CAPÍTULO 8 - SCARLETT
Jaula dorada
El ático de Knox Sterling era un monumento a la riqueza y al control.
Veinticuatro plantas por encima de la ciudad, ocupaba toda la última planta de un edificio que probablemente costaba más que el PIB de la mayoría de los países pequeños.
Los ventanales de suelo a techo ofrecían vistas panorámicas de Manhattan, y el interior era todo líneas limpias, muebles caros y ni un solo detalle personal que revelara algo del hombre que vivía allí.
Parecía un museo. Hermoso, imponente y completamente frío.
—Tu habitación está al final de este pasillo —dijo Knox mientras me guiaba por el salón principal.
El espacio era más grande que todo el apartamento en el que yo había vivido, con una cama de matrimonio enorme, una zona de estar y un cuarto de baño que parecía sacado de un hotel de lujo. Todo estaba perfectamente dispuesto y era absolutamente impersonal.
—Muy bonito —dije, y dejé la maleta sobre la cama.
—El armario ya está surtido de ropa adecuada.
Knox abrió una puerta y dejó a la vista un vestidor repleto de vestidos, trajes y accesorios de diseño.
—Mi estilista se ha tomado la libertad de elegir las prendas según tus medidas y nuestra agenda social.
Me quedé mirando las hileras de ropa; cada prenda costaba probablemente más de lo que yo ganaba en un mes.
—¿Has hecho que alguien me compre un vestuario?
—He hecho que alguien le compre un vestuario a mi esposa —se ajustó los gemelos, un gesto que empezaba a reconocer como una señal delatora—. La esposa de Knox Sterling tiene ciertas expectativas que mantener.
—Cómo no —saqué un vestido negro de cóctel de la percha y noté la seda entre los dedos—. ¿De cuántos actos sociales hablamos?
—De tres o cuatro por semana, de media. Galas benéficas, cenas de negocios, inauguraciones de arte, actos de recaudación de fondos políticos —Knox se acercó a la ventana y contempló la ciudad—.
Tendrás que estar preparada para hablar de actualidad, de arte y de principios básicos de negocios.
Mi asistente te pasará material informativo.
—¿Quieres que estudie?
—Quiero que resultes convincente.
Volví a colgar el vestido en el armario y pasé la mano por las demás prendas.
—¿Y si te avergüenzo?
—No lo harás.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Knox se apartó de la ventana y me estudió la cara con sus ojos gris acero.
—Porque eres demasiado lista para sabotearte y demasiado orgullosa para fracasar en público.
Tenía razón en las dos cosas, lo cual era irritante.
—¿Dónde está tu habitación? —pregunté.
—La suite principal está al otro lado del apartamento.
—Bien. Me gusta tener intimidad.
—A mí también. —Knox se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo—. La cena es a las ocho. Tenemos mesa reservada en Le Bernardin.
—¿Esta noche?
—Nuestro compromiso tiene que ser público antes de la boda. Las crónicas sociales ya especulan sobre mi repentino interés por casarme.
Sentí un aleteo de pánico.
—Knox, no sé cómo se hace esto. Nunca he salido con nadie con dinero, nunca he pisado un restaurante donde haya que reservar. ¿Y si yo…?
—Scarlett. —Su voz sonó más suave de lo que se la había oído hasta entonces—. Todo irá bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevas nueve años cuidando de ti y de tu hermano.
Has lidiado con la burocracia médica, con las aseguradoras y con las entidades financieras.
Has conseguido manteneros a los dos vivos y estables con un presupuesto con el que la mayoría de la gente no podría sobrevivir.
—Knox se acercó un paso y me llegó el aroma de su colonia, algo caro y masculino que me aceleró el pulso—.
Créeme si te digo que la alta sociedad de Manhattan es bastante menos difícil que todo lo que ya has conquistado.
La seguridad de su voz resultaba extrañamente tranquilizadora.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces lo resolveremos juntos. Es lo que hacen los matrimonios.
Cuando se marchó, pasé una hora explorando el apartamento.
La cocina era el sueño de cualquier chef, aunque parecía no haberse usado nunca.
El salón tenía chimenea, barra y asientos para doce que, por lo visto, nunca habían acogido una fiesta.
El despacho de Knox era la única habitación con señales de estar realmente habitada: papeles desparramados por el escritorio, varios monitores de ordenador y una pared de libros que parecían leídos de verdad.
