Capítulo 11
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Daziel MacKay
El rey no esperó a que nadie anunciara su llegada.
En cuanto desmontó del caballo, entregó las riendas a uno de sus hombres y caminó directamente hacia mí. Apenas me dio tiempo a inclinar la cabeza en señal de respeto cuando me dio una palmada en el hombro.
―Daziel.
―Majestad.
No hubo ceremonias.
Nunca las había habido entre nosotros.
El rey era un hombre práctico y detestaba perder el tiempo con formalidades innecesarias.
Su capitán de la Guardia Real caminaba unos pasos por detrás mientras varios nobles intentaban seguirle el ritmo.
―Hablemos en tu despacho.
No esperó mi respuesta.
Simplemente echó a andar hacia el interior de la fortaleza.
Lo seguí en silencio.
Solo cuando la puerta del despacho quedó cerrada tras nosotros, el rey se volvió hacia mí.
No perdió el tiempo.
―¿Es cierto que capturasteis a un espía de Albort Ross?
―Así es, majestad.
―¿Y también es cierto que sigue con vida?
―Sí.
El rey frunció el ceño.
―¿Es que has perdido la cabeza?
No respondí inmediatamente.
Esperé. Sabía que aún no había terminado.
―Maldito muchacho..., ¿Desde cuándo se deja marchar con vida a un espía?
Respiré despacio.
―No he perdido la cabeza, señor.
―Pues explícamelo.
―Un espía muerto no sirve de nada.
El rey cruzó los brazos.
―Continúa.
―Quería que regresara junto a Albort Ross.
Vi cómo una de sus cejas se arqueaba.
―¿Para qué?
―Para llevarle un mensaje.
El despacho quedó completamente en silencio.
―¿Qué mensaje?
Sostuve su mirada.
―Que si vuelve a poner un pie en estas tierras... ―Hice una breve pausa―... morirá. Quería que sintiese la presión. Que no se olvide de que quien lo busca y lo acabará aniquilando somos nosotros y no al revés.
Durante unos segundos el rey permaneció completamente inmóvil.
Después soltó una sonora carcajada.
―Pensaba que habías perdido el juicio. ―Negó divertido―. Pero resulta que solo estabas pensando más deprisa que el resto.
No pude evitar sonreír.
El rey dio un par de pasos por la estancia.
―Has demostrado algo durante estos meses, Daziel. Has demostrado tu lealtad.
Se giró hacia mí.
―Y también que sabes gobernar.
Mi expresión no cambió.
―Gracias, majestad.
―Por eso he tomado una decisión.
Se acercó despacio.
―Desde hoy serás el señor de Kinlochewe.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
―Majestad...
―No.
Levantó una mano.
―No intentes rechazarlo.
―Es un honor que jamás imaginé recibir.
―Y lo mereces.
Incliné la cabeza.
―Os lo agradezco profundamente.
El rey sonrió satisfecho.
―Eso no es todo.
Algo en su expresión hizo que me pusiera en guardia.
―También he concertado tu matrimonio.
Parpadeé.
―¿Cómo?
―Con la hija menor del clan Stewart.
Sentí que el estómago se me encogía.
―Es joven, hermosa y muy inteligente. Estoy convencido de que os entenderéis perfectamente. Además, esa unión fortalecerá vuestra posición en estas tierras.
Durante unos segundos fui incapaz de pronunciar una sola palabra.
No.
Eso no podía estar ocurriendo.
Yo no pensaba casarme.
Jamás.
No después de todo lo vivido.
El rey me observó divertido.
―¿Qué ocurre? No pareces precisamente emocionado.
Fue entonces cuando cometí la mayor imprudencia de mi vida.
―Majestad...
Inspiré profundamente.
―Llegáis un poco tarde.
Su sonrisa desapareció.
―¿Qué quieres decir?
―Ya estoy casado.
El silencio fue absoluto.
