Capítulo 8
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Caminé y caminé por la fortaleza sin un rumbo concreto.
Cada pasillo desembocaba en otro distinto, y todos parecían llevarme a un lugar nuevo.
No daba crédito a cuanto veía. Hombres vestidos con cotas de malla cruzaban de un lado a otro cargando espadas, mujeres transportaban cestas de ropa o grandes jarras de barro, y los criados corrían apresurados cumpliendo órdenes que apenas alcanzaba a comprender.
Algunos me dedicaban una sonrisa amable al cruzarse conmigo.
Otros, en cambio, me observaban con evidente curiosidad, preguntándose sin duda quién era aquella desconocida de cabello rojizo que paseaba sola por la fortaleza.
Intentaba comportarme con naturalidad, pero cada nuevo rostro hacía que me sintiera más fuera de lugar.
Aquellas personas pertenecían a un mundo que no era el mío.
Hablaban, vestían y vivían de una forma completamente distinta a todo cuanto había conocido, y cuanto más tiempo permanecía allí, más difícil me resultaba convencerme de que aquello no era real.
Entonces me crucé con dos guardias.
Venían conversando entre ellos y, al verme, interrumpieron la conversación durante un instante. Ambos me miraron con curiosidad, sin apartar los ojos de mí mientras pasaban a mi lado.
Sentí un nudo en el estómago. Agaché la cabeza y aceleré el paso. No quería hablar con nadie. No quería seguir respondiendo preguntas. Necesitaba respirar.
Doblé por un pasillo estrecho y, sin pensarlo siquiera, abrí la primera puerta que encontré. Entré rápidamente. La cerré tras de mí y apoyé la frente contra la madera. Cerré los ojos e inspiré profundamente.
―Tranquila... ―murmuré en voz alta, intentando convencerme a mí misma―. Estás bien. Estás bien. No te has vuelto loca.
Un carraspeo sonó a mi espalda. Di un respingo tan brusco que estuve a punto de gritar.
Me giré de golpe y allí estaba Daziel. Prácticamente desnudo. Tenía el pelo todavía mojado, pequeñas gotas de agua deslizándose por su pecho y sus hombros, y únicamente una sencilla prenda de lino cubriendo la parte baja de su cuerpo.
«Madre mía…»
Aquello era, sin ninguna duda, la imagen más sexy que había visto jamás.
Él me observó divertido.
―¿Es que ya no sabes qué hacer para verme desnudo?
Noté cómo el calor me subía inmediatamente a las mejillas.
―Perdona... No era mi intención.
Me di la vuelta enseguida.
―Ya me iba.
―No es necesario.
Su voz sonó tranquila.
―No hay nada que no hayas visto ya.
Permanecí de espaldas.
―Y, además, empiezo a pensar que te gusta mirarme.
Resoplé.
Me giré lentamente hasta quedar de nuevo frente a él.
―¡Claro que no!
Lo miré con todo el descaro del que fui capaz.
―No te creas tan importante.
Una sonrisa apareció en su rostro.
―Vamos... Tu mirada no miente.
Negué con firmeza.
―Te equivocas.
―¿Ah, sí?
Comenzó a caminar hacia mí despacio, sin apartar los ojos de los míos.
―Estás sonrojada.
Se detuvo a apenas un paso de distancia.
―Admítelo de una vez. ―Su voz descendió hasta convertirse en un susurro―. No te soy indiferente.
Levanté la barbilla para sostenerle la mirada.
―Daziel MacKay... eres un creído.
Él sonrió todavía más.
―¿Jamás te fijarías en alguien como yo?
―Jamás.
―¿Estás segura?
Acortó la escasa distancia que todavía nos separaba.
Sentí el calor de su cuerpo envolviéndome y, por un instante, fui incapaz de moverme.
Levantó una mano lentamente y deslizó los dedos entre uno de mis rizos, apartándolo con infinita suavidad. Después se inclinó hasta quedar muy cerca de mi oído.
―Estás preciosa.
Aquellas dos palabras hicieron que un escalofrío recorriera toda mi espalda.
Sin dejar de mirarme, volvió a incorporarse muy despacio. Sus ojos descendieron hasta mi boca. Después los míos hicieron exactamente el mismo recorrido. Mi respiración comenzó a acelerarse.
Se inclinó un poco más. Y un segundo después sus labios rozaron los míos con una suavidad exasperante.
Creía que iba a acobardarme. Qué poco me conocía.
Sostuve su mirada sin pestañear. Esperé, y cuando comprendí que iba a besarme de verdad, fui yo quien dio un pequeño paso hacia atrás.
Una sonrisa apareció en mis labios.
―No, Daziel ―negué despacio―. Lo que pasa es que eres tú quien no puede dejar de mirarme. De provocarme.
Vi cómo una de sus cejas se arqueaba.
―Y yo... ―Lo señalé con un dedo―. Yo no tengo ningún interés en ti.
Me di media vuelta antes de que pudiera responder y salí de la habitación con paso apresurado.
Solo cuando la puerta quedó cerrada tras de mí apoyé una mano sobre el pecho.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía dispuesto a salirse de él.
Solté el aire muy despacio mientras intentaba recuperar la respiración.
Tenía que reconocerlo. Aquel hombre sabía perfectamente cómo alterar a una mujer. Pero antes moriría que darle la satisfacción de admitirlo.
Salí de allí prácticamente huyendo. Necesitaba aire, alejarme de Daziel. Y, sobre todo, necesitaba convencer a mi cabeza de que acababa de perder completamente el juicio.
Atravesé varios pasillos sin fijarme siquiera por dónde iba hasta encontrar una puerta que daba al exterior.
