CAPÍTULO 12 - SCARLETT
Votos matrimoniales
El vestido de novia era perfecto.
De seda marfil, elegante sin resultar ostentoso, ceñido en los sitios justos. Había costado más que mi alquiler de todo un año y, al contemplarme en el espejo de cuerpo entero del dormitorio de Knox, apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada.
Parecía alguien que encajaba en el mundo de Knox Sterling.
Parecía alguien que de verdad pudiera estar casándose por amor y no por dinero.
—Estás preciosa.
Me volví y vi a Knox en el umbral; se me cortó la respiración. Llevaba un traje gris marengo hecho a medida, sin duda, y la combinación del corte perfecto con su seguridad natural resultaba devastadora.
Por un momento, me permití imaginar que aquello era real. Que éramos dos personas que se habían enamorado y habían decidido pasar la vida juntas. Que los votos que estábamos a punto de intercambiar significaban algo más que una transacción comercial.
Luego la realidad se me vino encima de golpe.
—Gracias —dije, alisándome la seda—. Tú tampoco estás nada mal cuando te arreglas.
—¿Estás lista?
¿Lo estaba? ¿Lista para atarme legalmente a un hombre al que apenas conocía? ¿Lista para prometer amar, honrar y cuidar a alguien que había dejado claro que no creía en el amor?
¿Lista para empezar a mentirle a todo el mundo, incluida yo misma?
—Lo más lista que llegaré a estar.
La ceremonia se celebraba en la biblioteca del edificio donde vivía Knox: una sala privada con sitio para doce personas exactamente.
La lista de invitados de Knox se reducía a su asistente, su jefe de seguridad y dos socios que debían figurar como testigos del matrimonio a efectos legales.
En mi lado del pasillo solo había una persona: Jamie.
Había volado desde Alemania expresamente para la boda, contra la opinión de sus médicos y mis protestas. Pero se había empeñado: no iba a dejar que su hermana se casara sin él allí para llevarla al altar.
Al mirarlo ahora —pálido, pero decidido, con un traje que le bailaba en el cuerpo delgado—, sentí que se me cerraba la garganta. Por eso estaba haciendo aquello. Por él. Por el tratamiento, que ya estaba dando resultados prometedores.
Por el futuro que ambos tendríamos porque Knox Sterling necesitaba una esposa.
—¿Lista, Scar? —Jamie me ofreció el brazo, con los ojos verdes brillantes de orgullo y cariño.
—Vamos allá.
La ceremonia en sí resultó surrealista. El juez —un amigo del abuelo de Knox— lo mantuvo todo breve y formal. No hubo poesía sobre el amor que lo vence todo, ni promesas de almas gemelas y devoción eterna.
Solo los requisitos legales básicos, pronunciados ante unos testigos que no tenían ni idea de que estaban presenciando una elaborada representación.
—¿Acepta usted, Knox Sterling, a Scarlett Hayes como su legítima esposa?
Los ojos de Knox se encontraron con los míos y, durante un instante, algo pasó entre nosotros. Un destello de… ¿qué? ¿Arrepentimiento? ¿Esperanza? No habría sabido decirlo.
—Sí, acepto.
—¿Acepta usted, Scarlett Hayes, a Knox Sterling como su legítimo esposo?
Pensé en las facturas médicas de Jamie. En el tratamiento experimental que ya estaba funcionando. En los dos millones de dólares que me esperaban al cabo de dos años.
Pensé en las pesadillas de Knox y en cómo me había sostenido la mano en la oscuridad.
—Sí, acepto.
—Puede besar a la novia.
Knox se acercó y me enmarcó el rostro con las manos, con una delicadeza sorprendente.
—Para el público —murmuró, en voz lo bastante baja para que solo yo lo oyera.
—Claro —susurré.
Pero cuando sus labios tocaron los míos, aquello no tuvo nada de actuación.
Al principio, el beso fue suave, casi vacilante, como si me pidiera permiso. Luego noté que sus manos me apretaban el rostro, que me atraía hacia él, y algo se encendió entre nosotros.