Incluso el capitán de la Guardia dejó de respirar durante un instante.
El rey me miró como si acabara de anunciarle que la luna había caído del cielo.
―¿Cómo dices?
―Me casé hace apenas unos días.
―¿Y no has informado a tu rey?
―Ha sido... muy precipitado.
―¿Con quién?
Aquella era la pregunta que jamás había preparado responder.
Las ideas comenzaron a atropellarse dentro de mi cabeza. Necesitaba un nombre. Y lo necesitaba inmediatamente.
―Se llama... ―Tragué saliva―. Chloe.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
―Chloe...
El rey esperó.
Ya no había vuelta atrás.
―Chloe Finner.
Su rostro seguía reflejando la misma sorpresa.
―Fue... amor a primera vista.
Reconozco que ni yo mismo me creía aquella explicación.
―Nunca imaginé que vuestra majestad pensara concederme estas tierras ni que estuvierais buscando esposa para mí.
El rey soltó un largo suspiro y negó con la cabeza.
―Maldito muchacho...
Comenzó a pasear por el despacho.
―Menos mal que todavía no he hablado con Steward.
Respiré con alivio. Aunque ese alivio duró poco.
El rey se volvió nuevamente hacia mí.
―Deseo conocer a esa joven.
Sentí cómo toda la sangre abandonaba mi rostro.
―¿Majestad?
―Quiero saber qué clase de mujer ha conseguido robarte el corazón. ―Sonrió―. Preséntamela. Ahora mismo.
Lo miré en silencio. Acababa de convertirme en señor de Kinlochewe. Y, en menos de cinco minutos... También acababa de convertir a Chloe en mi esposa delante del rey de Escocia. Sin que ella tuviera la más remota idea.
El rey salió del despacho antes de que tuviera tiempo de pensar en cómo demonios iba a solucionar lo que acababa de hacer.
Lo seguí por el corredor intentando encontrar alguna salida razonable a aquella situación, pero no la había. Había mentido al rey de Escocia. Le había asegurado que estaba casado y, no satisfecho con aquello, había puesto nombre y rostro a mi supuesta esposa.
Chloe.
De todas las mentiras que podría haber inventado, había elegido precisamente a la mujer con menos posibilidades de permanecer callada cuando descubriera lo que acababa de hacer.
Aquello iba a terminar mal.
Muy mal.
―¿Cuándo se celebró la boda? ―preguntó el monarca mientras descendíamos las escaleras.
La pregunta me obligó a reaccionar.
―Hace dos días.
―¿Dos días?
―Así es.
Me lanzó una mirada por encima del hombro.
―¿Y quién ofició la ceremonia?
Maldita fuera mi suerte.
―Un sacerdote de una pequeña parroquia al sur.
―¿Cómo se llama?
―Majestad, ¿pretendéis interrogarme sobre mi matrimonio?
El rey soltó una carcajada.
―Después de ocultármelo, quizá debería hacerlo.
Sonreí como pude.
Necesitaba llegar hasta Chloe antes que él. Explicárselo. Darle unos instantes para prepararse. Suplicarle si era necesario.
No tuve esa suerte.
Cuando atravesamos las puertas del gran salón, todo el mundo estaba allí.
Guerreros, sirvientes, varios miembros de la guardia real y algunos de los hombres que habían acompañado al rey en su viaje ocupaban la estancia. Las conversaciones cesaron inmediatamente y todos se pusieron en pie ante nuestra llegada.
Y entonces la vi.
Chloe estaba junto a Màiri.
El vestido granate resaltaba su figura y hacía que su cabello pareciera todavía más rojo. Llevaba parte de aquellos interminables rizos recogidos y el resto caía por su espalda. Durante un instante se me olvidó el enorme problema que tenía entre manos.
Estaba preciosa.
Entonces sus ojos color miel encontraron los míos.
Sonrió.
Yo no.
Su sonrisa desapareció poco a poco.
