Capítulo 7
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Màiri no dejó de hablar desde el momento en que abandonamos el patio principal de la fortaleza.
Caminaba unos pasos por delante de mí con una energía contagiosa, señalándome cada rincón por el que pasábamos como si llevara toda la vida esperando a alguien a quien enseñárselo.
Me explicaba para qué servía cada estancia, quién dormía en ella, qué parte de la fortaleza utilizaban los soldados y cuál pertenecía al servicio, todo ello acompañado de una sonrisa tan sincera que resultaba imposible no sentir simpatía por ella.
Yo, en cambio, apenas era capaz de responder con algún asentimiento o una palabra suelta.
Mi cabeza seguía demasiado ocupada intentando comprender qué estaba ocurriendo realmente.
Mientras avanzábamos por aquellos interminables pasillos de piedra, mis ojos recorrían cuanto me rodeaba con una mezcla de fascinación e incredulidad.
Las paredes estaban iluminadas únicamente por antorchas cuyo humo dejaba un tenue olor a madera quemada en el ambiente.
Grandes tapices colgaban entre los arcos de piedra representando escenas de caza y antiguos escudos familiares.
Cada pocos metros nos cruzábamos con guerreros armados que saludaban respetuosamente a Màiri o con criadas que transportaban cestos llenos de ropa, cántaros de agua o haces de leña para las chimeneas.
Todo parecía demasiado auténtico. No había focos ocultos, ni cámaras. Tampoco visitantes haciendo fotografías. Ni un solo detalle que me recordara al siglo XXI.
Cuanto más observaba aquel lugar, más difícil me resultaba encontrar una explicación lógica. La única que existía era precisamente la que me negaba a aceptar. ¿Y si Daziel tenía razón? La pregunta apareció en mi cabeza sin pedir permiso. Sentí un escalofrío.
No.
No podía haber viajado en el tiempo. Aquello era imposible. Las personas no desaparecían de un siglo para aparecer en otro simplemente porque un río decidiera tragárselas.
Tenía que existir otra explicación. Aunque, por mucho que la buscara, era incapaz de encontrarla.
―Debe de estar hambrienta.
La voz de Màiri interrumpió aquel torbellino de pensamientos antes de que consiguiera volverme completamente loca.
Levanté la vista y descubrí que nos encontrábamos frente a una amplia cocina en la que reinaba una actividad constante.
Varias mujeres amasaban pan sobre una enorme mesa de madera cubierta de harina mientras otras removían grandes ollas suspendidas sobre el fuego.
El calor de las llamas inundaba la estancia y el delicioso aroma de la carne cocinándose junto con las verduras hizo que mi estómago protestara inmediatamente.
No recordaba la última vez que había sentido tanta hambre.
Màiri me condujo hasta un hombre corpulento de barba gris que removía un enorme caldero con una cuchara de madera casi tan grande como mi brazo.
―Fergoll ―llamó Màiri al hombre que removía uno de los calderos.
El cocinero levantó la cabeza y dejó el cucharón sobre la mesa. Era un hombre de unos cincuenta años, de complexión robusta, con una espesa barba entrecana y el rostro enrojecido por el calor constante de los fogones.
―Nuestro señor me ha pedido que cuide de ella durante su estancia en la fortaleza. Lleva horas sin probar bocado.
Fergoll me dedicó una breve sonrisa y asintió sin hacer una sola pregunta.
Parecía acostumbrado a cumplir las órdenes sin cuestionarlas.
Tomó un cuenco de barro, lo llenó con un espeso estofado que desprendía un aroma delicioso y lo acompañó con un generoso trozo de pan recién horneado, un pedazo de queso curado y una jarra de leche.
―Siéntese, muchacha. Coma mientras aún está caliente.
No necesité que me lo repitiera.
Me senté en uno de los bancos de madera y llevé la primera cucharada a la boca.
El sabor era increíble. La carne estaba tan tierna que prácticamente se deshacía, las verduras conservaban toda su textura y el caldo era tan sabroso que terminé mojando el pan sin el menor pudor.
Durante unos minutos me olvidé del río, de Daziel, de la fortaleza e incluso de la absurda idea de haber viajado en el tiempo.
Solo existía aquella comida.
Y estaba deliciosa.
Cuando terminé el cuenco, Fergoll soltó una carcajada al ver que prácticamente no había dejado ni una gota.
―Hacía tiempo que no veía comer así a nadie.
Noté cómo las mejillas comenzaban a arderme.
―Lo siento... Creo que tenía más hambre de la que imaginaba.
―No hay nada que sentir. Para un cocinero siempre es un placer ver un plato vacío.
Aquellas palabras consiguieron arrancarme una pequeña sonrisa.
Cuando terminé de comer, Màiri volvió a ponerse en pie y me indicó que la siguiera una vez más. Atravesamos un par de escaleras de piedra y un largo corredor iluminado por estrechas ventanas hasta llegar a una pesada puerta de roble.
