CAPÍTULO 17 - KNOX
Surgen las amenazas
Scarlett se había ido.
Lo descubrí a las ocho y media, cuando fui a su despacho para hablar de la cena a la que teníamos que acudir juntos. El portátil estaba cerrado, no había ni rastro del bolso y tampoco una nota que explicara adónde había ido.
Mi primer instinto fue entrar en pánico. El segundo, llamar a William, mi jefe de seguridad.
—Encuéntrala —ordené antes de que pudiera siquiera saludarme.
—¿Señor?
—Scarlett. No está en el apartamento y no me ha dicho adónde iba. Quiero su ubicación en diez minutos.
—Rastrearé su teléfono inmediatamente.
Recorrí el despacho de un lado a otro mientras William trabajaba, y en mi cabeza fueron desfilando todas las posibilidades, una peor que otra. Alguien se la había llevado. Vincent Torrino había movido ficha. Mis enemigos habían encontrado el arma perfecta para usarla contra mí.
La mujer de la que me estaba enamorando.
—¿Knox? —La voz de William llegó por el manos libres—. Ya tengo su ubicación: Central Park, cerca de Bow Bridge.
—¿Qué demonios hace en Central Park a estas horas de la noche?
—No lo sé, señor. Pero hay algo más: hace una hora, aproximadamente, recibió un mensaje de un número oculto en el móvil. No puedo acceder al contenido, pero la hora encaja con el lugar donde está ahora.
Alguien se había puesto en contacto con Scarlett directamente. Alguien que quería verla lejos de nuestro apartamento, lejos de la seguridad, lejos de mí.
Alguien que sabía exactamente cómo manipular su curiosidad y sus ganas de respuestas.
—Que me preparen un coche —ordené—. Y avisa al equipo de seguridad. Los quiero en Central Park ya.
—Señor, si esto es una trampa…
—Entonces entraré por voluntad propia. Pero no voy a dejar que le pase nada a mi mujer.
El trayecto hasta Central Park fueron los veinte minutos más largos de mi vida.
No dejaba de pensar en la investigación de Scarlett sobre Marcus Webb, en sus preguntas sobre la confianza y la manipulación.
Intentaba entender el juego al que la habían arrastrado, pero no se daba cuenta de lo peligrosos que eran los demás jugadores.
Vincent Torrino no era simplemente el antiguo socio de Marcus. Era un hombre que llevaba ocho años planeando vengarse de mí. Y ahora tenía acceso a lo único que jamás habría imaginado que me importaría proteger.
Scarlett.
Cuando llegué a Bow Bridge, mi equipo de seguridad ya estaba en posición. Ocultos, pero vigilando. Listos para intervenir si las cosas se torcían.
Distinguí dos figuras en el puente: Scarlett y un hombre al que reconocí por las fotografías de vigilancia. Vincent Torrino aparentaba más años de los cuarenta y cinco que tenía: canoso, enjuto y con una de esas sonrisas que nunca llegan a los ojos.
Me acerqué sin salir de las sombras, lo bastante para oír la conversación.
—…no es lo que crees —decía Torrino—. Knox Sterling no es la víctima de esta historia.
—Entonces, ¿qué es? —La voz de Scarlett sonó firme, pero percibí la tensión que había debajo.
—Un hombre que destruyó mi vida para construir su imperio. Un hombre que mandó a Marcus a la cárcel con pruebas falsificadas.
Se me heló la sangre. Era peor de lo que había imaginado. Torrino no solo quería venganza: pretendía reescribir la historia.
—Marcus Webb intentó matar a Knox —dijo Scarlett—. He leído las transcripciones del juicio.
—¿De verdad? ¿O has leído la versión que redactaron los abogados de Knox?
—Torrino sacó una tableta y le mostró algo en la pantalla—.
Marcus descubrió que Knox estaba malversando fondos de Sterling Industries.
Cuando intentó denunciarlo, Knox lo inculpó del delito y escenificó el accidente de coche para hacerse pasar por la víctima.
—Eso no es posible.
—¿No? Ya has descubierto que tu marido es capaz de manipular a gran escala. Que te investigó, calculó tu psicología y orquestó toda vuestra relación. ¿Tanto cuesta creer que hiciera lo mismo con su socio?
Observé el rostro de Scarlett y vi cómo la duda se le colaba en el gesto. Torrino era bueno: usaba contra mí sus problemas de confianza y conseguía que sus mentiras sonaran verosímiles.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó ella.
