Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Daziel MacKay

Chloe no dejaba de moverse sobre la montura.

Al principio pensé que intentaba encontrar una postura cómoda.

Después llegué a la conclusión de que era porque nunca había montado a caballo y, menos durante tanto tiempo, así que imaginé que sus posaderas tendrían que estar ardiendo.

Se removía cada pocos segundos, tensaba los hombros, cambiaba el peso de un lado a otro y, en más de una ocasión, tuve que sujetar las riendas con más fuerza para evitar que perdiera el equilibrio.

Parecía incómoda.

O quizá asustada. No habría sido extraño.

Sin pensarlo demasiado, rodeé su cintura con un brazo y la atraje un poco más hacia mí.

Noté cómo todo su cuerpo se tensaba de inmediato.

―¿Qué haces? ―preguntó sobresaltada.

La miré por encima de su hombro.

―Darte seguridad. No quiero que te caigas.

Permaneció unos segundos completamente inmóvil.

―Quiero que estés cómoda.

Ella carraspeó.

―Estoy... estoy cómoda, gracias.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

―Aunque me parece que aquí hace un poco de calor.

No pude evitar sonreír.

Aquella mujer era realmente curiosa.

Hablaba sin pensar la mitad del tiempo, utilizaba palabras que no comprendía y hacía preguntas sin descanso.

Si no estaba intentando entender dónde se encontraba, preguntaba por algún objeto extraño.

Y cuando no hacía ninguna de las dos cosas, soltaba comentarios que me dejaban completamente desconcertado.

Como aquel.

Miré alrededor.

El viento descendía de las montañas y el aire era lo bastante frío como para obligarnos a llevar la capa bien cerrada.

―¿Calor? ―pregunté.

―Sí... Bueno... debe de ser cosa mía.

Asentí despacio.

Definitivamente, no había entendido a qué se refería.

Permanecí en silencio mientras el caballo avanzaba con paso tranquilo entre los árboles.

Al llevarla tan cerca, no podía evitar percibir el aroma que desprendía.

Ya no era solo el humo de la hoguera que había impregnado su ropa durante la noche.

Había algo más. Un perfume suave, dulce, completamente distinto a cualquier fragancia que hubiera olido jamás.

Era delicado, agradable... y extrañamente adictivo.

El movimiento acompasado del caballo hacía que su espalda rozara mi pecho a cada paso, y alguna que otra vez los rizos rojizos de su cabello acariciaban mi cuello cuando el viento cambiaba de dirección. Descubrí, para mi propia sorpresa, que no me molestaba en absoluto. Más bien al contrario.

Aparté aquel pensamiento de inmediato.

Bastantes problemas tenía ya como para empezar a fijarme en una mujer que acababa de aparecer de la nada.

Chloe, completamente ajena a la batalla que libraba mi cabeza, volvió a removerse sobre la montura buscando una postura más cómoda.

El bosque comenzaba a quedar atrás y, poco a poco, las montañas iban abriéndose para dejar paso a un amplio valle cubierto de brezo y pequeños arroyos que descendían entre las rocas.

Durante unos minutos reinó el silencio.

O, al menos, el silencio que Chloe era capaz de soportar.

―¿No deberíamos haber visto ya alguna carretera?

La palabra volvió a sonar tan extraña como la noche anterior.

No respondí.

―¿O algún coche?

Ahí estaba otra vez. Aquel... coche. Fuera lo que fuera.

Negué con la cabeza.

―No.

Ella resopló.

―Pues qué mala suerte.

No era mala suerte.

Y esa era precisamente la parte que más me preocupaba.

Apreté ligeramente la mandíbula mientras guiaba al caballo por un estrecho camino de tierra.

No podía seguir evitando aquella conversación durante mucho más tiempo.

Tarde o temprano tendría que decirle la verdad.

Y no tenía la menor idea de cómo hacerlo sin conseguir que pensara que había perdido completamente la cabeza.

Chloe aún seguía buscando una explicación lógica.

Y, en el fondo, la entendía.

Si alguien me hubiera dicho una semana antes de conocer a Rose que una mujer podía llegar desde el futuro atravesando un río, yo mismo me habría reído en su cara.

Bajé la vista hacia la joven que llevaba delante.

Seguía contemplando el paisaje con atención, como si en cualquier momento fuera a aparecer algo que pudiese reconocer.

