CAPÍTULO 32 - SCARLETT
El círculo se cierra
Seis meses después
La capilla del hospital Mount Sinai no era el lugar más tradicional para celebrar una boda.
Pero para nosotros era perfecto.
Me encontraba en la pequeña sala de preparación nupcial, ajustándome el sencillo vestido blanco que había elegido para nuestra segunda boda.
No se parecía en nada al carísimo vestido de diseñador que había llevado en la primera ceremonia; este era elegante, pero discreto, el tipo de vestido que elige una mujer que se casa por amor y no por necesidad.
—Estás preciosa —dijo Jamie desde la puerta.
Me volví y vi a mi hermano con un impecable traje negro, sano, fuerte y sin rastro de cáncer.
El tratamiento experimental había funcionado mucho mejor de lo que nadie habría soñado: seis meses de pruebas limpias, análisis de sangre normales y una energía que ya le permitía planear la vuelta a la universidad en otoño.
—Tú tampoco estás nada mal —dije mientras le ajustaba la corbata—. ¿Listo para llevar a tu hermana al altar?
—¿Otra vez?
—Esta vez cuenta.
La expresión de Jamie se puso más seria.
—Scar, ¿estás segura de esto? ¿De Knox, de convertir este matrimonio en algo de verdad?
—¿Me lo preguntas porque te preocupas por mí o porque sigues sin confiar en él?
—Por las dos cosas, puede. Knox me cae bien, eso sí. Me salvó la vida, está claro que te quiere y con nuestra familia no ha hecho más que ser generoso. Pero todo esto empezó como una transacción comercial y quiero asegurarme de que no confundes la gratitud con el amor.
Era una pregunta justa. Me la había hecho yo misma docenas de veces en esos seis meses, mientras Knox y yo nos esforzábamos por construir una relación auténtica sobre los cimientos de nuestro matrimonio de contrato.
—Jamie —dije con cuidado—, ¿te acuerdas de cuando tenías doce años y querías dejar las clases de piano porque eran demásiado difíciles?
—Sí.
—¿Y de que te dije que por las mejores cosas de la vida merece la pena luchar, aunque parezcan imposibles?
—Me acuerdo.
—Por Knox merece la pena luchar. No porque te salvara la vida, ni porque sea rico, ni porque este matrimonio resulte conveniente. Porque me ve tal como soy, con mis virtudes, mis defectos y mis complicaciones, y aun así elige quererme.
—¿Y tú sientes lo mismo por él?
—Siento lo mismo por él.
Jamie me escrutó la cara un largo instante y luego asintió.
—Vale. Pero si alguna vez te hace daño, tendré que matarlo. Me da igual que haya superado un cáncer.
—Tomo nota.
Unos golpes suaves en la puerta nos interrumpieron.
—¿Señora Sterling? —Era la voz de William—. Es la hora.
Inspiré hondo y me alisé el vestido una última vez.
—¿Listo?
—Listo —confirmó Jamie, y me ofreció el brazo.
La capilla era pequeña e íntima, y estaba llena con las personas que más nos importaban.
El equipo de seguridad de Knox, que en el último año se había convertido en algo parecido a una familia.
Unos pocos socios de confianza. La doctora Elizabeth Morrison, del Mount Sinai, que se había hecho amiga nuestra durante el tratamiento de Jamie.
Y Knox, de pie ante el altar, con un traje gris carbón, nervioso y feliz, completamente distinto del hombre frío y calculador con el que me había casado seis meses atrás.
Esta vez, al recorrer el pasillo, sentí que volvía a casa.
—Queridos hermanos —comenzó el capellán—, estamos hoy aquí reunidos para ser testigos del matrimonio de Knox Sterling y Scarlett Hayes.
—En realidad —lo interrumpió Knox—, estamos aquí para ser testigos de la nueva boda de Knox Sterling y Scarlett Sterling. Ya estamos casados. Solo que esta vez lo vamos a hacer bien.
Una oleada de risas recorrió al pequeño grupo. El capellán sonrió y reordenó sus notas.
—Estamos hoy aquí reunidos para ser testigos de la renovación de votos de Knox y Scarlett Sterling, que han decidido reafirmar su compromiso mutuo con el corazón lleno y las intenciones claras.
