Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

No me gustó nada el tono.

―Eso dije.

―Qué romántico eres, Daziel. ―Ella apoyó su mano sobre mi pecho.

Durante un instante pensé que iba a empujarme.

En lugar de hacerlo, me acarició suavemente mientras sonreía al rey.

―Mi esposo puede ser tremendamente apasionado cuando se lo propone.

El rey soltó una carcajada.

Yo miré a Chloe.

Ella me dedicó la sonrisa más inocente que había visto en mi vida.

Estaba disfrutando.

La muy condenada estaba empezando a disfrutar.

―Supongo que tú sentiste lo mismo ―dijo el rey.

Chloe inclinó la cabeza como si estuviera considerando seriamente la respuesta.

―Bueno... ―Contuve la respiración―. Al principio pensé que era un salvaje arrogante, mandón e insoportable.

Varias personas bajaron la cabeza.

Munro directamente se giró.

―Chloe ―advertí.

―Pero después descubrí todas sus demás cualidades.

El rey volvió a reír.

―Me gusta esta mujer.

―Me alegra escuchar eso, majestad ―respondió Chloe.

―Creo que vas a necesitar suerte con ella, Daziel.

―Empiezo a sospecharlo.

Chloe me clavó discretamente los dedos en el costado.

Apreté la mandíbula.

―¿Ocurre algo? ―preguntó el rey.

―Nada.

―Nada en absoluto ―añadió ella con dulzura.

El rey pareció satisfecho. Dio un paso hacia Chloe y tomó una de sus manos con gesto solemne.

―Entonces debo darte la bienvenida a Kinlochewe, muchacha. Tu esposo acaba de recibir estas tierras de forma definitiva. Desde hoy, Daziel será su señor.

La expresión de Chloe cambió.

Aquello sí era nuevo para ella.

Me miró sorprendida.

―¿De verdad?

Asentí.

Por primera vez desde que había comenzado aquella farsa, su sonrisa pareció sincera.

―Enhorabuena.

―Gracias.

El rey soltó su mano.

―Y espero que pronto llenéis esta fortaleza de niños. Necesitamos una familia fuerte aquí.

Casi me atraganté con mi propia saliva. Chloe se quedó completamente inmóvil, y Munro volvió a toser. Esta vez demasiado fuerte.

El rey lo miró.

―¿Te encuentras bien?

―Perfectamente, majestad.

Mentiroso.

Chloe levantó lentamente la vista hacia mí.

Reconocí aquel brillo en sus ojos y supe que estaba a punto de vengarse.

―Por supuesto, majestad ―respondió con una dulzura sospechosa―. Estoy segura de que mi esposo pondrá todo su empeño en cumplir con esa parte de sus nuevas obligaciones.

Las carcajadas estallaron entre algunos de los hombres.

Sentí cómo el calor me subía por el cuello.

Chloe sonrió satisfecha.

Me incliné hacia ella.

―Vas a pagar por eso ―susurré.

―No veo por qué, esposo.

Lo dijo lo bastante alto para que el rey pudiera escucharla.

El hombre volvió a reír.

―Definitivamente me gusta.

Yo, en cambio, ya estaba intentando calcular cuánto tardaría en conseguir quedarme a solas con ella para explicarle el desastre en el que acababa de meterla.

Chloe entrelazó su brazo con el mío y apoyó la cabeza fugazmente contra mi hombro, representando a la perfección el papel de esposa enamorada. Cualquiera que la viera habría creído nuestra historia. Solo yo pude escuchar lo que susurró entre dientes sin dejar de sonreír.

―Cuando ese hombre salga de esta habitación, Daziel MacKay, vas a explicarme absolutamente todo.

Tragué saliva.

―Y más te vale que la explicación sea buena.

La miré de reojo. Continuaba sonriendo como un ángel.

El rey no era hombre de permanecer mucho tiempo quieto.

Apenas había terminado de saludar a los hombres de la fortaleza cuando quiso recorrer cada rincón de Kinlochewe.

Inspeccionó las murallas, preguntó por las reparaciones que todavía seguían en marcha, visitó los establos y dedicó más de un cuarto de hora a interesarse por las reservas de grano para el invierno.

Caminaba deprisa y esperaba que todos siguiéramos su ritmo, de modo que la mañana transcurrió entre saludos, explicaciones y preguntas constantes.

Chloe permanecía a mi lado.

De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y no hacía falta que dijera una sola palabra para comprender exactamente lo que estaba pensando.

Aproveché un momento en que el rey se detuvo junto a la herrería para observar el trabajo de los artesanos. El ruido de los martillos golpeando el hierro hacía casi imposible mantener una conversación a pocos pasos, así que tomé a Chloe suavemente por el brazo.