Sentí una punzada de compasión. Pobre muchacha. Quizá fuera mejor esperar. Si conseguía llevarla hasta el pueblo, tal vez todo resultara más sencillo. Ver las casas, la forma de vestir de la gente, los carros, los animales... Poco a poco empezaría a comprender que algo no encajaba.

En cuanto el pueblo apareció al otro lado de la colina, comprendí que ya no podría seguir ocultándole la verdad.

Hasta ese momento Chloe no había dejado de hablar.

Había preguntado por los caminos, por aquellos extraños carros sin caballos de los que hablaba, por los pueblos cercanos y por un sinfín de cosas que apenas era capaz de comprender.

Sin embargo, aquel incesante torrente de preguntas desapareció de golpe.

Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba delante de mí y observé cómo sus ojos recorrían lentamente las casas de piedra, los tejados de paja, las gallinas que picoteaban libremente entre los niños, los carros cargados de sacos y a los campesinos que caminaban de un lado a otro con herramientas al hombro.

Para mí era una imagen cotidiana. Para ella...

debía de resultar completamente imposible.

Entonces giró ligeramente la cabeza para mirarme. Nunca olvidaré aquella expresión. Había desconcierto, miedo y una desesperada necesidad de encontrar una explicación lógica a todo aquello.

―¿Qué es esto? ¿Adónde me has traído?

Suspiré despacio. Llevaba desde la noche anterior intentando encontrar la manera de explicárselo sin que pensara que había perdido el juicio, pero ya no podía seguir retrasándolo.

―Chloe... creo que ha llegado el momento de decirte la verdad.

Frunció el ceño.

―¿Qué verdad?

Tragué saliva. Ni siquiera después de todo lo ocurrido con Rose aquella conversación me resultaba más sencilla.

―No estás donde crees que estás.

Una risa breve escapó de sus labios, una de esas risas nerviosas que nacen cuando la cabeza se niega a aceptar lo evidente.

―¿Ah, no?

Volvió la vista hacia el pueblo.

―Pues explícamelo, porque esto parece una especie de feria medieval.

Me quedé unos segundos en silencio antes de responder.

―Estás en Escocia.

―Eso ya me lo dijiste anoche.

―Sí. Pero no en la Escocia que tú conoces.

Noté cómo se giraba por completo sobre la montura para buscar mis ojos.

―¿Qué significa eso?

La miré fijamente.

―Que estás en el año mil cuatrocientos sesenta y nueve.

Vi cómo toda expresión desaparecía de su rostro.

Durante unos segundos simplemente me observó. Esperaba que sonriera. Que le dijera que todo era una broma. Pero cuando comprendió que hablaba completamente en serio, comenzó a negar lentamente con la cabeza.

―No... ―Su voz apenas fue un susurro―. No. Eso no tiene ninguna gracia.

―No intento hacer ninguna broma.

―Pues deja de decir tonterías.

Su respiración comenzó a acelerarse y el miedo fue sustituyendo poco a poco a la incredulidad.

―¿Acaso tengo cara de tonta?

Negué con firmeza.

―No.

―Entonces deja de intentar asustarme.

Antes de que pudiera añadir nada más, pasó la pierna por encima del caballo y saltó al suelo.

Yo también bajé, pero me quedé junto al animal.

La seguí con la mirada mientras caminaba casi corriendo hacia una mujer que salía de una de las casas con un cesto lleno de verduras.

No hice ningún intento por detenerla. Sabía perfectamente lo que necesitaba.

Rose había reaccionado de una forma muy parecida.

Ninguna de las dos iba a creer a un desconocido vestido con una espada.

Necesitaban escuchar la verdad de labios de alguien que no tuviera ningún motivo para mentir.

Observé la escena desde la distancia. Vi cómo Chloe preguntaba dónde nos encontrábamos. La mujer respondió con total naturalidad. Después formuló la segunda pregunta. La importante. Alcancé a escuchar perfectamente cuando preguntó en qué año estábamos.

La aldeana respondió sin darle la menor importancia.

Y entonces ocurrió.

Vi cómo el color abandonaba por completo el rostro de Chloe. Retrocedió un paso. Luego otro. Negaba una y otra vez con la cabeza mientras la mujer intentaba acercarse a ella, preocupada por su aspecto. Durante un instante pensé que rompería a llorar allí mismo.

Pero echó a correr.

Esperé apenas unos segundos antes de moverme. Lo suficiente para comprobar hacia dónde se dirigía. En cuanto vi que abandonaba el pueblo para internarse nuevamente en el bosque, maldije entre dientes. Si seguía avanzando en aquella dirección acabaría completamente perdida.

