Voy a hacer que me desees (Destinadas a las Highlands 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Daziel MacKay

No entendía nada. Aunque, pensándolo bien, aquello no era del todo cierto. Entendía una cosa. Mi madre tenía razón.

Volví a mirar a la mujer sentada junto al fuego, envuelta en mi manta y con las manos extendidas hacia las llamas.

Desde que había aparecido entre los árboles no había dejado de hacerme preguntas sobre objetos que jamás había oído nombrar, caminos que no existían y lugares que se encontraban a una distancia imposible de recorrer en unas horas.

Teléfonos. Automóviles. Ambulancias. Hospitales.

Palabras extrañas que, de no haber conocido a Rose, me habrían llevado a pensar que aquella mujer había perdido el juicio.

Pero conocía a Rose.

Y un año atrás había escuchado cosas muy parecidas.

Por eso, cuando Chloe había dicho que venía de Inglaterra y que había caído al río cerca de Stratford-upon-Avon, había tenido que esforzarme para no mostrar lo que estaba pensando.

¿Era otra viajera del tiempo?

La sola idea seguía pareciéndome absurda, incluso después de haber convivido con la prueba viviente de que aquello era posible.

Rose había llegado hasta nosotros desde una época que aún tardaría siglos en existir, arrastrada por un río que se encontraba a cientos de millas de nuestras tierras, y ahora, exactamente un año después, otra mujer aseguraba haber caído en aquel mismo río antes de aparecer en las Highlands.

Demasiadas coincidencias.

Y estaba la carta de mi madre.

«Tu destino ya se aproxima.

La próxima luna llena debes acudir al lugar donde apareció la muchacha de otro tiempo.

Ve solo.

No faltes.

El río volverá a entregarte aquello que te pertenece».

Había acudido porque mi madre me lo había pedido. No porque creyera que fuese a ocurrir nada.

Y entonces Chloe Finner había salido del río.

Apreté la mandíbula y aparté la vista hacia las llamas.

¿Qué demonios se suponía que debía hacer ahora?

Podía preguntárselo directamente. Decirle que conocía a otra mujer que había aparecido de la misma manera, vestida con prendas extrañas y hablando de cosas que nadie comprendía. Podía preguntarle en qué año creía encontrarse.

Y después explicarle que estaba equivocada.

Imaginé su reacción.

No.

Aquello podía esperar.

Ya estaba asustada, aunque intentara ocultarlo detrás de aquel carácter suyo. No necesitaba que un desconocido armado con una espada le dijera que, además de encontrarse a cientos de millas de donde creía estar, probablemente había retrocedido varios siglos en el tiempo.

Primero debía entrar en calor.

Después decidiría cómo demonios explicarle lo demás sin conseguir que saliera corriendo hacia el bosque.

Volví a mirarla.

Y esta vez tardé demasiado en apartar los ojos.

Era extremadamente hermosa.

Lo había pensado desde el primer instante en que apareció entre los árboles, aunque en aquel momento había estado demasiado ocupado intentando comprender qué hacía allí para detenerme en ello.

Su cabello era rojo.

No cobrizo ni castaño con reflejos, sino de un rojo intenso que las llamas parecían avivar cada vez que se movía.

Lo llevaba larguísimo y rizado, aunque ahora estaba empapado y se le pegaba al rostro, al cuello y a la espalda.

Su piel era clara y estaba cubierta de pequeñas pecas que se extendían por la nariz y las mejillas.

Tenía un rostro delicado que contrastaba con la forma en que hablaba, unos labios gruesos y unos ojos color miel que parecían capaces de pasar de la desconfianza al enfado en un solo instante.

También era alta.

No tanto como yo, evidentemente, pero sí más que la mayoría de las mujeres que conocía. Su figura era grácil, de piernas largas, aunque aquellas prendas absurdamente ceñidas que llamaba vaqueros hacían imposible no reparar en ellas.

Aparté la vista. Pero el sonido de sus dientes castañeteando llegó hasta mí y volví a mirarla, después suspiré.

―Si no te quitas esa ropa, enfermarás.

Sus ojos se clavaron inmediatamente en mí.

―Ya hemos hablado de esto.

―Y sigues empapada.

―Se secará.

―Sobre tu cuerpo.

―Ese es el plan.

La miré fijamente.

