CAPÍTULO 21 - KNOX
Verdades y consecuencias
Dejé que Scarlett se marchara.
Fue lo más difícil que había hecho en mi vida: verla salir de la casa segura con los hombros rígidos y los ojos verdes llenos de traición.
Todos los instintos que había desarrollado durante ocho años para protegerme me gritaban que la detuviera, que la obligara a quedarse donde pudiera mantenerla a salvo.
Pero tenía razón en una cosa: ella no me pertenecía.
Aunque perderla se sintiera como perder una extremidad.
Me quedé junto a la ventana, observando cómo el todoterreno negro se la llevaba, e intenté convencerme de que era lo mejor.
Scarlett había visto los archivos y había descubierto la verdad sobre cómo la había elegido.
Ahora sabía que toda nuestra relación se había construido sobre una manipulación calculada.
Estaría mejor sin mí.
Estaría más segura sin mí.
La mentira tenía un sabor amargo, pero me aferré a ella igualmente.
—¿Señor? —William apareció en la puerta, con una expresión cuidadosamente neutra—. La señora Sterling ha llegado sana y salva a su apartamento. Tenemos equipos de vigilancia apostados, pero ha dejado claro que no quiere una presencia de seguridad visible.
—Entendido. —Me alejé de la ventana y me dirigí al escritorio, donde seguía abierto el archivo que lo había destruido todo—. ¿Alguna noticia sobre la ubicación de Vincent Torrino?
—Nada concreto. Pero hemos identificado tres propiedades que ha utilizado en los últimos dieciocho meses. Todas fuera de los registros oficiales y adquiridas mediante empresas fantasma.
—Quiero equipos en las tres ubicaciones. Vigilancia completa, pero que no intervengan a menos que haga algún movimiento contra Scarlett o su hermano.
—Sí, señor. —William vaciló—. Señor, si me permite... El apartamento de la señora Sterling no es tan seguro como nos gustaría. Si Torrino decide ir más lejos…
—Entonces nos ocuparemos cuando ocurra. Pero no voy a encerrarla en una jaula solo porque me dé miedo lo que pueda estar esperando ahí fuera.
William asintió y se marchó. Me dejó a solas con los documentos que habían hecho saltar por los aires mi matrimonio y con la certeza, cada vez mayor, de que acababa de cometer el mayor error de mi vida.
Porque la verdad era más complicada de lo que revelaban aquellos archivos.
Sí, al principio había elegido a Scarlett por la relación de su padre con Sterling Industries. Sí, había visto en su desesperación una baza útil. Sí, había calculado cada aspecto de nuestro acuerdo para servir a mis propios intereses.
Pero, en algún momento, había dejado de ser un cálculo.
En algún punto entre su feroz defensa de su hermano y la manera en que se había quedado conmigo durante mis pesadillas, entre su lengua afilada y su inesperada bondad, había dejado de verla como un recurso útil y había empezado a verla como... todo.
El problema era que había construido toda nuestra relación sobre mentiras.
Y Scarlett Hayes era demasiado inteligente para dejarse engañar por palabras bonitas y disculpas desesperadas.
Sonó el teléfono e interrumpió mi sesión de autorreproches. En la pantalla apareció el nombre de Marcus Chen.
—¿Qué tienes? —respondí.
—Me temo que más malas noticias. Hemos estado vigilando las comunicaciones relacionadas con la investigación sobre Vincent Torrino y hemos interceptado conversaciones preocupantes.
—¿Hasta qué punto son preocupantes?
—Hay referencias a «la chica» y a la «fase final». Knox, creo que piensa actuar directamente contra Scarlett.
Se me heló la sangre.
—¿Cuándo?
—No lo sabemos. Pero las comunicaciones apuntan a que es inminente. En las próximas cuarenta y ocho horas.
Ya me había puesto en movimiento: cogí la chaqueta y me dirigí a la puerta.
—Consígueme un coche. Y llama a William: quiero movilizar a todos los miembros disponibles del equipo.
—¿Adónde vas?
—A convencer a mi mujer de que su orgullo no vale su vida.
