Capítulo 16
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Daziel MacKay
Me desperté con un dolor de cabeza tan intenso que durante unos instantes fui incapaz de abrir los ojos.
Sentía cada latido golpeándome detrás de las sienes y, cuando finalmente conseguí levantar los párpados, descubrí que la habitación todavía parecía moverse ligeramente a mi alrededor.
Solté un gruñido y me llevé una mano a la frente.
El rey no conocía límite alguno cuando se trataba de beber y, como un maldito necio, yo me había dejado arrastrar por él hasta perder la cuenta de las copas.
Aunque, pensándolo bien, estaba bastante seguro de que Brett no habría amanecido en mejores condiciones que yo.
Aquello me proporcionó un consuelo bastante miserable.
Me revolví entre las mantas buscando una postura que consiguiera que mi cabeza dejara de martillearme y entonces sentí algo cálido a mi lado.
Un cuerpo. Permanecí inmóvil unos segundos hasta que los recuerdos de la noche anterior comenzaron a regresar de forma desordenada.
Recordé haber ido a buscar a Chloe, discutir con ella porque pretendía dormir en otra habitación y, para mi desgracia, también recordé haberla cargado sobre el hombro y atravesado medio corredor con ella protestando a pleno pulmón.
Cerré los ojos. Debía de pensar que era un bruto, o un salvaje. Probablemente ambas cosas.
Giré despacio la cabeza y la encontré dormida a mi lado.
Chloe estaba boca arriba, con el cabello rojizo extendido sobre la almohada en una maraña de rizos y medio destapada.
El camisón de lino se había ceñido a su cuerpo, dibujando unas curvas que hicieron que mi atención descendiera más de lo que debería.
El frío de la mañana había endurecido sus pezones bajo la fina tela y tuve que tragar saliva.
Maldita fuera.
Mi imaginación hizo el resto y el deseo me golpeó con una fuerza que consiguió que, durante un instante, incluso olvidara el dolor de cabeza.
Aparté la mirada, pero no sirvió de nada.
Mi cuerpo ya había reaccionado. Estaba tan duro que creí que explotaría ahí mismo.
Solté el aire despacio y contemplé el techo, intentando recuperar algo de sensatez.
Aquella mujer era una tentación constante.
Lo había sido desde que apareció empapada junto a mi hoguera con aquel cabello rojo pegado al rostro y esos enormes ojos color miel mirándome como si yo fuera el hombre más extraño que hubiera conocido jamás.
Entonces Chloe se movió.
Se giró hacia mí todavía dormida y, sin ser consciente de lo que hacía, acortó la poca distancia que nos separaba hasta quedar prácticamente pegada a mi cuerpo.
Contuve la respiración.
«Señor, que no soy de piedra»
Su calor, su aroma y la suavidad de su cuerpo contra el mío terminaron de despertar un deseo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
La deseaba. Cada día resultaba más absurdo negarlo.
Deseaba descubrir cómo sería tenerla entre mis brazos sin que estuviera intentando escapar de ellos, besar aquella boca hasta borrar cada una de sus protestas y escuchar mi nombre entre sus labios.
La observé.
Dormida no parecía la mujer que discutía conmigo por absolutamente todo. Las pecas salpicaban sus mejillas y el puente de su nariz, sus pestañas descansaban sobre la piel y aquellos labios gruesos y sonrosados permanecían ligeramente entreabiertos. Demasiado tentadores.
Chloe abrió los ojos y me descubrió mirándola.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Sus ojos se clavaron en los míos y sentí que algo dentro de mí terminaba de romper la poca resistencia que me quedaba. Actué sin pensar. Levanté una mano, acaricié lentamente su mejilla y deslicé los dedos entre sus rizos.
Ella no se apartó. Y Aquello para mí fue suficiente, así que me incliné hacia ella y la besé.
Llevaba demasiado tiempo deseando hacerlo.
Esperaba que me rechazara, que colocara una mano contra mi pecho y comenzara a insultarme como acostumbraba a hacer cuando algo no le gustaba.
Pero Chloe hizo exactamente lo contrario.
Respondió al beso.
Y cuando sentí su lengua buscar la mía, toda posibilidad de conservar algo de sensatez desapareció.
«Maldita mujer».
No sabía lo que hacía. Todo en ella me provocaba. La manera en que me miraba, la forma en que introducía su lengua en mi boca y jugaba con la mía. Sus manos recorriendo mi pelo y mi espalda…
Deslicé la boca por su barbilla y lamí su cuello hasta llegar a su escote.
Desanudé la cinta de su camisón y se lo bajé con brusquedad hasta descubrir sus pechos.
¡Joder no estaba para florituras! Estaba completamente enardecido.
Ella no dijo nada. Simplemente tiró de mi pelo en una clara invitación a su escote.
