Capítulo 2
Lo primero que hice al recuperar la consciencia fue toser.
Una bocanada de agua me subió por la garganta y me obligó a girarme sobre un costado mientras todo mi cuerpo se contraía.
Tosí una vez, luego otra, y después tantas que terminé apoyando las manos sobre la tierra húmeda, intentando recuperar un aire que parecía negarse a entrar en mis pulmones.
Me ardía el pecho, me dolía la garganta y tenía la desagradable sensación de haber tragado medio río.
Durante unos segundos fui incapaz de hacer otra cosa que respirar entre jadeos, con los ojos cerrados y la frente casi pegada al suelo, hasta que el mareo comenzó a remitir y conseguí incorporarme lo suficiente para sentarme.
Estaba en la orilla.
La ropa se me pegaba al cuerpo como una segunda piel helada y tenía el cabello empapado, enredado alrededor del rostro y el cuello.
Temblaba. No ligeramente, sino con sacudidas que me recorrían desde los hombros hasta las piernas y hacían que me castañetearan los dientes.
Me abracé a mí misma por puro instinto y miré alrededor, intentando recordar qué había ocurrido y, sobre todo, cómo demonios había llegado hasta allí.
La niña.
El recuerdo regresó de golpe.
El chubasquero amarillo desapareciendo entre el agua, su madre gritando desde la orilla, yo corriendo, el frío insoportable al lanzarme al río y después la corriente arrastrándonos.
Recordaba haber conseguido alcanzar a la pequeña.
Recordaba haberla empujado hacia su madre.
Incluso recordaba las manos de aquella mujer sujetando a su hija.
Después, el río me había atrapado a mí.
Y luego...
Nada.
Me llevé una mano a la cabeza y respiré profundamente. Al menos la niña estaba a salvo. Me aferré a aquello mientras intentaba ordenar mis pensamientos, porque todo lo demás resultaba bastante más difícil de explicar.
Fue entonces cuando levanté la vista al cielo. Me quedé inmóvil. Era de noche.
―¿Qué...?
Miré a mi alrededor como si esperara que alguien apareciera para explicármelo.
La oscuridad cubría el paisaje, aunque podía distinguirlo con una claridad sorprendente gracias a la enorme luna que dominaba el cielo.
Estaba completamente llena, redonda y brillante, y alrededor de ella se extendía un extraño círculo rojizo, una especie de halo que parecía envolverla.
Nunca había visto nada igual.
Me quedé observándolo durante unos segundos, fascinada a pesar del frío, hasta que una idea mucho más evidente consiguió imponerse.
Era de noche.
Pero cuando había caído al río era de día.
No simplemente de día. Recordaba perfectamente haber mirado la hora poco antes de llegar al puente. Debían de ser aproximadamente las doce del mediodía.
―No puede ser...
¿Cuánto tiempo había estado inconsciente?
Miré mis manos. Después mi ropa. Luego nuevamente el río.
Horas. Tenían que haber pasado horas.
Pero aquello tampoco tenía sentido. Si había permanecido inconsciente y empapada junto al río desde el mediodía hasta la noche, probablemente no estaría sentada preguntándome qué hora era. Estaría en un hospital. O muerta de frío.
La última opción no me pareció especialmente tranquilizadora.
Intenté ponerme en pie. Fue una pésima idea.
En cuanto apoyé el peso sobre las piernas, las rodillas me fallaron y tuve que sujetarme a una roca para no volver a caer.
Esperé unos segundos, respiré profundamente y lo intenté otra vez.
Esta vez conseguí mantenerme erguida, aunque todo mi cuerpo protestó.
Sentía las piernas pesadas, los músculos agarrotados y los pies doloridos dentro de los zapatos empapados.
―Muy bien, Chloe ―murmuré―. Primero salimos de aquí. Después ya puedes entrar en pánico.
No tenía ni idea de dónde estaba.
Ese era el problema.
Observé el paisaje con atención buscando algo familiar, pero no reconocí absolutamente nada.
Ni el puente. Ni el sendero por el que había bajado hasta el río.
Ni una carretera. Ni una casa. Ni siquiera una farola.
Solo veía agua, árboles y la silueta oscura de las montañas recortándose bajo la luz de la luna.
¿Hasta dónde me había arrastrado la corriente?
Comencé a caminar.
Cada paso era un pequeño suplicio. La ropa mojada pesaba sobre mi cuerpo y el frío parecía haberse instalado dentro de mis huesos.
Apenas sentía los dedos de las manos y los pies me dolían cada vez que pisaba una piedra, pero quedarme allí no era una opción.
Necesitaba encontrar una carretera, una casa, cualquier persona que pudiera decirme dónde estaba y, sobre todo, prestarme un teléfono.
No sabía cuánto tiempo llevaba avanzando cuando distinguí una luz entre los árboles.
Me detuve, y parpadeé varias veces.
Una pequeña luz anaranjada, temblorosa, que aparecía y desaparecía entre los troncos.
Sentí un alivio inmediato.
―Gracias a Dios.
Aceleré todo lo que me permitieron las piernas, aunque aquello apenas podía considerarse caminar deprisa. Conforme avanzaba, la luz se hizo más intensa y empecé a percibir un tenue olor a humo.