Chloe me conocía desde hacía apenas unos días, pero ya había aprendido a interpretar algunas de mis expresiones. Y, por la manera en que frunció ligeramente el ceño, comprendí que acababa de darse cuenta de que ocurría algo.
El rey recorrió el salón con la mirada.
―Bien ―dijo―. ¿Dónde está?
Tragué saliva.
No había vuelta atrás.
―Allí.
Señalé discretamente hacia Chloe.
El rey siguió la dirección de mi mirada.
―¿La pelirroja?
―Sí.
―Vaya. ―Me miró con una sonrisa divertida―. Ahora comprendo las prisas.
Preferí no responder.
Comencé a caminar hacia ella con el rey a mi lado. Chloe nos observó acercarnos y, cuanto menor era la distancia entre nosotros, mayor parecía ser su sospecha.
Cuando llegamos, hizo una pequeña reverencia bastante torpe.
―Majestad.
Al menos Màiri le había explicado eso.
―Puedes levantarte, muchacha ―respondió el rey.
Chloe se incorporó y me lanzó una mirada fugaz.
«¿Qué ocurre?»
Eso preguntaban claramente sus ojos. Intenté responderle del único modo posible; haciéndole una mueca con el rostro.
Sus cejas se juntaron todavía más.
El rey la observó con abierta curiosidad.
―Así que tú eres Chloe.
―Así es, majestad.
―Estaba ansioso por conocerte.
Los ojos de Chloe se clavaron inmediatamente en mí.
―¿A mí?
―Por supuesto.
Noté cómo comenzaba a tensarse.
Di un paso hacia ella y coloqué una mano suavemente en su cintura.
Chloe bajó la mirada hacia mi mano. Después volvió a mirarme. Sus ojos se abrieron un poco más.
Me incliné hacia ella como si fuera a besarle la mejilla y aproveché para susurrar:
―Por favor. Confía en mí.
Se quedó inmóvil.
Me incorporé antes de que pudiera decir nada y miré al rey.
―Majestad, permitidme presentaros formalmente a Chloe MacKay. Mi esposa.
El silencio que siguió fue absoluto.
Chloe dejó de respirar.
Màiri abrió la boca.
Munro, situado a varios pasos de nosotros, giró la cabeza hacia mí con tal rapidez que por poco no se rompe el cuello. Hasta algunos de mis hombres intercambiaron miradas. Pero nadie pareció más sorprendido que mi supuesta esposa.
Chloe me miró.
Después miró al rey.
Volvió a mirarme.
―¿Tu...?
Apreté ligeramente los dedos contra su cintura.
No sabía si había comprendido mi súplica o simplemente había decidido posponer mi asesinato, pero algo cambió en su expresión.
Y entonces sonrió. Fue una sonrisa preciosa. Dulce. Per absolutamente falsa.
―Esposo ―terminó ella.
Casi suspiré de alivio.
―Exactamente ―respondí.
―Mi esposo ―repitió Chloe, esta vez mirándome directamente a los ojos.
La sonrisa continuaba allí. También la amenaza de muerte.
―Mi queridísimo esposo.
Munro tosió.
Conocía aquella tos. El desgraciado estaba intentando no reírse.
El rey, por fortuna, no pareció percibir nada extraño.
―Daziel me ha contado que vuestro matrimonio fue bastante... repentino.
―¿Ah, sí?
Chloe volvió a mirarme.
―¿Eso os ha contado?
―Dos días ―añadió el rey.
La sonrisa de Chloe se tensó.
―Dos días...
―Según vuestro esposo, no pudisteis esperar.
Aquello iba empeorando por momentos.
Chloe asintió muy lentamente.
―Así es. Fue todo muy... ―Me observó― ...precipitado.
―Amor a primera vista ―añadió el rey.
Esta vez Chloe no consiguió ocultar la sorpresa.
Giró la cabeza hacia mí.
―¿Amor a primera vista?