No me resistí. Estaría demente si lo hubiese hecho. Lamí aquellos pezones rosados y los succioné sin piedad. Ella gemía y se retorcía entre mis brazos. Toda ella era pura sensualidad.
―Oh, Chloe. No tienes ni idea de lo que te deseo. De lo que deseo hacerte. ―La besé de nuevo y después deslicé mi mano entre sus muslos―. Quiero hacerte temblar entre mis brazos.
―Pues hazlo, Daziel. Quiero sentirte.
Toqué su sexo y estaba tan húmeda que mi miembro tuvo una convulsión involuntaria. Metí uno de mis dedos en su interior y la acaricié por dentro mientras tiraba con cuidado con mis dientes uno de sus pezones.
―Ah, así. Gigante, no dejes de tocarme.
Escucharla hablar con esa claridad me volvía loco.
Introduje otro dedo y ella gimió de nuevo mientras meneaba sus caderas friccionando su sexo contra la palma de mi mano.
¡Joder, era puro fuego! Jamás había estado con una mujer así. Tan natural y tan sensual. Toda ella me volvía loco.
―Mierda Chloe, estoy tan excitado… deja que entre en ti.
Ella se despegó apenas para mirarme a los ojos.
―Primero haré algo que estoy deseando desde hace mucho tiempo.
Se incorporó despacio sobre uno de sus codos, y sin dejar de mirarme a los ojos deslizó su suave mano sobre mi pecho hasta el ombligo y después mi verga. La agarró sin contemplaciones y la masajeó de arriba abajo mientras se mordía el labio inferior.
¡Estaba claro que deseaba hacerme rozar la locura!
―Eres tan grande que no se si podre… ―dijo antes de llevársela a la boca.
Chloe me lamió y me saboreó de una forma deliciosa mientras que no dejaba de masajearla con la mano. Creí que moriría allí mismo. Sus labios carnosos rodearon mi glande con una suavidad tortuosa. Su lengua repasó cada una de mis curvas y se deleitó con mis testículos.
¡Mierda si no detenía aquello explotaría!
―Chloe, detente… vas a hacer que…
―¿No te gusta? ―Ella paró para mirarme de una forma inocente.
―¿Cómo no me va a gustar? El problema es que me gusta demasiado.
Ella sonrió. Fue una sonrisa pícara. Y después se puso a horcajadas sobre mí. Su sexo estaba tan cerca de mi miembro erecto y duro que ambos se rozaban. Esa mujer acabaría siendo mi perdición. Lo supe en ese mismo instante.
Chloe comenzó a mover las caderas rozándose contra mi dureza a la vez que jugaba con sus pezones y los pellizcaba para mí.
Verla en aquella posición hizo que mi corazón se desbocara.
Era la pura imagen de la sensualidad. Con esos labios entreabiertos, esas mejillas arreboladas, y esos ojos miel y enormes repletos de lujuria.
Tuve que contenerme para no agarrarla de la cintura, tirarla sobre el lecho y penetrarla con todas mis fuerzas. Entonces se alzó y comenzó a clavarse en mí lentamente. Me sentí temblar bajo su cuerpo. Un títere.
La dejé moverse, disfrutar hasta que no pude más. La bestia que me habitaba estaba incontrolable. Clavé mis dedos en su cintura y moví mis caderas con brusquedad.
Ella gimió y se retorció. Ver sus pechos rebotar fue una alucinación divina.
Apoyó una de sus manos en mi vientre y me cabalgó sin piedad. La sentí estremecerse, mojarse y palpitar alrededor de mi cuerpo. Contemplar su rostro mientras se corría, fue una visión enardecedora. Ya no pude aguantar más, y me dejé ir. Fue brutal.
Sentí que mi corazón era capaz de detenerse, y por un instante creí que así fue. El aire se detuvo dentro de mis pulmones y todo mi cuerpo tembló.
―Mierda, Chloe. Eres preciosa. Ardiente. Y creo que no entiendes hasta que punto me vuelves loco.
Ella me miró divertida, salió de mí, y se tumbó a mi lado todavía con la respiración agitada.
Yo seguía duro como un mástil. Desde luego que aquello no se había acabado.
Me tumbé sobre ella con cuidado, y tras besarla de nuevo volví a penetrarla.
Esta vez de un empellón. Me moví desplació, saboreándola.
La besé y acaricié su pelo mientras sentía una conexión con ella que por un momento me provocó vértigo.
Ella se arqueó para mí, y clavó sus uñas en mi espalda mientras jadeaba y susurraba mi nombre.
Estaba cerca. Podía sentirlo en el calor de su piel, en su respiración agitada y en lo prieto de su vagina.
Quería hacerla disfrutar. Clavarme tan hondo en ella que después de aquello no pudiese olvidar mi nombre.
―Eso es gigante, me encanta… ummm…