CAPÍTULO 4 - SCARLETT
Sterling Industries
La cafetería de enfrente del Mount Sinai se había convertido en mi refugio de los martes por la tarde.
No era gran cosa: muebles que no hacían juego, una máquina de espresso con mal genio y camareros que parecían preferir estar en cualquier otro sitio.
Pero era tranquila, el wifi funcionaba bien y nadie me molestaba mientras pasaba dos horas investigando soluciones cada vez más desesperadas para mi crisis económica.
Ya había agotado las opciones obvias. Los préstamos bancarios exigían garantías que no tenía. El micromecenazgo quizá recaudaría unos miles de dólares, pero no millones. El seguro de vida de mis padres se había agotado hacía años con los tratamientos anteriores de Jamie.
Así que me puse a investigar las opciones menos evidentes.
«Compensación por gestación subrogada: 40.000-75.000 dólares»
Seguí bajando. Aunque me quedara embarazada de inmediato, llevara el embarazo a término y lo repitiera varias veces, aún me faltarían unos dos millones de dólares.
«Participación en ensayos clínicos: 1.000-10.000 dólares»
Tampoco servía de nada, a menos que existieran ensayos clínicos que pagaran dos millones de dólares por probar fármacos experimentales. Y, por lo que había investigado, no los había.
«Matrimonio con personas adineradas que buscan obtener la ciudadanía: 50.000-200.000 dólares»
Me detuve en esa opción. Era una locura, pero también era lo más cerca que había estado de una cifra que importara. Si encontraba a alguien dispuesto a pagar diez veces la tarifa habitual...
La campanilla de la puerta tintineó y alcé la vista automáticamente.
Había entrado un hombre que inspeccionaba el pequeño local como si estuviera tasando un inmueble.
Alto, de pelo oscuro y con un traje que probablemente costaba más de lo que yo ganaba en un mes.
El tipo de hombre que no entra por casualidad en una cafetería de la zona de los hospitales.
Pidió algo —no alcancé a oír qué— y esperó mientras el camarero se peleaba torpemente con la máquina de espresso. Volví al portátil, pero notaba que me observaba.
Cuando se acercó a mi mesa, no me sorprendió del todo.
—Disculpa —dijo con voz baja y precisa—. ¿Te importa si me siento? Parece que las demás mesas están ocupadas.
Eché un vistazo a la cafetería. Tres cuartas partes de las mesas estaban vacías.
—Claro —respondí de todos modos.
Se acomodó en la silla de enfrente y pude verle bien la cara por primera vez. Pómulos marcados, ojos gris acero y una boca que no parecía sonreír a menudo. Guapo de una forma fría y depredadora que me hizo pensar en los tiburones.
—Gracias.
Sacó el móvil y fingió consultar el correo.
—Soy Knox Sterling.
El nombre me resultaba familiar, pero no conseguía situarlo.
—Scarlett Hayes.
—Encantado de conocerte, Scarlett. —Sus ojos se desviaron hacia la pantalla del portátil—. ¿Investigas algo interesante?
Giré la pantalla para que no la viera.
—Cosas del trabajo.
—¿Análisis financiero?
—Algo así.
Le estudié la cara en busca de alguna pista de por qué un hombre con dinero a todas luces se ponía a charlar con una desconocida en una cafetería.
—¿A qué te dedicas, Knox?
—Dirijo una empresa.
—¿Qué tipo de empresa?
—De las rentables.
No pude evitar sonreír.
—Qué misterioso. Déjame adivinar: te dedicas a la importación y exportación, viajas mucho y prefieres mantener tus negocios en privado.
—¿Crees que soy un delincuente?
—Creo que eres alguien a quien no le gustan las preguntas directas.
Algo cambió en su expresión: quizá sorpresa, o aprobación.
—Eres muy observadora.
—Es parte de mi trabajo.
—¿Y cuál es?
—Analizo la situación económica de la gente y hago recomendaciones sobre su futuro.
Lo bastante cerca de la verdad.
Knox se recostó en la silla y me estudió con una intensidad que me erizó la piel.
—¿Y qué le recomendarías a alguien que tiene un objetivo económico concreto, pero poco tiempo para alcanzarlo?
