Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Rose y yo terminamos cenando juntas en mi habitación, acompañadas por la pequeña Sìne y por su nana, que permaneció con nosotras buena parte del tiempo.

Nadie vino a buscarnos para regresar al gran salón y, a juzgar por las voces y las carcajadas que de vez en cuando llegaban amortiguadas desde la planta inferior, el almuerzo del rey se había convertido primero en una sobremesa interminable y después, directamente, en la cena.

No quería ni imaginar la cantidad de vino y whisky que aquellos hombres habrían consumido desde el mediodía.

A esas horas, probablemente la mitad estaría borracha y la otra mitad esforzándose por alcanzarla.

No me importó. Por primera vez desde mi llegada pude disfrutar de unas horas que se parecían remotamente a la normalidad.

Rose y yo hablamos mientras comíamos, evitamos deliberadamente los temas que podían devolvernos a la discusión de aquella mañana y dedicamos buena parte del tiempo a Sìne, que consiguió tenerme completamente embobada.

La sostuve entre mis brazos, jugué con sus diminutas manos y escuché a Rose contarme anécdotas sobre ella con ese orgullo desmedido que parecía acompañar a todas las madres cuando hablaban de sus hijos.

Cuando se hizo tarde, la nana se llevó a la pequeña y Rose decidió que también debía retirarse. Nos quedamos unos segundos junto a la puerta antes de despedirnos y, de repente, volvió a abrazarme.

―Me alegro muchísimo de que estés aquí.

Sentí que algo se encogía dentro de mi pecho.

―Bueno, y yo me alegro de que estés bien…

―Ya sé que para ti es horrible ―se apresuró a decir―. Sé que estás asustada y que quieres regresar, y te prometo que voy a ayudarte. Pero no puedo evitar sentirme feliz por tenerte conmigo otra vez. Es como si de pronto recuperara una parte de mi vida que creía que había perdido para siempre.

La abracé con más fuerza.

―Yo también me alegro de haberte encontrado.

Rose se separó lo suficiente para besarme en la mejilla.

―Descansa.

―Tú también.

La observé alejarse por el corredor y cerré la puerta cuando desapareció de mi vista.

Después de todo lo ocurrido aquel día estaba agotada.

Me quité el vestido, me lavé rápidamente y me puse uno de aquellos camisones de lino que empezaban a resultarme sorprendentemente cómodos. Después me metí entre las sábanas y suspiré al sentir el colchón bajo mi cuerpo.

Aquella noche dormiría sola.

Y punto.

No pensaba pasar otra noche compartiendo cama con aquel gigantón y, mucho menos, despertarme otra vez con aquel descomunal aparato de entre sus piernas pegado a mi trasero.

Aparato en el que, por desgracia, no había dejado de pensar en todo el día.

«Fantástico, Chloe».

Cerré los ojos con fuerza. Necesitaba dormir.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando la puerta se abrió con tal estruendo que pegué un salto en la cama.

―¡¿Pero qué demonios...?!

Daziel apareció en el umbral.

Me quedé mirándolo.

Llevaba un candil en una mano, la camisa medio abierta y el cabello bastante más desordenado de lo habitual. Se apoyó durante un instante contra el marco de la puerta antes de entrar y, solo con verlo caminar, comprendí inmediatamente cuál era el problema. Estaba borracho.

Quizá no hasta el punto de no poder mantenerse en pie, pero sí lo bastante para que sus movimientos fueran menos precisos y sus ojos tuvieran aquel brillo sospechoso que no le había visto hasta entonces.

―Esposa ―dijo con absoluta solemnidad―, no puedes dormir aquí.

Me incorporé apoyándome contra el cabecero.

―Puedo y lo haré.

Daziel cerró la puerta tras él.

―No, eso no será posible.

Lo miré con incredulidad.

―Daziel, el rey debe de estar tan borracho como tú. Probablemente ya esté durmiendo y mañana no tendrá ni idea de dónde he pasado la noche.

Daziel negó con la cabeza y avanzó hacia la cama.

―Lo sabrá.

Las palabras empezaban a enredársele ligeramente.

Tuve que contener una sonrisa.

―¿Cómo demonios va a saberlo?

―Porque siempre lo sabe todo.

―Claro. El rey de Escocia, además de rey, es adivino.

Daziel frunció el ceño como si estuviera considerando seriamente aquella posibilidad.

―No arruinarás nuestra mentira.

―No voy a arruinar nada.

―Eres mi esposa.

―Tu esposa falsa, Daziel. ¡Falsa! No confundamos las cosas.

―El rey no sabe eso.

―Y tampoco sabrá que he dormido aquí.

Daziel me señaló con el candil.

