Capítulo 17
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Aquel hombre me tenía muy excitada. Era un buen amante.
Tan sexy… y qué decir de su miembro que me llenaba al completo.
Enorme. Descomunal. Movía la cintura a un ritmo tortuoso, demencial.
¡Joder! ¿Cómo volvería a la normalidad después de aquello?
Aquello podría convertirse en una droga para mí. No deseaba que acabara.
Daziel se incorporó sobre sus rodillas, colocó un almohadón bajo mi trasero para elevar mi pelvis y siguió penetrándome mientras que con su dedo pulgar acariciaba mi clítoris hinchado.
¡Mierda! ¿Cómo era posible que los highlanders fuesen tan buenos en la cama? Serían todos así. Ahora entendía algo mejor a Rose.
Daziel me miraba con la lujuria instalada en sus ojos. Sus grandes hombros, su pecho y sus abdominales parecían mucho más fuertes y musculosos con esa fina capa de sudor que los cubría. Dios, estaba buenísimo.
―Así, gigante… muévete más deprisa ―le dije sintiendo el orgasmo a las puertas.
No podía retrasarlo más, ni tampoco deseaba hacerlo.
Levanté algo más la pelvis y coloqué una de mis piernas por encima de su hombro. Acaricié mis pechos y se hizo la magia. Joder, fue como caer desde lo alto de un edificio en llamas. Fue incluso más brutal que el primero. Jadeé y me retorcí de placer. Dejé libre a mi cuerpo para moverse a su antojo.
Entonces lo sentí a él palpitar en mi interior, y aquello vino acompañado de un gruñido sexy y muy varonil. Ambos nos quedamos muy quietos por un momento, todavía encajados el uno en el otro, sintiendo toda aquella oleada de sensaciones mientras nuestros cuerpos volvían a respirar con normalidad.
Después Daziel se tumbó a mi lado y pasó uno de sus grandes brazos sobre mi cintura.
Y mientras contemplábamos el techo tratando de relajarnos, caí en algo.
En algo horrible y descabellado. ¡No había usado protección!
Y desde que había llegado a Escocia no había tomado la pastilla anticonceptiva.
¿Es que me había vuelto completamente loca?
Me incorporé de sopetón y sentí que todo el calor abandonaba mi rostro de golpe. Comencé a hiperventilar e incluso sentí un pequeño mareo.
Daziel se incorporó también al ver mi reacción. Parecía muy preocupado.
―¿Chole, qué sucede? ¿Te encuentras bien?
―Sucede que somos unos inconscientes.
―¿Por qué? ―preguntó Daziel confundido.
―Bueno… ―continué, pasándome una mano por el cabello mientras intentaba conseguir que entrara suficiente aire en mis pulmones―. Hemos mantenido relaciones sin protección.
Daziel frunció el ceño.
―¿Protección contra qué?
Lo miré fijamente.
«Por supuesto».
Estaba en 1469 hablando de anticonceptivos con un hombre que pocos días antes ni siquiera sabía qué demonios era un teléfono.
―Contra un embarazo, Daziel.
Su expresión cambió, aunque no de la manera que esperaba. La preocupación desapareció de su rostro casi por completo y fue sustituida por una calma que consiguió ponerme todavía más nerviosa.
―Ah.
―¿Ah? ―repetí―. ¿Eso es todo cuanto tienes que decir?
―No comprendo por qué estás tan alterada.
Abrí mucho los ojos.
―¿Cómo que no comprendes por qué estoy alterada? ¡Porque podría quedarme embarazada!
Daziel continuó observándome como si estuviera esperando la parte verdaderamente preocupante de la historia.
―Sí.
―¿Sí?
―Es lo que puede ocurrir cuando un hombre se acuesta con su esposa.
Lo miré durante varios segundos.
―¡Pero es que no soy tu esposa!
Aquello consiguió que parpadeara.
―El rey cree que sí.
―¡Mi útero no sabe lo que cree el rey!
Daziel se quedó completamente inmóvil.
Yo también.
Por un instante pensé que no lo había entendido. Entonces vi cómo una de las comisuras de sus labios comenzaba a elevarse.
―No te rías.
―No me estoy riendo.
―Te estás riendo.
―No.
―Daziel, no es momento de bromas.
Su sonrisa aumentó.
Le di un golpe en el brazo.
―¡Esto es serio!
―Lo sé.
―Pues no lo parece.
Me levanté de la cama y comencé a buscar mi camisón entre el desastre de ropa y mantas que habíamos dejado a nuestro alrededor.
Necesitaba vestirme. Necesitaba pensar. Sobre todo, necesitaba dejar de mirar a aquel hombre desnudo porque mi cuerpo parecía haber decidido que, después de cometer una estupidez monumental, la mejor solución era continuar cometiéndola.
Encontré finalmente el camisón y me lo puse.
―En mi época existen métodos para evitar estas cosas.
―¿Qué cosas?
Me giré.
―Los embarazos.
Daziel se apoyó contra el cabecero.
―¿Podéis impedirlos?
―Podemos intentarlo, sí. Yo tomaba una pastilla.
―¿Una pastilla?
―Una medicina.
―¿Estabas enferma?
―¡No!
Volvió a fruncir el ceño.
―Entonces ¿por qué tomabas una medicina?
Suspiré. Aquella conversación podía durar hasta Navidad.
―Porque impedía que me quedara embarazada.
La sorpresa que apareció en su rostro fue casi cómica.
―¿Existe algo capaz de hacer eso?
