Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

El día pasó mucho más deprisa de lo que habría imaginado.

Entre presentaciones, saludos, conversaciones con los hombres del rey y el esfuerzo constante por interpretar el papel de esposa perfecta de Daziel MacKay, apenas tuve un momento para detenerme a pensar en todo lo que estaba ocurriendo.

Cuando por fin anunciaron la cena, sentí un alivio inmenso.

Estaba agotada. Fingir una vida que no era la mía resultaba mucho más cansado que cualquier trabajo que hubiera tenido jamás.

Al menos podría sentarme un rato.

Cuando el último plato desapareció de la mesa, estaba convencida de que no podría comer nada más durante al menos una semana.

La cena había sido interminable y, para mi sorpresa, bastante más abundante de lo que esperaba encontrar en una fortaleza del siglo XV.

Habían servido carne asada, aves, panes recién horneados, verduras, quesos y varios guisos cuyo nombre desconocía, aunque eso no me había impedido probarlos todos.

Después de todo, si iba a permanecer atrapada en 1469, al menos podía reconocer que la comida no estaba nada mal.

Pero lo verdaderamente agotador no había sido la cena.

Había sido fingir durante todo el día que estaba perdidamente enamorada de Daziel MacKay.

Habíamos recorrido la fortaleza del brazo, sonreído ante las bromas del rey sobre nuestro precipitado matrimonio y soportado las miradas curiosas de cuantos se cruzaban con nosotros.

Incluso había tenido que improvisar algún recuerdo de mi supuesta infancia entre los Grant cuando uno de los nobles quiso interesarse por mis orígenes.

A esas alturas empezaba a creerme mi propia historia.

Estaba terminando una copa de vino cuando sentí que Daziel se inclinaba ligeramente hacia mí. Su hombro rozó el mío y su voz llegó hasta mi oído en un susurro apenas perceptible.

―Dile al rey que ya has preparado sus aposentos y que esperas que sean de su agrado.

Giré apenas la cabeza.

―¿Por qué tengo que decírselo yo?

―Porque eres la señora de la fortaleza.

«Ah, claro. También tenía ese cargo ahora. Esposa falsa. Señora falsa. Prima falsa de Munro. Menudo día».

―¿Y qué más hace la señora de la fortaleza? ―susurré sin apartar la sonrisa de la cara―. Lo pregunto para ir preparándome para la próxima sorpresa.

La comisura de sus labios se elevó apenas un instante.

―Mañana te haré una lista.

―Qué considerado.

Daziel recuperó inmediatamente la compostura, como si aquella conversación nunca hubiera existido.

Respiré hondo y me dirigí al rey.

―Majestad.

El monarca levantó la vista.

―¿Sí, muchacha?

―Me han informado de que vuestros aposentos ya están preparados. Espero que encontréis cuanto necesitéis y que descanséis cómodamente esta noche.

El rey me observó unos segundos antes de dirigir una mirada divertida hacia Daziel.

Después soltó una carcajada.

―Es cierto. Ya es bastante tarde.

Dejó la copa sobre la mesa y se puso en pie.

―Y estoy convencido de que unos recién casados estarán deseando retirarse también.

Sentí cómo el calor me subía de golpe a las mejillas.

No.

Otra vez no.

Las carcajadas comenzaron a escucharse alrededor de la mesa mientras el rey negaba divertido con la cabeza.

―No tienes por qué avergonzarte, muchacha. Solo lleváis dos días casados.

Deseé con todas mis fuerzas que el suelo se abriera bajo mis pies.

Miré de reojo a Daziel. El muy traidor parecía completamente tranquilo. Incluso tuve la impresión de que estaba disfrutando de la situación.

Le clavé discretamente el codo en las costillas.

Él carraspeó.

―¿Ocurre algo? ―preguntó el rey.

―Nada, majestad.

―Debe de haber comido demasiado ―añadí con una sonrisa inocente.

Daziel me lanzó una mirada de advertencia.

Yo sonreí todavía más.

Eso le estaba bien empleado.

Poco después el rey se despidió de todos y abandonó el salón acompañado por el capitán de su Guardia Real y varios de sus hombres. Permanecimos de pie hasta que desapareció por el corredor y, cuando por fin pude volver a sentarme, dejé escapar un largo suspiro de alivio.

―Por fin.

Daziel se acercó a mí.

―Nosotros también deberíamos retirarnos.

Lo miré.

―Yo desde luego pienso hacerlo.

Entonces me ofreció el brazo.

―Juntos.

Bajé la vista hacia él.

―¿Perdona?

―Somos marido y mujer, Chloe.

―De mentira.

―Ellos no lo saben.

Miré alrededor. Todavía quedaban varios guerreros conversando junto a la chimenea, algunos hombres del rey terminaban sus copas y los sirvientes comenzaban a recoger la mesa.

Todos podían vernos.

Resignada, enlacé mi brazo con el suyo.

―Esto empieza a cansarme.

―Sonríe.

―Estoy sonriendo.

―Parece que quieras asesinarme.

Lo miré de reojo.

―Porque quiero asesinarte.

―Intenta parecer un poco más enamorada mientras lo haces.

Tuve que morderme el labio para no reír.

Abandonamos el gran salón caminando con toda la tranquilidad que se esperaba de un matrimonio feliz. Solo cuando dejamos atrás el bullicio y comenzamos a subir la escalera de piedra aflojé un poco el brazo.

