Capítulo 14
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
La fortaleza comenzó a agitarse poco antes del mediodía.
Yo me encontraba en uno de los corredores de la planta baja evitando a Rose, e intentando decidir qué hacer con el resto de aquella interminable mañana, cuando Màiri apareció caminando hacia mí con tanta rapidez que supe que algo ocurría antes incluso de que abriera la boca.
―Mi señora, han regresado.
Tardé un instante en comprender a quiénes se refería.
―¿Quiénes?
―El rey. Vuestro esposo y los hombres que salieron de caza con ellos.
Mi esposo.
Todavía me costaba no poner los ojos en blanco cada vez que alguien llamaba así a Daziel.
―El almuerzo está preparado ―continuó Màiri―. Debéis estar presente para recibirlos.
―Claro. Por supuesto.
Porque, al parecer, ser la señora de una fortaleza incluía recibir a un rey después de que hubiera pasado la mañana persiguiendo animales por las montañas.
Màiri me acompañó hasta el patio principal, donde ya se habían congregado varias personas.
Los sirvientes iban y venían ultimando los preparativos, algunos guerreros aguardaban cerca de la entrada y Munro daba órdenes a un par de hombres junto a los establos.
Brett también estaba allí, acompañado por Rose, aunque procuré no mirarla demasiado.
Seguía enfadada con ella y no estaba preparada para retomar aquella conversación.
El sonido de los caballos llegó desde el otro lado de las murallas poco después.
Las puertas comenzaron a abrirse y una pequeña comitiva apareció por el camino.
El rey avanzaba en cabeza, acompañado por el capitán de su guardia, mientras Daziel cabalgaba apenas unos metros por detrás junto a varios hombres más.
A juzgar por las piezas que transportaban algunos de ellos, la cacería había sido bastante productiva.
Me descubrí buscando a Daziel con la mirada.
Lo encontré enseguida.
Y, como si mi cabeza disfrutara especialmente torturándome, lo primero que recordé fue cómo había despertado aquella mañana entre sus brazos.
«No. Ahora no, Chloe».
Aparté aquel pensamiento justo cuando los primeros caballos entraban en el patio.
El rey desmontó y entregó las riendas a uno de los muchachos de los establos antes de reparar en Brett.
Una enorme sonrisa apareció en su rostro y caminó directamente hacia él para saludarlo.
Brett respondió con evidente familiaridad y, después de intercambiar unas palabras, el monarca dirigió su atención hacia Rose, interesándose por su viaje y por la pequeña Sìne.
Daziel desmontó poco después.
Vi cómo se acercaba a su hermano y ambos se estrechaban los antebrazos antes de intercambiar un abrazo breve acompañado de unas palmadas en la espalda. Después saludó a Rose con una sonrisa y dijo algo que no alcancé a escuchar.
Entonces reparó en la niña.
Sìne se encontraba en brazos de una de las mujeres que había llegado aquella mañana con ellos. La expresión de Daziel cambió de inmediato. Toda aquella dureza que parecía acompañarlo constantemente desapareció cuando se acercó a su sobrina y le acarició la mejilla con uno de sus enormes dedos.
La pequeña respondió agitando las manos. Daziel sonrió. Y yo me quedé mirándolo más tiempo del necesario.
«No empieces».
Ya tenía suficientes problemas.
El rey seguía conversando con Brett cuando recordé que, según Màiri, tenía una obligación que cumplir. Me acerqué procurando parecer mucho más segura de lo que realmente estaba.
―Majestad.
El rey volvió la cabeza hacia mí.
―El almuerzo está preparado. Si deseáis pasar al gran salón, podemos servirlo inmediatamente.
Su expresión se iluminó.
―Magnífico. Después de una mañana entera sobre un caballo, empezaba a pensar que tendría que comerme una de las piezas antes de llegar a la cocina.
Algunos hombres rieron.
Yo sonreí educadamente.
―Espero que no sea necesario, majestad. Fergoll lleva toda la mañana preparando comida suficiente para alimentar a media Escocia.
El rey soltó una carcajada y me observó con evidente diversión. Después dirigió una mirada hacia Daziel, que acababa de acercarse a nosotros.
―Señora MacKay, empiezo a comprender perfectamente qué vio vuestro esposo en vos para decidir casarse con tanta precipitación.
Sentí que mi sonrisa se congelaba.
Señora MacKay.
«Mierda».
Durante todo lo ocurrido con Rose había olvidado por completo aquel pequeño detalle. Ante el rey yo era la esposa de Daziel.
Miré instintivamente hacia Rose. Error. Me estaba observando. Sus ojos pasaron de mí a Daziel y después regresaron lentamente a mi rostro. Vi cómo sus cejas se elevaban mientras una expresión de absoluta incredulidad aparecía en su cara.
Aparté la mirada.
Aquello iba a traerme problemas.
―Mi esposa tiene muchas virtudes ―intervino Daziel con una tranquilidad que me dieron ganas de borrar de un pisotón.
El rey volvió a reír.
―Eso parece, muchacho.
Noté la mirada de Rose clavada en mí. No necesitaba verla para saber exactamente lo que estaba pensando.
Como si aquella mañana no hubiera sido suficientemente complicada.
