CAPÍTULO 6 - SCARLETT
Sin otra opción
Estaba de pie en la habitación de Jamie, en el hospital, y lo observaba dormir.
Las máquinas que rodeaban la cama pitaban a un ritmo constante, una nana mecánica convertida en la banda sonora de nuestras vidas. Tenía el rostro pálido contra las almohadas blancas y las ojeras le hacían parecer mayor de diecinueve años.
O quizá más joven. Frágil de una forma que me opriemía el pecho.
—Me estás mirando fijamente —dijo sin abrir los ojos.
—Se supone que deberías estar durmiendo.
—Es difícil dormir cuando emites ansiedad como una antena de radio. —Jamie entreabrió un ojo y me escrutó la cara—. ¿Qué ha pasado hoy en el trabajo?
Le había dicho que iba a reunirme con un posible cliente para hablar de oportunidades de inversión. No era exactamente mentira, aunque la oferta de Knox Sterling no tenía nada que ver con las inversiones tradicionales.
—Nada interesante. —Me senté en la silla junto a su cama, la misma monstruosidad de plástico de siempre, en la que llevaba años sentándome—. ¿Cómo te encuentras?
—Como alguien que tiene cáncer. —Torció la boca en una sonrisa cansada—. Pero las pastillas nuevas me están ayudando con las náuseas. El Dr. Peterson dice que mi recuento de glóbulos blancos se está estabilizando.
—Es una buena noticia.
—Scarlett. —Jamie hizo un esfuerzo por incorporarse y yo, de forma automática, me levanté para colocarle bien las almohadas—. Tenemos que hablar del tratamiento experimental.
Mis manos se detuvieron.
—¿Qué pasa con él?
—He estado pensando en lo que dijiste. En encontrar la manera de conseguir el dinero. —Me agarró de la muñeca con una fuerza sorprendente—. No quiero que hagas nada peligroso.
—Jamie...
—Lo digo en serio. Nada de usureros, ni de vender un riñón, ni de casarte con viejos raros por su dinero.
La última sugerencia dio más cerca del blanco de lo que él imaginaba. Knox Sterling no era viejo; no podía tener más de treinta y cinco años. Pero ¿raro? Sin duda. ¿Peligroso? Absolutamente.
—No voy a casarme con un viejo raro —dije, lo cual era técnicamente cierto.
—Prométemelo.
Miré a mi hermano pequeño, al chico al que había criado, protegido y por el que lo había sacrificado todo, y sentí que algo se resquebrajaba en mi pecho. Me estaba pidiendo que prometiera que no le salvaría la vida.
—Te prometo que no haré nada que me ponga en peligro —respondí.
Era otra verdad técnica. Knox había dejado claro que nuestro acuerdo sería estrictamente profesional. Mientras jugara según sus reglas, estaría más a salvo que buscando la manera de reunir dos millones de dólares por cualquier otra vía.
Jamie me escudriñó la cara en busca de grietas en mi determinación. Lo que vio pareció satisfacerlo, porque asintió y se recostó contra las almohadas.
—Bien. Porque te necesito cerca para que me des órdenes cuando esté mejor.
—Cuando estés mejor, irás a la universidad y sacarás un título para poder mantenerme cuando sea vieja.
—Trato hecho. —Cerró los ojos—. Aunque sigo pensando que debería estudiar diseño de videojuegos en lugar de Medicina.
—Ya hablaremos de tus opciones profesionales cuando no te estés muriendo.
—Buen argumento.
Me quedé con él hasta que terminó el horario de visitas y luego me fui a casa, a mi diminuto estudio de Brooklyn.
No era gran cosa —una sola habitación, una cocina minúscula y un baño que había visto décadas mejores—, pero era mío.
El primer lugar en el que había vivido que no pertenecía a otra persona.
Y ahora me estaba planteando renunciar a él para vivir con un hombre al que no conocía, en quien no confiaba y que, desde luego, no me caía bien.
Pero que podía salvarle la vida a Jamie.
Saqué el portátil, abrí un documento nuevo y escribí los pros y los contras de la oferta de Knox Sterling:
PROS: - Jamie recibe tratamiento de inmediato - Seguridad económica para los dos - Solo dos años de mi vida - Expectativas y límites claros
CONTRAS: - Knox Sterling es peligroso - Dependería completamente de él - No hay garantía de que respete el acuerdo - Dos años es mucho tiempo para fingir ser otra persona
Me quedé mirando la lista durante una hora, añadiendo y quitando cosas, en busca de una razón lógica para decir que no.
No la encontré.
Todos los contras de la lista tenían que ver con mi comodidad, mi seguridad y mis preferencias. Pero Jamie se estaba muriendo. Y Knox Sterling me ofrecía una forma de salvarlo que no implicaba infringir ninguna ley ni venderle el alma a delincuentes de verdad.
Solo a un multimillonario muy atractivo y muy frío que necesitaba una esposa.
Cogí el teléfono y marqué el número de su tarjeta de visita.
—Knox Sterling.
Sin saludos, sin cortesías. Solo su nombre, pronunciado como un desafío.
—Soy Scarlett Hayes.
—Llamas antes de tiempo. Dije doce horas.
—He tomado una decisión.
Al otro lado se hizo el silencio. Podía imaginármelo en su despacho, probablemente todavía con ese traje impecable hecho a medida, contemplando su imperio mientras esperaba mi respuesta.
—¿Y?
—Me casaré contigo.
Más silencio. Luego:
—Mañana haré que redacten los contratos. Nos veremos a las nueve de la mañana para revisar las condiciones.
—Knox...
—¿Sí?
—Si me jodes, si cambias las condiciones, si haces cualquier cosa para dañar a mi hermano... —Tomé aire e imprimí a mi voz todo el acero que llevaba dentro—. Te destruiré.
Guardó silencio tanto rato que pensé que había colgado.
—¿Scarlett? —Ahora su voz sonaba distinta: más grave, más íntima. Casi divertida.
—¿Qué?
—Creo que esto va a ser muy interesante.
Se cortó la comunicación y me quedé un buen rato mirando el móvil.
¿A qué acababa de acceder?
Pero, aunque el pánico trataba de abrirse paso a zarpazos por mi garganta, pensé en Jamie, dormido en la cama del hospital, que confiaba en que yo me encargaría de todo, como siempre.
Había pactado con el diablo.
Ahora solo tenía que sobrevivir.