Capítulo 6
Fortaleza de Kinlocheve, propiedad de la corona y
custodiada por el clan MacKay.
Daziel MacKay
Cuando por fin llegamos a la fortaleza, Chloe había dejado de resistirse.
No sabía si se debía al cansancio o al hecho de que había comprendido que, por mucho que siguiera golpeándome o amenazándome, no iba a permitir que se marchara sola. Sin embargo, tuve la impresión de que fue otra cosa la que terminó por silenciarla.
La fortaleza.
O quizá los casi cincuenta guerreros apostados sobre la muralla y junto a la puerta principal, vigilando cada uno de los accesos.
Habían pasado ya varios meses desde la conquista de Kinlochewe, pero aquello no significaba que el peligro hubiera desaparecido.
Todavía quedaban hombres leales al antiguo clan Ross escondidos entre los bosques y las montañas, esperando el momento oportuno para atacar.
Y, por encima de todos ellos, seguía existiendo una amenaza mucho mayor.
Albort Ross.
Nadie sabía dónde se encontraba.
Había desaparecido tras la caída de la fortaleza y, mientras siguiera con vida, siempre existiría la posibilidad de que reuniera a los pocos fieles que aún le quedaban para intentar recuperar las tierras que un día habían pertenecido a su familia.
Por eso la vigilancia nunca disminuía.
Los centinelas nos reconocieron desde lo alto de la muralla y comenzaron a mover el pesado portón de madera. Las enormes puertas se abrieron lentamente entre el chirrido de los goznes mientras el caballo atravesaba el puente y se adentraba en el patio principal.
Sentí cómo Chloe volvía lentamente la cabeza de un lado a otro, incapaz de apartar la mirada de cuanto la rodeaba.
Sus ojos recorrían las altas murallas de piedra, las torres que se alzaban sobre la fortaleza, los establos repletos de caballos, los guerreros que entrenaban en el patio y los criados que cruzaban de un lado a otro cargando cubos de agua o cestos de provisiones.
Permanecía completamente en silencio, como si cada nueva imagen terminara de derrumbar las pocas certezas a las que aún se aferraba.
Aproveché aquel instante y me incliné ligeramente hacia ella para que nadie más pudiera escucharme.
―Presta atención a lo que tengo que decirte.
Noté cómo tensaba los hombros.
―Puedes moverte por la fortaleza cuanto quieras, pero no le digas a nadie quién eres realmente.
Giró apenas la cabeza.
―¿Qué quieres decir?
―No hables de que has viajado en el tiempo, ni mucho menos menciones la época de la que provienes.
Su expresión cambió inmediatamente.
―¿Por qué?
―Porque aquí no lo entenderían.
Bajé todavía más la voz.
―Y algunos podrían acusarte de brujería.
Vi cómo tragaba saliva.
―¿Brujería?
Asentí.
―Y si alguien llegara a creerlo, podrían intentar hacerte daño.
Durante unos segundos permaneció completamente callada.
Después preguntó en voz baja:
―¿Puedo marcharme?
Negué despacio.
―Eso no.
Su mirada se apagó un poco.
―Mis hombres no permitirán que abandones la fortaleza. No hasta que encontremos la manera de ayudarte.
No respondió.
El caballo terminó de detenerse en mitad del patio.
Descendí primero y, acto seguido, la ayudé a bajar. Aceptó mi mano sin protestar, imaginé que estaba deseando bajarse del animal.
En cuanto puse un pie en el patio, varios guerreros se acercaron a toda prisa para recibirme.
―¡Mi señor!
Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo, intentando ponerme al corriente de cuanto había ocurrido durante mi ausencia.
Unos me informaban de las patrullas, otros de los suministros que acababan de llegar y alguno trataba de llamar mi atención sobre varios asuntos pendientes que, a juzgar por su insistencia, consideraba urgentes.
Apenas entendía la mitad de lo que decían.
Levanté una mano y el silencio se hizo inmediato.
Bastó aquel sencillo gesto para que todos callaran y aguardaran pacientemente a que decidiera quién hablaría primero.
Mi mirada se dirigió entonces hacia una joven sirvienta que acababa de salir de la cocina con un cesto entre los brazos.
―Màiri.
La muchacha dejó el cesto en el suelo y se acercó rápidamente.
―¿Sí, mi señor?
Señalé discretamente a Chloe.
―Ocúpate de ella. Dale ropa seca, algo de comer y una habitación donde pueda descansar.
La joven dirigió una mirada curiosa hacia la desconocida.
―Como ordenéis.
Chloe me observó sin decir nada.
Había demasiadas preguntas en sus ojos. Y yo seguía sin tener respuestas para la mayoría de ellas.
Me obligué a apartar la vista y entré en la fortaleza. Dos de mis hombres comenzaron a caminar detrás de mí, hablando al mismo tiempo sobre las provisiones, las patrullas y un pequeño altercado ocurrido aquella mañana cerca del río.
No tardó en dolerme la cabeza.
Levanté una mano sin dejar de caminar. Los dos guardaron silencio inmediatamente. Mucho mejor. Atravesé el gran salón y subí la escalera de piedra hasta mi despacho. En cuanto cerré la puerta tras de mí, tomé un pergamino, mojé la pluma en tinta y escribí apenas unas líneas:
«Rose.