Entramos todos en el gran salón poco después. El rey ocupó su lugar mientras los demás nos distribuíamos alrededor de la enorme mesa. Daziel se sentó a mi derecha y, para mi desgracia, Rose decidió ocupar precisamente el asiento de mi izquierda. Brett quedó junto a ella.
Los sirvientes comenzaron a servir vino, pan y los primeros platos mientras las conversaciones llenaban rápidamente el salón.
Intenté concentrarme en la comida.
Duré aproximadamente diez segundos.
Rose se inclinó hacia mí.
―Así que tú también estás casada.
Cerré los ojos un instante.
Ahí estaba.
―No.
Rose miró discretamente hacia Daziel y después volvió a mirarme.
―El rey acaba de llamarte señora MacKay.
―Ya lo sé.
―Y Daziel te ha llamado su esposa.
―También lo he oído.
―Entonces...
―Es complicado.
Rose arqueó una ceja.
―¿Complicado?
Cogí mi copa.
―Mucho.
―Chloe, llevo aquí más de un año. Créeme cuando te digo que mi concepto de complicado se ha ampliado considerablemente.
Tuve que contener una sonrisa. Seguía enfadada con ella. Muchísimo. Pero aquella era Rose. Mi Rose. Y escucharla hablarme de aquella manera hacía terriblemente difícil mantener intacta toda la rabia que sentía.
―No estamos casados ―susurré.
Sus ojos se abrieron un poco más.
―¿Entonces por qué el rey cree que sí?
―Luego te lo explicaré.
―¿Daziel sabe que no está casado contigo?
Giré la cabeza lentamente hacia ella.
Rose tuvo que bajar la mirada hacia su plato para esconder una sonrisa.
―Qué graciosa.
―Solo intento entenderlo.
―Pues deja de intentarlo.
―¿Habéis dormido juntos?
Casi me atraganté con el vino.
Rose me miró con una inocencia absolutamente falsa.
―¿Qué?
―He preguntado si habéis dormido juntos.
―Te he oído perfectamente.
―Entonces contesta.
La fulminé con la mirada y ella sonrió.
Y por primera vez desde nuestro enfrentamiento de aquella mañana sentí que algo entre nosotras volvía a parecerse a lo que siempre habíamos tenido, aunque solo fuera durante unos segundos.
No significaba que la hubiera perdonado. Ni mucho menos. Pero seguía siendo mi mejor amiga. Y eso, por mucho que quisiera continuar enfadada con ella, resultaba bastante más difícil de olvidar que cualquier mentira sobre un matrimonio.
El almuerzo terminó prolongándose mucho más de lo que esperaba.
Cuando retiraron los últimos platos, el rey seguía conversando animadamente con Brett, Daziel, Munro y el resto de los hombres, y por la cantidad de vino que continuaba llenando las copas tuve la impresión de que ninguno de ellos tenía intención de abandonar el gran salón en breve.
Rose y yo intercambiamos una mirada y, sin necesidad de decir demasiado, decidimos que ya habíamos cumplido suficientemente con nuestras obligaciones por aquel día.
―Creo que nosotras deberíamos retirarnos ―dijo Rose finalmente, dirigiéndose a Brett―. Ha sido un día demasiado largo.
―Estoy completamente de acuerdo ―añadí antes de que alguien pudiera sugerir lo contrario.
Daziel levantó la vista hacia mí y nuestras miradas se encontraron durante un instante. No pude evitar recordar cómo habíamos despertado aquella mañana y aparté los ojos antes de que mi traicionero cerebro decidiera recrearse otra vez en determinados detalles de su anatomía.
Rose se despidió de Brett y yo hice lo propio con el rey.
Daziel permaneció junto a los hombres, así que abandonamos el salón juntas y comenzamos a subir las escaleras.
Todavía quedaba cierta tensión entre nosotras después de la discusión de aquella mañana, pero ya no era tan incómoda como antes.
Quizá porque habíamos pasado buena parte del almuerzo hablando por lo bajo como siempre habíamos hecho.
O quizá porque, por mucho que estuviera enfadada con ella, seguía resultándome imposible olvidar que durante un año había creído que estaba muerta y ahora caminaba a mi lado.
Antes de dirigirnos a mis aposentos, Rose me tomó suavemente del brazo.
―Acompáñame, quiero echarle un ojo a Sìne.
Asentí en respuesta y la seguí por otro corredor hasta una habitación situada no demasiado lejos.
Rose abrió la puerta con cuidado y entramos procurando no hacer ruido.
La estancia estaba iluminada por el fuego de una pequeña chimenea y un par de velas.
Cerca de la pared había una cuna de madera y, sentada junto a ella, la misma mujer que aquella mañana había bajado de la carreta con Sìne en brazos.
La pequeña dormía profundamente y me acerqué despacio. No deseaba despertarla.
No sabía qué tenía aquella niña que conseguía desmontarme por completo. Quizá era saber que era hija de Rose. O comprender que, mientras yo había pasado más de un año llorando su desaparición, mi mejor amiga había construido una vida completamente nueva en aquel lugar.
Sìne tenía una manita junto al rostro y los labios ligeramente entreabiertos. Me incliné sobre la cuna y sonreí.
―Es preciosa.
―Lo sé.
Miré a Rose.
―Eso ha sonado muy poco humilde.
―Soy su madre. Tengo derecho.
Sonreí a pesar de todo.
―Se parece a ti.