Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Terminé de cenar sola.

Al principio pensé que Daziel regresaría en cualquier momento.

Había dejado claro que aquella conversación no había terminado y, después de soltar semejante revelación, lo mínimo que podía hacer era volver para explicarme el resto.

Sin embargo, los minutos fueron pasando y nadie apareció por la puerta del gran salón.

Los sirvientes entraron un par de veces para retirar los platos y añadir leña a la chimenea, pero de aquel enorme escocés que acababa de poner mi mundo todavía más patas arriba no hubo ni rastro.

Esperé bastante más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Incluso cuando terminé de comer permanecí sentada frente a la mesa, mirando de vez en cuando hacia la puerta cada vez que escuchaba pasos al otro lado.

Siempre resultaba ser algún criado o un guerrero atravesando el pasillo.

Al final comprendí que, fuera cual fuese el problema que había obligado a Daziel a marcharse con tanta urgencia, debía de haberlo entretenido más de lo esperado.

Regresé a mi habitación acompañada únicamente por mis pensamientos, que en aquel momento eran probablemente la peor compañía posible. Desde que Daziel había pronunciado aquellas palabras no podía pensar en otra cosa.

Había otra mujer como yo.

Una mujer que también había viajado en el tiempo.

Incluso pensarlo conseguía acelerarme el corazón.

Hasta hacía unas horas me había aferrado desesperadamente a la posibilidad de que todo aquello fuera producto de un golpe en la cabeza, una alucinación especialmente elaborada o cualquier otra explicación que no implicara aceptar que había aparecido en la Escocia de 1469.

Sin embargo, Daziel conocía a alguien que había vivido exactamente lo mismo.

Alguien que llevaba allí más de un año y que, según había dicho, incluso había tenido una oportunidad de regresar.

Aquello último era lo que más vueltas daba en mi cabeza.

Una oportunidad.

¿Qué significaba exactamente?

¿Había encontrado una forma de viajar entre épocas? ¿Había intentado regresar y algo había salido mal? ¿Seguía existiendo alguna posibilidad de hacerlo?

Necesitaba saberlo.

Necesitaba hablar con aquella mujer cuanto antes.

Entré en la habitación y cerré la puerta tras de mí.

El fuego de la chimenea todavía permanecía encendido y alguien había dejado varias velas sobre la mesa y junto a la cama.

Durante unos segundos permanecí allí, observando aquella estancia que apenas unas horas antes me había parecido sacada de una película y que ahora debía empezar a aceptar como mi realidad, al menos de momento.

Me acerqué al arcón y encontré el camisón que Màiri había preparado para mí.

Me quité el vestido con bastante menos dificultad de la que había tenido para ponérmelo y lo dejé cuidadosamente sobre una silla.

Después me puse el camisón de lino, que me llegaba casi hasta los tobillos y era tan amplio que probablemente podrían haber metido dentro a otra Chloe sin demasiados problemas.

Me metí en la cama y tiré de las mantas hasta cubrirme.

Cerré los ojos e intenté obligarme a dormir, pero apenas unos segundos después tuve que volver a abrirlos.

Me giré hacia un lado, luego hacia el otro, buscando una postura que calmara el torbellino de pensamientos que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Al final terminé tumbada boca arriba, observando las viejas vigas de madera del techo mientras soltaba un largo suspiro.

Era inútil. Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente seguía demasiado despierta para concederme un solo instante de paz.

¿Cómo demonios pretendía dormir después de lo que acababa de descubrir?

La posibilidad de levantarme e ir a buscar a Daziel comenzó a parecerme cada vez menos descabellada. No sabía dónde estaba su habitación, pero aquella fortaleza tampoco podía ser tan grande. Bueno, sí. Era enorme. Pero alguien podría indicármelo.

Entonces imaginé la situación.

Yo, en camisón, recorriendo los pasillos de una fortaleza medieval en plena noche preguntando a los guardias dónde dormía su señor.

Fantástico.

Seguro que no daba lugar a ninguna interpretación equivocada.

―¿Sería muy indecoroso presentarme en la habitación de Daziel a estas horas? ―murmuré para mí misma.

Probablemente sí.

Muchísimo.

Además, ni siquiera sabía si habría regresado.