Así está mejor.
—Knox —continuó el capellán—, ¿aceptas a Scarlett como esposa, para amarla y honrarla en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, mientras los dos viváis?
Knox me miró directamente a los ojos.
—Sí, acepto. No porque tenga que hacerlo ni porque ningún contrato me obligue, sino porque lo elijo. Cada día, el resto de mi vida.
—Scarlett, ¿aceptas a Knox como esposo, para amarlo y honrarlo en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, mientras los dos viváis?
—Sí, acepto —dije—. Porque me hace más valiente de lo que soy yo sola. Porque ve en mí una fuerza que yo no sabía que tenía. Porque quererlo me ha enseñado lo que significa ser completamente yo misma junto a otra persona.
—Ya podéis intercambiar los anillos.
Esta vez habíamos elegido unas alianzas sencillas de platino, grabadas con una frase de la carta de mi abuelo: «Confía en que hay cosas por las que merece la pena arriesgarse».
Mientras me deslizaba el anillo en el dedo, Knox susurró:
—Gracias por hacer que cada riesgo que he corrido haya merecido la pena.
—Gracias por atreverte a correrlos —susurré yo.
—Por el poder que me otorga el estado de Nueva York —declaró el capellán—, os declaro marido y mujer. Knox, ya puedes besar a la novia.
El beso fue suave, dulce y lleno de promesas. Nada que ver con el de nuestra primera boda, que había sido prudente, calculado y representado para un público.
Este beso era solo nuestro.
Al separarnos, el pequeño grupo estalló en aplausos. Jamie se secaba los ojos. William sonreía de verdad. Incluso las vidrieras de la capilla parecían brillar con más fuerza.
—Señoras y señores —anunció el capellán—, el señor y la señora Sterling.
Mientras volvíamos juntos por el pasillo, Knox se inclinó hacia mi oído.
—¿Qué se siente al estar casada de verdad?
—Como el comienzo de algo hermoso —dije.
—Bien. Porque tengo planes para nosotros, Scarlett Sterling. Planes a largo plazo.
—¿Qué clase de planes?
—De los que incluyen envejecer juntos. Construir algo que dure. Tal vez sumar unos cuantos pequeños Sterling al árbol genealógico.
La idea de los hijos, de un futuro que se prolongaba más allá de nuestra felicidad presente, me dio un vuelco en el corazón.
—¿Cuántos hijos?
—¿Cuántos quieres tú?
—Al menos dos. Quiero que nuestros hijos tengan hermanos, que no estén nunca solos como lo estuvimos Jamie y yo.
—Entonces tendremos dos. O tres. O los que hagan falta para llenar esta vida de amor.
Al llegar al fondo de la capilla, me volví a mirar a nuestros invitados, ese pequeño grupo de personas que se había convertido en nuestra familia elegida.
Personas que habían estado a nuestro lado a través de conspiraciones criminales, crisis médicas y el complicado proceso de aprender a confiar el uno en el otro.
Personas que nos habían visto pasar de ser dos desconocidos unidos por un contrato a dos compañeros unidos por elección propia.
—¿Lista para la recepción? —preguntó Knox.
—¿Dónde será?
—En el ático. William lleva toda la semana coordinándose con los del catering.
—¿Y después?
—Después empezaremos nuestra verdadera luna de miel. Dos semanas en la Toscana, sin llamadas de negocios, sin emergencias médicas y sin conspiraciones criminales. Solo nosotros.
—Solo nosotros —asentí.
Mientras salíamos juntos de la capilla, me puse a pensar en el camino que nos había traído hasta allí. La desesperación que me había empujado a aceptar la propuesta de Knox. Las negociaciones minuciosas y las cláusulas del contrato que nos habían unido.
Haberme dado cuenta, poco a poco, de que lo que habíamos construido valía más que cualquier suma de dinero.
Hacía seis meses me había casado con Knox Sterling porque no tenía otra opción.
Hoy me había casado con él porque no concebía elegir a nadie más.
Y eso, pensé mientras me ayudaba a subir al coche que nos llevaría a casa, lo cambiaba todo.