Capítulo 2 #2
―He caído al agua cerca de allí. La corriente me ha arrastrado y no sé cuánto tiempo he estado inconsciente, pero no puedo haber llegado demasiado lejos. Necesito regresar.
Por primera vez desde que había aparecido, vi algo cambiar en su expresión.
Fue mínimo.
Una tensión repentina en la mandíbula.
Sus ojos azules se desviaron durante un instante hacia el río, oculto entre los árboles.
Después volvieron a mí.
―¿Has salido del río?
La pregunta me desconcertó.
―Sí.
Daziel no dijo nada.
―¿Qué pasa?
―Nada.
―No parece nada.
Me observó durante unos segundos más, con una intensidad que comenzó a ponerme nerviosa.
―Siéntate junto al fuego, Chloe Finner.
―No necesito sentarme. Necesito saber dónde estoy.
―Y yo necesito saber de dónde vienes.
Fruncí el ceño.
―¿De dónde voy a venir? De Stratford-upon-Avon.
El silencio que siguió fue extraño.
Daziel sostuvo mi mirada mientras las llamas crepitaban entre nosotros. Y entonces comprendí que aquel hombre sabía algo. No sabía qué. Pero algo.
―¿Dónde estoy? ―pregunté de nuevo.
Esta vez mi voz ya no sonó impaciente.
Sonó asustada.
Daziel tardó demasiado en responder. Permaneció frente a mí, al otro lado de la hoguera, observándome con aquellos ojos azules que parecían reparar en cada detalle. Bajó la mirada hacia mi ropa, recorrió mis pantalones empapados, mis zapatillas cubiertas de barro y volvió a detenerse en mi rostro.
―Estás muy lejos de ese lugar ―dijo finalmente.
Fruncí el ceño.
―¿Cuánto?
Daziel no respondió.
―¿Cinco kilómetros? ¿Diez?
Continuó en silencio.
―¿Veinte?
Nada.
Empecé a ponerme nerviosa.
―Mira, no sé qué clase de broma es esta, pero necesito volver. Hay una mujer que acaba de ver cómo el río me arrastraba después de salvar a su hija. Probablemente habrá llamado a emergencias y estarán buscándome. Si me dices dónde estamos, podré...
―¿Qué es emergencias?
Me callé.
Lo miré fijamente esperando algún gesto que revelara que estaba burlándose de mí.
No llegó.
―¿En serio?
Daziel mantuvo la expresión impasible.
―¿Qué es?
Solté el aire lentamente.
―La policía. Una ambulancia. Bomberos. Gente que viene cuando alguien necesita ayuda.
El desconcierto de su rostro fue suficiente para que algo desagradable se instalara en mi estómago.
―¿Tampoco sabes qué es una ambulancia?
―No.
―Claro.
Me aparté un mechón mojado de la cara y miré alrededor. Aquello tenía que tener una explicación. Tal vez me había golpeado la cabeza contra alguna roca y estaba mucho peor de lo que pensaba. De hecho, empezaba a parecer la única posibilidad razonable.
―Necesito un hospital.
―No conozco esa palabra.
Esta vez me reí.
No pude evitarlo.
Fue una risa breve y nerviosa que desapareció casi inmediatamente.
―Por supuesto que no.
Daziel se agachó junto a la hoguera y tomó una manta gruesa que había dejado sobre una piedra. Se acercó a mí y la extendió.
―Quítate esa ropa.
Abrí mucho los ojos.
―¿Perdona?
―Está mojada.
―Ya me había dado cuenta.
―Si continúas con ella, enfermarás.
Me la tendió.
La cogí de un tirón y me la puse sobre los hombros.
Daziel soltó algo parecido a un suspiro.
―La ropa también.
―La ropa se queda donde está.
Sus ojos bajaron hacia mí durante un segundo.
―No tengo interés en verte desnuda.
―Fantástico. Entonces estamos de acuerdo.
Creí distinguir un destello de diversión en sus ojos, aunque desapareció tan rápido que pensé que quizá lo había imaginado.
Me acerqué todavía más al fuego y extendí las manos hacia las llamas. Poco a poco el dolor comenzó a regresar a los dedos. No sabía si aquello era buena señal, porque dolía muchísimo, pero al menos empezaba a sentirlos.
Daziel regresó a su sitio. No dejaba de observarme e intenté ignorarlo.
Duré aproximadamente veinte segundos.
―¿Puedes dejar de mirarme?
―No creo que pueda.
Giré la cabeza hacia él.
―¿No?
―Tu ropa es extraña.
Miré mis pantalones.
―Son unos vaqueros.
―¿Unos qué?
Cerré los ojos.
―Nada.
Aquella conversación no estaba ayudando a mi creciente sensación de estar perdiendo la cabeza.