Quizá aquel asunto urgente todavía lo mantenía ocupado o, si ya había terminado, podía haberse acostado.

Pensé que vendría él mismo a buscarme para continuar la conversación, pero estaba claro que sus obligaciones eran más importantes que satisfacer mi curiosidad.

Aunque aquello no era curiosidad.

Era mi vida.

Mi futuro.

O mi pasado.

Resoplé y hundí la cabeza en la almohada.

―Esto de viajar en el tiempo es una auténtica mierda.

Por alguna razón, decirlo en voz alta consiguió hacerme sentir un poco mejor.

Volví a cerrar los ojos y traté de dejar la mente en blanco. No funcionó al principio. Las preguntas continuaron apareciendo una detrás de otra, mezclándose con imágenes del río, de mi hogar y de aquella misteriosa mujer a la que Daziel había escrito.

Pero el cuerpo terminó imponiéndose a la cabeza.

Habían sido demasiadas emociones para un solo día y el cansancio comenzó a pesar sobre mis párpados hasta que los pensamientos se hicieron más lentos, más confusos y finalmente desaparecieron.

Sin darme cuenta, terminé quedándome dormida.

Un sonido me despertó en mitad de la noche.

Abrí los ojos despacio, todavía atrapada entre el sueño y la realidad, y durante unos segundos no supe dónde estaba.

La habitación permanecía sumida en la oscuridad, salvo por el débil resplandor de las brasas que aún sobrevivían en la chimenea.

Me incorporé ligeramente sobre la almohada y entonces escuché cómo la puerta se abría con cuidado.

Una luz cálida apareció en la estancia.

Daziel entró sosteniendo un candil en una mano.

Mi corazón comenzó a latir con más fuerza en cuanto lo reconocí. Cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia la cama sin decir nada, mientras la luz del candil proyectaba sombras sobre su rostro.

―Daziel...

Él se detuvo junto a mí.

―Pensé que vendrías ―murmuré―. Te estaba esperando.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

―Estoy aquí.

Dejó el candil sobre la pequeña mesa junto a la cama y se sentó a mi lado. El colchón cedió ligeramente bajo su peso y yo me incorporé un poco más, sintiendo cómo desaparecía de golpe cualquier rastro de sueño.

―¿Para contarme lo que dejamos a medias?

Daziel negó despacio.

―No.

Se inclinó hacia mí.

La cercanía hizo que mi respiración se acelerara. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío y pude sentir el calor de su aliento sobre mis labios.

―Entonces... ¿qué haces?

Sus ojos azules descendieron hasta mi boca.

―Lo que sé que ambos deseamos.

No me dio tiempo a responder.

Me besó.

Y aquella vez no hubo provocaciones ni un simple roce destinado a ponerme nerviosa.

Su boca se apoderó de la mía con una pasión que me hizo olvidar dónde estaba, en qué siglo había despertado y todas las razones por las que aquello era una pésima idea.

Cerré los ojos y le devolví el beso mientras mis manos buscaban su cabello casi por instinto.

Era incluso mejor de lo que había imaginado.

Muchísimo mejor.

―Oh, Daziel... ―murmuré contra sus labios, enredando los dedos entre su cabello―. No dejes de besarme.

Él obedeció.

Volvió a besarme mientras una de sus manos se apoyaba junto a mi cuerpo y yo me acercaba todavía más, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera aquella boca que llevaba demasiado tiempo imaginando.

Cuando finalmente se apartó, tuve que contener una protesta.

Daziel se puso en pie junto a la cama y comenzó a desvestirse. Lo observé sin el menor disimulo.

La camisa cayó primero. Después el resto.

Abrí mucho los ojos.

―Dios... ¡qué bueno estás!

Él soltó aquella risa grave que empezaba a convertirse en uno de mis sonidos favoritos.

Se acercó de nuevo y yo alargué la mano sin pensarlo, deslizando los dedos por su abdomen. Sus músculos se tensaron bajo mi contacto y levanté la mirada hacia él.

―¿Vas a seguir contemplándome toda la noche? ―preguntó divertido.

―Estoy valorando mis opciones.

―¿Y qué has decidido?

Sonreí.

―Todavía necesito un poco más de tiempo.

