Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y

custodiada por el clan MacKay.

Daziel MacKay

El gran salón permanecía prácticamente vacío.

La larga mesa ya estaba preparada para la cena.

Varias velas iluminaban la estancia con una luz cálida que se mezclaba con el resplandor anaranjado de la enorme chimenea situada al fondo.

El fuego crepitaba con fuerza, alejando el frío que se colaba desde el exterior a través de los gruesos muros de piedra.

Esperaba de pie, junto al hogar.

En una mano sostenía un vaso de whisky. En la otra, el peso de demasiadas preocupaciones.

Di un pequeño sorbo mientras contemplaba las llamas y justo en ese instante se abrió la puerta del salón con suavidad.

Levanté la vista y allí estaba Chloe.

Entró despacio, todavía algo insegura, con el vestido verde que Màiri había escogido para ella. El color hacía resaltar todavía más el intenso rojo de su cabello, que caía suelto sobre los hombros formando grandes rizos. Por un instante olvidé todo cuanto ocupaba mi cabeza.

Era una mujer extraordinariamente hermosa.

Demasiado.

Había algo en ella que costaba explicar. No era únicamente su belleza. Era la manera en que caminaba, la forma en que observaba todo cuanto la rodeaba o aquel brillo color miel de sus ojos cuando discutía conmigo.

Era... tentadora.

Pero aquella noche había algo diferente. Su sonrisa había desaparecido. Y no hizo falta observarla demasiado para comprender el motivo. Había llorado. Sus ojos seguían ligeramente enrojecidos y el cansancio parecía pesar sobre sus hombros mucho más que unas horas antes.

Aquello me produjo una desagradable punzada en el pecho. No estaba preparada para vivir algo así. Nadie lo estaba.

Dejé el vaso sobre una mesa auxiliar y me acerqué unos pasos.

―Buenas noches.

Ella respondió con una leve inclinación de cabeza.

―Buenas noches.

Los dos ocupamos nuestros asientos mientras los sirvientes comenzaban a servir la cena. Nadie pronunció una sola palabra. Solo se escuchaba el sonido de los platos al colocarse sobre la mesa y el crepitar constante de la leña ardiendo en la chimenea.

Esperé a que terminaran.

Cuando el último de ellos retrocedió hasta la puerta, levanté la vista.

―Dejadnos solos.

Todos inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

―Sí, mi señor.

La puerta se cerró lentamente tras ellos.

Solo entonces volví a mirarla.

―¿Estás bien?

Chloe bajó la vista hacia el plato.

―Lo estoy.

Mentía. Lo hacía francamente mal.

Apoyé los antebrazos sobre la mesa.

―Vamos, Chloe... conmigo puedes ser sincera.

Guardó silencio durante unos segundos.

Podía verla debatirse entre seguir fingiendo o dejar caer aquella máscara que llevaba intentando mantener desde que llegó.

Al final suspiró.

―Es que... me siento perdida ―su voz apenas fue un susurro―. No sé qué hago aquí.

Levantó lentamente la vista. Había lágrimas contenidas en sus ojos.

―No sé si todo esto es un sueño del que terminaré despertando en cualquier momento... o si realmente estoy aquí.

Noté cómo se le quebraba la voz.

―Tengo tantas preguntas... ―Bajó nuevamente la mirada―. Necesito volver a casa. Y ni siquiera sé si eso es posible.

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. Porque conocía exactamente aquella mirada. La misma desesperación. La misma incertidumbre.

Respiré profundamente antes de hablar.

―Verás... todo esto es muy difícil de explicar.

Ella permaneció completamente inmóvil.

―Y probablemente no me creerías aunque intentara hacerlo.

Esperé un instante.

―Pero conozco a alguien que también viajó en el tiempo.

Sus ojos se abrieron de golpe.

―¿Qué?

Asentí.

―Es verdad.

Permaneció varios segundos sin decir absolutamente nada.

―¿Dónde está? ―Su voz sonó llena de esperanza―. Quiero hablar con esa persona.

No pude evitar sonreír. Era exactamente la misma reacción que habría tenido cualquiera.

―Le he enviado una misiva. Vendrá en cuanto la reciba.

Se inclinó un poco sobre la mesa.

―¿Cuánto tiempo lleva aquí?

―Algo más de un año.