En cuanto la abrí, una agradable brisa me golpeó el rostro y respiré profundamente.
El aire olía a bosque, a tierra húmeda y a leña.
Cerré los ojos durante unos segundos, dejando que el viento enfriara el calor que seguía subiéndome por las mejillas.
No sirvió de nada.
Todavía podía sentir sus labios rozando los míos. Había sido apenas un roce. Tan suave que casi podría convencerme de que lo había imaginado. Y, sin embargo, era incapaz de pensar en otra cosa.
Me apoyé sobre el pretil de piedra de la muralla y contemplé las montañas mientras mi mente, completamente traidora, comenzaba a imaginar escenarios que no tenían ningún derecho a existir.
«¿Cómo sería besarlo de verdad? ¿Sentir sus dedos acariciando mi piel? ¿Y estar entre sus brazos... en su cama?».
Abrí los ojos de golpe.
―¡Joder!
Me llevé una mano a la frente.
―Estoy aquí, perdida en mitad de... no sé ni de qué siglo, y lo único en lo que puedo pensar es en acostarme con él.
Negué lentamente con la cabeza.
―¿Es que mi mente está enferma?
Resoplé.
No. Aquello no tenía ningún sentido.
Daziel era un hombre arrogante, insoportablemente seguro de sí mismo y con un ego del tamaño de aquellas montañas. Y, para colmo, parecía completamente convencido de que cualquier mujer podría caer a sus pies.
«Pues conmigo lo lleva claro.»
Aunque una parte de mí, muy pequeña y bastante molesta, acababa de recordarme que casi me había quedado esperando a que me besara.
Bufé.
―Patética. Eres patética.
Traté de pensar en otras cosas y entonces todas aquellas ideas desaparecieron de mi mente casi tan rápido como habían llegado. Mi sonrisa se desvaneció al pensar en casa.
¿Me estarían buscando? Sentí un nudo en el estómago.
La policía seguramente ya habría encontrado mi coche junto al río.
Quizá también alguna de mis pertenencias.
Lo más lógico sería que pensaran que me había ahogado, o incluso que me había suicidado exactamente igual que ocurrió con Rose.
Solo imaginar a los agentes cerrando mi desaparición de la misma manera que habían cerrado la suya hizo que un escalofrío me recorriera el cuerpo. Tragué saliva con dificultad.
En mi puesto de trabajo no tardarían en darse cuenta de mi ausencia. Trabajaba como administrativa en una de las universidades más importantes de Londres y rara vez faltaba sin avisar. Cuando no apareciera aquella mañana, llamarían a mi móvil. Después a casa. Y nadie respondería.
La idea me hizo sentir un vacío insoportable.
No tenía padres. Nunca los había tenido.
Había crecido en un orfanato sin saber quiénes eran ni por qué me habían abandonado.
Cuando cumplí diez años me trasladaron a una casa de acogida junto a otros niños y allí permanecí hasta alcanzar la mayoría de edad.
Aquel lugar me dio un techo, comida y educación, pero nunca consiguió convertirse en un hogar.
Eso llegó mucho después.
Conocí a Rose por pura casualidad.
Una tarde lluviosa, al salir del metro, una ráfaga de viento le arrebató todos los apuntes que llevaba en las manos.
Las hojas comenzaron a volar por media acera y las dos terminamos corriendo detrás de ellas bajo un chaparrón que nos dejó completamente empapadas.
Cuando conseguimos recoger la última, acabamos riéndonos en mitad de la calle como dos completas desconocidas.
Aquella misma tarde entramos en una cafetería para secarnos y tomar algo caliente. Nunca imaginé que aquella conversación improvisada acabaría cambiándome la vida. Desde entonces nos volvimos inseparables.
Rose tenía esa extraña facilidad para hacer sentir importante a cualquiera que se cruzara en su camino. Era imposible no quererla. Y, poco a poco, su familia terminó convirtiéndose también en la mía.
Su madre me abrió las puertas de su casa desde el primer día. Nunca me hizo sentir una invitada. Siempre decía que donde comían dos, comían tres, y acabé celebrando cumpleaños, Navidades y cualquier excusa para reunirnos alrededor de su mesa.
A su padre tuve menos tiempo para conocerlo.
Era un hombre tranquilo, con un sentido del humor extraordinario y una paciencia infinita. Falleció pocos años después, víctima de un cáncer que se lo llevó demasiado deprisa.
Recuerdo el día del funeral.
La madre de Rose me abrazó con tanta fuerza como a su propia hija. Y, sin decirlo nunca en voz alta, las dos supimos que, desde aquel momento, también era un poco mi madre.
Pensar en ella hizo que el pecho volviera a encogérseme. ¿Cómo estaría? Había perdido primero a su marido. Después a Rose. Y ahora... Ahora también me perdería a mí.
Noté cómo las lágrimas amenazaban con regresar. No. No podía permitírmelo otra vez. Inspiré profundamente varias veces hasta recuperar un poco la calma.
―Chloe.
La voz de Màiri me hizo volver al presente.
Me giré.
La muchacha se acercaba por el camino de ronda con una sonrisa amable.
―Llevo un rato buscándola.
Me limpié rápidamente los ojos para que no notara que había estado llorando.
―Lo siento.
Ella negó con la cabeza.
―No tiene que disculparse.
Se detuvo a mi lado.
―La cena ya está preparada. Nuestro señor ha ordenado que cene con él en el gran salón.
Respiré hondo.
No tenía el menor deseo de volver a encontrarme con Daziel.
Precisamente por eso sabía que era inevitable.
Màiri sonrió y me tendió la mano para indicarme el camino.
―Venga. Será mejor que no lo hagamos esperar.