CAPÍTULO 29 - KNOX
Fuego y acero
Veintiocho minutos.
Me encontraba en la escalera del hotel, tres plantas por debajo del ático, rodeado por mi equipo de seguridad y por suficientes agentes de las fuerzas del orden como para librar una pequeña guerra.
A través del auricular me llegaban fragmentos de la conversación que captaba el micrófono oculto de Scarlett: la voz de Torrino, los movimientos de sus guardias, el sonido de mi mujer, que mantenía su tapadera aunque un loco la hubiera atado a una silla.
Era magnífica.
Y también corría un peligro mortal.
—Posiciones finales —informó William por el sistema de comunicaciones—. Los equipos Alfa y Beta están en posición en las entradas de servicio. El equipo Charlie controla el hueco del ascensor. Todas las salidas están cubiertas.
—¿Y el equipo médico?
—A la espera en la planta veinte. Cirujano de traumatología, equipo completo de urgencias y reservas de sangre.
—¿Y la electrónica?
—Los inhibidores de señal ya están instalados. En cuanto nos movamos, Torrino no podrá pedir ayuda ni activar ningún dispositivo a distancia.
Miré el reloj. Veintiséis minutos.
Según nuestro plan, debía esperar exactamente treinta minutos desde el ultimátum de Torrino antes de hacer mi entrada. Tiempo suficiente para que las fuerzas del orden tomaran posiciones, pero no tanto como para que Torrino sospechara del retraso.
Tiempo suficiente para que algo saliera mal.
—Knox.
La detective Sarah Morrison, del equipo de negociación de rehenes de la NYPD, me tocó el brazo.
—Debo recordarle que, en cuanto irrumpamos en el ático, esto pasa a ser una operación policial. Seguirá nuestras indicaciones, nuestros tiempos y nuestras normas.
—Entendido.
—Hablo en serio. Nada de heroísmos ni improvisaciones. La vida de su esposa depende de que todos sigamos el plan al pie de la letra.
Tenía razón. Pero, allí de pie en la escalera, oyendo a Torrino exponer con malicia despreocupada sus planes para el futuro de Scarlett, seguir el plan me parecía lo más difícil que había hecho en mi vida.
El teléfono vibró con un mensaje de un número desconocido: «Cambio de planes. Ven solo o muere ahora mismo».
Le enseñé el mensaje a la detective Morrison.
—Empieza a sospechar —observó—. Probablemente esperaba que ya hubiera llegado.
—Entonces adelantamos la operación.
—Negativo. Nos ceñimos al plan. Los secuestradores siempre intentan cambiar las condiciones en el último momento. Es una táctica psicológica diseñada para hacernos reaccionar con las emociones y no con la cabeza.
Otro mensaje: «Tienes sesenta segundos para entrar en ese ascensor o empezaré a cortarle trozos a tu mujer».
Por el auricular oí la voz de Torrino:
—Parece que su marido se lo está pensando mejor, señora Sterling. Quizá debamos darle una motivación extra.
Después, la voz de Scarlett, firme a pesar de todo:
—Vendrá. Knox no abandona a quienes le importan.
—Ya veremos.
Ruido de movimiento. Pasos. La inspiración brusca de Scarlett.
—Cuarenta y cinco segundos —anunció Torrino, imagino que para que yo lo oyera.
La detective Morrison hablaba deprisa por la radio, coordinándose con sus equipos y ajustando los tiempos. Pero en su expresión vi que sopesaba el mismo cálculo imposible que yo: el riesgo de actuar demasiado pronto frente al riesgo de esperar demasiado.
El riesgo de seguir el protocolo frente al riesgo de perder a Scarlett.
—Knox —dijo—. Necesito que confíe en nosotros. Vamos a sacarla de ahí.
—Treinta segundos —resonó la voz de Torrino en mi auricular.
Miré a la detective Morrison, a William y al equipo policial reunido allí, que representaba meses de planificación y preparativos.
Después pensé en Scarlett, sola en aquel ático con un hombre que llevaba ocho años planeando destruir todo lo que me importaba.
Y tomé una decisión que probablemente infringía todos los principios de la negociación con rehenes jamás escritos.
—Voy a subir —dije.
—Knox, espere…
Pero ya estaba en marcha, subiendo los escalones de tres en tres hacia la planta del ático. A mis espaldas oía a la detective Morrison coordinarse con sus equipos y reajustar posiciones para compensar mi desviación del plan.
Llegué al pasillo del ático justo cuando el teléfono marcaba veintiséis minutos desde el ultimátum de Torrino.
Cuatro minutos antes de lo previsto.
Quizá cuatro minutos demasiado pronto para que las fuerzas del orden estuvieran en posición.
Pero la vida de Scarlett merecía el riesgo.
La puerta del ático no tenía el pestillo echado: una invitación, no un descuido. Entré con las manos a la vista, pero listo para reaccionar, con todos los sentidos alerta ante la trampa que sabía que me esperaba.
—Knox Sterling —llamó la voz de Torrino desde la sala principal—. Puntual como siempre.
Avancé hacia su voz y me fijé en la posición de sus guardias, en la distribución de los muebles y en la distancia hasta donde estaba sentada Scarlett. Levantó la vista al verme y el alivio le inundó los ojos verdes.
—¿Estás herida? —pregunté.