El tenedor resbaló de entre sus dedos y cayó sobre el plato.

―¿Qué?

Negué despacio.

Sabía perfectamente lo que aquella respuesta significaba para ella.

―¿Lleva aquí más de un año?

―Sí.

Su rostro perdió el poco color que le quedaba.

―¿Y... no ha podido volver?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Guardé silencio unos segundos.

―Digamos que tuvo una oportunidad.

Chloe contuvo la respiración.

―¿Y?

―No funcionó.

Vi cómo la esperanza desaparecía poco a poco de sus ojos.

―¿Por qué?

Negué con suavidad.

―Preferiría que fuera ella quien te lo explicara.

―¿Ella?

Asentí.

―Sí.

Chloe permaneció unos segundos en silencio antes de volver a preguntar.

―¿Cómo se llama?

Justo en ese instante alguien llamó con fuerza a la puerta.

Tres golpes secos.

Fruncí el ceño.

―Adelante.

La puerta se abrió inmediatamente.

Munro entró con paso rápido. Su expresión bastó para hacerme comprender que ocurría algo grave.

―Mi señor.

Se detuvo frente a la mesa.

―Hemos tenido un problema en las inmediaciones de la fortaleza.

Me puse en pie.

―¿Qué ha ocurrido?

―Nuestros hombres han capturado a un desconocido espiando las patrullas del lado norte.

Mi mandíbula se tensó.

―¿Ha dicho quién es?

―No.

Munro negó con la cabeza.

―Pero llevaba un cuchillo oculto y trató de huir cuando intentamos detenerlo.

Intercambié una rápida mirada con Chloe.

Después volví a mirar a Munro.

―Voy enseguida.

Él asintió y salió del salón tan deprisa como había entrado.

Me volví hacia Chloe. La frustración era evidente en su rostro.

―No puedes dejarme así ―su voz sonó casi suplicante―. Necesito saber quién es esa mujer.

Sentí una punzada de culpa.

―Lo sé. ―Me acerqué hasta ella―. Y te prometo que te lo contaré todo. Sin ocultarte nada. Pero ahora mismo hay hombres que dependen de mí.

Esperé a que sostuviera mi mirada.

―Cuando regrese hablaremos con calma.

Permaneció en silencio unos segundos. Finalmente asintió con resignación.

―Está bien.

Respiré aliviado.

Sin añadir una palabra más, abandoné el gran salón.

Aunque, mientras recorría el pasillo tras Munro, no pude quitarme de la cabeza la imagen de Chloe quedándose sola una vez más intentando comprender un mundo al que nunca había pedido pertenecer.

El patio de armas estaba completamente en silencio cuando crucé las puertas de la fortaleza.

Los hombres habían interrumpido el entrenamiento y formaban un amplio círculo alrededor del prisionero.

Nadie hablaba. Nadie se movía. Únicamente se escuchaba el resoplar de los caballos en los establos y el chocar metálico de alguna espada contra una armadura al cambiar de postura.

El espía permanecía de rodillas sobre el barro, con las manos atadas a la espalda y el rostro cubierto de sangre seca.

A juzgar por los golpes que presentaba en la cara, no había facilitado precisamente su captura.

Aun así, cuando levantó la cabeza y me vio acercarme, todavía conservaba una expresión desafiante.

Munro caminó a mi lado.

―Intentó escapar hacia el bosque cuando descubrió a nuestros exploradores. Hirió a uno de los hombres antes de que consiguieran reducirlo.

Desvié la mirada hacia el guerrero herido. Tenía un corte profundo en el antebrazo, aunque parecía más molesto que preocupado.

Volví a fijarme en el prisionero. Era más joven de lo que había imaginado; apenas tendría unos treinta años.

Permanecía de rodillas sobre el barro, con las manos atadas a la espalda y el rostro cubierto de sangre seca.

Me detuve frente a él sin pronunciar una sola palabra.

Me limité a sostenerle la mirada. Los segundos comenzaron a transcurrir lentamente, hasta que el silencio terminó por hacerse incómodo para todos los presentes.

Él, sin embargo, no bajó los ojos. Continuó observándome con una mezcla de orgullo y desafío que rozaba la insensatez.

Sonreí apenas.

―¿Cómo te llamas?

No respondió.