El caballo se movió detrás de nosotros y escuché el tintineo del cuero. Miré hacia el animal. No llevaba una silla como las que estaba acostumbrada a ver. Todo parecía más rudimentario. El cuero, las mantas, incluso las hebillas. Después miré la espada apoyada junto a Daziel.
No pude contenerme.
―¿Por qué llevas eso?
Él siguió mi mirada.
―¿Mi espada?
―Sí, tu espada. Normalmente la gente no pasea por el bosque armada con una.
Daziel frunció el ceño.
―¿Cómo os defendéis entonces?
Lo miré.
Él me miró.
Sentí un pequeño escalofrío.
―¿Defendernos de qué?
No contestó.
Aquello empezaba a ser demasiado.
Me puse en pie, aunque las piernas todavía me temblaban.
―Me voy.
Daziel también se levantó.
―No.
La firmeza de aquella única palabra me hizo detenerme.
―No te estaba pidiendo permiso.
―No sabes dónde estás.
―Precisamente por eso voy a buscar una carretera.
Daziel frunció el ceño.
―¿Una qué?
―Una carretera. Un camino por donde pasan los coches.
―No sé qué son esos coches, pero hay un camino al este.
―Perfecto.
―A caballo tardarías horas en llegar al asentamiento más cercano. A pie y en tu estado, no llegarías.
―Pues esperaré a que pase algún coche.
Su expresión volvió a cambiar.
―¿Coche?
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
No.
Eso ya no tenía gracia.
Lo observé atentamente, buscando la mentira. Una sonrisa escondida. Una cámara. Cualquier cosa.
―Un coche ―repetí despacio―. Un automóvil.
Nada.
―Un vehículo.
Daziel negó con la cabeza.
Retrocedí un paso.
La manta resbaló ligeramente de mis hombros y la sujeté contra el pecho.
―¿Quién eres?
―Ya te lo he dicho. Daziel MacKay.
―No. Quiero decir qué haces aquí. ¿Por qué estás vestido así? ¿Por qué llevas una espada? ¿Dónde está la carretera? ¿Dónde está el puente? ¿Y por qué demonios actúas como si no supieras lo que es un teléfono?
Daziel no respondió.
El fuego crepitó entre nosotros.
Sobre su cabeza, la luna llena seguía rodeada por aquel extraño halo rojizo.
Entonces él miró hacia ella.
―¿Dónde estoy? ―pregunté de nuevo.
―Estás en las Highlands.
Fruncí el ceño.
―¿Las Highlands?
―Sí.
Lo miré sin comprender.
―¿Las Highlands de Escocia?
Él asintió.
Solté una risa breve.
―No.
Daziel arqueó ligeramente una ceja.
―No puedo estar en Escocia.
Miré hacia el bosque, después hacia el río y nuevamente hacia él.
―Estaba en Stratford-upon-Avon.
El nombre pareció no decirle nada.
―Inglaterra ―añadí.
Aquello sí provocó una reacción. Su expresión se endureció ligeramente.
―Sé dónde está Inglaterra.
―Bien. Entonces entenderás el problema. Hace unas horas estaba allí y ahora me dices que estoy en las Highlands.
Daziel guardó silencio.
―Eso es imposible. ―El hombre volvió a sentarse junto al fuego―. Sin embargo, estás aquí.
―No, estoy perdida. Que es diferente.
Me envolví mejor con la manta y acerqué las manos a las llamas.
Necesitaba pensar. Quizá la corriente no era lo último que recordaba.
Tal vez alguien me había encontrado. Podían haberme trasladado mientras estaba inconsciente.
Pero ¿hasta Escocia? Aquello era absurdo.
¿Quién iba a sacar del río a una mujer inconsciente y llevarla cientos de kilómetros hacia el norte para abandonarla después en mitad de un bosque?
Me llevé una mano a la frente.
―Debo de haberme golpeado la cabeza.
Daziel me observó.
―¿Te duele?
―Ahora mismo me duele hasta existir.
Sus labios se movieron apenas, como si hubiera estado a punto de sonreír.
―Necesito volver ―continué―. ¿Cuál es el pueblo más cercano?
Daziel mencionó un nombre que no reconocí.
―¿Y cómo llego?
―Por el camino que atraviesa el valle.
―Bien. ¿Cuánto hay?
―Demasiado para recorrerlo esta noche.
―Pues mañana.
―Mañana.
Aquello fue lo primero razonable que escuché desde que había abierto los ojos.
Volví a extender las manos hacia las llamas y guardé silencio.
Daziel hizo lo mismo, aunque cada cierto tiempo sentía sus ojos sobre mí.
No sabía qué problema tenía aquel hombre conmigo.
Y en ese momento tampoco me importaba. Lo único que quería era entrar en calor, encontrar un teléfono y regresar a casa.
No sabía que ninguna de aquellas tres cosas no iba a resultar tan sencilla como esperaba.