Fruncí el ceño. Era fuego, o una hoguera. Aquello me hizo reducir el paso. ¿Quién demonios hacía una hoguera en medio de la nada a aquellas horas?
Me detuve detrás de un árbol y observé con cautela.
Había un caballo. Un caballo enorme, oscuro, atado a uno de los árboles cercanos. Movió la cabeza y resopló, y yo me quedé mirándolo unos segundos antes de dirigir la atención hacia la hoguera.
Entonces lo vi. Un hombre estaba sentado junto al fuego. Y lo primero que pensé fue que era enorme.
Incluso sentado se adivinaba una altura considerable y un cuerpo ancho, poderoso, construido más por años de esfuerzo que por horas en un gimnasio.
Tenía los hombros enormes bajo una capa oscura y unas manos grandes apoyadas sobre las rodillas.
La luz de las llamas dibujaba sombras sobre un rostro duro, de facciones marcadas, mandíbula firme y nariz ligeramente torcida, como si se la hubieran roto alguna vez.
O varias. Su cabello castaño le caía desordenado hasta casi los hombros y llevaba barba corta, también castaña, que acentuaba todavía más aquel aspecto rudo.
Pero fueron las cicatrices las que terminaron de hacerme detener. Tenía varias.
Una atravesaba parte de su ceja y otra descendía por una mejilla hasta perderse cerca de la barba. No parecían recientes. Eran marcas antiguas, blancas bajo la luz del fuego, y encajaban demasiado bien con el resto de su aspecto.
Y después estaba la ropa.
Parpadeé.
Aquello no era normal.
Llevaba botas altas de cuero, pantalones oscuros, una camisa basta y varias piezas de cuero sobre el torso. Una capa gruesa le cubría parte de los hombros y, apoyada a su alcance junto a un tronco, había una espada.
Una espada de verdad.
Al menos lo parecía.
Lo observé durante unos segundos intentando encontrar una explicación razonable.
¿Una recreación histórica? ¿Algún festival? ¿Un actor?
Porque si aquello era una fiesta temática, desde luego el hombre se había tomado muy en serio el vestuario.
El caballo resopló de nuevo, y el desconocido levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron los míos. Eran azules. Intensamente azules. La distancia que nos separaba no impidió que sintiera el peso de aquella mirada.
El hombre se quedó inmóvil durante un instante, observándome como si mi presencia allí fuera tan extraña para él como la suya para mí.
El suelo pareció moverse bajo mis pies y tuve que sujetarme al tronco de un árbol cercano.
Él se levantó inmediatamente. Y entonces descubrí que mi primera impresión se había quedado corta. Era enorme. Me sacaba bastante más de una cabeza y, de pie, sus hombros parecían todavía más anchos. Dio un paso hacia mí y yo retrocedí por puro reflejo.
Se detuvo.
―¿Estás bien?
Lo miré sorprendida.
Negué lentamente con la cabeza.
―No... No entiendo nada. Creo que me he perdido.
Su mirada descendió hacia mi ropa empapada y después regresó a mi rostro.
―Tranquila. Estás empapada. Acércate al fuego.
No me moví.
Él pareció darse cuenta de mi desconfianza porque no avanzó más.
―No voy a hacerte daño.
Miré la espada.
Luego a él.
―Eso resulta muy convincente viniendo de alguien que tiene una espada apoyada junto a una hoguera en mitad del bosque.
Sus cejas se juntaron ligeramente.
No supe si no había entendido el comentario o simplemente no le había hecho gracia.
―Necesitas calentarte.
Eso sí era cierto.
Volví a mirar las llamas y todo mi cuerpo pareció recordarme de golpe que estaba congelándome.
El hombre señaló el fuego.
―Soy Daziel MacKay.
Su nombre me resultó extraño, pero en aquel momento prácticamente todo me parecía extraño.
―Yo soy... Chloe. Chloe Finner.
Di un par de pasos, todavía con cautela, y me acerqué a la hoguera. El calor golpeó mis manos y mi rostro de inmediato, y cerré los ojos un instante. Nunca un fuego me había parecido tan maravilloso. Extendí las manos hacia las llamas mientras intentaba controlar los temblores.
―Necesito llamar por teléfono.
Cuando levanté la vista, Daziel me observaba con una expresión extraña.
―¿Teléfono?
―Sí.
Nada.
Ni un gesto de reconocimiento.
Lo miré mejor.
―Un teléfono ―repetí―. Para hacer una llamada. ―Continuó mirándome―. Necesito hablar con alguien.
―¿Hablar con quién?
―Con cualquiera que pueda venir a buscarme. La policía, una ambulancia...
La expresión de Daziel no cambió, pero algo en sus ojos me hizo sentir incómoda.
―No sé qué es ese teléfono del que hablas.
Solté una pequeña risa.
No porque tuviera gracia, sino porque no podía creer que hablara en serio.
―Vale.
Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón por instinto. Estaba vacío. Busqué en el otro, y tampoco encontré nada. Mi móvil debía de haberse perdido en el río.
«Perfecto».
―Entonces dime dónde estamos. Necesito volver al puente.
Daziel permaneció en silencio.
―¿Qué puente?
Lo miré fijamente.
―El puente del río. El viejo puente de madera.
No respondió.