CAPÍTULO 14 - SCARLETT
Secretos revelados
Encontré los archivos tres días después de que regresáramos de las Maldivas.
Knox enlazaba una reunión con otra para reconstruir el imperio de Sterling Industries que había dejado en manos de su competente asistente durante nuestra luna de miel.
Se suponía que yo debía adaptarme a la nueva rutina: aprenderme la agenda social, coordinarme con su estilista y hacer de esposa perfecta.
En lugar de eso, husmeaba en su despacho como una esposa desconfiada de película mala.
Me decía a mí misma que buscaba información sobre los próximos eventos. Que necesitaba entender la faceta empresarial de la vida de Knox si quería resultar convincente como su pareja.
Pero la verdad era más sencilla y más peligrosa: intentaba comprender al hombre con el que me había casado.
Al hombre del que me estaba enamorando.
El despacho de Knox era exactamente como me lo había imaginado: elegante, ordenado e intimidante.
Varios monitores mostraban datos bursátiles en tiempo real, planos arquitectónicos y lo que parecían imágenes de las cámaras de seguridad de distintas propiedades de Sterling Industries.
Su escritorio era de caoba y enorme, el tipo de espacio de trabajo que anunciaba la importancia de su dueño a cualquiera que entrara.
Pero lo que me llamó la atención fue el archivador cerrado con llave.
La cerradura era electrónica y requería un código que, obviamente, yo no tenía. Pero Knox había cometido un error crucial: había dejado el portátil abierto, con la sesión del gestor de contraseñas aún activa.
Tardé exactamente tres minutos en encontrar la lista de códigos maestros.
Y otros dos en abrir el archivador.
Y entonces me encontré mirando unos expedientes que me helaron la sangre.
Marcus Webb - Investigación criminalVincent Torrino - Seguimiento de activosScarlett Hayes - Verificación de antecedentes
Me temblaban las manos cuando saqué mi propio expediente. Era grueso, muchísimo más de lo necesario para una simple comprobación de antecedentes. Knox no se había limitado a investigar mi historial laboral y mi situación económica.
Había investigado toda mi vida.
Expedientes escolares que se remontaban a la escuela primaria. Historiales médicos, de Jamie y míos. Extractos financieros de los últimos cinco años. Publicaciones en redes sociales que ni recordaba haber escrito. Fotografías del funeral de mis padres.
Y, al final del todo, un análisis detallado de mi perfil psicológico.
El sujeto demuestra un fuerte instinto protector y disposición a sacrificar su felicidad personal por el bienestar de su familia.
Su lealtad parece absoluta una vez establecida.
Es muy inteligente, pero carece de experiencia con la manipulación o el engaño.
Es poco probable que suponga un riesgo para la seguridad, dada su implicación emocional en el bienestar de su hermano.
Recomendación: proceder con el contrato matrimonial. La desesperación y el código moral del sujeto la convierten en la candidata ideal para un acuerdo a largo plazo.
Me dejé caer en la silla del escritorio de Knox, con el expediente temblándome entre las manos. Aquello no era simple investigación. Era una evaluación psicológica. Un análisis estratégico de mis puntos débiles y de cómo podían explotarse.
Knox no me había elegido porque cumpliera los criterios de su abuelo.
Me había elegido porque había calculado exactamente cómo controlarme.
Pasé más páginas y encontré cronologías detalladas de la enfermedad de Jamie, proyecciones financieras de nuestra deuda creciente e incluso perfiles psicológicos de mis patrones de toma de decisiones.
Knox sabía exactamente qué teclas pulsar, cuánto dinero ofrecer y en qué momento acercarse a mí para aprovechar mi desesperación al máximo.
Nuestro encuentro en la cafetería no había sido casualidad.
Toda nuestra relación era una manipulación.
Alargaba la mano hacia el expediente de Marcus Webb cuando oí pasos en el pasillo.
Me invadió el pánico; devolví los expedientes al cajón a toda prisa, con los dedos torpes peleándome con la cerradura electrónica. Los pasos se acercaban y yo aún tenía el portátil abierto y pruebas evidentes de mi fisgoneo desparramadas por el escritorio.
—¿Scarlett?
La voz de Knox, desde el salón. Tenía unos treinta segundos antes de que me encontrara.
Cerré el archivador de golpe e hice una mueca al oír el clic seco de la cerradura al activarse. El salvapantallas del portátil se había activado y ocultaba mi intrusión digital. Pero seguían temblándome las manos y el corazón me latía tan fuerte que seguramente me delataría.