Fue entonces cuando comprendí que Daziel no se dirigía hacia la habitación que me habían asignado.

Fruncí el ceño.

―¿Adónde vamos?

―A nuestros aposentos.

Me detuve en seco.

―¿Nuestros?

Él siguió caminando con absoluta naturalidad.

―Daziel.

Se volvió.

―¿Sí?

―No esperarás que durmamos juntos.

Una sonrisa divertida apareció en su rostro.

―No tenía pensado hacerlo.

Aquella respuesta consiguió descolocarme.

―¿Entonces?

―Si mañana descubren que el señor y la señora de la fortaleza han pasado la noche en habitaciones distintas, nuestra mentira durará exactamente un día.

Maldita lógica medieval.

Entramos en la estancia y Daziel cerró la puerta tras nosotros. Se acercó a un arcón, sacó una manta gruesa y la dejó junto a la chimenea.

―Dormiré aquí.

Lo observé unos segundos.

―¿En el suelo?

―He dormido en sitios bastante peores.

Sentí una ligera punzada de culpabilidad.

―Podrías buscar otra habitación.

Él negó con la cabeza mientras extendía la manta.

―Y correr el riesgo de que alguien me vea salir o entrar al amanecer. No merece la pena.

Me senté sobre el borde de la cama.

―Todo esto es ridículo.

―Completamente.

―Todo porque no querías casarte con una mujer que ni siquiera conocías.

Levantó la vista hacia mí.

―Exactamente.

Sonreí.

―Y ahora resulta que estás casado con otra mujer que tampoco conoces.

Guardó silencio un instante antes de responder.

―Cuando lo dices así... empiezo a pensar que mi plan tenía alguna grieta.

Solté una carcajada.

―¿Alguna?

Él sonrió mientras terminaba de preparar el improvisado lecho junto al fuego.

Después comenzó a quitarse el cinturón donde llevaba la espada.

Y, como si mi cabeza hubiera decidido declararse oficialmente en mi contra, el sueño de aquella mañana regresó de golpe.

Volví a imaginar a Daziel entrando en mi habitación, acercándose a la cama, besándome y deshaciéndose de su ropa mientras yo lo contemplaba encantada con la situación.

Noté cómo el calor volvía a subir por mi cuello y aparté aquellos pensamientos de inmediato.

No. Ni hablar. Ya había tenido suficiente con soñarlo una vez; no pensaba pasarme la noche recordándolo ahora que lo tenía a unos pasos de mi cama.

―¿Qué ocurre? ―preguntó.

―Nada.

―Te has puesto roja.

―Tengo calor.

Miró la chimenea.

―El fuego casi se ha apagado.

―Pues debo de ser yo.

Me observó con una sonrisa divertida.

―Eres una mujer muy extraña, Chloe Finner.

No respondí a aquello. Tan solo me levanté para coger el camisón que Màiri había dejado preparado sobre una silla. Entonces reparé en un pequeño detalle.

Necesitaba cambiarme.

Y Daziel seguía allí.

Me giré hacia él.

―Date la vuelta.

―¿Por qué?

―Porque voy a desnudarme.

Permaneció pensativo unos segundos.

―Por supuesto, perdóname.

Sin añadir nada más, se giró y me dio la espalda.

Lo observé un instante para asegurarme de que no hacía trampas antes de empezar a quitarme el vestido.

―Ni se te ocurra mirar.

―¿Me crees tan desesperado?

―Oh, perdona. Olvidaba que puedes tener a cualquier mujer.

Escuché su risa.

Me puse el camisón a toda prisa y me metí bajo las mantas.

―Ya puedes girarte.

Lo hizo sin decir una palabra y se acomodó junto a la chimenea.

La habitación quedó en silencio.

Un silencio extraño.

Demasiado íntimo para dos personas que apenas se conocían.

―Buenas noches, esposa.

No pude evitar sonreír.

―Buenas noches, marido.

Apagué la vela que descansaba sobre la mesita y cerré los ojos.

Dormir resultó ser otra historia.

Permanecí tumbada boca arriba durante un buen rato, intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera el hombre que tenía a escasos pasos de mi cama.

Podía escuchar su respiración, el crujido ocasional de la leña y hasta el más mínimo movimiento que hacía sobre aquel improvisado lecho.

Tener a Daziel tan cerca me ponía nerviosa de una manera que no quería analizar demasiado, especialmente después del sueño que había tenido aquella mañana.

Mi imaginación ya había demostrado que no era precisamente de fiar cuando aquel hombre estaba cerca.

Me giré hacia un lado y cerré los ojos con más fuerza.

No funcionó.

Al cabo de un rato escuché cómo Daziel cambiaba de postura. Después volvió a hacerlo. Y otra vez. El roce de la manta contra el suelo de piedra se repitió tantas veces que terminé abriendo los ojos y mirando hacia la chimenea.

―¿Piensas estar toda la noche dando vueltas?

―Intento dormir.

―Pues no parece que se te dé demasiado bien.

No respondió.

Unos instantes después lo vi incorporarse. La luz anaranjada de las brasas dibujó su silueta mientras se acercaba a la chimenea y colocaba un par de troncos sobre el fuego. Las llamas cobraron fuerza casi de inmediato y él extendió las manos hacia ellas antes de regresar a su sitio.

Entonces lo comprendí.

―¿Tienes frío?

Hubo una pequeña pausa.

―Algo.