Primer aniversario de verdad
ESCENA EXTRA - KNOX
Un año después de nuestra segunda boda
La capilla del Mount Sinai tenía exactamente el mismo aspecto que un año atrás.
Las mismas vidrieras. Los mismos bancos de madera sencillos. La misma sensación de paz que la había convertido en el lugar perfecto para que Scarlett y yo intercambiáramos votos de verdad en lugar de obligaciones contractuales.
Pero aquella noche estaba vacía, salvo por nosotros dos.
—Knox —dijo Scarlett mientras la guiaba por el pasillo—, ¿qué hacemos aquí?
—Celebrarlo —dije sin más.
—Nuestro aniversario no es hasta el mes que viene.
—Nuestro aniversario legal es el mes que viene. Nuestro aniversario de verdad es hoy.
Scarlett se quedó callada, pensando.
—Hoy hace un año fue cuando nosotros...
—Cuando nos elegimos por primera vez. Cuando aceptaste que nuestro matrimonio fuera real y no solo legal.
El recuerdo estaba grabado con absoluta claridad: Scarlett en mi despacho de casa, preguntándome si me casaría con ella otra vez. Esta vez de verdad. Sin contratos, sin plazos, sin segundas intenciones.
Solo dos personas que habían descubierto que juntas estaban mejor que separadas.
—Entonces, ¿qué es esto? —preguntó ella, señalando la capilla.
—Esto es que vuelvo a hacerte la misma pregunta, un año después.
Saqué del bolsillo de la chaqueta una pequeña caja de terciopelo y me arrodillé en el mismo lugar donde habíamos intercambiado nuestros votos seis meses atrás.
—Scarlett Sterling —dije con solemnidad—, ¿quieres casarte conmigo? ¿Otra vez?
Me miró fijamente, con la boca ligeramente abierta.
—Knox, ya estamos casados. Dos veces.
—Lo sé. Pero esta semana me he dado cuenta de algo mientras pensaba en nuestro aniversario.
—¿De qué?
—Nunca hemos estado prometidos. Nunca hemos vivido la experiencia de elegirnos sin que la desesperación o los plazos decidieran por nosotros. Quiero darte eso.
Abrí la caja y apareció el anillo que había pasado semanas diseñando pensando en sus gustos. No era el enorme diamante que habría impresionado a la alta sociedad de Manhattan, sino algo elegante y personal, que reflejaba a la mujer que había llegado a conocer.
—Este es tu anillo de compromiso —dije—. El que deberías haber tenido si nos hubiéramos conocido en circunstancias normales. Si hubiera tenido que ganarme tu amor en vez de comprártelo.
Scarlett ya estaba llorando; lágrimas silenciosas le resbalaban por la cara.
—Knox...
—Sé que no es nada convencional. Sé que ya estamos casados, que llevamos alianzas y que pensamos renovar nuestros votos todos los años hasta que seamos demasiado viejos para recordar por qué empezamos.
Pero, Scarlett, quiero que sepas que, si pudiera volver atrás y hacerlo todo de otra manera —si pudiera conocerte en una cafetería, en una librería o en cualquier sitio donde se conoce la gente normal—, te seguiría eligiendo.
—¿Incluso sin el requisito de la herencia?
—Sobre todo sin el requisito de la herencia. Porque entonces habría tenido que convencerte de que me amaras por quien soy, no por lo que podía ofrecerte.
Scarlett se dejó caer de rodillas frente a mí y me tomó la cara entre las manos.
—Knox Sterling, eres un hombre imposible, romántico y absolutamente exagerado. Sí, volveré a casarme contigo. Y otra vez. Y otra, mientras sigas pidiéndomelo.
Le deslicé el anillo de compromiso en la mano derecha, junto a la alianza que llevaba desde hacía más de un año.
—Entonces, ¿estamos prometidos?
—Estamos prometidos —confirmó—. ¿Cuándo es la boda?
—Estaba pensando que podríamos fugarnos. A Las Vegas, quizá. O al ayuntamiento. Algo completamente espontáneo y romántico.
—Ya tuvimos la gran boda. La celebración familiar. El lugar perfecto. —Scarlett me besó con suavidad—. Fugarnos me parece perfecto.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero, Knox...
—¿Sí?
—La próxima vez que quieras sorprenderme con una proposición, quizá podrías elegir un sitio que no sea la capilla de un hospital. La gente podría pensar que hay una emergencia médica.
Me reí y la estreché contra mí.
—Tienes razón. ¿Dónde lo preferirías?
—Donde estés tú.
Mientras estábamos sentados juntos en la capilla vacía, rodeados de vidrieras, silencio y el peso de las promesas hechas y cumplidas, no pude evitar pensar en la carta de mi abuelo.
Confía en que hay cosas por las que merece la pena arriesgarse.
Scarlett había valido cada riesgo que había corrido en mi vida.
Cada muro que había derribado.
Cada miedo al que me había enfrentado.
Cada momento de vulnerabilidad que había parecido una muerte, pero que en realidad había sido aprender a vivir.
—Te quiero —dije, porque hay cosas que nunca se gastan.
—Yo también te quiero —respondió ella, porque hay promesas que merece la pena repetir.
Y en algún lugar de la ciudad que nos rodeaba, la vida seguía su curso: gente que se enamoraba y gente que se derrumbaba, que levantaba imperios y los echaba abajo, que se arriesgaba y que iba sobre seguro.
Pero en aquella capilla, en aquel momento, solo estábamos nosotros.
Solo la decisión que habíamos tomado de construir algo real sobre las cenizas de nuestros respectivos destrozos.
Solo el futuro que se extendía ante nosotros, incierto, pero ya no aterrador.
Porque, pasara lo que pasase, lo afrontaríamos juntos.
Tal como habíamos prometido.
Tal como lo sentíamos.
FIN