Aquello no era el contacto cuidadoso y controlado que habíamos ensayado. Era fuego y deseo, y una especie de sinceridad desesperada que no tenía nada que ver con contratos ni acuerdos.
Cuando por fin nos separamos, los dos respirábamos agitados. Knox tenía los ojos oscuros, intensos, y me escrutaba la cara como si quisiera memorizarla.
—Enhorabuena —dijo el juez, con una voz que parecía llegar de muy lejos.
El pequeño grupo aplaudió y me obligué a sonreír, a aceptar las felicitaciones de los socios de Knox y a interpretar el papel de la novia feliz.
Pero lo único en lo que podía pensar era en el beso.
En la forma en que Knox me había mirado, como si fuera algo valioso.
En las ganas que había tenido de que aquel momento durara para siempre.
Cuando los testigos se marcharon, en la elegante biblioteca solo quedamos Knox, Jamie y yo. Mi nuevo marido estaba junto a los ventanales, contemplando la ciudad, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Bueno —dijo Jamie, acomodándose en uno de los sillones de cuero—. Esto es raro.
—Jamie —le advertí.
—¿Qué? Lo es. Hace tres semanas ni siquiera tenías novio. Y ahora estás casada con… —hizo un gesto hacia Knox—. Él.
—A veces las cosas pasan deprisa —dijo Knox sin darse la vuelta.
—Claro. Amor a primera vista y todo eso. —El tono de Jamie era cuidadosamente neutro, pero lo conocía lo bastante para percibir el escepticismo que había debajo—. Scarlett siempre ha sido práctica. No es precisamente de las que se lanzan a un romance arrollador.
—La gente cambia —dije, lanzándole una mirada de advertencia.
—¿Ah, sí? —Jamie se puso de pie y se acercó a donde yo estaba sentada—. ¿Puedo hablar un momento a solas con mi hermana?
Knox se apartó por fin de la ventana.
—Claro. Estaré en mi despacho cuando terminéis.
Cuando se marchó, Jamie se sentó frente a mí con expresión seria.
—Scar —dijo en voz baja—. ¿Qué está pasando en realidad?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que todo esto parece un montaje muy elaborado. Las prisas, que nunca me hubieras hablado de él, la forma en que te mira, como si intentara resolver un problema de matemáticas.
Sentí un aleteo de pánico en el pecho. Si Jamie había calado nuestro acuerdo con tanta facilidad, ¿cuánto tardarían los demás en descubrirlo?
—Es complicado —dije.
—¿Hasta qué punto?
—Mucho.
Jamie me estudió la cara y vi cómo iba encajando las piezas. Mi hermano estaba enfermo, no tonto.
—Está pagando mi tratamiento —dijo Jamie despacio—. ¿Verdad?
No respondí, pero mi expresión debió de delatarme.
—Dios mío, Scarlett. ¿Qué has hecho?
—Te he salvado la vida.
—¿Casándote con un desconocido?
—Casándome con alguien que necesitaba una esposa y tenía dinero para ayudarnos. —Me incliné hacia delante y le tomé las manos—. Jamie, el tratamiento está funcionando. Los médicos de Alemania son optimistas. Dentro de seis meses podrías estar en remisión completa.
—¿Y qué va a ser de ti?
—Que recupero a mi hermano.
—Eso no es lo que quería decir, y lo sabes. —Jamie me apretó las manos—. ¿Qué pasará cuando termine este acuerdo? ¿Qué será de tu corazón?
La pregunta me tocó demasiado de cerca. Porque ya empezaba a inquietarme la respuesta.
—Mi corazón no forma parte de este trato —dije.
—¿No? Porque cómo lo mirabas durante ese beso... —Jamie negó con la cabeza—. Scarlett, te estás enamorando de él.
—No es verdad.
—Sí lo es. Y él también se está enamorando de ti, lo admita o no.
—Jamie…
—Llevo nueve años viéndote cuidar de los demás. Te he visto sacrificarlo todo por mí, una y otra vez. —Su voz se volvió feroz, protectora—. Pero no permitiré que sacrifiques tu corazón por un hombre demasiado roto para corresponderte.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo, en parte porque eran exactamente lo que llevaba tiempo intentando no pensar.