Cogí las riendas del caballo, monté de un salto y salí tras ella.

No tardé mucho en alcanzarla. Apenas llevaba unos minutos corriendo cuando tiré de las riendas a su lado. El caballo se detuvo levantando una pequeña nube de polvo y descendí inmediatamente. Chloe intentó esquivarme, pero la sujeté por la cintura antes de que pudiera volver a escapar.

Forcejeó con todas sus fuerzas.

―¡Suéltame!

Intentó apartarme de un empujón, aunque apenas consiguió moverme.

―¿Estás loca? ―dije con más preocupación que enfado―. No puedes internarte tú sola en este bosque.

―¡Aquí el único loco eres tú!

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

―¿Por qué esa mujer ha dicho que estamos en ese año? ¡Eso es imposible!

La sujeté con más firmeza cuando volvió a intentar escapar.

―Chloe... escúchame.

Negó con violencia.

―No.

Respiré profundamente antes de pronunciar unas palabras que jamás imaginé volver a decir.

―Creo que has viajado en el tiempo.

Vi cómo el miedo se reflejaba en su mirada. Sus ojos se llenaron de un terror tan profundo que, durante un instante, incluso yo dudé de mis propias palabras.

Negó una y otra vez.

―No...

―No te estoy mintiendo.

―¡Aléjate de mí!

Volvió a intentar escapar, pero no podía permitirlo. Aquel bosque estaba lleno de barrancos, animales salvajes y hombres mucho menos pacientes que yo.

―No puedo.

Intenté que mi voz sonara tranquila, aunque por dentro comenzaba a desesperarme.

―Si te dejo marchar y te ocurre algo, jamás podré perdonármelo.

―¡No necesito que me protejas!

―Ahora mismo sí.

Me golpeó el pecho con los puños.

―¡Psicópata!

La sujeté suavemente por las muñecas hasta que dejó de golpearme, aunque seguía intentando apartarse de mí.

Cerré los ojos un instante. No iba a convencerla así.

―Escúchame bien.

Continuaba negando con la cabeza, respirando con dificultad.

―Solo tienes dos opciones.

Alzó la vista hacia mí con un brillo de auténtico desafío.

―La primera es que subas al caballo por tu propio pie y vengas conmigo a la fortaleza. Allí estarás a salvo mientras encontramos la manera de ayudarte y de explicarte todo esto.

Su respuesta fue inmediata.

―¡Ni loca!

Asentí despacio.

En realidad, ya esperaba aquella respuesta.

Suspiré resignado.

―Entonces solo me dejas una segunda opción.

Frunció el ceño.

―¿Cuál?

―Llevarte por la fuerza.

Abrió los ojos como platos.

―¡Eso es un secuestro!

No pude evitar esbozar una media sonrisa.

―Llámalo como quieras.

―¡Suéltame ahora mismo!

Volvió a revolverse con tanta fuerza que comprendí que seguir discutiendo era completamente inútil.

Sin darle tiempo a reaccionar, la levanté del suelo de un solo movimiento y la cargué sobre mi hombro.

―¡Daziel!

Comenzó a golpearme la espalda con los puños mientras pataleaba indignada.

―¡Bájame ahora mismo!

―No.

―¡Te odio!

Seguí caminando sin detenerme.

―Lo superarás.

―¡Eres un salvaje!

Aquello consiguió arrancarme una pequeña sonrisa.

―No eres la primera persona que me lo dice.

Llegué junto al caballo ignorando sus protestas y la acomodé sobre la montura con toda la delicadeza de la que fui capaz. Apenas tuve tiempo de colocar un pie en el estribo cuando ya intentaba volver a bajar.

La sujeté por la cintura antes de que pudiera hacerlo, monté detrás de ella y recogí las riendas.

―¡No pienso ir contigo!

El caballo arrancó al galope.

Durante buena parte del camino Chloe siguió protestando, amenazándome con denunciarme ante la autoridad y asegurándome que, en cuanto encontrara un teléfono, me arrepentiría de todo aquello.

Yo la dejé hablar. Necesitaba desahogarse. Además, no tenía ni idea de lo que significaba todo aquello.

Mientras tanto, mi cabeza solo era capaz de pensar en una cosa.

Avisar a Rose. Porque si existía una sola persona capaz de convencer a Chloe de que aquello no era una locura, era precisamente la mujer que un año atrás había aparecido en aquel mismo río... y había sobrevivido para contarlo.