Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

―Cuando llegué aquí estaba tan perdida como tú.

Solo pensaba en volver a casa. Discutía con Brett todos los días.

Lo odiaba... o al menos eso creía. Pero poco a poco descubrí quién era realmente.

Descubrí el hombre que había detrás del guerrero.

Me protegió cuando nadie más lo habría hecho.

Arriesgó su vida por mí una y otra vez. Y yo hice lo mismo por él.

Escuché sin interrumpirla.

―Con el tiempo comprendimos que aquello iba mucho más allá del amor.

Su voz se volvió casi un susurro.

―Nuestras almas estaban unidas.

La miré como si acabara de perder definitivamente la cabeza.

―¿Perdón?

Rose sonrió.

―Ya sabía que pondrías esa cara.

―¿Las almas?

―Sí.

―Rose...

―Es verdad.

Negué despacio.

―¡Joder, estás chalada! Eso es lo que pasa. Seguro que te golpeaste fuerte en la cabeza cuando caíste al río. Es eso. No hay otra explicación.

No pareció ofenderse.

―Eso mismo pensé yo cuando me lo explicaron.

―¿Quién?

―Sienna.

Fruncí el ceño.

―¿Quién es Sienna?

―La madre de Daziel, ya te lo he dicho antes.

Aquel nombre hizo que recordara inmediatamente la conversación que había mantenido con él junto al río.

―¿La mujer que le dijo que esperara en el río?

―Sí.

Asentí lentamente.

―Ella entiende mucho mejor todo esto. Sabe cosas que nosotros apenas alcanzamos a comprender. Si hablas con ella, podrá explicártelo mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo.

Me crucé de brazos.

―No deseo hablar con nadie de esto. Solo quiero regresar a casa. ―Respiré profundamente―. Así que dime cómo hacerlo.

Rose permaneció callada unos instantes. Después respondió.

―Hay un yacimiento en las montañas de Beinn Eighe.

La miré fijamente.

―¿Y desde allí puedo volver?

―Si eso es lo que deseas... sí.

Sentí un alivio tan intenso que casi me hizo llorar.

―Por supuesto que es lo que deseo. ―No tuve que pensarlo ni un segundo―. Me marcharé cuanto antes. Regresaré junto a tu madre y le diré...

―No. ―Su voz sonó firme―. No puedes decirle nada.

Fruncí el ceño.

―¿Cómo que no puedo decirle nada?

―No debes hacerlo.

―¿Estás hablando en serio?

Rose asintió muy despacio.

―Mi madre ya me ha llorado una vez. Ahora debe continuar con su vida.

―Rose...

―Yo no voy a regresar jamás.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

―¿Para qué hacerle más daño?

No daba crédito a lo que estaba escuchando.

―¿Prefieres que siga pensando que estás muerta?

Rose cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, estaban completamente empañados.

―Sí.

La respuesta cayó entre nosotras como una piedra.

―Si la otra opción es que piense que la abandoné por voluntad propia... sí.

La observé durante unos segundos.

No reconocía a la mujer que tenía delante.

―Joder, Rose... ―Mi voz salió mucho más baja de lo que esperaba―. ¿Desde cuándo te has vuelto tan egoísta?

Vi cómo aquellas palabras le atravesaban el pecho. Aun así, no respondió.

Me levanté del sofá de un impulso. No podía seguir allí. Necesitaba aire, pensar. Alejarme de ella antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme. Comencé a caminar hacia la puerta.

―¿Adónde vas?

No me detuve.

―A poner espacio entre nosotras. ―Agarré el pomo con fuerza―. Porque ahora mismo estoy demasiado cabreada contigo para seguir escuchándote.

Abrí la puerta y salí sin volver la vista atrás. A mi espalda solo quedó el silencio. Y, aunque no la miré, supe que Rose se había quedado llorando en mitad de aquel salón.