—Aquí dentro—respondí, intentando mantener firme la voz.
Knox apareció en el umbral, todavía con el traje de la reunión que acababa de terminar. Sus ojos fueron directos a mí y después a su escritorio, que recorrió buscando señales de que algo estuviera fuera de sitio.
—¿Qué haces en mi despacho?
La pregunta sonó casual, pero capté el filo que escondía. A Knox Sterling no le gustaban las variables inesperadas en su entorno controlado.
—Te estaba buscando—dije, levantándome de su silla—. Quería hablar contigo de la gala benéfica de la semana que viene.
—Podrías haberme llamado.
—Tu asistente me dijo que estabas ocupado. Preferí esperarte.
Knox se acercó y me obligué a no retroceder. Pero algo había cambiado en su expresión. Me estudiaba con la misma intensidad calculadora que había empleado en nuestro primer encuentro.
Como si fuera un problema que resolver.
—¿Has encontrado lo que buscabas?—preguntó.
La pregunta me cayó como un jarro de agua fría. Lo sabía. De algún modo, sabía que había estado revisando sus archivos.
—Te he dicho que te estaba buscando.
—Mmm.—Knox se acercó al escritorio y pasó los dedos por la superficie—. Pareces alterada.
—Estoy bien.
—¿Sí? Porque parece que hayas visto un fantasma.
Pensé en el perfil psicológico, en la evaluación clínica de mi «lealtad» y mi «desesperación». En cómo Knox había calculado mis debilidades igual que un ajedrecista planea sus movimientos.
—Puede que sí—respondí en voz baja.
La mirada de Knox se afiló.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Debería dejarte volver al trabajo.
Me dirigí hacia la puerta, pero Knox me agarró la muñeca; la presión era suave, pero inequívoca.
—Scarlett. ¿Qué ocurre?
La preocupación de su voz era perfecta. El tono exacto, el nivel de inquietud adecuado. Pero ahora no podía evitar preguntarme si también estaba calculada. Si todo en Knox Sterling no era más que otra manipulación.
—Estoy cansada—dije, zafándome de su mano—. El cambio de hora de las Maldivas todavía me afecta.
—Llevamos tres días de vuelta.
—Algunos no estamos acostumbrados a viajar al extranjero.
Knox me estudió el rostro durante un largo instante y vi el momento exacto en que decidió no insistir. Otro cálculo. Otra decisión estratégica.
—Descansa un poco —dijo al fin—. Mañana por la noche cenamos con los Blackwood.
—Cómo no.
Salí de su despacho antes de que pudiera hacerme más preguntas, pero noté sus ojos clavados en mí mientras me alejaba. Analizándome. Evaluándome. Planeando su siguiente movimiento en aquel juego, cualquiera que fuese, al que estaba jugando.
Porque de eso se trataba, ¿no? De un juego. De una elaborada partida de ajedrez en la que Knox manejaba todas las piezas y yo no era más que otro peón al que mover por el tablero.
Fui a mi habitación y me senté en la cama, con la mirada fija en mi reflejo en el espejo de enfrente. La mujer que me devolvía la mirada llevaba ropa de diseño y joyas caras. Parecía encajar en el mundo de Knox Sterling.
Pero seguía siendo una simple analista financiera de Brooklyn que había tenido la estupidez de creer que un multimillonario podía interesarse de verdad por ella y no solo por su utilidad.
Me vibró el móvil con un mensaje de Jamie:
El tratamiento va bien. Los médicos son optimistas. ¿Qué tal la vida de casada?
Me quedé mirando el mensaje un buen rato antes de responder:
Complicada. Pero merece la pena si tú estás mejorando.
Porque eso seguía siendo cierto, ¿verdad? Fuera cual fuese la motivación de Knox, Jamie estaba vivo y recibiendo tratamiento. La manipulación no cambiaba los resultados.
Pero cambiaba todo lo demás.
Cambiaba la forma en que veía los pequeños gestos de bondad de Knox, porque ahora me preguntaba si también estaban calculados. Cambiaba el recuerdo de nuestra luna de miel y me obligaba a dudar de si sus momentos de vulnerabilidad habían sido reales o fingidos.
Cambiaba lo que sentía por haberme enamorado de un hombre que me había convertido en un experimento científico.
Y, sobre todo, me hacía preguntarme qué pasaría cuando Knox descubriera que yo sabía la verdad.
Porque los hombres como Knox Sterling no dejaban cabos sueltos.
Y yo empezaba a sentirme precisamente como eso: un cabo suelto.