Capítulo 13
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Me desperté despacio, con esa agradable sensación de calor que hace que una quiera permanecer unos instantes más entre las mantas antes de enfrentarse al mundo.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba.
Después percibí una respiración tranquila junto a mi nuca, el peso de un brazo rodeándome la cintura y un cuerpo enorme pegado completamente a mi espalda.
Abrí los ojos de golpe.
Daziel.
Estaba entre los brazos de Daziel.
Me quedé absolutamente inmóvil, convencida de que iba a morir allí mismo.
En algún momento de la noche, toda aquella magnífica idea de dormir cada uno en su lado de la cama había desaparecido y habíamos terminado prácticamente enredados.
Su pecho estaba contra mi espalda, uno de sus brazos me rodeaba con firmeza y su rostro descansaba tan cerca de mi cabello que podía sentir su respiración sobre mi cuello.
Y lo peor era que resultaba agradable.
Demasiado agradable.
Su cuerpo desprendía un calor maravilloso y aquel abrazo tenía algo inesperadamente reconfortante. Por un instante sentí la absurda tentación de cerrar los ojos y fingir que todavía dormía. Podía quedarme allí un poco más. Solo un momento. Nadie tenía por qué enterarse.
«Ni se te ocurra, Chloe».
Tenía que moverme antes de que despertara y descubriera la posición en la que habíamos terminado.
Con muchísimo cuidado, sujeté el brazo que me rodeaba e intenté apartarlo de mi cintura. Apenas conseguí moverlo unos centímetros cuando Daziel soltó un sonido adormilado y, para mi desgracia, hizo exactamente lo contrario de lo que necesitaba.
Me abrazó con más fuerza.
Mi espalda quedó todavía más pegada a su pecho y su cuerpo se acomodó contra el mío.
Entonces sentí algo contra mi trasero.
Me quedé petrificada.
«Señor...»
No necesitaba conocimientos de anatomía para saber qué era aquello. Y, desde luego, tampoco necesitaba comprobarlo.
Sentí cómo el calor me subía desde el pecho hasta las orejas. Si unos segundos antes había estado cómoda, ahora tenía la sensación de estar ardiendo bajo aquellas mantas.
«Es enorme».
«Descomunal».
Y estaba demasiado cerca de una parte de mi anatomía que acababa de despertarse muchísimo más deprisa que el resto de mí.
Pegué un respingo.
Aquello terminó de despertar a Daziel.
Noté cómo su cuerpo se tensaba detrás del mío y durante un instante ninguno de los dos se movió. No hizo falta decir nada. Por la rapidez con la que retiró el brazo y se apartó de mí, supe que acababa de ser perfectamente consciente de nuestra situación.
―Disculpa. ―Su voz todavía estaba ronca por el sueño―. No era mi intención.
Me incorporé y me senté en la cama intentando comportarme como una mujer adulta perfectamente capaz de afrontar aquella situación con madurez.
―Tranquilo. Estabas dormido.
Daziel también comenzó a incorporarse y entonces vi cómo su mirada descendía involuntariamente hacia mi pecho.
Fruncí el ceño y seguí la dirección de sus ojos.
«Oh, Dios».
El fino camisón de lino no ayudaba absolutamente nada. El frío de la mañana, o quizá todo lo que acababa de ocurrir, había conseguido que mis pezones se marcaran bajo la tela de una forma escandalosamente evidente.
Levanté la vista hacia él.
Daziel seguía mirando.
―¿Has terminado?
Sus ojos regresaron inmediatamente a los míos.
―No estaba mirando.
―Claro.
Me tumbé de nuevo y tiré de las mantas hasta el cuello.
Cobarde, sí. Pero cubierta. Mucho mejor.
Daziel carraspeó y apartó la mirada.
―Creo que será mejor que yo salga primero. Si alguien me ve abandonar la habitación, no resultará extraño.
―Perfecto.
Se levantó.
Y yo descubrí un detalle que había pasado completamente por alto la noche anterior.
El muy condenado había dormido desnudo. Mis ojos se abrieron como platos.
«¿Cuándo demonios se quitó la ropa?»
Probablemente mientras yo estaba distraída hablando del futuro como una idiota.
Daziel caminó hacia donde había dejado sus prendas y yo debería haber apartado la mirada. De verdad que debería haberlo hecho. Aunque no lo hice.
Mi atención descendió inevitablemente hasta su trasero y tuve que contener el aire. Aquello tampoco era justo. Era firme, respingón y encajaba demasiado bien con el resto de aquel cuerpo que parecía diseñado específicamente para poner a prueba mi capacidad de tomar buenas decisiones.
«No mires».
Seguí mirando.
«Chloe».
Nada.
«Vas a ir al infierno».
Y, a juzgar por el calor que acababa de instalarse en mi cuerpo, puede que ya estuviera de camino.
Cuando Daziel terminó de vestirse, se colocó el cinturón y recogió la espada. Antes de marcharse, se volvió hacia mí y nuestros ojos se encontraron.
Durante un segundo tuve la terrible impresión de que sabía perfectamente que había estado observándolo.
Una pequeña sonrisa apareció en una de las comisuras de sus labios.
Maldito fuera.
Lo sabía.
