Capítulo 4
Me desperté sobresaltada.
Abrí los ojos de golpe y tardé varios segundos en recordar dónde estaba.
Lo primero que vi fue el cielo grisáceo filtrándose entre las copas de los árboles.
Después, la hoguera reducida ya a unas brasas humeantes.
El olor a humo seguía impregnándolo todo y la manta de lana continuaba envolviéndome por completo.
Me incorporé de un salto.
Estaba sola.
Giré sobre mí misma buscando a Daziel, al caballo o cualquier señal de que el hombre seguía allí, pero no lo encontré.
Sentí un vuelco en el estómago.
―No...
Me llevé una mano a la frente.
―Que sea un sueño... Por favor, que sea un sueño.
Cerré los ojos con fuerza y después volví a abrirlos, pero el bosque seguía allí, y las brasas también.
―Genial...
Me puse en pie despacio. El cuerpo seguía dolorido, aunque mucho menos que la noche anterior.
Resoplé.
Lo primero era vestirme. Localicé mis vaqueros y el jersey tendidos junto a la hoguera. Estaban completamente secos y olían intensamente a humo. Los cogí entre las manos y no pude evitar hacer una mueca.
―Genial... Voy a oler a hoguera durante una semana.
Me vestí deprisa, agradeciendo la sensación de ponerme por fin ropa seca.
Después me até el pelo en una coleta alta con la goma que aún llevaba en la muñeca y me envolví de nuevo con la manta unos segundos para entrar un poco más en calor.
Solo entonces me di cuenta de que Daziel seguía sin aparecer.
Fue en ese momento cuando escuché el rumor del río a lo lejos.
El sonido llegaba desde detrás de un grupo de abedules.
Sin pensarlo demasiado, caminé en aquella dirección.
―Por favor... ―murmuré mientras apartaba unas ramas―. Que todo esto haya sido una pesadilla.
Cada paso hacía que aquella esperanza pareciera más absurda.
Los árboles, las montañas, el aire helado… Todo seguía exactamente igual.
Cuando llegué a la orilla me detuve en seco.
Había alguien dentro del agua.
Daziel.
Estaba de espaldas, sumergido hasta la cintura en el río mientras se echaba agua sobre los hombros. El amanecer apenas comenzaba a teñir el horizonte y la luz dibujaba la amplitud de su espalda y de sus hombros con una claridad sorprendente.
Me quedé mirándolo. Tenía un cuerpo impresionante.
La espalda ancha, los brazos fuertes y marcados, la cintura estrecha... Todo en él parecía esculpido para la tentación. Incluso las cicatrices resultaban imposibles de ignorar. Descendían por su espalda y sus hombros haciéndolo todavía más sexy.
«Madre mía...»
No pude evitar recorrerlo con la mirada de arriba abajo. Definitivamente, el hombre estaba increíblemente bueno.
Justo entonces pisé una rama.
«¡Crac!»
Daziel giró la cabeza de inmediato, y nuestros ojos se encontraron. Y yo seguía mirándolo. Sin pestañear. Sin el menor disimulo.
«Santo cielo, Chloe. Le estás haciendo un repaso de arriba abajo». Pensé.
Una de las comisuras de sus labios se elevó lentamente.
―No te cohíbas por mi culpa. Puedes seguir contemplándome sin ningún pudor.
Noté cómo el calor me subía de golpe a las mejillas.
―No soy yo quien debería apartar la mirada. Eres tú quien ha decidido bañarse desnudo en un lugar donde cualquiera puede aparecer.
Él soltó una carcajada grave. Y tuve que admitir algo que no me esperaba. Tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca. Transformaba por completo aquel rostro lleno de cicatrices y dureza. Durante un instante dejaba de parecer un guerrero dispuesto a entrar en batalla.
Entonces Daziel se volteó al completo quedando frente a mí, y después caminó unos pasos mientras el agua iba descendiendo.
Mi mirada descendió sin querer un poco más.
«Ay, Dios...»
«¡Eso es… es enorme!».
Giré la cabeza inmediatamente y me di media vuelta.
―Será mejor que te espere junto a la hoguera ―dije, intentando que mi voz sonara mucho más tranquila de lo que me sentía―. Necesito que me ayudes a encontrar ese pueblo del que hablaste anoche.
Escuché el chapoteo del agua a mi espalda.
―¿No deseas bañarte?
Resoplé.
Lo que deseaba en ese momento era otra cosa.
«Si es que una no es de piedra».
―Creo que ayer tuve suficiente agua para una buena temporada.
Su risa volvió a resonar junto al río, y aproveché ese instante para ponerme en marcha hacia la zona del bosque donde había pasado la noche. Necesitaba alejarme de allí, alejarme de esa mole enorme llena de testosterona y músculos condenadamente sexys.
