sentí que, pese a todo, algo dentro de mí volvía poco a poco a su sitio.

Seguía asustada. Seguía existiendo una posibilidad que no quería contemplar y no había absolutamente nada fiable que pudiera hacer en aquel siglo para cambiar lo ocurrido. Pero al menos Rose estaba conmigo.

Rose recuperó entonces el arco y su expresión se volvió algo más seria.

―En realidad, venía pensando en buscarte después de entrenar.

―¿Para qué?

―Quiero llevarte a un sitio.

Fruncí el ceño.

―¿Ahora?

―En cuanto estés preparada podemos salir.

―¿Adónde?

Rose sostuvo mi mirada durante un instante.

―A ver a Sienna.

Y de repente dejé de pensar en Daziel, en anticonceptivos y hasta en aquel arco que unos minutos antes estaba deseando aprender a utilizar.

Porque la madre de Daziel era, según Rose, la mujer que podía explicarme por qué demonios había terminado en aquella época. Y quizá también cómo salir de allí.