Votos despiadados CAPÍTULO 31 - KNOX
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CAPÍTULO 31 - KNOX

Nuevos comienzos

Me dieron el alta tres días después, con un informe médico impecable y órdenes estrictas de evitar golpes en la cabeza en el futuro inmediato.

Scarlett me llevó a casa y sorteó el tráfico de Manhattan con esa mezcla de agresividad y pericia que me recordaba por qué me había enamorado de ella.

—Los abogados quieren reunirse con nosotros esta tarde —dijo mientras entrábamos en el aparcamiento de mi edificio—. Para hablar de lo de la herencia.

—¿Cuál es su valoración?

—Son optimistas. Al parecer, el testamento de tu abuelo incluye una cláusula sobre «casos de fuerza mayor y circunstancias extraordinarias» que podría aplicarse a nuestra situación.

Había estado pensando en la herencia durante la convalecencia, sopesando lo que supondría perder Sterling Industries después de todo lo que había sacrificado para levantarla. La respuesta, por sorprendente que fuera, era que me importaba menos de lo que esperaba.

El dinero podía volver a ganarse. Las empresas podían reconstruirse. Pero lo que Scarlett y yo habíamos construido juntos era insustituible.

—¿Y si el recurso fracasa? —pregunté.

—Entonces empezaremos de cero. Tú con tu experiencia empresarial y yo con mi formación en análisis financiero. Construiremos algo nuevo juntos.

La seguridad de su voz me oprimió el pecho. Scarlett no hablaba solo de seguir casados a pesar de los apuros económicos. Hablaba de ser compañeros en el sentido más pleno de la palabra: dos personas que elegían afrontar como un equipo lo que viniera.

—¿De verdad estarías dispuesta a hacerlo? ¿A empezar de cero, sin nada?

—Knox, llevo toda mi vida adulta empezando de cero. La diferencia es que esta vez no tendría que hacerlo sola.

El trayecto en ascensor hasta el ático transcurrió en silencio, los dos absortos en nuestros pensamientos.

El apartamento estaba exactamente igual que cuando lo habíamos dejado tres días antes, pero, de algún modo, parecía distinto.

Más un hogar que un escaparate de riqueza cuidadosamente orquestado.

Tal vez porque ahora lo veía con otros ojos.

Tal vez porque por fin estaba preparado para compartirlo con alguien.

—Hay algo que quiero enseñarte —dije, y la llevé hasta mi despacho.

Abrí la caja fuerte oculta detrás del retrato de mi abuelo y saqué un documento que llevaba ocho años conmigo y que nunca le había mostrado a nadie.

La verdadera carta de mi abuelo. No la que se leyó junto con el testamento, sino el mensaje personal que me había dejado solo a mí.

—¿Qué es? —preguntó Scarlett.

—La verdad sobre por qué redactó el testamento como lo hizo.

Le entregué la carta y observé su rostro mientras la leía.

Knox:

Si estás leyendo esto, es que has encontrado a alguien que merece la pena conservar. Alguien que te hace querer ser mejor de lo que eres.

Espero que sea todo lo que yo deseaba para ti: inteligente, fuerte, indiferente a tu dinero y sin miedo a tu oscuridad. Espero que te desafíe, que te saque de tus casillas y que te quiera a pesar de todos tus esfuerzos por seguir aislado.

El requisito del matrimonio no tenía nada que ver con engendrar herederos ni con mantener las apariencias. Se trataba de obligarte a abrirle el corazón a otra persona. De arriesgarte a sufrir de nuevo a cambio de la posibilidad de una conexión auténtica.

Sé lo que te hizo Marcus Webb. Sé cómo te cambió su traición, cómo te volvió desconfiado y frío, decidido a no fiarte nunca más de nadie. Pero, Knox, si te pasas la vida entera protegiéndote del dolor, nunca descubrirás lo que significa vivir de verdad.

El amor no es debilidad. Es la mayor fortaleza que puede tener una persona.

La mujer que se gane tu corazón será digna de todo lo que puedas darle. No dejes que el miedo te impida entregárselo.

Confía en ella. Confía en ti mismo. Confía en que hay cosas por las que merece la pena arriesgarse.

Con todo mi amor y mi fe en tu futuro, Abuelo

P. D.: Si está leyendo esto por encima de tu hombro, hola, querida. Gracias por salvarle el alma a mi nieto.

Scarlett levantó la vista de la carta con lágrimas en los ojos.

—Lo sabía.

—Sabía que Marcus acabaría intentando algo. Sabía que me había levantado unos muros casi imposibles de derribar. Y sabía que la única forma de obligarme a dejar entrar a alguien era convertirlo en una necesidad empresarial.

—Tu abuelo era un hombre muy sabio.

—Era un romántico que disfrazó de requisito legal su papel de casamentero.

Scarlett se rio y se secó los ojos.

—¿Y funcionó?

—¿Tú qué crees?

En vez de responder, se acurrucó entre mis brazos. La estreché contra mí, aspiré el aroma de su pelo y me maravillé de lo bien que encajaba contra mi cuerpo.