―Oigo cómo te castañetean los dientes desde aquí.

Apretó la mandíbula como si aquello pudiera demostrar que yo estaba equivocado.

No funcionó.

Volvió a temblar.

―Estoy bien.

―Claro.

―Lo estoy.

―Y yo soy el rey de Escocia.

Entrecerró los ojos.

Tuve que contener una sonrisa.

―Quítate la ropa, Chloe.

―Daziel...

―Me alejaré.

Su expresión cambió ligeramente.

―¿Qué?

Me levanté.

―Puedes quedarte con la manta. Me pondré de espaldas y no miraré.

―No voy a desnudarme delante de un desconocido.

―Precisamente por eso voy a alejarme.

Abrió la boca. Parecía estar buscando un argumento nuevo.

―Mañana tienes que ir a ese asentamiento que tanto te preocupa, ¿no?

―Sí.

―Pues si amaneces con fiebre no irás a ninguna parte.

Aquello pareció hacer efecto.

Chloe miró las llamas. Después su ropa. Luego a mí.

―Ni se te ocurra mirar.

Arqueé una ceja.

―Haré un esfuerzo.

―No tiene gracia.

Me lanzó una mirada que habría hecho retroceder a más de un hombre.

Sonreí y me alejé unos pasos antes de darle la espalda.

―Avísame cuando termines.

Escuché un murmullo que no llegué a comprender.

Probablemente era mejor así.

Permanecí mirando hacia los árboles mientras detrás de mí escuchaba el movimiento de la manta, el roce de la ropa mojada y alguna que otra maldición pronunciada en voz baja. No me giré. Ni siquiera cuando la curiosidad intentó convencerme de que un vistazo no mataría a nadie.

Mi madre me había educado mejor que eso.

Más o menos.

―Ya.

Esperé un segundo.

―¿Ya qué?

―Ya puedes girarte.

Lo hice.

Chloe estaba sentada junto al fuego completamente envuelta en la manta, que sujetaba contra el pecho con ambas manos. Solo dejaba visibles la cabeza y parte de los hombros, y su expresión dejaba claro que, si me acercaba demasiado, probablemente intentaría arrojarme a la hoguera.

Recogí sus prendas del suelo.

―¿Qué haces?

―Secarlas.

Busqué un par de ramas largas, las coloqué cerca del fuego y extendí la ropa sobre ellas con suficiente distancia para que recibiera el calor sin quemarse.

Chloe contempló mi trabajo.

―Genial.

La miré.

―¿Qué?

―Mañana apestaré a hoguera.

Me quedé observándola.

Había salido de un río en mitad de la noche, no sabía dónde estaba, tenía la ropa empapada y acababa de encontrarse con un desconocido armado en medio del bosque.

Y le preocupaba oler a humo.

―Eres muy rara.

Abrió mucho los ojos.

―¿Yo?

―Sí.

―Tú vas vestido como un guerrero medieval, llevas una espada por ahí y tienes un caballo atado a un árbol, pero la rara soy yo.

No pude evitarlo.

Sonreí.

―Sí.

―Increíble.

Negó con la cabeza y volvió a acercarse al fuego.

La palabra que había utilizado se quedó rondando en mi cabeza.

Medieval.

Rose había utilizado palabras parecidas para referirse a nosotros al principio.

Otra coincidencia.

O quizá ya no quedaba ninguna coincidencia.

―Espera aquí.

Chloe giró la cabeza.

―¿Adónde vas?

―A buscar la cena.

―¿La cena?

Caminé hasta el caballo.

Llevaba dos conejos sujetos a la montura, cazados aquella misma tarde antes de llegar al río. Los desaté y regresé hacia el fuego.

La cara de Chloe cambió en cuanto los vio.

―No.

Me detuve.

―¿No qué?

―Eso no.

Miré los conejos.

Después a ella.

―Es comida.

―Sé lo que son.

―Entonces nos ahorramos una explicación.

―¿Vas a comerte eso?

―Esa era la intención.

Chloe me observó como si acabara de anunciar que pensaba comerme el caballo.

―Están muertos.

―Eso facilita bastante cocinarlos.

Su boca se abrió.

Volvió a cerrarse.

―Dios mío.

Me agaché junto al fuego.

―¿En tu tierra no coméis conejo?

