Capítulo 13 #2
Entonces ella se volvió y nuestros ojos se encontraron.
Su expresión cambió al instante.
La sonrisa desapareció de su rostro y abrió los ojos con una incredulidad que reflejaba exactamente lo mismo que yo estaba sintiendo.
―¿Chloe?
Escuchar mi nombre en su voz terminó de romperme.
―Rose...
Intenté caminar hacia ella, pero las piernas dejaron de responderme. El suelo pareció inclinarse bajo mis pies y tuve que extender una mano buscando algo a lo que agarrarme.
No encontré nada.
―¡Chloe!
Vi a Rose echar a correr hacia mí.
Quise decirle que estaba bien. Quise preguntarle dónde demonios había estado durante todo aquel año. Quise abrazarla, gritarle, insultarla por haberme hecho creer que estaba muerta y después volver a abrazarla hasta quedarme sin fuerzas.
No pude hacer ninguna de aquellas cosas.
El rostro de Rose se volvió borroso frente a mí y el zumbido de mis oídos aumentó hasta ahogar todos los sonidos del patio.
Lo último que vi fue cómo corría desesperadamente en mi dirección.
Después, todo se volvió negro.
Cuando recuperé la consciencia, lo primero que vi fue un techo de madera que no reconocí.
Parpadeé varias veces, tratando de ordenar mis pensamientos, hasta que recordé dónde estaba.
Seguía en la fortaleza. Estaba tumbada sobre uno de los sofás del gran salón, con una manta cubriéndome hasta la cintura y un cojín bajo la cabeza.
Durante unos segundos no entendí qué hacía allí ni por qué sentía aquella presión extraña en el pecho.
Entonces recordé la carreta.
Y a ella. A Rose.
Me incorporé de golpe.
―Tranquila.
Aquella voz.
Giré la cabeza tan deprisa que me mareé.
Rose estaba sentada en una silla junto a mí. Nos quedamos mirándonos. Esta vez no había un patio lleno de gente, ni una carreta, ni un zumbido en mis oídos que amenazara con hacerme perder el conocimiento. Solo estábamos ella y yo, completamente solas en aquel enorme salón.
Era Rose. De verdad.
Parecía diferente. Su cabello estaba más largo y llevaba un vestido que jamás habría imaginado verla utilizar, pero seguía siendo ella. La misma mujer a la que conocía desde hacía años. La misma por cuya desaparición había llorado hasta quedarme sin lágrimas.
―Rose...
Ella se levantó.
No recuerdo cuál de las dos se movió primero.
Solo sé que un instante después estaba abrazándola.
La estreché con tanta fuerza que probablemente le hice daño, pero me dio exactamente igual. Rose hizo lo mismo conmigo y entonces todo cuanto había contenido durante el último año salió de golpe.
―Estás viva.
Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas.
―¡Dios mío, estás viva!
―Sí. ―Su voz también se quebró―. Estoy aquí.
Hundí el rostro contra su hombro.
Necesitaba tocarla. Sentirla. Comprobar que no iba a desaparecer en cuanto cerrara los ojos.
―Pensábamos que estabas muerta.
Rose me abrazó todavía más fuerte.
―Lo sé.
Me separé de ella bruscamente.
―¡Pensábamos que estabas muerta!
Esta vez casi lo grité.
Rose cerró los ojos.
―Chloe...
―Te buscamos durante meses. Tu madre y yo volvimos al río no sé cuántas veces. La policía cerró el caso. Dijeron que te habías suicidado, que te habías tirado al agua y que la corriente se había llevado tu cuerpo.
Las palabras comenzaron a salir atropelladamente.
―Tu madre casi se vuelve loca. Yo casi me vuelvo loca. Nadie nos creía cuando decíamos que tú jamás habrías hecho algo así.
Rose volvió a abrazarme.
