CAPÍTULO 11 - KNOX
Territorio peligroso
Me desperté solo, pero el aroma del perfume de Scarlett seguía impregnando las sábanas.
Por un momento me pregunté si lo había soñado todo: sus suaves golpes en la puerta, la forma en que se había sentado a mi lado sin juzgarme, el consuelo de su mano en la mía.
Pero el hueco de la almohada de al lado era real, y también lo era aquella sensación desconocida de haber dormido plácidamente después de una pesadilla.
Hacía años que nadie me veía vulnerable. Años desde la última vez que dejé que alguien se acercara lo suficiente para ser testigo de mis debilidades.
Y había elegido mostrarle esa vulnerabilidad a una mujer a la que conocía desde hacía menos de una semana.
O estaba perdiendo la cabeza o Scarlett Hayes era más peligrosa de lo que creía.
La encontré en la cocina, de pie junto a los enormes ventanales con una taza de café, todavía con la camiseta extragrande y el pantalón de pijama que llevaba la noche anterior.
Se había recogido el pelo en un moño desordenado y parecía joven, desarreglada, nada que ver con la sofisticada mujer de sociedad que había encandilado a Margaret Blackwood.
Parecía real.
—Buenos días —dije, y fui hacia la cafetera.
—Buenos días. —No se volvió—. ¿Has dormido bien?
—Mejor. Gracias.
—¿Por qué?
—Sabes muy bien por qué.
Scarlett se volvió por fin hacia mí y capté algo en su expresión: incertidumbre, quizá, o la misma cautela que sentía yo.
—Lo de anoche —empezó.
—¿Sí?
—No quiero que pienses que voy a hacer de eso una costumbre… de meterme en tus asuntos personales.
—Ya veo.
—Es solo que estabas claramente angustiado, y yo tengo la manía de intentar arreglar cosas que no me corresponde arreglar.
—Ahora hablaba más deprisa, con una energía nerviosa que le irradiaba todo el cuerpo menudo—.
Pero nuestro acuerdo tiene límites, y por buenas razones, y yo no debería haberlos cruzado.
—Scarlett.
—Quiero decir, los dos somos adultos y los dos entendemos que esto es una relación de negocios, y que tengamos que vivir juntos no significa que…
—Scarlett.
—¿Qué?
Me acerqué y me detuve a apenas un brazo de distancia.
—¿Intentas convencerme a mí o convencerte a ti?
—No sé a qué te refieres.
—Creo que sí lo sabes. —Le estudié el rostro y reparé en cómo se le encendían las mejillas cuando la miraba—. Creo que estás tan confundida como yo por lo que pasó anoche.
—Anoche no pasó nada. Tuviste una pesadilla y te ayudé a sentirte mejor. Es lo que habría hecho cualquier persona decente.
—¿Tú crees? Porque he conocido a mucha gente decente a lo largo de los años, y la mayoría no se habría levantado de la cama para consolar a alguien a quien apenas conoce.
—La mayoría no vivía en tu apartamento.
—Mi asistente se queda en la habitación de invitados cuando trabaja hasta tarde. Jamás ha venido a ver cómo estaba durante una pesadilla.
Scarlett abrió la boca para discutir, pero volvió a cerrarla.
—Knox…
—No te estoy pidiendo que expliques tus motivos —dije en voz baja—. Solo te pido que reconozcas que lo que hiciste anoche iba más allá de lo que exige nuestro contrato.
—Está bien. Iba más allá del contrato. Pero eso no significa que…
—¿Que no significa qué?
Bajó la mirada hacia el café, sin mirarme a los ojos.
—No significa que esté desarrollando sentimientos por ti.
La negativa me dolió más de lo debido. Lo cual era preocupante, porque significaba que había estado esperando justo lo contrario.
—Por supuesto que no —dije—. No sería aconsejable.
—Exacto.
—Para ninguno de los dos.
—Eso es.
Nos quedamos ahí, en un silencio incómodo, fingiendo los dos que no pensábamos en la sensación de su mano en la mía. En cómo me había mirado con algo más cálido que la simple preocupación profesional.
En las ganas que había tenido de atraerla hacia mí y besarla hasta que se olvidara de límites y de acuerdos comerciales.
—Deberíamos ir arreglándonos —dijo Scarlett al fin—. ¿No tenemos reuniones hoy?
—Con el organizador de la boda a las diez. Con el fotógrafo a las dos. —Miré el reloj—. Y mi estilista viene a las cuatro para coordinar nuestro vestuario para la ceremonia.
—Un día ajetreado.
—Sí.
Scarlett se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo.
—¿Knox?
—¿Sí?
—Lo de anoche… queda entre nosotros, ¿verdad? La pesadilla, la conversación, todo.
—Por supuesto.
—Bien. —Hizo otra vez ademán de irse, pero se volvió—. ¿Y, Knox?
—¿Qué?
—Si vuelve a pasar —las pesadillas—, no tienes por qué pasarlo solo. Puede que lo nuestro sea un asunto de negocios, pero eso no significa que no podamos ser… amables el uno con el otro.
Se marchó antes de que pudiera responder y me dejó solo en la cocina, con mi café y la certeza creciente de que Scarlett Hayes iba a ser mi perdición.
No porque fuera cruel o manipuladora como lo había sido Marcus.
Sino porque era amable. Porque veía más allá de los muros que había levantado y, aun así, le importaba. Porque hacía que deseara cosas que me había jurado no volver a desear.
Pensé en la carta de mi abuelo, en su convicción de que necesitaba a alguien capaz de desafiarme y de obligarme a recordar lo que significaba ser humano.
En lo del desafío había acertado.
La duda era si sobreviviría al proceso de volver a ser humano.
Tres horas después estaba sentado en mi despacho, intentando concentrarme en los informes trimestrales mientras la mente se me iba una y otra vez a Scarlett bajo la luz de la mañana. A cómo me había tocado la mano, como si fuera lo más natural del mundo.
A que, por primera vez en ocho años, me había hecho sentir menos solo.
—¿Señor Sterling? —La voz de mi asistente llegó por el intercomunicador—. Tiene una llamada en la línea uno. Marcus Chen, del departamento jurídico.
Cogí el teléfono, agradecido por la distracción.
—¿Qué tienes para mí, Marcus?
—Novedades sobre el tema de seguridad del que hablamos. ¿Te acuerdas de los robos en Morrison eso habría sido demasiado fácil. Iría a por lo que me importaba. Mi empresa. Mi reputación.
Mi esposa.
La esposa por la que empezaba a sentir más de lo prudente para ninguno de los dos.
Había pasado ocho años levantando muros para protegerme justo de esa clase de vulnerabilidad. Pero tres días con Scarlett Hayes me habían recordado por qué los había levantado.
Porque, en cuanto dejas que alguien te importe, esa persona se convierte en un arma que pueden usar contra ti.
Y a Vincent Torrino se le daban muy bien las armas.