―Ven conmigo.

No opuso resistencia.

La conduje hasta la parte trasera de la herrería, donde varios carros cargados de leña ocultaban la vista del patio principal. Allí apenas llegaban el humo de la fragua y el sonido apagado de los golpes sobre el yunque.

En cuanto estuvimos solos, Chloe se cruzó de brazos.

No hizo falta que dijera nada.

Esperó.

Respiré hondo.

―Sé que estás enfadada.

Arqueó una ceja.

―¿De verdad?

Ignoré el sarcasmo.

―No tenía otra opción.

―Siempre hay otra opción.

Negué despacio.

―No cuando el rey te anuncia que ya ha elegido esposa para ti.

Vi cómo la sorpresa sustituía por un instante al enfado.

―¿Qué?

Le expliqué lo ocurrido en el despacho. Cómo el rey había decidido nombrarme señor de Kinlochewe y cómo, antes incluso de permitirme asimilar la noticia, me había comunicado que ya había decidido concertar un matrimonio con la hija de los Stewart para reforzar las alianzas entre clanes.

Chloe me escuchó sin interrumpirme.

Solo cuando terminé volvió a hablar.

―Y tu brillante idea fue decir que ya estabas casado.

Asentí.

―¿Y de todas las mujeres que existen... elegiste precisamente a la que lleva menos de dos días aquí?

―Fue lo primero que se me ocurrió.

Me observó durante unos segundos.

Después negó lentamente con la cabeza.

―No sé si sentirme halagada... o insultada.

Una sonrisa escapó de mis labios.

―Yo tampoco lo tengo claro.

Ella resopló, aunque me pareció distinguir el amago de otra sonrisa antes de que desapareciera.

―Hay un problema.

―Lo sé.

―No. Creo que todavía no lo sabes.

La miré esperando que continuara.

―¿Y si el rey me pregunta por mi familia? ¿Qué le digo? ¿Que soy administrativa en una universidad de Londres? ¿Que me crie en un orfanato? ¿Que aprendí a conducir antes que a montar a caballo?

¿Administrativa? ¿universidad? Si Chloe comenzaba a hablar de aquel modo ante el rey, todo se desmoronaría.

Tenía razón.

Aquello podía venirse abajo con una sola pregunta.

Apoyé una mano sobre uno de los carros y permanecí pensativo unos segundos.

Necesitábamos una historia. Una buena historia. Entonces pensé en algo.

Levanté la vista.

―Diremos que eres prima de Munro.

Frunció ligeramente el ceño.

―¿Prima?

―Sí. Nadie conoce mejor a Munro que los hombres de esta fortaleza y todos confían en él. Si alguien pregunta, mantendrá nuestra versión sin dudarlo.

La vi meditar unos instantes.

―Continúa.

―Naciste entre el clan Grant.

Ella asintió despacio.

―Tus padres murieron hace menos de un mes. Al quedarte huérfana, Munro, que era primo de tu madre, decidió hacerse cargo de ti y te trajo aquí, para vivir con él.

Sus ojos no se apartaban de los míos.

―¿Y tú?

―¿Yo me enamoré perdidamente de ti en cuanto te vi?

Ella soltó una pequeña risa.

―Vaya suerte la mía. Apenas he podido disfrutar de la vida.

―Empiezo a pensar que habría sido mejor aceptar a la prometida que me buscó el rey.

―Llegas tarde para eso.

Aquella vez ambos sonreímos.

―Repasemos la historia ―dijo enseguida, recuperando la seriedad―. Soy Chloe MacKay, prima de Munro. Me crie entre los Grant. Después de perder a mis padres vine a vivir con mi primo, pues es mi única familia, y ahí fue cuando te conocí.

―Exacto.

―Y después nos casamos.

―Hace dos días.

Se llevó una mano a la frente.

―No sé cómo voy a acordarme de todo.

―Lo harás.

―¿Y si se me escapa algo?

Me encogí ligeramente de hombros.

―Improvisa.

Me miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

―¿Improvisar?

―Es lo que hice yo.

―Precisamente eso es lo que más miedo me da.

Aquella respuesta consiguió arrancarme una carcajada. No recordaba la última vez que me había reído de aquella manera.

Ella terminó sonriendo también.

Y, por alguna extraña razón, aquello me alegró mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

En ese momento escuché la voz del rey llamándome desde el patio.

―¡Daziel!

Suspiré.

―Tenemos que volver ―le dije.

Ella asintió.

Antes de salir de detrás de la herrería, le ofrecí el brazo.

Chloe enlazó su brazo con el mío de una forma tan natural que pensé incluso que podría acostumbrarme a aquello.

Regresamos junto al rey caminando como un matrimonio feliz.