La abrió con cuidado.
La habitación resultó mucho más acogedora de lo que esperaba encontrar en una fortaleza medieval.
Una enorme cama de madera presidía la estancia, cubierta por gruesas mantas de lana y pieles que prometían mantener el frío muy lejos durante la noche.
Frente a ella descansaba una chimenea de piedra donde ardía un fuego tranquilo que llenaba la habitación de un agradable calor.
Junto a la ventana había una pequeña mesa con una jarra de agua, un cuenco de barro y una vela aún sin encender, mientras que un gran arcón tallado ocupaba uno de los rincones, probablemente destinado a guardar ropa y mantas.
Me acerqué despacio hasta la ventana.
Desde allí podía contemplarse buena parte del valle. El bosque se extendía hasta perderse en el horizonte y las montañas envolvían la fortaleza como si llevaran siglos protegiéndola del resto del mundo.
Era un paisaje precioso. Y precisamente por eso daba miedo. Porque no reconocía absolutamente nada.
―Estoy segura de que desea descansar un poco ―dijo Màiri con una sonrisa.
Asentí despacio.
El cansancio comenzaba a pesar sobre todo mi cuerpo.
―Después vendré a ayudarla a bañarse y a buscarle un vestido. Esa ropa que lleva es… es muy poco apropiada para una joven decente.
Bajé la vista hacia mis vaqueros y mi jersey. Era cierto que realmente desentonaban con todo cuanto me rodeaba.
Estuve a punto de decirle que prefería seguir vistiendo mi propia ropa, que no necesitaba vestidos ni baños medievales, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
¿De qué servía discutir?
Antes de que saliera de la habitación reuní el valor suficiente para detenerla.
―Màiri...
La muchacha se volvió inmediatamente.
―¿Sí?
Inspiré profundamente.
―Ayer me golpeé la cabeza cuando caí al río y... sigo un poco confundida.
Su expresión se llenó de preocupación.
―¿Os encontráis bien?
Asentí.
―Solo necesito asegurarme de una cosa.
Guardé silencio unos segundos antes de formular la pregunta que llevaba horas atormentándome.
―¿En qué año estamos?
La sonrisa de Màiri no vaciló ni un instante.
―En el año de Nuestro Señor de mil cuatrocientos sesenta y nueve.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que cualquiera respondería qué día de la semana era.
No había duda ni vacilación. Solo una certeza absoluta.
Le di las gracias en un hilo de voz y esperé a que abandonara la habitación. Cuando la puerta se cerró, caminé lentamente hasta la ventana y permanecí allí durante largo rato, contemplando las montañas sin verlas realmente.
Por segunda vez aquel día alguien acababa de confirmar exactamente la misma fecha.
Y, por mucho que mi cabeza siguiera negándose a aceptarlo, empezaba a quedarme sin argumentos para demostrar que todo aquello era imposible.
El viento agitaba las copas de los árboles y varios jinetes recorrían el camino principal completamente ajenos al caos que reinaba dentro de mi cabeza. Entonces las piernas dejaron de sostenerme.
Me dejé caer sobre el borde de la cama y, casi sin darme cuenta, las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
Al principio intenté contenerlas, aunque no lo conseguí.
Terminé tumbándome sobre el colchón, abrazándome a una de las gruesas almohadas de plumas mientras lloraba como una niña pequeña.
Lloré por el miedo y por la incertidumbre.
Por no entender qué estaba ocurriendo. Y por la terrible sensación de que quizá jamás volvería a ver a mis amigos.
No sabía cuánto tiempo permanecí así. Solo sé que, poco a poco, el llanto fue apagándose hasta convertirse en un simple sollozo. Entonces una idea cruzó mi mente con tanta fuerza que hizo que me incorporara de golpe.
Rose.
El corazón comenzó a latirme con violencia.
¿Y si...? ¿Y si a Rose le había ocurrido exactamente lo mismo? Hasta ese momento había pensado que simplemente había desaparecido. Pero... ¿y si no? ¿Y si el río también la había llevado hasta allí?
Aquella posibilidad me dejó completamente inmóvil. Horas antes me habría parecido una locura. Ahora, sin embargo... Ahora cualquier cosa era posible.
La respiración comenzó a acelerárseme. Si Rose estaba allí... Si realmente había llegado a aquella época... Entonces quizá existiera una manera de regresar. O quizá... Ni siquiera quise terminar aquel pensamiento. Tres golpes suaves sonaron al otro lado de la puerta.
Antes de que pudiera responder, esta se abrió lentamente.
Entraron cuatro criados cargando una gran bañera de madera.
La colocaron junto a la chimenea y, tras hacer una breve inclinación de cabeza, fueron entrando y saliendo varias veces con cubos de agua caliente hasta llenarla casi por completo.
