Votos despiadados CAPÍTULO 16 - SCARLETT
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CAPÍTULO 16 - SCARLETT

Conexiones peligrosas

Investigar a Marcus Webb resultó más fácil de lo que esperaba.

Después de mi enfrentamiento con Knox, me entregué a averiguar con qué clase de hombre me había casado exactamente. Si Knox quería jugar al ajedrez con la vida de la gente, yo iba a aprender las reglas del juego.

Lo que descubrí me heló la sangre.

Marcus Webb no había sido solo el socio de Knox. Había sido como un hermano para él. Compañeros de habitación en la universidad, padrinos en las hipotéticas bodas del otro, el tipo de amistad con la que la mayoría de la gente solo puede soñar.

Hasta que Marcus intentó destruir todo lo que Knox había construido.

Los artículos de prensa de ocho años atrás dibujaban un retrato de espionaje industrial, intento de asesinato y una traición tan absoluta que resultaba casi cinematográfica.

Marcus había robado tecnología valorada en cientos de millones, había incriminado a Knox por malversación y luego había intentado matarlo cuando Knox descubrió la verdad.

Pero lo que de verdad me llegó fueron las transcripciones del juicio.

El testimonio de Knox era clínico, carente de emoción, recitado como un informe de empresa más que como el relato de alguien que había estado a punto de morir.

Pero, entre líneas, se leía la devastación.

El golpe de descubrir que alguien a quien había querido y en quien había confiado llevaba meses planeando su destrucción.

No era de extrañar que hubiera levantado muros a su alrededor.

No era de extrañar que abordara las relaciones como ejercicios de planificación estratégica.

Marcus Webb le había enseñado que el amor no era más que un arma más que usar en su contra.

Estaba tan absorta en la lectura que a punto estuve de no oír los golpes en la puerta de mi nuevo despacho.

—Adelante —dije, y cerré el portátil a toda prisa.

Knox entró con dos tazas de café y una expresión cuidadosamente neutra. Apenas habíamos hablado desde nuestro enfrentamiento, tres días atrás; mantenamos una distancia cortés mientras cumplíamos con nuestras obligaciones sociales.

—Una ofrenda de paz —dijo, y dejó una de las tazas sobre mi escritorio.

—Gracias.

Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, y parecía extrañamente inseguro. Resultaba raro ver a Knox Sterling dudar de sí mismo.

—Quería disculparme —dijo.

—¿Por qué?

—Por la forma en que planteé nuestro acuerdo. Por investigarte tan a fondo. Por analizar tu psicología como si fueras un problema de negocios que resolver.

Le estudié la cara en busca de señales de manipulación. Pero Knox parecía realmente incómodo, como si disculparse fuera para él territorio desconocido.

—¿Por qué?

—¿Por qué me disculpo?

—¿Por qué lo hiciste, para empezar? La investigación, el perfil psicológico, todo eso.

Knox guardó silencio un largo rato, con la mirada perdida en la ventana de mi nuevo despacho.

—Porque hace ocho años confié plenamente en alguien y usó esa confianza para intentar destruirme. Me juré que nunca volvería a meterme en una relación sin saber exactamente a qué me enfrentaba.

—Así que me convertiste en un caso de estudio.

—Te convertí en terreno seguro. —Se volvió y me miró a los ojos—. O eso creía. Pensaba que, si entendía tus motivaciones, tu psicología y tus puntos débiles, podría predecir tu comportamiento.

—Y controlarlo.

—Sí.

Su sinceridad era brutal y, por algún motivo, se la agradecí.

—¿Pero? —insistí, al intuir que había algo más.

—Pero resultaste ser mucho más que la suma de tus datos.

—Knox se acercó a mi escritorio con una expresión intensa—.

Te preocupaste por mis pesadillas cuando no tenías ningún motivo estratégico para hacerlo.

Me enseñaste a hacer esnórquel porque pensabas que necesitaba divertirme.

Has sido amable conmigo sin esperar nada a cambio.

—Knox...

—Investigué tu psicología, Scarlett, pero no podía investigarte el corazón. Y fue tu corazón lo que hizo que me enamorara de ti.

La confesión me golpeó como un puñetazo.

—No.

—¿No qué?

—No digas cosas así.

—¿Por qué no?

—Porque ya no sé si puedo creerte. —Me levanté y puse el escritorio entre los dos—. Porque cada vez que dices algo que suena sincero, me pregunto si también lo has calculado.

La expresión de Knox se apagó.

—Entiendo.

—¿De verdad? Porque no creo que sepas lo que es descubrir que alguien te ha estado manipulando desde el principio. Darte cuenta de que cada interacción ha sido una actuación.

—No todas.

—¿Y cómo se supone que voy a notar la diferencia?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros, sin respuesta. Porque tenía razón: yo no podía notar la diferencia. No era capaz de separar en Knox lo sincero de lo calculado, porque se había entrenado para enfocarlo todo como una estrategia.

—Necesito preguntarte algo —dije en voz baja.

—¿Sí?

—La noche en que tuviste la pesadilla sobre Marcus. Cuando fui a consolarte. ¿Fue real o también me estabas manipulando?

Knox palideció.

—Por Dios, Scarlett. ¿Crees que fingí tener TEPT para ganarme tu compasión?

—Creo que eres capaz de hacer lo que haga falta para conseguir lo que quieres.

—¿Y qué quería yo aquella noche?

—No lo sé. Tal vez que me sintiera más unida a ti. Tal vez crear una intimidad emocional que me volviera más dócil.

Knox me miró fijamente un largo rato y vi cómo algo se quebraba en su expresión.

—La pesadilla era real —dijo en voz baja—. El trauma es real. Marcus intentó matarme de verdad y, a veces, sí me despierto gritando. —Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo—. Aunque tienes razón en una cosa.

—¿En qué?

—Soy capaz de hacer lo que haga falta para conseguir lo que quiero. Lo que nunca imaginé es que querría que confiaras en mí más de lo que quiero protegerme.

Se marchó antes de que pudiera responder y me dejó a solas con el café, la investigación y la certeza creciente de que estaba enamorada de un hombre que quizá nunca podría quererme como yo necesitaba.

No porque no sintiera nada por mí.

Sino porque nunca podría demostrar lo que sentía sin preguntarse si no sería solo una estrategia.

Volví al portátil y abrí una nueva búsqueda. Si quería entender a Knox Sterling, tenía que entender también a sus enemigos.

Fue entonces cuando encontré la primera mención de Vincent Torrino.

El antiguo socio de Marcus Webb, que se había esfumado cuando Marcus entró en prisión.

Según los registros financieros a los que pude acceder, Torrino se había quedado con los bienes que compartían y había desaparecido sin dejar rastro.

Pero había movimientos recientes de tarjetas de crédito, contratos de alquiler y actividad bancaria que apuntaban a que estaba de vuelta en Nueva York.

Y había estado haciendo preguntas sobre el reciente matrimonio de Knox.

El móvil vibró: un mensaje de un número desconocido.

«No te lo está contando todo. Si quieres saber la verdad sobre tu marido, quedamos esta noche. Central Park, Bow Bridge, a las nueve de la noche. Ven sola».

Me quedé mirando el mensaje con el corazón desbocado. Aquello era o una trampa o la oportunidad de conseguir respuestas.

En cualquier caso, pensaba ir.

Porque si Knox Sterling quería jugar con la vida de los demás, yo aprendería a jugar mejor que él.

Aunque me costara la vida.