No tardé mucho en escuchar pasos detrás de mí.
No quise girarme.
Principalmente porque todavía conservaba demasiado nítida la imagen de Daziel saliendo del río.
«Madre del amor hermoso...»
Sacudí la cabeza con fuerza.
No. No iba a pensar en eso. No iba a pensar en aquella espalda imposible. Ni en aquellos hombros. Ni en...
«Chloe.»
«Deja de pensar.»
Respiré hondo.
Funcionó aproximadamente tres segundos.
―Bien, ahora ya vuelvo a estar presentable.
Su voz sonó justo detrás de mí.
Me giré despacio.
Ya iba completamente vestido. La camisa de lino marcaba unos hombros que seguían pareciendo capaces de derribar un árbol de un empujón y la espada volvía a descansar en su cinturón como si fuera la cosa más normal del mundo.
―Mucho mejor.
Él arqueó una ceja.
―¿Mucho mejor?
―Sí.
―Por tu rostro hace un momento junto al río yo no lo aseguraría.
Abrí mucho los ojos.
―¡Pero ¿qué tonterías dices?!
Una sonrisa divertida apareció en su rostro.
Maldita fuera. Le divertía ponerme nerviosa.
Me agaché inmediatamente para recoger la manta y doblarla con un cuidado completamente innecesario. Cualquier cosa con tal de no mirarlo.
Daziel apagó los últimos rescoldos de la hoguera cubriéndolos con tierra. Después desmontó el pequeño campamento con una rapidez sorprendente. En apenas unos minutos no quedaba prácticamente ningún rastro de que hubiéramos pasado allí la noche.
Sujetó las alforjas a la montura del caballo y comprobó las cinchas.
―Vámonos.
Asentí.
Cuanto antes encontrara ese pueblo, antes podría entender qué demonios estaba ocurriendo.
Di un paso. Hasta que escuché su voz a mi espalda.
―¿Adónde vas?
Lo miré.
―¿Cómo que adónde voy?
―A pie.
―Pues... sí.
Se quedó observándome unos segundos.
―No puedes caminar hasta el poblado.
Fruncí el ceño.
―¿No?
―Está demasiado lejos. Sube. ―Señaló el caballo.
Miré al animal, y después a él.
―No creo que sea buena idea.
Negó despacio con la cabeza.
―¿Y ahora cuál es el problema?
―Bueno… no acostumbro a subir a caballos con desconocidos. De hecho, jamás he subido a un caballo. Bueno, miento. Cuando era muy pequeña subí a un poni en la feria de primavera. ¿Y si me caigo?
―¿No sabes montar? Vaya… ―Se pasó una mano por el pelo―. No importa, yo te sujetaré con fuerza. Prometo que no dejaré que nada malo te pase.
Dios, solo con imaginármelo tan cerca todos los vellos de mi cuerpo se erizaron.
―Está bien ―dije a regañadientes.
Daziel sujetó las riendas mientras yo intentaba descubrir cuál era la forma más digna de subir a un caballo tan enorme.
No encontré ninguna.
Después de un par de intentos bastante ridículos, terminé aceptando la mano que me ofrecía.
De un tirón me dejó sentada sobre la montura.
―Muy delicado ―murmuré.
―Gracias.
Era sarcasmo, pero supuse que aquello tampoco lo entendió.
Él montó detrás de mí con la misma facilidad con la que cualquiera se sentaría en una silla de comedor.
Y entonces ocurrió.
Noté su cuerpo completamente pegado a mi espalda.
Se inclinó ligeramente para coger las riendas y sus brazos quedaron a ambos lados de mi cintura.
Mi respiración se detuvo.
«No.»
«No pienses.»
Pero mi cerebro, que parecía disfrutar haciéndome sufrir, decidió recordarme exactamente lo que había visto cinco minutos antes junto al río.
«Ay, Dios...»
«No puede ser.»
«Ahora mismo...»
Sentí cómo el calor me subía de golpe por el cuello.
«Ahora mismo esa parte de su anatomía...»
Tragué saliva.
«Está prácticamente pegada a...»
Cerré los ojos un segundo.
«Mis nalgas.»
Iba a morir. Y no precisamente de hipotermia. Apreté los labios intentando mantener una expresión completamente normal. Pero fue un fracaso absoluto, pues notaba las mejillas ardiendo.
«Que el camino sea corto.» «Muy corto.» «Porque como tenga que pasar así varias horas...»
Daziel hizo un leve sonido para animar al animal y este echó a andar con paso firme entre los árboles.
Solté el aire muy despacio.
«Este va a ser el trayecto más largo de toda mi vida.»