Ven inmediatamente a la fortaleza.
Ha ocurrido otra vez. Una mujer ha salido del río.
Necesito tu ayuda.
Daziel».
No hacía falta explicar nada más. Ella lo entendería.
Doblé el pergamino, lo sellé con cera y salí nuevamente al pasillo. Uno de mis hombres esperaba junto a la puerta. Le entregué la carta.
―Quiero que llegue cuanto antes a la fortaleza MacKay.
El guerrero asintió sin vacilar.
―Así será, mi señor.
Un instante después ya descendía las escaleras a toda prisa.
Esperé a que desapareciera de mi vista antes de girarme hacia el hombre que seguía aguardando pacientemente unos pasos más atrás.
Munro.
Mi segundo al mando. Uno de los pocos hombres en quienes confiaba plenamente.
Lo observé durante unos segundos.
Él hizo exactamente lo mismo conmigo.
Habíamos luchado juntos durante demasiados años como para necesitar demasiadas palabras. Bastaba una mirada para saber cuándo algo marchaba bien... y cuándo no.
―Bien, Munro... cuéntame cómo ha ido todo mientras estaba fuera.
Se acercó despacio hasta el escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera.
―En la fortaleza todo ha permanecido tranquilo. Las patrullas no han informado de ningún incidente y los hombres continúan reparando la muralla este. Si el tiempo acompaña, deberían terminar antes de que llegue el invierno.
Asentí ligeramente.
Era justo lo que esperaba escuchar.
―¿Y fuera?
Su expresión cambió apenas un instante.
Fue suficiente para hacerme comprender que las siguientes noticias no iban a gustarme.
―Fuera es otra historia.
Me recosté despacio sobre el respaldo de la silla.
―Te escucho.
Munro permaneció unos segundos en silencio, escogiendo cuidadosamente las palabras.
―Nuestros hombres llevan varios días oyendo los mismos rumores en las tabernas de los pueblos cercanos. Al principio no les dimos demasiada importancia. Ya sabe cómo es la gente. Basta que desaparezca un hombre para que, antes de una semana, alguien asegure haberlo visto al otro lado del país.
No respondí.
Él sabía que detestaba perder el tiempo con palabras innecesarias.
―Continúa.
―Todo apunta a que Albort Ross sigue en Escocia.
Aquellas palabras no consiguieron sorprenderme. Nunca había creído que hubiera huido lejos de allí. Un hombre como Albort no desaparecía sin más. Esperaba. Planeaba. Y atacaba cuando menos lo imaginabas.
―¿Qué más?
Munro respiró hondo.
―Dicen que está reuniendo hombres.
El despacho quedó en silencio.
Me levanté de la silla y caminé despacio hasta la estrecha ventana. Desde allí podía verse gran parte del patio de armas. Los soldados entrenaban como cualquier otro día, completamente ajenos a la conversación que estaba teniendo lugar sobre sus cabezas.
―¿Cuántos?
―Nadie lo sabe.
Me giré hacia él.
―Necesito algo más que rumores.
―Eso intento conseguir.
Munro cruzó lentamente los brazos.
―Nuestros exploradores han escuchado lo mismo en tres aldeas distintas. Albort está contratando mercenarios. Todos los que puede pagar.
Fruncí el ceño. Eso era preocupante. Los mercenarios luchaban por dinero, no por lealtad. Y un hombre desesperado era capaz de gastar hasta la última moneda si creía que con ello recuperaría lo que había perdido.
―¿Solo mercenarios?
Munro negó despacio.
―También parece estar enviando mensajeros a varios clanes que nunca aceptaron de buen grado que el rey entregara Kinlochewe a los MacKay.
Permanecí completamente inmóvil.
―¿Qué clanes?
―Todavía no lo sabemos con certeza. Se mencionan varios nombres, pero ninguno ha podido confirmarse. Lo único en lo que coinciden todos los rumores es en una cosa.
Esperé.
―Albort quiere recuperar lo que considera suyo.
Aparté la vista hacia el patio.
Durante unos segundos observé a los hombres entrenar con las espadas bajo la lluvia fina que comenzaba a caer sobre la fortaleza.
Sabía perfectamente cómo pensaba Albort.
Si yo hubiera perdido las tierras de mis antepasados, probablemente habría hecho exactamente lo mismo.
La diferencia era que no pensaba devolvérselas.
Jamás.
―Redobla las patrullas.
Munro asintió antes incluso de que terminara de hablar.
―Quiero el doble de hombres vigilando las murallas durante la noche. Que ningún centinela permanezca solo en su puesto, y envía exploradores hacia el oeste. Si Albort está reuniendo un ejército, quiero saberlo antes de que aparezca bajo nuestras puertas.
―Ya he enviado a cuatro hombres esta misma mañana.
Una leve sonrisa apareció en mis labios.
―Bien hecho.
Munro soltó una pequeña risa.
―Por algo soy su segundo.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Apoyé ambas manos sobre el alféizar de la ventana mientras contemplaba las montañas que rodeaban la fortaleza.
―Si decide atacar, juro que esta vez no escapará ―aseguré sin dejar de mirar el horizonte.
Mi mano descendió hasta la empuñadura de la espada casi por instinto.
―Terminaré con él de una vez por todas.
Munro asintió en silencio.