―Mujer testaruda.

Abrí la boca indignada.

―Mira quién habla.

Dio otro paso y tuvo que detenerse un instante.

Lo observé con los brazos cruzados.

―¿Por qué no te vas a dormir la mona y mañana hablamos?

Daziel parpadeó.

―¿Dormir qué?

No pude evitar resoplar.

―La mona.

―No sé qué es dormir la mona.

―Significa que estás borracho y deberías meterte en la cama hasta que se te pase.

Su expresión pareció iluminarse.

―Sé dormir en una cama.

―Me alegro muchísimo por ti.

―Y también sé dormir junto a mi esposa.

―Daziel...

No me dio tiempo a terminar.

Dejó el candil sobre la mesita y tiró de las sábanas de un solo movimiento, dejándome completamente descubierta.

―¡¿Qué haces?!

Me agarré al colchón cuando se inclinó sobre mí, pero no sirvió absolutamente de nada. Un instante después pasó un brazo alrededor de mi cintura y me levantó como si no pesara más que uno de los cojines.

―¡Daziel!

El mundo dio una vuelta y terminé atravesada sobre su hombro.

―¡Bájame ahora mismo!

―No.

―¡¿Pero tú quién te has creído que eres?!

Comencé a patalear.

Daziel ni siquiera se inmutó.

―¡Bájame!

―Te mueves demasiado.

―¡Porque me has cargado como si fuera un saco de patatas!

Daziel me ignoró mientras recuperaba el candil con la mano que le quedaba libre.

Aquello ya era el colmo.

―¡No puedes hacer lo que te dé la gana conmigo!

―Te llevo a dormir.

―¡Yo ya estaba durmiendo!

Abrió la puerta.

―En el lugar equivocado.

―¡Este es mi dormitorio!

―Esta noche no.

Salió al corredor conmigo todavía sobre el hombro y comenzó a caminar con una seguridad que resultaba bastante sorprendente teniendo en cuenta la cantidad de alcohol que debía de llevar encima.

Yo seguí protestando, golpeándole la espalda y exigiéndole que me bajara, aunque a aquellas alturas ya empezaba a comprender que podía pasarme toda la noche haciéndolo sin conseguir absolutamente nada.

―¡Daziel MacKay, como no me bajes ahora mismo, te juro que...!

Se detuvo.

Por un instante pensé que por fin había entrado en razón.

Entonces escuché una carcajada y levanté la cabeza todo lo que pude. El rey estaba en mitad del corredor. Todavía llevaba una copa de whisky en una mano y, por el aspecto de su sonrisa, él tampoco había desperdiciado precisamente la tarde bebiendo agua.

Miró a Daziel. Después me miró a mí, colgada sobre su hombro. Y volvió a reír.

―¡Eso es, muchacho! ―exclamó levantando la copa―. Así es como se doman las potras salvajes.

Abrí los ojos de par en par.

―¡¿Qué ha dicho?!

El rey soltó otra carcajada.

―Buenas noches, señora MacKay.

―¡Yo no soy una...!

No pude terminar.

Daziel ya había reanudado la marcha.

―¡Daziel! ¡Vuelve ahí! ¡Quiero hablar con ese hombre!

―Mañana.

―¡No quiero hablar con él mañana!

Llegamos hasta sus aposentos y abrió la puerta.

―¡Quiero hablar con él ahora mismo! ¡Y después voy a hablar contigo porque...!

Daziel entró, cerró la puerta con el pie y caminó directamente hacia la cama.

Entonces me agarró por la cintura y me lanzó sobre el colchón sin ningún miramiento. Caí entre las mantas con un pequeño rebote y me incorporé inmediatamente, con el cabello desordenado alrededor del rostro y una furia que probablemente podía verse desde Inglaterra.

Daziel comenzó a desnudarse delante de mí con una naturalidad que me dejó mirándolo como una idiota.

Primero se quitó la camisa y la dejó caer sobre una silla.

Después se llevó las manos al cinturón mientras yo seguía allí sentada, observando el espectáculo sin saber muy bien qué hacer.

Aquello empezaba a parecerse peligrosamente a un pase privado en un club de estriptís, y por desgracia para mi dignidad, no podía apartar los ojos.

«Joder, qué bueno está el muy cabrón».

―¿Se puede saber qué haces? ―pregunté finalmente.

Daziel levantó la mirada hacia mí como si acabara de hacerle la pregunta más absurda del mundo.

―Voy a acostarme, mujer.

―¿En pelotas?

Se quedó quieto.

―¿En qué?

Cerré los ojos un instante.

«Claro».

―Desnudo, Daziel. Me refiero a si piensas acostarte desnudo.