―Nos veremos abajo ―me dijo con una sonrisa pícara en el rostro.
―Sí.
―Esposa.
Entrecerré los ojos.
―Fuera.
Su sonrisa se ensanchó y salió de la habitación antes de que pudiera lanzarle una almohada.
La puerta se cerró tras él.
Me quedé inmóvil unos segundos, todavía escondida bajo las mantas, antes de dejar caer la cabeza contra la almohada.
―Estoy en serios problemas.
Y aquella vez no me refería precisamente a haber viajado en el tiempo.
Cuando bajé a desayunar, Daziel ya no estaba en la fortaleza.
Màiri me explicó mientras servía pan recién horneado que había partido al amanecer junto al rey y varios de sus hombres para ir de caza y que probablemente no regresarían hasta bien entrada la tarde.
No pude evitar sentir cierto alivio. Después de la manera en que habíamos despertado aquella mañana, no estaba del todo segura de ser capaz de sentarme frente a él y mantener una conversación normal sin recordar lo que había sentido apretado contra mi trasero.
Estaba claro que ambos sentíamos una atracción sexual palpable.
Desayuné con tranquilidad y, cuando terminé, descubrí algo que hasta entonces no había tenido demasiado tiempo para plantearme: la vida en aquella época podía ser tremendamente aburrida.
No había teléfono, televisión, música, libros a mi alcance ni absolutamente nada con lo que entretenerme.
Tampoco tenía trabajo que hacer y, como supuesta señora de la fortaleza, nadie parecía dispuesto a permitirme ayudar en nada.
Intenté echar una mano en las cocinas y Fergoll prácticamente me expulsó después de asegurarme de que no era lugar para mí.
Después me acerqué a los establos, pero allí ocurrió exactamente lo mismo.
Uno de los muchachos me miró horrorizado cuando intenté coger un cubo y terminó arrebatándomelo de las manos como si acabara de cometer algún tipo de sacrilegio.
Ser una dama medieval era un auténtico fastidio.
Así que terminé haciendo lo único que parecía estar permitido: pasear.
Salí al patio y caminé sin rumbo durante un buen rato, observando cómo transcurría la vida dentro de la fortaleza.
Algunos guerreros entrenaban cerca de las murallas, los criados entraban y salían de los edificios y varias mujeres trabajaban junto a una de las construcciones laterales. Todo el mundo tenía algo que hacer.
Excepto yo.
Estaba considerando seriamente regresar a mi habitación para tumbarme en la cama y mirar las vigas del techo durante unas cuantas horas cuando escuché un ruido procedente del exterior.
El traqueteo de unas ruedas sobre el camino.
Me volví hacia la entrada principal.
Una carreta se aproximaba a la fortaleza escoltada por varios jinetes. No parecía especialmente lujosa, aunque sí lo bastante cuidada como para hacerme pensar que quienes viajaban en ella no eran simples campesinos.
Mi curiosidad pudo más que el aburrimiento.
Me acerqué a la entrada mientras los guardias comprobaban quiénes eran los recién llegados. Uno de ellos intercambió unas palabras con el hombre que encabezaba la pequeña comitiva y, poco después, comenzaron a abrir las enormes puertas.
La carreta atravesó el acceso y se detuvo en el patio.
Yo permanecí a varios pasos de distancia.
Primero descendió un hombre.
Era muy alto, incluso para los estándares que empezaba a manejar desde que había conocido a Daziel.
Tenía un cuerpo ancho y fuerte, cabello oscuro y una presencia que hizo que varios de los guerreros cercanos lo saludaran con respeto.
El desconocido respondió con una inclinación de cabeza antes de volverse hacia la carreta.
Entonces extendió una mano hacia el interior.
Alguien la tomó.
Vi aparecer primero una mano femenina y después la tela de un vestido. La mujer se inclinó ligeramente para atravesar la pequeña abertura y apoyó un pie en el estribo antes de permitir que el hombre la ayudara a descender.
Y mi mundo se detuvo. Dejé de respirar.
«No».
Aquello no podía ser.
La mujer puso ambos pies sobre el suelo y levantó la cabeza.
Sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro.
Conocía aquella cara, aquellos ojos. Hasta su forma de moverse.
Había visto esa sonrisa cientos, miles de veces.
Había compartido con ella tardes enteras, confidencias, discusiones absurdas, cenas improvisadas y momentos que creía que nunca volvería a vivir.
Durante un año había imaginado dónde estaría.
Durante un año había regresado una y otra vez al río buscándola. Lloré su ausencia, le hablé frente al agua aun sabiendo que probablemente nadie podía escucharme y arrojé flores a la corriente convencida de que quizá jamás volvería a verla.
―No...
La palabra apenas consiguió salir de mi garganta.
Di un paso hacia delante. Ella todavía no me había visto. Estaba diciendo algo al hombre que la había ayudado a bajar mientras él ayudaba a bajar a otra mujer que cargaba un precioso bebé entre sus brazos.
―No puede ser...
Avancé otro paso.
Esta vez mis piernas temblaron.
Quise llamarla, pero mi garganta parecía haberse cerrado por completo. Sentí un fuerte zumbido en los oídos mientras el patio comenzaba a desdibujarse a mi alrededor.