—Knox —dijo contra mi pecho—. ¿Y si no recuperamos la herencia? ¿Y si perdemos Sterling Industries?

—Entonces construiremos algo mejor.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque lo más valioso que he conseguido en mi vida no es mi empresa ni la fortuna de mi abuelo. Eres tú. Y ningún tecnicismo legal puede arrebatármelo.

El teléfono sonó e interrumpió el momento. En la pantalla apareció el nombre de Marcus Chen.

—Knox, tengo noticias sobre el recurso de la herencia —dijo sin andarse con rodeos—. El tribunal arbitral ha revisado las circunstancias de tu caso.

—¿Y?

—Enhorabuena. Han fallado a tu favor. Sterling Industries sigue bajo tu control.

Noté que Scarlett se aflojaba contra mí, aliviada.

—¿Cuáles han sido los factores decisivos?

—El tribunal determinó que resultar herido mientras defendías a tu esposa de una conspiración criminal constituía una circunstancia extraordinaria ajena a tu control.

Señaló también que vuestro matrimonio parece auténtico y no meramente contractual, lo que cumple el espíritu de los requisitos de tu abuelo.

—¿Auténtico y no meramente contractual?

—Revisaron las pruebas de la investigación sobre Torrino: cómo arriesgaste tú la vida por la señora Sterling y cómo la arriesgó ella por ti. El tribunal concluyó que, fuera lo que fuera vuestro matrimonio al principio, se ha convertido en algo real.

Cuando colgué, me volví hacia Scarlett.

—Hemos ganado.

—Hemos ganado —asintió ella—. ¿Y ahora qué pasa?

—Ahora decidimos qué clase de vida queremos construir juntos.

—¿Como marido y mujer?

—Como socios. En todos los sentidos de la palabra.

Scarlett guardó silencio un momento, pensativa.

—Knox, quiero preguntarte algo y necesito que me respondas con sinceridad.

—De acuerdo.

—Si nunca nos hubiéramos conocido, si las circunstancias hubieran sido distintas, ¿me habrías elegido? No como una solución cómoda a tu problema con la herencia, sino como alguien con quien querer pasar la vida.

La pregunta era más compleja de lo que parecía.

Porque la verdad era que, si las circunstancias hubieran sido distintas, probablemente nunca nos habríamos conocido.

Nuestros caminos no se habrían cruzado de manera natural: ella era analista financiera de Brooklyn; yo, un director ejecutivo multimillonario de Manhattan.

Pero si se hubieran cruzado...

—Sí —respondí sin vacilar—. En cualquier universo y bajo cualquier circunstancia, te habría elegido a ti.

Tu inteligencia, tu fortaleza, tu feroz lealtad, tu capacidad para ver lo bueno en las personas incluso cuando ellas mismas no logran verlo...

Nada de eso depende de las circunstancias.

Son cualidades que te hacen extraordinaria.

—¿Incluso sin la desesperación? ¿Sin el contrato que nos obligó a estar juntos?

—Sobre todo sin la desesperación. Porque entonces habría tenido que ganarme tu amor en lugar de comprarlo.

Scarlett sonrió.

—Te lo ganaste, Knox. El contrato nos unió, pero todo lo que vino después —cada conversación, cada momento de confianza, cada vez que decidiste mostrarte vulnerable conmigo— fue lo que hizo que me enamorara de ti.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora?

—Ahora empezamos de nuevo. No porque tengamos que hacerlo, sino porque queremos.

—¿Cómo?

La sonrisa de Scarlett se ensanchó.

—Nos casamos otra vez. Esta vez de verdad. Sin contratos, sin plazos ni segundas intenciones. Solo dos personas que se aman y se prometen construir una vida juntas.

La idea era perfecta por su sencillez. Llevábamos meses casados, pero en realidad nunca nos habíamos elegido. Nunca nos habíamos puesto en pie delante de nuestros amigos y nuestra familia para declarar nuestro amor sin reservas.

Nunca habíamos prometido un para siempre porque de verdad lo sintiéramos así.

—Señora Sterling —dije con formalidad—. ¿Me está pidiendo matrimonio?

—Sí. Knox Sterling, ¿quieres casarte conmigo? ¿Esta vez de verdad?

Pensé en la carta de mi abuelo, en su convicción de que el amor era la mayor fortaleza que podía poseer una persona. Pensé en los muros que había levantado alrededor de mi corazón y en la mujer que los había derribado con bondad y valentía.

Pensé en el futuro que podíamos construir juntos, no porque tuviéramos que hacerlo, sino porque así lo elegíamos.

—Sí —respondí—. Pero esta vez me toca a mí organizar la boda.

—Trato hecho. Pero el vestido lo elijo yo.

—Trato hecho.

Sellamos el acuerdo con un beso que sabía a nuevos comienzos y promesas eternas.

Y, por primera vez en ocho años, el futuro no solo parecía soportable, sino hermoso.