Votos despiadados CAPÍTULO 23 - KNOX
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CAPÍTULO 23 - KNOX

Pecados del pasado

Estaba en una reunión del consejo cuando entró la llamada de William.

La revisión trimestral de Sterling Industries se estaba alargando; los directores de departamento desgranaban sus cifras mientras yo escuchaba a medias y pensaba en Scarlett. En cómo la había visto aquella mañana: decidida, preciosa y del todo ajena a que se metía de lleno en el peligro.

Debería haberla obligado a quedarse en casa.

Debería haberla encerrado en el ático hasta que atraparan o mataran a Vincent Torrino.

Debería haber antepuesto su seguridad a su independencia.

Cuando el teléfono sonó con el código de emergencia de William, supe exactamente por qué.

—Disculpadme —dije a la sala llena de ejecutivos mientras me levantaba y me dirigía hacia la puerta—. Continuad sin mí.

Contesté en cuanto estuve en el pasillo.

—Dime.

—Se la han llevado. —La voz de William era seca, profesional, pero se le notaba la tensión de fondo—. Operación profesional. Un hombre, armado, en un lugar público. La señora Sterling se ha ido con él por voluntad propia para evitar víctimas civiles.

El mundo se tambaleó. Durante un instante fui incapaz de respirar, de pensar, de asimilar nada que no fuera el hecho de que Scarlett ya no estaba.

Secuestrada.

A manos de Vincent Torrino.

—¿Cuándo? —conseguí preguntar.

—Hace quince minutos. Estamos siguiendo el vehículo, pero usan contramedidas. De nivel profesional.

—¿Dónde está mi coche?

—Esperando abajo. Señor, deberíamos…

—Deberíamos encontrar a mi mujer antes de que ese cabrón le haga daño. —Ya iba camino del ascensor, la mente a mil por hora repasando posibilidades, contingencias, cada recurso que podía movilizar—. Ponme con Marcus Chen. Y recurre a todos los favores que nos deban en la NYPD.

—Sí, señor.

El trayecto en ascensor hasta la planta baja se me hizo eterno. Cuando llegué al coche, ya tenía a Marcus en el altavoz y cada vez más claro lo que había que hacer a continuación.

—Knox, llevo un rato intentando localizarte —dijo Marcus sin preámbulos—. Hemos dado un paso de gigante en la investigación sobre Torrino.

—Habla.

—¿Recuerdas las empresas pantalla que llevamos rastreando? ¿Las que se usaron para pagar la vigilancia de tu mujer?

—Sí.

—Todas conducen a una única fuente. Una cuenta en el extranjero que lleva ocho años inactiva… desde que detuvieron a Marcus Webb.

Se me heló la sangre.

—Vincent Torrino lleva planeando esto desde que Marcus entró en prisión.

—Es peor que eso. Creo que Vincent Torrino y Marcus Webb han estado en contacto todo este tiempo. Planeándolo juntos.

El coche se desvió ligeramente al apretar las manos sobre el volante.

—Eso es imposible. Marcus está en una prisión federal.

—En una prisión federal con derecho de visitas, privilegios telefónicos y acceso a asistencia letrada. Si Torrino se ha hecho pasar por abogado o por familiar…

—Podrían haberse estado coordinando durante años. —El alcance de la traición era abrumador—. Esto nunca tuvo que ver con la venganza ni con el dinero. Se trataba de terminar lo que Marcus empezó hace ocho años.

—Knox, hay más. ¿Recuerdas los registros de propiedad que llevamos analizando? Una de las ubicaciones que Torrino ha estado usando está registrada a un nombre que conduce al fideicomiso familiar de Marcus Webb.

—Envíame la dirección.

—No es seguro que vayas solo…

—Envíame de una puta vez la dirección, Marcus.

El teléfono pitó con un mensaje: unas coordenadas en Queens. Una zona industrial llena de almacenes y edificios abandonados… el lugar perfecto para el tipo de encuentro que Vincent Torrino tenía en mente.

Perfecto para torturar.

Perfecto para asesinar.

Pisé el acelerador a fondo y me abrí paso entre el tráfico de Manhattan con una urgencia temeraria que, en circunstancias normales, me habría costado una detención.

Pero aquellas no eran circunstancias normales.

Eran las circunstancias para las que me había preparado desde el día en que salí a rastras de aquel coche destrozado, ocho años atrás.

El teléfono volvió a sonar. William.

—Hemos perdido la señal de rastreo —informó—. Pero hemos localizado la zona general. El distrito industrial de Queens. Ya estamos movilizando equipos.

—Voy de camino.

