CAPÍTULO 19 - KNOX
Confesiones en el piso franco
El piso franco tenía dos dormitorios.
Había elegido aquel lugar precisamente por su distribución: dormitorios separados, varias rutas de salida y espacio suficiente para que mi equipo de seguridad mantuviera un perímetro de protección sin resultar invasivo.
Lo que no había previsto era el efecto que aquella proximidad forzada tendría en mi autocontrol, tan cuidadosamente cultivado.
Scarlett llevaba allí seis horas, y yo me había pasado cada minuto luchando contra el impulso de tocarla.
Ahora estaba en la cocina, preparando la cena con las provisiones que había dejado mi equipo, moviéndose por allí como si aquel fuera su sitio. Como si todo aquello fuera normal. Como si que un criminal peligroso nos persiguiera no fuera más que un martes cualquiera.
—No tienes que cocinar —dije desde la puerta, mientras la observaba remover algo que olía de maravilla.
—Quiero hacerlo. Me relaja. —Miró por encima del hombro y me ofreció una pequeña sonrisa—. Además, ¿cuándo fue la última vez que comiste algo casero?
No era capaz de recordarlo. Mis comidas eran cenas de negocios en restaurantes caros o lo que mi ama de llaves me dejara en el frigorífico para que lo recalentara cuando me acordara de comer.
—No tienes que cuidar de mí, Scarlett.
—Sé que no tengo por qué. Pero puede que quiera. —Se volvió para mirarme de frente, y algo en su expresión me oprimió el pecho—. ¿Eso está permitido en nuestro acuerdo? ¿Querer cuidar el uno del otro?
La pregunta nos metía en terreno peligroso. Porque cuidar el uno del otro suponía un grado de compromiso emocional que iba mucho más allá de lo estipulado en nuestro contrato.
Pero allí, bajo la cálida luz de la cocina, al verla moverse con elegancia y determinación, me costaba recordar por qué debía evitar el compromiso emocional.
—Está permitido —dije en voz baja.
La sonrisa de Scarlett se ensanchó, y sentí que algo se resquebrajaba dentro de mi pecho.
—Bien. Porque he hecho pasta para un ejército y te la vas a comer hasta el último bocado.
La cena fue sorprendentemente agradable. Hablamos de temas inofensivos: los progresos de Jamie, los libros que ambos habíamos leído, sus observaciones sobre la jerarquía social de Manhattan. Nada que rozara la tensión creciente entre nosotros ni el peligro que nos había llevado hasta allí.
Resultaba casi… normal.
Como si estuviéramos casados de verdad. Como si hubiéramos elegido pasar la velada juntos.
—¿Knox? —La voz de Scarlett interrumpió mis pensamientos.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo personal?
Me tensé de inmediato.
—¿Cómo de personal?
—Antes de Marcus Webb, antes de todo lo que pasó… ¿eras diferente?
La pregunta llegó más hondo de lo que esperaba. Porque la verdad era que apenas recordaba quién había sido antes de la traición de Marcus. Aquella versión de mí mismo me parecía un extraño: alguien lo bastante ingenuo para confiar por completo, lo bastante abierto para amar sin reservas.
Alguien débil.
—Era un necio —dije al fin.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Scarlett me miraba con una franqueza que no dejaba margen para esquivar la cuestión ni andarse con rodeos. Quería una respuesta sincera.
—Era… más despreocupado, supongo. Confiaba más en la gente. Tenía amigos, amigos de verdad, no solo socios. Salía con mujeres sin calcular qué podía sacar de ello. Tomaba decisiones según lo que quería, no según lo que era más estratégico.
—Eso no suena a necedad. Suena a humano.
—La humanidad es un lujo que no puedo permitirme.
—¿No puedes? ¿O no quieres?
Me levanté de golpe y me acerqué a la ventana. Fuera distinguí a uno de mis guardias de seguridad haciendo su ronda, moviéndose entre las sombras con la eficacia de la costumbre.
—No hay diferencia —dije.
—¿No la hay? —La voz de Scarlett sonaba más cerca. Me había seguido hasta la ventana—. «No puedo» significa que es imposible. «No quiero» significa que es una elección.
—¿Y cuál crees que es?
—Creo que estás muerto de miedo de que vuelvan a hacerte daño, así que te has convencido de que cerrarte en banda es la única forma de sobrevivir.
Sus palabras tocaron una fibra demasiado sensible.
—¿Y si tengo razón? ¿Y si la única forma de proteger a las personas que me importan es no dejar que me importen?
—Entonces ya has perdido, ¿no? Has dejado que Marcus Webb te arrebatara todo lo que te hacía ser quien eras.
Me volví hacia ella con la ira ardiéndome en el pecho.
—Marcus Webb intentó matarme, Scarlett. Destruyó mi empresa, mis relaciones y mi capacidad de confiar en otro ser humano. Perdóname si no me apetece exponerme a que se repita la función.
Pero, en lugar de echarse atrás, Scarlett se acercó más.
—Yo no soy Marcus Webb.
—¿Y cómo lo sé?
—Porque si quisiera destruirte, no necesitaría ganarme antes tu confianza. Ya estoy aquí, Knox. Ya estoy dentro de tus defensas. Si quisiera hacerte daño, podría hacerlo ahora mismo.