―Sí. Y llevo tiempo sin tomarlo porque, sorpresa, mi bolso no viajó conmigo a la Escocia medieval.
Daziel guardó silencio unos instantes.
―Podemos llamar a alguien.
Lo miré con desconfianza.
―¿A quién?
―No lo sé.
―Excelente plan.
―Tal vez alguna mujer de la fortaleza conozca algún remedio.
―¿Quieres llamar a una de tus doncellas y decirle que tu falsa esposa acaba de acostarse contigo y ahora teme quedarse embarazada?
Lo pensó.
―Dicho así...
―Ni se te ocurra.
―También está el médico.
―¡Mucho menos!
La sola idea consiguió que me entrara otro ataque de nervios.
―Además, ¿qué va a hacer el médico? Dudo muchísimo que guarde anticonceptivos en algún cajón. Y no quiero ni pensar los métodos tan horribles que se le puedan ocurrir.
Daziel parecía cada vez más perdido.
―No sé qué se hace en estos casos, Chloe.
―Eso ya lo veo.
―Pero imagino que impedir un embarazo después de habernos acostado no debe de ser sencillo.
Me dejé caer sobre el borde de la cama. Aquello era precisamente lo que no quería escuchar.
―Dios...
Hundí el rostro entre las manos.
―Soy idiota.
―No lo eres.
―Sí. Lo soy. Una idiota gigantesca.
―Yo soy el gigante.
Levanté la cabeza muy despacio.
Daziel estaba completamente serio.
Lo señalé.
―Ya te he dicho antes que no es momento para hacer bromas.
Volví a taparme el rostro.
Durante unos instantes ninguno de los dos habló. Poco después sentí cómo el colchón se hundía a mi lado y Daziel se sentó junto a mí. Esta vez no hizo ninguna broma. Su enorme mano se posó sobre mi espalda y comenzó a acariciarla despacio.
―¿Tanto miedo te produce?
Bajé las manos.
―Sí.
Su expresión se suavizó.
―¿Por qué?
Lo miré como si la respuesta fuera evidente.
―Porque no tengo una vida aquí, Daziel. Ni siquiera sé si seguiré en este tiempo dentro de unos días. Rose va a ayudarme a regresar.
Algo cambió en su mirada al escuchar aquello.
Fue apenas un instante, pero lo vi.
―Y nosotros ni siquiera somos una pareja ―continué―. Nos conocemos desde hace poco. Nos hemos acostado porque... porque...
―Nos deseábamos.
Tragué saliva.
―Sí.
No tenía sentido negarlo después de lo ocurrido.
―Pero desear a alguien no significa que debas tener un hijo con él.
Daziel asintió lentamente. Por primera vez parecía empezar a comprender que aquello que para él resultaba natural tenía implicaciones completamente diferentes para mí.
―Entonces entiendo tu miedo.
―Gracias.
―Aunque no sabemos si estás embarazada. Puede que no lo estés.
―También lo sé.
―Entonces quizá deberías dejar de comportarte como si el niño estuviera ya corriendo por la fortaleza.
Giré la cabeza hacia él.
―Qué fácil lo ves todo.
―No. Simplemente intento preocuparme por los problemas cuando existen.
―Eso es muy medieval por tu parte.
―No sé qué significa eso.
Se me escapó una pequeña risa.
¡Maldito fuera!
Daziel sonrió y después me apartó suavemente un mechón de cabello del rostro.
―Si llega a ocurrir, no estarás sola.
Mi sonrisa desapareció.
―Daziel...
―No estoy diciendo que vaya a ocurrir. Solo que, si ocurre, asumiré mi responsabilidad.
―¿Tu responsabilidad?
―Nuestra responsabilidad ―corrigió―. No permitiría que cargaras sola con algo que también me pertenece.
Aquello me dejó sin ninguna respuesta ingeniosa.
Lo observé durante unos segundos. Seguía siendo aquel hombre imposible que me había secuestrado, que me había cargado sobre el hombro dos veces desde que nos conocíamos y que acababa de demostrar que tenía una capacidad extraordinaria para poner mi vida patas arriba.
Pero en ese momento también parecía completamente sincero.
No sé por qué sonreí en ese momento. Me pareció tan dulce…
Él también sonrió. Después su mirada descendió hacia mis labios y sentí que mi cuerpo reaccionaba de inmediato.
―Ah, no. Ni hablar.
Le puse una mano en el pecho antes de que pudiera acercarse.
―No vuelvas a mirarme así.
―¿Cómo?
―Como si estuvieras pensando en repetirlo.
―Estaba pensando exactamente eso.
―Pues deja de pensarlo.
―Será difícil. Ha sido… verte disfrutar. Cómo te tocabas…
―Esfuérzate.
Daziel dejó escapar una risa grave y yo negué con la cabeza, aunque ya no conseguía contener la sonrisa.
―Eres un peligro.
―Voy a buscar a Rose.
La sonrisa desapareció inmediatamente de su rostro.
―¿Vas a contarle lo que hemos hecho?
Me giré hacia él.
Por primera vez desde que lo conocía, Daziel MacKay parecía verdaderamente alarmado.
No pude evitar sonreír.
―Absolutamente todo.
―Chloe, ¿es qué no tienes un mínimo de decencia?
―Hace un momento te encantaba eso de mí. Se lo contaré y lo haré con todo lujo de detalles.
―¡Chloe! Es algo privado.
Comencé a caminar hacia la puerta mientras escuchaba sus protestas a mi espalda.
Y, pese al miedo que todavía tenía instalado en el estómago, salí de aquella habitación riéndome a carcajadas.