—Knox no está roto —dije en voz baja.
—¿Ah, no? Scar, ese hombre acaba de casarse con una mujer a la que apenas conoce porque necesitaba cumplir un requisito legal. Ese no es el comportamiento de alguien emocionalmente sano.
—Tampoco lo es aceptar casarse con él.
—Tú lo has hecho para salvarme la vida. ¿Cuál es su excusa?
No tenía respuesta para eso. Porque Jamie tenía razón: Knox estaba roto. La traición y la pérdida lo habían herido de tal manera que, para él, un vínculo auténtico resultaba casi imposible.
Pero también era amable cuando creía que nadie lo veía. Inteligente, divertido y capaz de una ternura sorprendente.
Y cuando me había besado, había sido como volver a casa.
—Sé cuidar de mí misma —dije finalmente.
—¿De verdad? Porque, desde donde yo lo veo, parece que acabas de casarte con alguien que te va a romper el corazón.
—Y, desde donde lo veo yo, parece que vas a vivir lo suficiente para verme recoger los pedazos. —Me puse de pie y me alisé el vestido de novia—. Eso vale cualquier precio, Jamie. Incluso mi corazón.
Jamie guardó silencio un largo instante, mientras me estudiaba la cara.
—Ya estás enamorada de él, ¿verdad?
Pensé en mentir. En protegernos a los dos de la verdad.
Pero era Jamie. La persona con la que lo había compartido todo durante nueve años.
—Creo que puede que lo esté —admití en voz baja.
—¿Lo sabe?
—Dios, espero que no.
—Scarlett…
—Sé lo que estoy haciendo, Jamie. Conozco los riesgos. Pero también sé que este acuerdo nos está dando a los dos lo que necesitamos. —Me acerqué a la ventana donde había estado Knox y contemplé la ciudad extendida a nuestros pies—. Quizá eso sea suficiente.
—¿Y si no lo es? ¿Y si quieres más de lo que él puede darte?
—Entonces me ocuparé de eso cuando llegue el momento.
Jamie se acercó a la ventana y me rodeó los hombros con un brazo.
—Por si te sirve de algo, creo que le importas más de lo que está dispuesto a admitir. La forma en que te mira cuando cree que nadie lo ve… Eso no es indiferencia, Scar.
—Puede que no. Pero tampoco es amor.
—Dale tiempo. A algunas personas les cuesta más entender lo que sienten.
Me apoyé en el abrazo de mi hermano, agradecida por su presencia y aterrada por sus observaciones. Porque, si Jamie veía que me estaba enamorando de Knox, ¿cuánto tardaría Knox en darse cuenta?
¿Y qué pasaría entonces con nuestro acuerdo, construido con tanto cuidado?
—Deberíamos ir a buscar a tu marido —dijo Jamie al cabo de un momento—. Quiero tener una conversación con él sobre sus intenciones con mi hermana.
—Jamie, no. No vas a soltarle el discurso del hermano protector.
—¿Por qué no? Es lo tradicional.
—Porque este no es un matrimonio tradicional.
—Razón de más para que sepa que hay gente que vela por ti.
Miré a mi hermano pequeño —pálido y delgado, pero feroz en su amor protector— y sentí que el corazón se me ensanchaba.
—Te quiero, ¿lo sabes?
—Yo también te quiero, Scar. Por eso me aseguraré de que tu nuevo marido te trate como te mereces.
—¿Y cómo merezco que me traten?
Jamie sonrió y, por un momento, pareció el chico despreocupado que había sido antes de que el cáncer lo cambiara todo.
—Como la mujer extraordinaria que eres.
Al salir de la biblioteca en busca de Knox, esperé que mi nuevo marido estuviera preparado para esa forma tan suya que tenía Jamie de querer y proteger.
Porque, preparado o no, estaba a punto de descubrir que casarse conmigo significaba llevarse una familia entera.
Aunque nuestro matrimonio no fuera más que un contrato.
Aunque el amor nunca hubiera entrado en el trato.