No había fotos de familia. Ni recuerdos personales. Ningún indicio de que alguien viviera allí en lugar de limitarse a existir dentro de aquel espacio.
Me pregunté cómo habría sido la vida de Knox antes de aquel acuerdo. ¿Invitaba alguna vez a sus amigos? ¿Salía con mujeres que se dejaban olvidados unos pendientes o una goma del pelo? ¿O siempre había estado así de aislado?
A las siete y media me planté delante del vestidor, intentando decidir qué ponerme para mi primera aparición pública como prometida de Knox Sterling. El vestido negro de cóctel parecía apropiado, pero también había opciones en azul marino, verde esmeralda y rojo intenso.
Elegí el esmeralda. Resaltaba mis ojos y me hacía sentir capaz de afrontar lo que la noche me echara encima.
Knox me esperaba en el salón cuando salí, y la cara que puso al verme compensó cada momento de angustia que me había provocado todo aquel acuerdo.
—Estás… —Se detuvo, como si buscara las palabras.
—¿Adecuadamente cara? —aventuré.
—Preciosa. —La palabra le salió más ronca de lo que creo que pretendía—. Estás preciosa, Scarlett.
Algo cálido me revoloteó en el pecho y tuve que recordarme que todo aquello era una actuación. Knox necesitaba una esposa que diera el tipo, y yo tenía que interpretar ese papel de forma convincente.
Pero su manera de mirarme no parecía una actuación.
—Gracias —dije—. Tú tampoco te arreglas nada mal.
Llevaba un traje gris marengo cortado a medida para su cuerpo, sin duda, y la combinación del tejido perfectamente ajustado con su seguridad natural resultaba casi injustamente atractiva.
—¿Nos vamos? —Knox me ofreció el brazo y lo acepté, intentando ignorar la electricidad que sentí al tocarlo.
—Una pregunta —dije mientras esperábamos el ascensor.
—¿Sí?
—¿Cuál es nuestra historia? ¿Cómo nos conocimos, cuánto llevamos saliendo, cuándo me pediste matrimonio?
Knox sonrió y, por primera vez desde que lo conocía, fue una sonrisa de diversión sincera y no de depredador.
—Nos conocimos en una subasta benéfica hace tres meses. Estabas pujando por un fin de semana en los Hamptons para recaudar fondos destinados a la investigación del cáncer infantil. Me impresionó tu pasión por la causa.
—Por Jamie.
—Por Jamie. Desde entonces nos hemos estado viendo discretamente. Te pedí matrimonio el fin de semana pasado durante una cena privada.
—¿Y dije que sí porque...?
—Porque, a pesar de mi reputación de frío y despiadado en los negocios, viste en mí algo que los demás pasan por alto. —Las puertas del ascensor se abrieron y Knox me indicó que entrara primero—. Crees que soy capaz de ser un hombre mejor.
Le estudié el perfil mientras bajábamos hacia el vestíbulo.
—¿Tengo razón? ¿Eres capaz de ser un hombre mejor?
Knox guardó silencio tanto rato que pensé que no iba a responder.
—Pregúntamelo dentro de dos años —dijo al fin.
El restaurante era justo lo que esperaba: elegante, caro y lleno de gente que parecía no haberse preocupado por el dinero en toda su vida.
Knox se movía por la sala como si fuera suya, y quizá lo fuera.
El maître lo saludó por su nombre y nos sentaron en la que, a todas luces, era la mejor mesa del local.
—¿Nerviosa? —preguntó Knox cuando ya habíamos pedido.
—Aterrorizada —admití.
—No lo estés. Solo sé tú misma.
—Pues yo misma no sé qué tenedor se usa para la ensalada.
—Empieza por el de fuera y ve hacia dentro. Y, Scarlett… —Knox alargó el brazo por encima de la mesa y me cubrió la mano con la suya—. Nadie en esta sala es más inteligente que tú. No dejes que te convenzan de lo contrario.
El contacto fue breve, calculado sin duda para resultar cariñoso a ojos de quien estuviera mirando, pero me recorrió el brazo una oleada de calor. Empezaba a entender por qué Knox estaba tan seguro de la parte de atracción de nuestro acuerdo.
La química física entre nosotros era innegable.
Lo cual iba a hacer que los dos años siguientes fueran o muy fáciles o muy peligrosos.
Yo apostaba por lo peligroso.