El trayecto hasta el apartamento de Scarlett duró veintitrés minutos entre el tráfico de Manhattan.
Veintitrés minutos imaginando todas las escenas horribles que podían producirse si Torrino decidía adelantar sus plazos.
Veintitrés minutos maldiciendo mi propia arrogancia por haber creído que podía protegerla desde la distancia.
Veintitrés minutos admitiendo que estaba enamorado de una mujer que tenía todos los motivos del mundo para odiarme.
El edificio de Scarlett, en Brooklyn, era una casa de piedra rojiza reconvertida: encantadora, pero no especialmente segura. Podía identificar al menos seis maneras distintas de entrar si los hombres de Torrino se empeñaban lo suficiente.
Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón acelerado por algo que se parecía sospechosamente al pánico.
Scarlett abrió la puerta con unos vaqueros y un jersey holgado, el pelo recogido en un moño desordenado. Parecía cansada, vulnerable y tan hermosa que me dolió el pecho.
—Knox. —Su voz sonó cuidadosamente neutra—. ¿Qué haces aquí?
—Tenemos que hablar.
—Creo que ya nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos.
—No, no es cierto. Y puede que no tengamos otra oportunidad. —Me acerqué un paso y me fijé en que no retrocedía—. Vincent Torrino está planeando algo. Pronto. Aquí no estás a salvo.
—No estoy a salvo en ninguna parte contigo.
Pero había algo en sus ojos que decía que me estaba escuchando a pesar de sí misma.
—Scarlett, por favor. Déjame entrar. Cinco minutos para explicártelo y luego me iré si eso es lo que quieres.
Me estudió el rostro un largo instante y después se apartó para dejarme pasar.
Su apartamento era exactamente como me lo había imaginado: pequeño, pero acogedor, lleno de detalles personales que lo convertían en un hogar de verdad.
Había libros apilados sobre todas las superficies, fotografías de ella y Jamie a lo largo de los años y un sofá gastado que parecía elegido por comodidad y no por estilo.
No se parecía en nada a mi ático impersonal.
Era perfecto.
—Cinco minutos —dijo Scarlett, cruzándose de brazos.
—Te mentí —dije sin preámbulos.
—Lo sé. Por eso me fui.
—No sobre haberte elegido por la relación de tu padre con Sterling Industries. Eso era verdad. Pero te mentí sobre por qué dejó de importar.
La expresión de Scarlett no cambió, pero percibí una ligera tensión en sus hombros.
—Te dije que lo de anoche había sido un error —continué—. Que acostarme contigo era algo que no debería haber hecho. Esa fue la mentira.
—Knox…
—Lo de anoche fue lo primero que he hecho con sinceridad en ocho años. No porque intentara manipularte ni porque persiguiera ningún objetivo, sino porque te deseaba tanto que no podía pensar en nada más.
Se le encendieron las mejillas, pero no dijo nada.
—Una vez me preguntaste si era capaz de ser un hombre mejor —dije, acercándome—. La respuesta es que no lo sé. Pero quiero averiguarlo. Quiero ser el hombre que ves cuando me miras como si mereciera la pena salvarme.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque estoy aquí, en tu apartamento, contándote cosas que me dejan vulnerable ante alguien que tiene todos los motivos del mundo para destruirme.
Porque te estoy pidiendo que confíes en mí cuando no te he dado ninguna razón para hacerlo.
Porque estoy admitiendo que estoy enamorado de ti, y eso me aterra más que cualquier cosa que pueda hacer Vincent Torrino.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros: crudas, sinceras, dejándome completamente al descubierto.
Scarlett me sostuvo la mirada un largo instante, mientras sus ojos verdes me recorrían el rostro.
—¿Me quieres?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé. Tal vez desde que te sentaste conmigo durante aquella primera pesadilla. Tal vez desde que entraste en Le Bernardin como si el sitio fuera tuyo. Tal vez desde el momento en que me dijiste que acabarías conmigo si le hacía daño a tu hermano.
Le cogí las manos y sentí que el alivio me inundaba al ver que no las apartaba.
