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Dos años después

EPÍLOGO - SCARLETT

El cuarto del bebé estaba por fin terminado.

Me quedé en el umbral, con una mano apoyada en mi enorme barriga de embarazada, admirando las paredes de un amarillo suave y los muebles elegidos con esmero.

Knox había insistido en contratar a un decorador profesional, pero yo había peleado por los detalles personales: el móvil que Jamie había hecho a mano, la mecedora que había sido de mi abuela y la foto enmarcada de mis padres, que ayudaría a nuestra hija a saber de dónde venía.

Nuestra hija.

Todavía me estaba acostumbrando a la idea.

—¿Qué te parece? —preguntó Knox, que apareció a mi lado con dos tazas de té.

—Es perfecta. —Acepté el té agradecida y me arrimé a su calor—. Le va a encantar.

—Suponiendo que algún día decida aparecer.

Nuestra hija llevaba tres días de retraso y mostraba la misma tozudez que había permitido a sus padres salir de sus respectivas crisis. Los médicos aún no estaban preocupados, pero Knox llevaba semanas pendiente de mí, hecho un manojo de nervios.

—Llegará cuando esté lista —dije—. Las mujeres Sterling no corren por nadie.

—Las mujeres Sterling —repitió Knox, como si estuviera probando cómo sonaba—. Me gusta.

—¿Aunque sea tan difícil como su madre?

—Sobre todo si es tan difícil como su madre. Las mujeres difíciles cambian el mundo.

Pasamos al salón, con sus ventanales de suelo a techo y vistas panorámicas de Manhattan. Ahora la ciudad me parecía distinta: menos amenazadora, más parecida a un hogar. Era asombroso lo mucho que el amor podía cambiarte la manera de ver las cosas.

—Jamie ha llamado —dije mientras me acomodaba con cuidado en el sofá—. La ceremonia de graduación es el mes que viene.

—¿En Columbia?

—El número uno de su promoción de premedicina. Quiere que vayamos, por supuesto.

—Allí estaremos. Suponiendo que esta pequeñaja haya nacido para entonces.

La recuperación de Jamie había sido poco menos que milagrosa. No solo del cáncer, sino también del trauma de nuestra infancia. La universidad le había dado confianza, un propósito y una idea de su propio futuro que iba más allá de la pura supervivencia.

Pensaba especializarse en oncología para ayudar a otros niños que libraban la misma batalla que él había ganado.

—Knox —dije, y me removí incómoda porque la niña había decidido practicar sus patadas de fútbol—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Siempre.

—¿Te arrepientes alguna vez? ¿De cómo empezamos? ¿Del contrato, del acuerdo, de todo?

Knox guardó silencio un momento, pensativo.

—¿Quieres decir si me habría gustado que nos conociéramos en otras circunstancias?

—Supongo.

—No —respondió sin vacilar—. Porque otras circunstancias nos habrían convertido en personas diferentes. Tú no habrías estado lo bastante desesperada para aceptar casarte con un desconocido, y yo no habría estado lo bastante aislado para necesitar una esposa por motivos de negocios.

—Pero quizá habríamos sido más felices.

—Puede. Pero no habríamos sido nosotros. No habríamos tenido esta historia, esta clase de amor tan particular que nace de elegirse el uno al otro contra todo pronóstico.

No le faltaba razón. Nuestra historia de amor no era convencional, ni fácil, ni se parecía en nada a lo que yo había imaginado para mí de joven. Pero era nuestra.

—Además —continuó Knox—, no estoy seguro de que la felicidad sea la meta adecuada.

—¿Qué quieres decir?

—Que la felicidad es pasajera. Fugaz. Lo que tenemos nosotros es más profundo que la felicidad: es paz. Plenitud. La certeza de que, venga lo que venga, lo afrontaremos juntos.

Como invocado por sus palabras, un dolor agudo me atravesó el abdomen. Era distinto de las contracciones de Braxton Hicks que llevaba semanas teniendo.

Más intenso.

Más decidido.

—Knox —dije con cautela—. Creo que ha llegado el momento.

—¿El momento de qué?

Otra contracción, más fuerte esta vez.

—El momento de conocer a nuestra hija.

Las horas siguientes pasaron en una nebulosa de salas de hospital, personal médico y Knox apretándome la mano mientras llegaban contracciones que parecían capaces de partirme en dos.

Pero a las 3:47 de la madrugada de un martes de marzo, Elena Rose Sterling llegó al mundo.

Tres kilos y doscientos gramos de humanidad perfecta, chillona y maravillosa.

—Es guapísima —dijo Knox, con la voz tomada por la emoción, cuando la enfermera le puso a nuestra hija en los brazos—. Es igualita a ti.

—Tiene tus ojos —observé—. Grises como nubes de tormenta.

—Pobre criatura. Va a aterrorizar a la gente.

—Bien. Al mundo le hacen falta más mujeres que den miedo.

Cuando Knox me pasó a Elena con cuidado, me asombró lo natural que resultaba. Qué bien encajaba todo. Aquella personita diminuta, mitad yo y mitad el hombre al que amaba, crecería sabiendo que era deseada, elegida y adorada.

Nunca tendría que sacrificarlo todo por la supervivencia de otra persona.

—Hola, pequeña —le susurré—. Te estábamos esperando.

Elena abrió los ojos —sin duda el gris de Knox, sin duda capaces de intimidar en el futuro— y pareció estudiarme la cara con honda concentración.

—¿Qué crees que está pensando? —preguntó Knox.

—Que sus padres están completamente embobados y que va a salirse con la suya en todo.

—Seguramente tenga razón.

La puerta se abrió y apareció Jamie con un enorme ramo de rosas de color rosa y una expresión de asombro.

—¿Es ella? ¿Es mi sobrina?

—Jamie, te presento a Elena —dije—. Elena, este es tu tío Jamie. Es el motivo por el que mamá y papá se conocieron.

Jamie se acercó con cuidado, como si temiera romper algo muy valioso.

—Es tan pequeña.

—Crecerá —le aseguró Knox—. Con suerte, se convertirá en alguien tan valiente y testaruda como su madre.

—Y tan protectora como su padre —añadí.

Mientras los tres —ahora cuatro— rodeábamos el moisés de Elena, me sorprendí pensando en el camino que nos había llevado hasta allí. La desesperación, los contratos, las negociaciones minuciosas que nos habían unido a Knox y a mí.

El descubrimiento paulatino de que lo que habíamos construido valía más que cualquier suma de dinero.

Las conspiraciones criminales y las crisis médicas que habían puesto a prueba nuestra unión.

El momento en que decidimos convertir nuestro matrimonio en algo real.

Y ahora esto: una personita que era la viva encarnación del amor que habíamos descubierto sin proponérnoslo.

—Gracias —le dije a Knox.

—¿Por qué?

—Por salvarle la vida a Jamie. Por darme un motivo para ser valiente. Por enseñarme lo que significa ser completamente yo misma con otra persona.

—Gracias a ti por enseñarme a amar sin miedo —respondió él—. Por demostrarme que hay riesgos que merecen la pena.

—Y gracias a los dos —añadió Jamie— por demostrar que, a veces, las mejores cosas surgen de las circunstancias más imposibles.

Como si entendiera la solemnidad del momento, Elena soltó un sonidito que bien podría haber sido de aprobación.

O de hambre.

En cualquier caso, era perfecto.

Igual que todo lo demás en nuestra complicada, imposible y absolutamente real historia de amor.