—Porque mereces conocer la verdad sobre el hombre con el que te casaste. Y porque creo que podrías ser la clave para acabar con él de una vez.
—No voy a ayudarte a destruir a Knox.
—Destruirlo, no. Justicia. —Torrino se acercó más a ella y su voz se volvió más apremiante—. Marcus sigue en prisión, pagando por delitos que no cometió. Knox lleva ocho años en libertad, construyendo su imperio sobre mentiras y tecnología robada.
—Aunque lo que dices fuera cierto —y no estoy diciendo que lo sea—, ¿qué quieres de mí?
—Acceso. Información. Vives con él, compartes su cama y tienes acceso a sus archivos y a sus comunicaciones. —La sonrisa de Torrino se volvió depredadora—. Podrías ayudarme a demostrar lo que ocurrió de verdad hace ocho años.
—Quieres que espíe a mi marido.
—Quiero que me ayudes a desenmascarar a un criminal.
Scarlett guardó silencio un largo instante y me descubrí conteniendo la respiración. No se creía a Torrino; se le notaba en el lenguaje corporal. Pero estaba sopesando su oferta, considerando la posibilidad de que yo fuera de verdad el monstruo que él pintaba.
—Necesito pruebas —dijo al fin.
—Por supuesto. —Torrino le tendió una memoria USB—. Todo lo que te he contado está documentado aquí. Movimientos bancarios, comunicaciones, pruebas que se silenciaron en el juicio. Estúdialo. Comprueba por ti misma con qué clase de hombre te has casado.
Scarlett cogió la memoria y le dio vueltas entre las manos.
—¿Y si decido que estás mintiendo?
—Entonces borras los archivos y olvidas que nos hemos visto. Pero, si te estoy diciendo la verdad… —Torrino dio un paso atrás, muy serio—. Entonces sabrás lo que tienes que hacer.
Se alejó hasta desaparecer en la oscuridad del parque y dejó a Scarlett sola en el puente, con unas pruebas capaces de destruir todo lo que yo había construido.
Esperé a que se fuera antes de salir de las sombras.
—Una conversación interesante —dije.
Scarlett se volvió de golpe y se llevó la mano al pecho.
—¡Knox! Me has asustado.
—¿Ah, sí? Parece que esperabas a otra persona.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente.
Avancé hasta el puente y me fijé en que ella retrocedía, poniendo distancia entre los dos.
—¿Te importaría explicarme por qué te reúnes en secreto con Vincent Torrino?
—Se puso en contacto conmigo. Dijo que tenía información sobre ti.
—¿Y le creíste?
—Creí que tenía algo que contar. Si es verdad o no, es otra cuestión.
Scarlett levantó la memoria USB.
—Pero pienso averiguarlo.
—Scarlett, lo que haya en esa memoria…
—Probablemente sean mentiras pensadas para manipularme. Lo sé.
Me miró directamente a los ojos.
—Pero, dado que mi marido ya me ha manipulado de sobra, creo que tengo derecho a escuchar todas las versiones de la historia.
Las palabras me golpearon como un puñetazo.
—¿Crees que soy capaz de incriminar a Marcus por delitos que cometí yo?
—Creo que eres capaz de hacer lo que haga falta para protegerte y proteger tus intereses. Ya lo has demostrado.
—¿Al casarme contigo?
—Al investigarme como si fuera un experimento científico. Al calcular mi psicología y manipular mi desesperación.
Scarlett hablaba con voz firme, pero le vi el dolor en los ojos.
—Al hacer que me enamorara de un hombre que quizá ni siquiera existe.
—Existo, Scarlett. Lo que ves, lo que sientes cuando estás conmigo, eso es real.
—¿Lo es? Porque ya no sé distinguir la diferencia.
Empezó a alejarse del puente.
—Me voy a casa. Voy a revisar lo que me haya dado Torrino. Y después decidiré con qué clase de hombre me he casado.
—¿Y si decides que soy el monstruo que él dice que soy?
Scarlett se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Entonces tendré que decidir si puedo vivir con ello.
Se alejó y me dejó solo en el puente, con la certeza de que estaba a punto de perder a la única persona que me había importado en ocho años.
Esta vez no por la violencia ni por la traición.
Sino por la verdad.
Porque Vincent Torrino tenía razón en una cosa: yo era capaz de hacer lo que fuera necesario para protegerme.
Aunque eso significara destruir a las personas que quería.
La cuestión era si Scarlett me perdonaría cuando descubriera hasta dónde había estado dispuesto a llegar.