Caminé por el pasillo sin saber muy bien adónde iba. Solo necesitaba salir de allí. Alejarme de Rose antes de que termináramos diciéndonos cosas que ninguna de las dos pudiera olvidar.

Empujé la pesada puerta de madera y salí al patio. El aire fresco me golpeó el rostro de inmediato. Inspiré profundamente intentando calmarme, pero apenas había dado unos pasos cuando una escena consiguió detenerme en seco.

El hombre que había llegado en la carreta aquella mañana se encontraba junto a los establos. Tenía a la niña entre los brazos. La levantaba por encima de su cabeza mientras ella soltaba pequeñas carcajadas y estiraba las manitas intentando tocarle la barba.

―¿Quién es la niña más valiente de todas las Highlands? ―preguntaba él con una sonrisa enorme―. ¿Quién?

La pequeña respondió con un balbuceo incomprensible que hizo reír al gigante.

Aquella imagen me desarmó por completo. No parecía un guerrero. Parecía simplemente un padre completamente enamorado de su hija. Me quedé observándolos unos segundos. Después me acerqué despacio. El hombre levantó la vista al escuchar mis pasos. Sonrió con amabilidad.

―Hola.

Hizo una ligera inclinación de cabeza.

―Soy Brett MacKay.

Asentí.

―Ya sé quién eres.

Mi respuesta sonó bastante más seca de lo que pretendía.

Él no pareció ofenderse.

―Soy Chloe Finner.

Suspiré.

―¿Chloe? ¿Su Chloe?

―Eso parece.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

―Rose me ha hablado mucho de ti.

Bajé la mirada hacia la niña. Era preciosa.

Tenía unos enormes ojos azules y un mechón de cabello oscuro que se escapaba del gorrito de lana que cubría su cabeza.

Me observaba con esa curiosidad infinita que solo tienen los niños muy pequeños, y automáticamente sentí un nudo en la garganta.

Toda aquella rabia que todavía llevaba dentro desapareció durante unos segundos. Porque ella no tenía ninguna culpa.

Levanté la vista hacia Brett.

―¿Puedo cogerla?

Él sonrió todavía más.

―Claro.

La tomó con cuidado y la depositó entre mis brazos.

En cuanto la sostuve, sentí que algo se rompía dentro de mí.

Era tan pequeña... Tan ligera... Y olía maravillosamente bien. Noté cómo las lágrimas comenzaban a resbalar por mis mejillas sin que pudiera evitarlo. Bajé la cabeza y besé con suavidad su pequeña frente.

―Hola, preciosa...

La abracé con infinito cuidado, como si pudiera romperse entre mis manos.

―Soy tu tía Chloe. ―Mi voz apenas era un susurro―. Me alegra muchísimo conocerte, Sìne.

La niña me miró unos segundos antes de agarrar uno de mis dedos con una fuerza sorprendente. Aquello terminó de deshacerme. Sonreí entre lágrimas.

―Eres igual de bonita que tu madre.

―Se parece mucho a mí, ¿verdad?

Aquella voz hizo que todo mi cuerpo se tensara.

Levanté lentamente la cabeza. Rose acababa de salir al patio. Tenía los ojos completamente enrojecidos y aún quedaban lágrimas resbalando por sus mejillas.

Nos miramos durante un largo instante. Aunque no dije nada. Tampoco ella.

Me acerqué despacio hasta Brett y le devolví a la pequeña con muchísimo cuidado. Él comprendió inmediatamente que aquello no era momento para hacer preguntas. La tomó entre sus brazos sin pronunciar una sola palabra.

Volví a mirar a Rose. Quería decirle tantas cosas... Y, al mismo tiempo, no quería decirle ninguna. Al final simplemente pasé a su lado. Sin detenerme. Sin volver la vista atrás. Y seguí caminando mientras intentaba convencerme de que alejarme de ella era lo mejor que podía hacer.

Aunque, muy en el fondo, sabía que lo único que estaba intentando era huir del dolor que me provocaba al mirarla a los ojos.