―Sí. Bueno... algunas personas.

―Entonces no entiendo el problema.

―Lo que pasa es que normalmente no veo la cena con pelo antes de que llegue al plato.

La miré durante unos segundos.

Definitivamente era rara.

Preparé los animales mientras Chloe intentaba mirar hacia cualquier lugar menos hacia mí. Cuando terminé, coloqué la carne sobre el fuego y me senté.

Ella permaneció envuelta en la manta.

―¿Siempre haces esto?

―¿Comer?

―Dormir en mitad del bosque.

―Cuando es necesario.

―¿Y hoy era necesario?

La pregunta me hizo levantar la mirada.

―Sí.

No añadí nada más.

Ella tampoco preguntó.

Mejor.

Mientras la carne comenzaba a cocinarse, observé las llamas y pensé en lo que debía hacer. Tenía que llevarla junto a Rose. Era lo único que tenía claro.

Si Chloe realmente venía del mismo lugar que ella, Rose sabría cómo hablarle. Sabría qué preguntarle y, sobre todo, cómo explicarle lo que había ocurrido sin que Chloe creyera que todos habíamos perdido la cabeza.

El problema era que yo no podía acompañarla. Al amanecer debía regresar a la fortaleza. Esperábamos la visita del rey y mi ausencia no era una opción. Llevábamos semanas preparando aquel encuentro y desaparecer precisamente aquella mañana era inviable.

Tendría que escribir a Rose.

Mandaría a uno de mis hombres en cuanto llegara con una carta para que acudiera a la fortaleza en cuanto pudiera.

Hasta entonces, Chloe se quedaría conmigo. La idea produjo una sensación extraña en mi pecho.

Cuando la carne estuvo lista, le ofrecí un trozo.

Chloe lo observó con recelo.

―¿Qué?

―Nada.

―Llevas un rato mirándolo.

―Estoy intentando olvidar que hace un momento tenía orejas.

Solté una carcajada.

Ella me miró ofendida.

―No tiene gracia.

―Sí la tiene. Anda, come o se enfriará.

Finalmente aceptó la comida.

La noche continuó avanzando mientras el fuego disminuía poco a poco.

Chloe dejó de hacer preguntas. Por fin parecía algo más relajada, pero después me di cuenta de que apenas conseguía mantener los ojos abiertos.

Su cabeza cayó hacia delante una vez, pero acabó incorporándose de inmediato. Minutos después volvió a ocurrir.

―¿Por qué no duermes un poco? ―le dije.

―No tengo sueño.

―Eso no es lo que parece.

―Solo estoy descansando los ojos.

―Por supuesto.

Me lanzó una mirada cansada.

No tardó mucho más.

Terminó tumbándose cerca del fuego, todavía envuelta en la manta, y cerró los ojos. Su respiración fue haciéndose más profunda hasta que comprendí que se había quedado dormida.

Me quedé observándola.

El fuego iluminaba parte de su rostro y hacía brillar los mechones rojizos que comenzaban a secarse. Parecía diferente dormida. Más tranquila. Sin preguntas, sin ironías, sin esa desconfianza permanente en la mirada.

Mucho más vulnerable.

Se movió buscando una postura más cómoda y la manta resbaló ligeramente por uno de sus hombros.

Mi mirada cayó sobre la piel desnuda salpicada de pecas.

Sentí un estremecimiento inesperado. Aparté los ojos inmediatamente. Aquello era ridículo.

Me incliné y le coloqué la manta de nuevo sobre el hombro, procurando no despertarla. Chloe murmuró algo incomprensible y se acomodó.

Regresé a mi sitio.

Durante unos segundos contemplé el fuego. Después miré hacia el cielo. La luna seguía allí. Llena. Rodeada por aquel extraño círculo rojizo.

Metí una mano dentro del jubón y saqué la carta de mi madre. La había leído tantas veces que casi podía recitarla de memoria.

Tu destino ya se aproxima.

Miré a Chloe.

Luego la carta.

Y negué lentamente con la cabeza.

―¿Qué demonios has hecho, madre? ―murmuré.

El bosque no respondió.

Solo escuché el fuego, el río a lo lejos y la respiración tranquila de aquella extraña mujer que había aparecido de la nada. Una mujer a la que, al amanecer, tendría que llevar conmigo.