―Por supuesto.

La respuesta llegó acompañada de un encogimiento de hombros.

―No querrás que me acueste con la ropa.

―Existe una cosa maravillosa llamada ropa para dormir.

―¿Ropa para dormir?

―Olvídalo.

Y él, efectivamente, lo olvidó.

Continuó desnudándose hasta quedarse completamente desnudo frente a mí. Intenté mirar hacia otro lado. Lo intenté de verdad. Pero mis ojos tenían otros planes…

Allí estaba aquello otra vez. Grande. Enorme. Incluso más de lo que recordaba.

«Madre del amor hermoso».

Sentí una oleada de calor recorrerme y tuve que apretar las piernas al notar cómo mi cuerpo reaccionaba por su cuenta. Una podía tener muy claro que aquel hombre era un salvaje, un secuestrador ocasional y un auténtico dolor de cabeza, pero una tampoco era de piedra.

Daziel pareció completamente ajeno a mi conflicto interno. Se tumbó boca arriba sobre la cama y se quedó allí, completamente espatarrado y sin molestarse siquiera en cubrirse. Lo miré con incredulidad. ¿Aquel hombre no tenía ni una pizca de pudor?

La luz del fuego recorría su cuerpo y acentuaba cada una de sus formas.

Tenía el torso ancho, los hombros poderosos y los brazos gruesos, marcados por músculos que no parecían fruto de ningún entrenamiento calculado, sino de toda una vida empuñando espadas, montando a caballo y haciendo cosas terriblemente masculinas que probablemente yo prefería no conocer.

El abdomen era firme y definido, atravesado aquí y allá por pequeñas cicatrices, algunas casi imperceptibles y otras más profundas.

Su cintura se estrechaba antes de dar paso a unas caderas fuertes y unas piernas musculosas que en aquel momento ocupaban una cantidad indecente de colchón.

Y no pensaba volver a mirar más abajo. Ya había mirado suficiente.

«Mentira» «Mentira cochina».

Daziel se llevó ambas manos a la cabeza y cerró los ojos.

―Dios...

Su voz perdió de repente aquel tono divertido.

Fruncí el ceño.

―¿Estás bien?

―Todo gira a mi alrededor.

No pude evitar una sonrisa.

―Eso suele pasar cuando uno intenta beberse las reservas de whisky de una fortaleza en tan solo una noche.

Abrió un ojo.

―Puede que haya bebido más de la cuenta.

―¿Puede?

―Un poco más.

―Claro.

Me levanté de la cama.

―Espera.

Fui hasta la mesa donde habían dejado una jarra de agua y serví un vaso. Cuando regresé, Daziel ya tenía los ojos cerrados.

―Toma. Bebe esto.

No respondió.

―Daziel.

Nada. Me incliné un poco.

―¿Daziel?

Un ronquido grave fue toda la respuesta que obtuve. Me quedé mirándolo.

―No puede ser.

Otro ronquido.

―Joder... Menuda cogorza llevas, tío.

Dejé el vaso sobre la mesita y volví a observarlo.

Dormido parecía diferente. La dureza habitual de su rostro había desaparecido y las cicatrices resultaban menos intimidantes.

El cabello castaño se extendía desordenado sobre la almohada y una sombra de barba cubría su mandíbula.

Incluso borracho y completamente inconsciente seguía siendo un hombre escandalosamente atractivo.

Y su cuerpo no ayudaba.

En absoluto.

Recorrí nuevamente con la mirada sus hombros, su pecho, el abdomen firme y aquellas piernas largas y musculosas extendidas sobre el colchón.

«Ya está bien, Chloe, te estás poniendo las botas. Luego tendrás que lidiar con el calentón y aquí no existe en satisfyed».

Agarré la manta y se la lancé por encima, cubriéndolo hasta la cintura.

«Mucho mejor».

Bueno, no. Seguía teniendo medio dios griego desnudo dentro de mi cama. Me acosté a su lado y me giré inmediatamente, dándole la espalda. Después me tapé hasta el cuello y cerré los ojos.

Unos segundos más tarde los abrí. Los volví a cerrar. Nada. Era imposible. Escuchaba su respiración detrás de mí. El ocasional ronquido. Incluso podía sentir el calor que desprendía su cuerpo a escasa distancia del mío. Y yo sudaba. ¡Qué coño! Estaba literalmente en llamas.

«Duérmete».

Intenté pensar en cualquier otra cosa. En absolutamente cualquier cosa que no fuera el enorme hombre desnudo que tenía detrás. No funcionó. Suspiré y hundí la cara en la almohada. Tener a un hombre así desnudo a menos de medio metro era suficiente para quitarle el sueño a cualquiera.