Al principio intenté resistirme porque estaba enfadada. Terriblemente enfadada. Duré unos segundos. Pues terminé agarrándome otra vez a ella mientras lloraba.
―Lo siento ―susurró junto a mi cabello―. Lo siento muchísimo.
―¿Dónde demonios estabas?
Nos separamos.
Rose se secó las lágrimas.
―Aquí.
―Eso ya lo veo.
―No, Chloe. Quiero decir aquí. En esta época.
Me quedé mirándola.
―¿Desde aquel día?
Asintió.
―Desde el momento en que desaparecí.
Me llevé una mano a la boca.
―Dios mío.
Rose volvió a sentarse conmigo en el sofá y comenzó a explicármelo.
Me contó cómo la corriente la había arrastrado tras intentar salvar a una niña con un chubasquero amarillo y cómo, al recuperar la consciencia, descubrió que ya no se encontraba en su tiempo.
Me habló de los MacKay, de la fortaleza, de los primeros días de miedo y confusión y de lo difícil que había resultado aceptar que todo aquello era real.
La escuché sin apenas interrumpirla.
De pronto muchas cosas empezaban a tener sentido.
Daziel había sabido demasiado desde el principio porque ya conocía su historia.
―Por eso Daziel no se sorprendió cuando le dije que había salido del río.
Rose asintió.
―Él sabía lo que podía significar.
―Su madre le dijo que fuera allí.
La expresión de Rose cambió ligeramente.
―Entonces Sienna lo sabía.
―¿Sienna?
―Su madre.
Solté el aire lentamente.
―¡Espera! Me has dicho que te tiraste al agua para salvar a una niña que llevaba un chubasquero amarillo. Dios, Rose. A mí me pasó lo mismo.
―¿Qué quieres decir?
―Que yo vi a la misma niña. Vi a su madre gritar, y me tiré al agua para salvarla. Conseguí acercarla a la orilla, pero yo no pude aferrarme a nada y la corriente me arrastró.
―No puede ser una casualidad.
―No, sería imposible ―dije convencida.
―Deberíamos visitar a Sienna. Solo ella podría explicarnos todo esto.
Rose me miró con seriedad.
Mi cabeza estaba hecha un lío. No entendía nada. Entonces recordé al hombre de la carreta. Y al bebé.
―Espera.
Me incorporé un poco.
―¿Quién era el hombre que venía contigo?
La sonrisa de Rose cambió por completo.
―Brett.
―¿Brett?
―Brett MacKay.
Me quedé mirándola.
―¿MacKay?
Rose asintió.
―Es mi marido. El hermano de Daziel.
Tardé unos segundos en reaccionar.
―¿Tu qué?
―Mi marido.
Me levanté del sofá.
―¿Te has casado?
―Sí.
―¿Aquí?
―Sí.
―¿En 1469?
Rose soltó una pequeña risa nerviosa.
―Sí, Chloe.
Comencé a caminar de un lado a otro.
―No. Espera. Necesito procesar esto. Desapareces, apareces en la Edad Media y, cuando por fin te encuentro, resulta que estás casada.
―No es exactamente la Edad Media...
Me giré hacia ella.
―Ahora mismo ese es el detalle menos importante de toda esta conversación.
Rose cerró la boca.
Señalé hacia el patio.
―¿Y la mujer que llevaba al bebé?
―Es una de las mujeres que trabaja con nosotros.
―¿Y el bebé de quién es?
Rose guardó silencio.
Aquello no me gustó.
―Rose.
Sus labios comenzaron a curvarse.
Abrí mucho los ojos.
―No.
Ella sonrió.
―Sí.
―No. No puede ser.
―Chloe...
―¡No!
Me llevé ambas manos a la cabeza.
―¿Ese bebé es tuyo?
Rose asintió.
―Se llama Sìne.
Me quedé completamente paralizada.
―Tengo una hija.
La miré como si acabara de decirme que también había aprendido a volar.
―¿Tienes una hija?