Daziel se inclinó para tumbarse junto a mí, y mi corazón se aceleró ante la certeza de lo que estaba a punto de ocurrir.

Sin embargo, justo entonces, un sonido profundo y lejano atravesó la habitación.

Fruncí el ceño, desconcertada, intentando averiguar de dónde procedía aquel ruido que se parecía demasiado al toque de un cuerno.

Un instante después abrí los ojos de golpe y descubrí que Daziel ya no estaba allí.

Me incorporé en la cama completamente desorientada mientras el corazón me golpeaba con violencia contra el pecho. Miré hacia un lado.

Vacío.

Hacia el otro.

También vacío.

―¿Qué...?

Volví a escuchar el cuerno en el exterior.

La habitación estaba iluminada por la claridad grisácea del amanecer que entraba a través de la ventana. No había ningún candil encendido sobre la mesita. Tampoco había ropa de Daziel tirada por el suelo.

Me llevé ambas manos a la cara.

Había sido un sueño.

Un maldito sueño.

―Oh, Dios mío...

Estaba acalorada. Incluso podía notar una fina capa de sudor sobre mi piel y el cabello pegado ligeramente a la nuca.

Todo había parecido tan real que durante unos segundos todavía pude sentir sus labios sobre los míos, escuchar su voz junto a mi oído y recordar cada detalle de su cuerpo como si realmente hubiera estado allí.

Me dejé caer de nuevo sobre la almohada y me cubrí el rostro con las manos, completamente avergonzada por lo que acababa de soñar.

Pero lo peor no era haber tenido aquel sueño, sino reconocer que, si aquel maldito cuerno no me hubiera despertado, habría estado encantada de descubrir hasta dónde pensaba llevarme mi imaginación.

La puerta se abrió de repente.

―¡Chloe!

Solté un pequeño grito y tiré de las mantas hasta la barbilla.

Màiri entró acompañada por otras dos muchachas, todas ellas considerablemente más despiertas que yo.

―¡El rey ha llegado!

Parpadeé.

―¿Qué rey?

Màiri ya estaba colocando sobre la cama un precioso vestido de color granate.

―¡El rey de Escocia!

Me hundí debajo de las mantas.

Perfecto.

Acababa de despertarme de un sueño en el que prácticamente me lanzaba sobre Daziel MacKay y ahora tenía que conocer a un rey medieval.

Mi vida mejoraba por momentos.

―Vamos ―insistió Màiri mientras intentaba retirar las mantas―. Debe levantarse. Todos estarán en el gran salón para recibirlo.

―Dame un poco más de tiempo.

―No tenemos más tiempo.

―Solo un rato, por favor.

―Chloe.

Saqué únicamente la cabeza.

―He tenido una noche complicada.

Las tres muchachas me miraron sin comprender.

Mejor.

No pensaba explicarles exactamente cuánto.

Finalmente conseguí salir de la cama y permití que comenzaran a prepararme.

Màiri me ayudó a ponerme la camisa de lino y después el vestido granate que había llevado consigo.

Era más elegante que el del día anterior, ceñido en el torso y con una falda larga que caía en pesados pliegues hasta el suelo.

Una de las muchachas se encargó de mi cabello, recogiendo parte de mis rizos mientras dejaba el resto caer por mi espalda.

Todo el tiempo intenté concentrarme en cualquier cosa que no fuera Daziel.

No funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir su boca sobre la mía.

«Estupendo, Chloe. Ahora intenta mirarlo a la cara sin recordar que acabas de soñarlo desnudo».

Cuando terminaron, Màiri me observó satisfecha.

―Está preciosa.

―Gracias.

Aunque mi dignidad seguía escondida debajo de las mantas.

Salimos de la habitación y comenzamos a descender hacia el gran salón. La fortaleza estaba mucho más agitada que el día anterior. Criados corrían de un lado para otro, los guerreros ocupaban sus puestos y el sonido de voces y pasos llenaba los corredores.

Conforme nos acercábamos al salón, empecé a escuchar a numerosas personas reunidas en su interior.

Respiré profundamente.

Iba a conocer al rey de Escocia. Y también iba a encontrarme con Daziel. No sabía cuál de las dos cosas me ponía más nerviosa en aquel momento.