Tenía razón. Scarlett sabía cosas de mí que podrían arruinarme si alguna vez salieran a la luz. Tenía acceso a mi casa, a mi empresa y a mis momentos más vulnerables. Si hubiera querido traicionarme, no le habrían faltado oportunidades.
Y no lo había hecho. Al contrario: se había quedado conmigo durante las pesadillas. Me había preparado la cena. Me había mirado como si valiera la pena salvarme.
—¿Por qué? —pregunté en voz baja.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no lo has hecho? Hacerme daño, quiero decir. Podías haber cogido el dinero y largarte. Podías haber vendido información a mis competidores. Podías haber hecho mil cosas que te beneficiaran a mi costa.
Scarlett guardó silencio un largo rato, estudiándome el rostro en la penumbra.
—Porque hacerte daño me dolería a mí también. Y no tengo ningún interés en que ninguno de los dos salga herido.
La confesión quedó suspendida entre nosotros, cargada de implicaciones que me aceleraron el pulso.
—Scarlett…
—Sé que esto no tenía que pasar —dijo, acercándose aún más—. Sé que teníamos reglas, límites, muros cuidadosamente levantados para mantenerlo todo en un plano profesional.
—Sí.
—Pero no funcionan, ¿verdad? Los muros.
La miré desde arriba: hermosa, valiente, ofreciéndome algo que había jurado no volver a querer nunca, y sentí desmoronarse lo último que me quedaba de resistencia.
—No —admití—. No funcionan en absoluto.
Scarlett sonrió y alzó la mano para acariciarme la cara con dedos suaves.
—Bien. Porque empezaba a pensar que era la única que se estaba volviendo loca aquí.
—No estás loca. Lo estoy yo, por desear cosas que no debería desear.
—¿Como qué?
—Como a ti. Como esto. —Le cogí la mano y la apoyé abierta contra mi pecho, donde el corazón me latía desbocado—. Como la oportunidad de ser el hombre que tú pareces creer que puedo ser.
—Knox...
—No puedo prometerte un para siempre, Scarlett. No puedo prometerte una historia de amor que acabe en una casita con valla blanca y un felices para siempre. Pero puedo prometerte esta noche. Si con eso te basta.
En lugar de responder con palabras, Scarlett se puso de puntillas y me besó.
No fue como el beso de nuestra boda, cuidadoso, controlado, interpretado para el público. Aquello fue fuego, desesperación y ocho semanas de anhelo contenido a las que por fin se les daba permiso para arder.
La acorralé contra la pared, le hundí las manos en el pelo y la besé como si fuera oxígeno y yo llevara toda la vida ahogándome. Ella respondió con la misma intensidad: se agarró a mi camisa y moldéó su cuerpo contra el mío, como si estuviéramos hechos para encajar.
—¿Es esto lo que quieres? —pregunté contra sus labios, dándole una última oportunidad de cambiar de opinión.
—Te quiero a ti —dijo sin vacilar—. Entero. Lo bueno, lo malo y esos pedazos rotos que crees que hacen que nadie pueda quererte.
—Scarlett...
—No pienses, Knox. Por una vez en tu vida, limítate a sentir.
Y eso hice.
La cogí en brazos y la llevé al dormitorio mientras le besaba el cuello, la clavícula, cada centímetro de piel al que podía llegar. Bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas estaba preciosa: todo curvas y piel suave y unos ojos verdes oscurecidos de deseo.
—¿Estás segura? —pregunté una vez más, aunque ya tenía las manos en los botones de su camisa.
—Nunca he estado tan segura de nada en toda mi vida.
Nos encontramos con una intensidad desesperada, y ocho semanas de distancia cuidadosamente mantenida se derrumbaron por fin en algo crudo, sincero y absolutamente arrollador.
Scarlett era todo lo que había imaginado y nada para lo que me hubiera preparado: fiera y dulce, exigente y entregada, que respondía a mi desesperación con la suya propia.
Después nos quedamos abrazados en la oscuridad, con la cabeza de ella apoyada en mi pecho mientras yo le dibujaba formas con los dedos en el hombro desnudo.
—¿Te arrepientes de algo? —pregunté en voz baja.
—De nada. —Alzó la cabeza para mirarme—. ¿Y tú?
Pensé en mis reglas, en mis límites cuidadosamente trazados, en mi empeño por mantener aquel acuerdo estrictamente profesional. Ahora, allí tumbado con Scarlett cálida y real entre los brazos, todo me parecía ridículo.
—De nada —dije, y lo decía de verdad.
—Bien. Porque aún no he terminado contigo, Knox Sterling.
—¿No?
—No. Tengo dos años para resquebrajar del todo esa armadura tuya. Esta noche solo ha sido el principio.
La promesa que había en su voz debería haberme aterrorizado. Debería haberme puesto a calcular cómo reconstruir mis defensas, cómo protegerme de la vulnerabilidad que ella representaba.
En lugar de eso, me descubrí con ganas de verla intentarlo.
Porque, por primera vez en ocho años, ser vulnerable no se parecía a una debilidad.
Se parecía a volver a casa.