―Sí.
―¿Una hija de verdad?
Rose empezó a reír entre lágrimas.
―¿Qué clase de hija iba a ser?
―¡No lo sé! ¡Es que nada de esto tiene sentido!
Volví a sentarme a su lado y la observé con incredulidad.
―Te has casado.
―Sí.
―Y has tenido una hija.
―Sí.
―En el siglo XV.
―También.
Me llevé las manos al rostro.
―¿Es que te has vuelto loca?
Rose soltó una carcajada.
―Probablemente.
―No tiene gracia.
―Un poco sí.
La miré.
Y terminé riéndome yo también.
No porque aquello tuviera sentido, sino porque era demasiado. Lloraba y me reía al mismo tiempo mientras Rose hacía exactamente lo mismo.
―No puedo creerlo.
―Yo tampoco podía al principio.
―¿Y eres feliz?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarlo.
Rose dejó de reír y su expresión se suavizó poco a poco.
―Mucho.
Aquella respuesta me sorprendió más que cualquier otra. No había dudas en su rostro. Ni tristeza. Rose era realmente feliz allí. Entonces algo regresó a mi memoria. La conversación con Daziel durante la cena. « Tuvo una oportunidad»
Mi sonrisa desapareció.
―Rose...
Ella debió de notar inmediatamente el cambio en mi expresión.
―¿Qué?
―Daziel me dijo algo.
Sus hombros se tensaron.
―¿Qué te dijo?
―Que tuviste la oportunidad de regresar.
El color comenzó a abandonar lentamente su rostro, y aquello fue suficiente para que lo comprendiera.
Me quedé mirándola.
―Podías haber vuelto.
Rose no respondió.
―Podías haber regresado a casa y no quisiste.
Su mirada cayó hacia sus manos. Sentí que algo se rompía dentro de mí.
―¿Es cierto?
―Chloe...
―Contéstame.
Levantó los ojos.
―Lo intenté, pero no funcionó. Por lo visto si no lo deseas con todas tus fuerzas no puedes hacerlo.
Me quedé completamente inmóvil. Durante un año había imaginado todas las razones posibles por las que Rose no había regresado. Todas menos aquella.
―Tuviste la oportunidad de volver ―repetí lentamente―. Y elegiste quedarte.
Rose tragó saliva.
―Deja que te lo explique.
Me puse en pie.
―¡Explícamelo, estoy deseando oírlo! ―Mi voz se quebró―. Explícame cómo pudiste saber que tu madre y yo estábamos destrozadas buscándote... y aun así decidir no volver.
Rose se quedó blanca.
Permaneció en silencio unos segundos. No intentó acercarse a mí. No intentó sujetarme. Simplemente respiró hondo antes de hablar.
―Sé lo que estás pensando.
Negué con la cabeza.
―No. No tienes ni idea.
―Sí la tengo.
Sus ojos comenzaron a humedecerse otra vez.
―Porque yo pensé exactamente lo mismo la primera vez que comprendí que quizá nunca volvería a casa.
La miré con rabia.
―La diferencia es que tú sí podías volver.
Rose bajó la vista.
―Sí.
―Y no lo hiciste.
―No.
El silencio que siguió resultó insoportable.
Finalmente levantó la cabeza y me sostuvo la mirada.
―Porque amo a Brett.
Fruncí el ceño.
―¿Cómo?
―Lo amo.
Lo dijo con una serenidad que me desarmó por completo.
―No es un capricho, Chloe. No es que me guste o que me haya acostumbrado a vivir aquí. Lo amo con todo lo que soy.
Negué una y otra vez.
―Rose... lo conoces desde hace un año.
Ella sonrió con tristeza.
―No. Lo conozco desde hace una vida.
La observé sin comprender.
―¿Te has vuelto loca?
―Es difícil de explicar, pero no es tan simple como parece.
Rose respiró profundamente antes de continuar.