―Te he hecho una pregunta.

El hombre escupió al suelo, a escasos centímetros de mis botas.

Varios de mis guerreros reaccionaron al instante y dieron un paso al frente, dispuestos a hacer pagar aquella insolencia. Bastó con que levantara una mano para que todos se detuvieran en seco. Nadie volvió a moverse. Aquel hombre era mi prisionero y su interrogatorio me pertenecía únicamente a mí.

―Supongo que pretendes parecer valiente.

El prisionero sonrió con desprecio.

―No tengo nada que decirte.

Asentí despacio.

―Eso ya lo veremos.

Comencé a caminar lentamente alrededor de él con las manos cruzadas a la espalda.

No tenía prisa. Quería que sintiera el peso de cada segundo.

―Has cruzado mis fronteras armado.

No respondió.

―Has estado observando las patrullas y contabilizado a mis hombres.

Continué caminando.

―Y has intentado huir cuando te descubrieron.

Me detuve de nuevo frente a él.

―Eso, en mis tierras, tiene un único castigo.

El hombre levantó la cabeza.

―Mátame.

Aquellas dos palabras provocaron un murmullo entre los soldados. Yo permanecí completamente impasible.

―¿Crees que la muerte es lo peor que puede ocurrirte?

Su expresión cambió apenas un instante. Pero lo suficiente.

Me giré hacia Munro.

―¿Dónde está Robert?

Munro comprendió inmediatamente a quién me refería.

―En la herrería, mi señor.

Asentí despacio.

―Ve a buscarlo.

El espía frunció el ceño.

―¿Quién es Robert?

Lo miré.

―El hombre que disfruta arrancando información... dedo a dedo.

El color abandonó lentamente su rostro.

No aparté los ojos de él.

―Empieza siempre por las uñas. ―Hice una breve pausa―. Dice que así los hombres hablan antes.

El silencio volvió a adueñarse del patio. Nadie sonreía. Nadie hacía el menor gesto. Hasta el viento parecía haberse detenido.

Munro dio un paso para marcharse.

―¡Espera!

La voz del prisionero sonó mucho menos firme que antes.

Mi segundo se detuvo.

Yo también.

―Habla.

El hombre respiraba con dificultad.

Miraba alternativamente a Munro y a mí como si intentara adivinar cuál de los dos mentía.

―No... no hace falta llamar a nadie.

Esperé.

―Me envía Albort Ross.

Ninguno de mis hombres reaccionó. Pero pude sentir cómo toda la atención del patio se concentraba sobre nosotros.

―Continúa.

El espía tragó saliva.

―Está reuniendo un ejército.

―¿Cuántos hombres?

―No lo sé.

Mi expresión no cambió.

―Piénsatelo antes de responder.

―¡Es la verdad!

Respiraba cada vez más deprisa.

―Nunca reúne a todos en el mismo lugar. Los divide. Cambia continuamente de campamento para que nadie pueda seguirle el rastro.

Aquello tenía sentido. Albort siempre había sido más inteligente de lo que muchos le atribuían.

―¿Y qué pretende?

―Quiere recuperar lo que es suyo.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Ninguno de los presentes necesitaba preguntar a qué se refería.

Todos sabíamos cuál era el verdadero objetivo de Albort Ross.

No ansiaba riquezas ni venganza únicamente; quería recuperar Kinlochewe, la fortaleza y cada palmo de tierra que el rey había puesto bajo el dominio de los MacKay.

Aquello seguía ardiendo en su orgullo como una herida abierta.

Di un paso hacia el prisionero y él levantó lentamente la vista para sostenerme la mirada una vez más.

―Escúchame bien.

Mi voz sonó baja. Tan baja que todos guardaron silencio para escucharla.

―Regresarás con vida junto a él y le llevarás un mensaje.

Vi cómo contenía la respiración y me incliné ligeramente hacia él.

―Le dirás que esta vez no cometeré el error de dejarlo escapar. Y que cuando lo atrape… lo haré sufrir. Su muerte será horrible.

Me incorporé de nuevo.

―Soltadlo.

Dos guerreros lo levantaron bruscamente del suelo y lo empujaron en dirección al portón principal.

El hombre se volteó para mirarme con verdadero terror en el rostro.

―¡Corre! Lárgate antes de que me arrepienta.