Capítulo 12 #2
Miré las gruesas mantas que me cubrían. Yo estaba perfectamente.
Incluso tenía calor. Después dirigí la vista hacia el suelo de piedra donde él llevaba quién sabía cuánto tiempo intentando dormir y sentí cierta culpabilidad.
Por muchas mantas que hubiera colocado debajo, aquel suelo debía de estar helado.
―Puedes dormir aquí.
Daziel levantó la cabeza.
―¿Qué?
Me incorporé ligeramente sobre un codo.
―En la cama. Podemos dormir juntos, Daziel. Somos adultos, no va a pasar nada. Tú duermes en tu parte y yo en la mía.
―No es necesario.
Por supuesto.
Orgulloso hasta congelarse.
―Vamos. Mañana te levantarás molido y he oído que el rey quiere ir de caza. Vas a tener un día bastante movidito.
Hubo un breve silencio.
―¿Movidito?
Sonreí en la oscuridad.
―Sí.
―¿Eso se dice en tu tiempo?
―Muchísimo.
Escuché una risa grave procedente del suelo.
―Me encanta tu cháchara. Eres muy graciosa.
―Pues anda, déjate de rollos y ven aquí.
Esta vez el silencio duró algo más.
―¿De rollos?
Solté una pequeña carcajada.
―Es como decir que dejes de poner excusas, de contar historias... Ya sabes.
―No. Precisamente no lo sé.
―Pues acabas de aprender algo nuevo del futuro. Enhorabuena. Ahora levántate antes de que tenga que ir a buscarte.
―Eres bastante mandona.
―Mira quién habla.
Daziel soltó otra risa, pero finalmente escuché cómo se levantaba.
El fuego estaba ahora lo bastante avivado para permitirme verlo mientras se acercaba a la cama. Su silueta se recortaba contra la luz de las llamas y tuve que recordarme a mí misma que invitarlo había sido un gesto completamente inocente.
Absolutamente inocente.
«Claro, Chloe. Por eso estás mirando cómo se acerca como si estuviera entrando a cámara lenta».
Aparté la vista.
El colchón se hundió cuando Daziel se sentó en el otro extremo. Se acomodó con cuidado y se metió bajo las mantas procurando mantener una distancia prudencial entre los dos.
La cama, de repente, me pareció mucho más pequeña.
Permanecimos tumbados boca arriba, separados apenas por unos centímetros. No nos tocábamos, pero era perfectamente consciente de su presencia. Del calor que desprendía su cuerpo. De su respiración. Incluso del olor a humo y jabón que todavía conservaba sobre la piel.
«Somos adultos. No pasará nada».
Estupendo. Ahora solo tenía que convencer de aquello a mi corazón.
―Chloe.
―¿Qué?
―Háblame de tu tiempo.
Giré la cabeza hacia él.
Daziel continuaba mirando al techo.
―¿De mi tiempo?
―Sí. Quiero saber cómo es.
Aquello consiguió distraerme.
―¿Qué quieres saber?
―Todo.
Sonreí.
―Eso podría llevarnos varios años.
―Tenemos toda la noche.
Me acomodé un poco mejor sobre la almohada.
―Muy bien. ¿Por dónde empiezo?
Daziel lo pensó.
―Por esos coches de los que no dejabas de hablar cuando te encontré.
Me reí.
―Sabía que terminarías preguntando.
Intenté explicarle qué era un automóvil de la forma más sencilla posible. Le conté que eran máquinas capaces de transportar personas a grandes distancias sin necesidad de caballos y que podían recorrer en unas horas trayectos que a él le llevarían varios días.
Daziel giró la cabeza hacia mí.
―¿Sin caballos?
―Sin caballos.
―¿Y qué hace que se muevan?
Abrí la boca.
La cerré.
―Bueno... un motor.
―¿Qué es un motor?
―Una cosa que hace que el coche se mueva.
―Eso no explica nada.
―No soy mecánica, Daziel.
―¿Mecánica?
Solté una carcajada.
―Olvídalo.
Él también rio.
Continué hablándole de aviones y ahí directamente decidió que estaba inventándomelo.
―¿Pretendes que crea que cientos de personas se meten dentro de una enorme máquina de metal y vuelan por el cielo?
―Sí.
―Eso es imposible.
―Dice el hombre que tiene a una viajera del tiempo metida en su cama.
Daziel permaneció callado.
―Buen argumento ―admitió finalmente.
Me reí y continué. Le hablé de los trenes, de las ciudades iluminadas durante toda la noche y de edificios tan altos que desde sus ventanas apenas podían distinguirse las personas caminando por las calles.
Le expliqué que prácticamente todo el mundo llevaba un pequeño aparato consigo que permitía hablar con alguien que se encontraba al otro lado del mundo.
―El teléfono ―dijo.
Lo miré sorprendida.
―Te has acordado.
―Lo repetiste suficientes veces junto al río.
―Bien. Vas aprendiendo.
―¿Y cualquiera puede tener uno?
―Prácticamente.
―¿Y puedes hablar con alguien en cualquier lugar?
―Sí. Incluso puedes verlo mientras hablas con él.
Daziel volvió lentamente la cabeza.
―Ahora sí estás mintiendo.
Me eché a reír.
―Te juro que no.
―¿Cómo puedes verlo?
―A través de una pantalla.
―¿Qué es una pantalla?
Suspiré.
―Esto va a ser una noche muy larga.
Su carcajada llenó la habitación.
Poco a poco dejé de sentirme incómoda. No sé en qué momento ocurrió, pero aquella tensión inicial fue desapareciendo mientras hablábamos.
Daziel preguntaba absolutamente todo, y muchas veces explicar las cosas que para mí habían sido normales toda la vida resultaba muchísimo más difícil de lo esperado.
¿Cómo se le explicaba Internet a un hombre de 1469?
Decidí no intentarlo.
También le hablé de cosas más sencillas. De Londres, de sus calles siempre abarrotadas, de los restaurantes, de las universidades y de la música que podía escucharse en cualquier momento sin necesidad de tener músicos delante.
―Tu mundo parece ruidoso ―dijo después de escucharme durante un buen rato.
Aquello me hizo pensar.
―Lo es.
―¿Lo echas de menos?
La pregunta borró lentamente mi sonrisa.
―Sí.
«Muchísimo».
Daziel debió de notar el cambio porque no volvió a preguntar.
Permanecimos en silencio durante unos instantes.
―Volverás ―dijo finalmente.
Giré la cabeza hacia él.
―No sabes eso.
―No.
Su voz fue tranquila.
―Pero hasta que descubramos si puedes hacerlo, no estarás sola.
Sentí una presión extraña en el pecho y aparté la mirada hacia el techo.
―Gracias.
―No tienes que agradecérmelo.
El cansancio comenzó a vencerme poco después. Seguimos hablando, aunque cada vez nuestras voces eran más bajas y las pausas entre una frase y otra más largas. En algún momento Daziel hizo otra pregunta que creo que llegué a contestar a medias, porque ya apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
Lo último que recuerdo fue escuchar su risa cuando confundí dos palabras intentando explicarle qué era una televisión.
Después todo quedó en silencio.
Y aquella noche, a pesar de compartir cama con el hombre que llevaba días empeñado en poner mi vida patas arriba, me quedé dormida mucho antes de lo que habría imaginado.