Una fina nube de vapor comenzó a elevarse por la habitación, impregnándola del agradable aroma de unas hierbas que alguien había echado al agua.
Cuando terminaron, todos abandonaron la estancia. Todos menos Màiri. La muchacha sonrió mientras colocaba cuidadosamente una toalla de lino sobre una silla.
―El baño ya está preparado.
Asentí.
―Gracias.
Esperé.
Ella siguió allí.
―Puedes marcharte ―dije con una sonrisa tímida.
Màiri me miró sin comprender.
―Debo ayudarla.
Negué inmediatamente con la cabeza.
―No hace falta. Puedo bañarme sola.
La joven soltó una pequeña risa.
―Eso sería muy poco apropiado.
Fruncí el ceño.
―¿Apropiado?
―Sí. Es mi obligación ayudarla.
Suspiré resignada.
Aquella conversación estaba perdida antes incluso de empezar.
―De acuerdo...
Comencé a quitarme el jersey y después los vaqueros bajo su atenta mirada.
Intenté convencerme de que aquello no era más incómodo que cambiarme en un probador, pero no funcionó.
Cuando me quedé únicamente con la ropa interior, Màiri abrió mucho los ojos.
Sin embargo, no fue por aquello. Fue cuando terminé de desnudarme.
Su expresión cambió por completo. Permaneció mirando fijamente mi abdomen.
Seguí la dirección de su mirada.
Había visto mi tatuaje de una mariposa.
―¿Qué... qué es eso? ―preguntó casi en un susurro.
Bajé la vista hacia el dibujo y sonreí con cierta nostalgia.
―Un tatuaje.
La palabra no pareció decirle absolutamente nada.
Busqué una explicación que pudiera comprender.
―En el lugar de donde vengo hay personas que decoran su piel con dibujos permanentes.
Màiri seguía observándolo como si nunca hubiera visto nada parecido.
Y probablemente era cierto.
―Me lo hice durante uno de los viajes que hice con unos amigos.
Aquello, al menos, era una explicación sencilla.
La joven permaneció unos segundos en silencio antes de levantar la vista hacia mí.
―Será mejor que no permitáis que nadie más lo vea.
Fruncí el ceño.
―¿Por qué?
Bajó la voz de inmediato.
―La gente podría decir muchas cosas.
No necesitó explicar cuáles.
«Brujería».
Aquella palabra volvió inmediatamente a mi cabeza.
Comprendí entonces por qué Daziel me había advertido con tanto empeño.
Tragué saliva.
―Lo tendré en cuenta.
Màiri asintió, aparentemente más tranquila, y comenzó a ayudarme a entrar en la bañera.
El agua caliente envolvió mi cuerpo arrancándome un profundo suspiro de alivio.
Después de todo lo ocurrido durante las últimas horas, aquella sensación resultaba casi un lujo.
Permanecí varios minutos sumergida mientras Màiri me ofrecía un jabón elaborado con grasa y hierbas aromáticas que desprendía un agradable olor a lavanda y romero.
Lavé mi cuerpo con calma.
Después dediqué un buen rato a desenredar y limpiar mi cabello, todavía áspero por el agua del río.
Cuando por fin salí de la bañera, sentía que me había quitado de encima algo más que el barro y el frío.
Màiri me envolvió en una gran toalla de lino y abrió el arcón que había junto a la cama.
De su interior sacó una larga léine de lino color marfil, suave y ligera, que llegaba hasta los tobillos.
Sobre ella me ayudó a colocar un vestido de lana teñido de un intenso verde bosque, ajustado mediante un cinturón de cuero trenzado que marcaba ligeramente la cintura sin resultar incómodo.
Finalmente colocó sobre mis hombros un cálido chal de lana y me entregó unas medias gruesas junto con unos sencillos zapatos de cuero blando.
Me observé en el pequeño espejo de metal pulido que descansaba sobre la mesa.
Apenas me reconocí. Parecía una mujer salida de un libro de historia.
Màiri sonrió satisfecha.
―Ahora sí.
Me giré hacia ella.
―¿Y ahora qué?
―La cena no se servirá hasta dentro de un buen rato. Si lo desea, puede pasear por la fortaleza. Así conocerá mejor el lugar.
Sonrió con amabilidad.
―Si quiere, puedo acompañarla.
Negué despacio.
Agradecía enormemente todo cuanto estaba haciendo por mí, pero en aquel momento necesitaba otra cosa.
Necesitaba silencio. Necesitaba ordenar mis pensamientos. Averiguar si realmente había alguna explicación para todo aquello.
―Gracias, Màiri..., pero prefiero estar sola un rato.
Ella pareció comprenderlo al instante.
―Como desee.
Hizo una pequeña reverencia antes de abandonar la habitación, dejándome nuevamente sola con mis pensamientos... y con un mundo que, por mucho que lo intentara, seguía sin comprender.