—Estoy bien —su voz sonaba firme, controlada—. Solo quiero que esto acabe de una vez.
—Así será. Pronto.
Vincent Torrino salió de detrás de una columna, flanqueado por dos hombres armados. Tenía exactamente el mismo aspecto que recordaba de hacía ocho años: mayor, más distinguido, con esa autoridad serena que lo hacía peligroso.
—Vincent —dije—. Te veo bien. ¿Te sentó bien la dieta de la cárcel?
—Nunca estuve en la cárcel, Knox. A diferencia de mi socio, fui lo bastante listo para esquivar tu pequeña vendetta.
—Lo bastante listo para huir y esconderte, querrás decir.
—Lo bastante listo para planear. Para prepararme. Para esperar el momento exacto y cobrarme lo que me debes.
Ahora distinguía a tres guardias: los dos que flanqueaban a Torrino y un tercero apostado detrás de Scarlett. Colocación profesional, pero no perfecta. Había huecos en su cobertura, ángulos que no podían defender a la vez.
Lo que significaba que, si aquello se torcía, quizá surgieran oportunidades.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Ya sabes lo que quiero. La transferencia legal de Sterling Industries a una empresa a la que represento. La propiedad completa, todos los activos y todas las filiales.
—¿Y a cambio?
—Tu esposa vive. Tú vives. Todo el mundo sale de esta situación intacto.
—¿Durante cuánto tiempo?
Torrino sonrió.
—¿Perdón?
—¿Cuánto tiempo viviremos? Porque me cuesta creer que vayas a dejar que los testigos de una extorsión y un secuestro se marchen sin más.
—Tu escepticismo es comprensible, pero está fuera de lugar. No me interesa matarte, Knox. Me interesa la justicia. Verte perder todo lo que has levantado a base de mentiras y traiciones.
—¿Como lo perdió todo Marcus?
—A Marcus lo destruyó tu obsesión por la venganza. Yo no hago más que devolverte el favor.
Torrino indicó con la cabeza a uno de sus guardias, que sacó una tableta.
—Los documentos de transferencia están listos para que los firmes. Sterling Industries pasará a ser propiedad de Meridian Holdings con efecto inmediato.
Cogí la tableta y ojeeé el texto legal. Los documentos parecían legítimos: detallados, exhaustivos y jurídicamente vinculantes. Si los firmaba, Vincent Torrino se convertiría en el dueño del imperio de mi abuelo.
Todo lo que había construido durante ocho años pertenecería al hombre que había ayudado a Marcus Webb a intentar destruirme.
—Hay un problema —dije.
—¿Cuál?
—No está en mi mano ceder Sterling Industries.
La expresión de Torrino se ensombreció.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que el testamento de mi abuelo incluía ciertas salvaguardas. Protecciones precisamente contra este tipo de coacción. No puedo transferir la propiedad de la empresa bajo presión sin desencadenar impugnaciones legales automáticas que bloquearían los activos durante años.
Era en parte cierto. Los abogados de mi abuelo habían incluido varias capas de protección contra adquisiciones hostiles y transferencias forzosas. Pero la salvaguarda principal era más sencilla que eso.
Nunca había tenido intención de cumplir ningún acuerdo alcanzado con Vincent Torrino.
—Estás mintiendo —dijo Torrino.
—¿Ah, sí? Consulta los estatutos de la sociedad.
Sección doce, apartado cuatro. Toda transferencia de la propiedad mayoritaria requiere la aprobación del consejo de administración, de los accionistas principales y una revisión jurídica independiente que garantice que la transferencia no es fruto de la coacción.
Torrino hizo una seña a uno de sus hombres, que se puso a teclear a toda prisa en un portátil. Al cabo de unos minutos, asintió en señal de confirmación.
—El lenguaje jurídico está ahí —informó el guardia—. Restricciones a la transferencia, cláusulas de coacción y mecanismos de revisión automática.
Torrino apretó la mandíbula.
—Entonces encontraremos otra manera.
—No hay otra manera. Mi abuelo diseñó la estructura de la empresa precisamente para impedir lo que estás intentando hacer.
—Siempre hay otra manera. —Torrino sacó una pistola y apuntó directamente a la cabeza de Scarlett—. Firma los documentos, Knox. Ya nos ocuparemos después de las impugnaciones legales.
Detrás de Torrino, capté un movimiento en el pasillo. La policía, ocupando posiciones. Los equipos de la detective Morrison, por fin listos para hacer saltar la trampa que llevábamos tres días preparando.
Solo necesitaba mantener a Torrino hablando otros treinta segundos.
—Sabes, siempre me he preguntado algo sobre ti y Marcus —dije en tono casual.
—¿El qué?
—Si de verdad os creíais las mentiras que os contábais o si os habíais aferrado tanto al relato que ya no podíais admitir la verdad.
Torrino entrecerró los ojos.
—¿Qué verdad?
—Que Marcus Webb era un ladrón y un aspirante a asesino. Que todo lo que has hecho estos ocho años ha sido al servicio de un hombre que nos habría matado a los dos si le hubiera convenido.
—Marcus se estaba protegiendo…
—Marcus me estaba robando. A mí, a mi empresa, a mis clientes y a mi familia. No se estaba protegiendo; estaba borrando sus huellas.
—Estás mintiendo.
—¿Ah, sí? Entonces explica esto.