La pregunta parecía casual, pero algo en su forma de plantearla me hizo pensar que ya conocía mi situación. Lo cual era imposible. A menos que...
—Depende —respondí con cautela—. ¿De qué tipo de objetivo estamos hablando?
—Digamos que alguien necesita una cantidad importante de dinero —de siete cifras— en las próximas semanas. Sus ingresos y sus bienes actuales no bastan para cubrirla. ¿Qué le recomendarías?
Siete cifras. Como 2,2 millones de dólares.
Cerré el portátil despacio, con el corazón empezando a acelerarse.
—Le recomendaría que se preguntara por qué necesita ese dinero con tanta urgencia. Porque los objetivos económicos legítimos no suelen tener plazos tan ajustados.
—¿Y si el objetivo es legítimo? Incluso una cuestión de vida o muerte.
—Entonces le recomendaría que buscara a alguien que tuviera ese dinero y averiguara qué quiere a cambio.
Knox sonrió por primera vez, y en aquella sonrisa no había nada cálido. Era afilada y calculadora, y de algún modo resultaba depredadora y divertida a la vez.
—Una perspectiva interesante —dijo—. Hipotéticamente, ¿qué crees que podría querer alguien así?
Pensé en cortar la conversación y marcharme. Todos mis instintos, desarrollados durante nueve años cuidando de mí misma y de Jamie, me gritaban que aquel hombre era peligroso.
Pero también estaba hablando justo de la cantidad de dinero que necesitaba.
Y me había encontrado en una cafetería a la que iba una vez por semana, justo a la hora de siempre.
Aquello no era una coincidencia.
—Hipotéticamente —dije, adoptando su mismo tono—, creo que dependería de aquello que la persona con el dinero no pudiera conseguir de ninguna otra manera.
—¿Como qué?
—Acceso. Estatus. Algo que desde fuera pareciera legítimo, pero que sirviera a sus propósitos. —Hice una pausa, observando su reacción—. El matrimonio, por ejemplo.
La sonrisa de Knox se ensanchó y me sentí como un ratón que acabara de meterse solo en la trampa.
—Matrimonio —repitió—. Es una sugerencia muy concreta.
—Es una situación muy concreta.
Metió la mano en la chaqueta, sacó una tarjeta de visita y la dejó sobre la mesa, entre los dos.
—Creo que deberíamos seguir esta conversación en un lugar más privado.
Cogí la tarjeta. Papel grueso, diseño sencillo:
Knox SterlingDirector ejecutivoSterling Industries
Sterling Industries. Conocía ese nombre: una de las mayores empresas privadas de Nueva York. Sector inmobiliario, tecnología, capital riesgo. Uno de esos imperios que valen miles de millones.
—Quieres casarte conmigo —dije.
—Quiero hablar de un acuerdo mutuamente beneficioso.
—Es lo mismo.
Knox se puso en pie y se ajustó la chaqueta.
—Mañana a las seis de la tarde, en mi despacho. La dirección está en la tarjeta.
—¿Y si no voy?
Se detuvo en la puerta y se volvió para mirarme.
—Entonces tu hermano morirá y buscaré a otra persona.
La campanilla sonó al salir él y yo me quedé allí sentada, mirando fijamente su tarjeta de visita.
Sabía lo de Jamie.
Lo que significaba que me había estado vigilando. Investigándome. Planeando todo aquello.
Tendría que haber estado aterrorizada. Tendría que haber llamado a la policía o, al menos, a mi amiga Rachel para decirle que quizá estuviera a punto de desaparecer para siempre.
En lugar de eso, me descubrí pensando en el tratamiento experimental. En los veintitrés días que me quedaban. En la negativa de Jamie a dejar que «vendiera mi alma» para salvarlo.
Knox Sterling quería algo de mí con tantas ganas como para seguirme la pista y hacerme aquella oferta.
La pregunta era: ¿qué quería de mí que valiese 2,2 millones de dólares?
¿Y estaba yo lo bastante desesperada como para dárselo?
Miré al otro lado de la calle, hacia el hospital Mount Sinai, donde Jamie estaría jugando a videojuegos y fingiendo que no se moría.
Sí.
Estaba exactamente así de desesperada.