—Señor, debería esperar a los refuerzos…

—Cuando lleguen los refuerzos, Scarlett podría estar muerta. —Las palabras me sabían a ácido—. ¿Cuánto hace que se la llevaron?

—Treinta y siete minutos.

Treinta y siete minutos para que Torrino empezara a poner en marcha el plan que llevaba ocho años preparando. Treinta y siete minutos para empezar a deshacer pedazo a pedazo a la mujer que amaba.

El trayecto hasta Queens duró cuarenta y cinco minutos, entre un tráfico que parecía diseñado para poner a prueba mi cordura. Cuando llegué al distrito industrial, el sol se ponía y proyectaba largas sombras entre los almacenes y las fábricas abandonadas.

Aparqué a tres manzanas y me acerqué a pie, pegado a las sombras, como había aprendido a hacer durante los dos años que pasé cazando a Marcus Webb.

La dirección que Marcus me había enviado llevaba a un almacén reconvertido, con las ventanas ennegrecidas y varias rutas de escape. Exactamente el tipo de sitio donde alguien podía gritar sin que nadie lo oyera.

Donde alguien podía morir sin que nadie lo encontrara.

Rodeé el edificio dos veces y me fijé en las cámaras de seguridad, en las puertas reforzadas, en los puntos donde podría haber guardias apostados. Un montaje profesional. Planificación de nivel militar.

Vincent Torrino se había preparado para aquel enfrentamiento con el mismo cuidado que yo.

La pregunta era: ¿quién se había preparado mejor?

Encontré una entrada de servicio en el lado norte del edificio, medio oculta detrás de un contenedor de basura. La cerradura era electrónica, sofisticada, pero no estaba fuera del alcance del equipo que llevaba encima.

Dos minutos para romper el cifrado.

Treinta segundos para desactivar la alarma.

Diez segundos para colarme sin activar los sensores de movimiento.

Ocho años preparando ese momento me habían enseñado a entrar muy bien donde no me querían.

El almacén era más grande por dentro de lo que parecía desde la calle y estaba lleno de contenedores de carga y maquinaria industrial que ofrecían una cobertura excelente. Pero también reinaba un silencio inquietante: ninguna máquina en marcha, ningún operario yendo de un lado a otro.

Justo el tipo de silencio que significaba una de dos: o el edificio estaba vacío, o alguien se esforzaba mucho por no hacer ruido.

Me adentré más en el almacén, siguiendo unas voces que apenas se oían por encima del ruido de fondo de la ciudad.

Dos hombres hablando en voz baja.

Y entonces, clara como el agua, la voz de Scarlett:

—Si cree que Knox va a negociar con usted, es que no lo conoce muy bien.

—Al contrario, señora Sterling. Conozco a su marido mejor que nadie en este mundo. Yo ayudé a crearlo.

Sonaba más vieja de lo que recordaba, raspada por los años y el tabaco, pero era inconfundible.

Vincent Torrino.

Me acerqué más, parapetado tras los contenedores de carga, hasta que pude verlos.

Scarlett estaba sentada en una silla, en el centro de un espacio despejado, con las manos sujetas a la espalda con bridas, aunque por lo demás intacta.

Frente a ella se erguía Torrino, un hombre de sesenta y tantos, de pelo plateado y con esa clase de inteligencia glacial que lo había hecho peligroso incluso en los tiempos en que Marcus llevaba la voz cantante.

Dos guardias armados flanqueaban el espacio, situados de modo que podían vigilar a la vez a Scarlett y las distintas entradas.

Profesionales.

Preparados.

Me esperaban.

—Verá, querida —decía Torrino—, Knox Sterling es un animal de costumbres. Predecible. Cuando alguien amenaza algo que le importa, acude corriendo. Casi siempre solo, casi siempre furioso y casi siempre cometiendo justo los errores que acaban llevando a la gente a la tumba.

—¿Y qué le hace pensar que yo le importo? —La voz de Scarlett sonaba firme, desafiante—. Nuestro matrimonio es un acuerdo de negocios. Soy una empleada a sueldo, nada más.

Torrino se echó a reír.

—Ay, mi querida niña. Si eso fuera cierto, no estaría aquí. Knox Sterling no se expone por acuerdos de negocios. Se expone por amor.

Tenía razón.

Y allí, entre las sombras, oyéndolo diseccionar mis puntos débiles con precisión quirúrgica, comprendí que todo lo que había hecho para protegerme no había servido de nada.

Porque en el instante en que me permití amar a Scarlett, les entregué a mis enemigos el arma exacta que necesitaban para destruirme.

La pregunta era: ¿qué estaba dispuesto a sacrificar para salvarla?

La respuesta, lo supe entonces, era todo.

Incluido yo mismo.