—Intenté luchar contra ello. Intenté convencerme de que solo era atracción física o respeto profesional. Pero ya no puedo seguir mintiendo.
—Knox…
—Sé que la he jodido. Sé que debería haberte hablado de tu padre desde el principio y haber sido sincero sobre mis motivos.
Pero, Scarlett, todo lo que siento por ti es real.
Las ganas que tengo de protegerte, la necesidad de estar cerca de ti, la forma en que me haces querer ser mejor de lo que soy… nada de eso es fingido.
Se le estaban llenando los ojos de lágrimas y sentí que algo se me quebraba en el pecho.
—Yo también te quiero —dijo en voz baja.
—¿De verdad?
—Sí, hombre manipulador, imposible y roto. Te quiero. —Ahora su voz sonaba fiera, furiosa y tierna a la vez—. Y odio quererte, porque quererte significa confiar en ti, y confiar en ti significa creer que no utilizarás mis sentimientos contra mí.
—No lo haré. Te lo juro, Scarlett, jamás utilizaré tu amor como un arma.
—¿Cómo puedes prometer eso? ¿Cómo podría prometerlo ninguno de los dos?
—Porque la alternativa es alejarme de lo mejor que me ha pasado en la vida. Y no soy lo bastante fuerte para hacerlo dos veces.
Scarlett ya estaba llorando; las lágrimas le resbalaban en silencio por el rostro.
—Esto es jodidamente complicado.
—Sí.
—No confiamos el uno en el otro.
—No del todo, no.
—Toda nuestra relación está construida sobre una mentira.
—Ya no. No si decidimos construir algo real a partir de ahora.
Me miró un largo instante y pude ver cómo sopesaba los riesgos, calculaba las probabilidades e intentaba decidir si yo merecía el riesgo.
—De acuerdo —dijo al fin.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo, intentémoslo. Veamos si podemos construir algo real. —Se secó los ojos con el dorso de la mano—. Pero, Knox, si vuelves a mentirme, si me manipulas o utilizas mis sentimientos contra mí, me voy. Sin segundas oportunidades, sin explicaciones. Me voy.
—Entendido.
—Y quiero transparencia absoluta a partir de ahora. Sobre tus negocios, sobre cualquier amenaza, sobre todo lo que pueda afectarme a mí o a Jamie. Basta de protegerme ocultándome las cosas.
—Hecho.
Scarlett asintió y se refugió en mis brazos. La abracé con fuerza, aspiré el aroma de su champú y sentí su calor contra el pecho.
—Ahora —dijo contra mi hombro—, cuéntame cuál es el plan de Vincent Torrino.
Y eso hice. Le hablé de las comunicaciones interceptadas, de las referencias a la «fase final» y de la certeza cada vez mayor de que Torrino planeaba utilizarla contra mí.
—Sabe lo de la relación de tu padre con Sterling Industries —expliqué—. Lleva años planeando esto, esperando a que me importara alguien lo suficiente para usarlo como moneda de cambio.
—Y ahora tiene esa moneda de cambio.
—Sí.
Scarlett guardó silencio un momento, asimilándolo todo.
—¿Cuál es nuestro siguiente movimiento?
—Lo siguiente es llevarte a un lugar seguro mientras mi equipo le da caza.
—No.
—Scarlett…
—No, Knox. No voy a esconderme mientras tú te ocupas de esto solo. Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? Eso significa que también afrontaremos juntos lo que venga.
Quise discutir, quise encerrarla en algún lugar donde Torrino no pudiera encontrarla jamás. Pero la determinación de su mirada me recordó por qué me había enamorado de ella.
Scarlett Hayes no huía de las peleas.
Las ganaba.
—Juntos —acepté.
—Bien. Porque tengo algunas ideas sobre cómo atrapar a un depredador.
Mientras exponía su plan —peligroso, brillante y completamente demencial—, me descubrí pensando en la carta de mi abuelo. En su convicción de que necesitaba a alguien que me desafiara, que me obligara a recordar lo que significaba ser humano.
Tenía razón.
Scarlett Hayes iba a ser mi perdición.
Pero también iba a ser mi salvación.