Votos de Sangre (Reyes del Inframundo 2) 13 Isabella
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13 Isabella

ISABELLA

La luz del amanecer me despierta. Me doy la vuelta en la cama, con la vaga esperanza de encontrar a Alexei ahí, pero vaya sorpresa. Estoy sola. Una vez más.

No sé por qué pensé que simplemente aparecería a mi lado. Quizás es algún tipo de añoranza enfermiza hacia él. ¿Puede alguien desarrollar el síndrome de Estocolmo tras una semana en la que apenas se han dirigido la palabra?

Me incorporo en la cama y me paso la mano por la cara. He dormido bastante bien, aunque no conseguí conciliar el sueño hasta muy tarde anoche. Cojo el móvil con la esperanza de ver algún mensaje de Annie. Sin suerte.

Me levanto de la cama y entro al baño. No huelo café ni nada que esté haciéndose, y no tengo ni idea de cómo piensa Alexei darme de comer ahora que soy su prisionera en este dormitorio. Quizás…

Espera. ¿La puerta está… abierta?

La imagen de la puerta del dormitorio entornada me golpea justo cuando cierro la del baño. La vuelvo a abrir y asomo la cabeza. Efectivamente, la puerta del dormitorio está abierta.

Joder. ¿Estuvo aquí anoche? ¿La dejó abierta y se olvidó de cerrarla?

No. Eso no parece probable. Salgo de la habitación con cuidado, escuchando por si está. No sé qué espero. Dudo que salte de repente y me cargue al hombro de vuelta al dormitorio. Al menos, no otra vez.

Llego al salón y no hay nadie. También tengo la sensación de que no hay nadie en el ático en absoluto. Miro en el estudio. El sofá cama está desplegado, con las sábanas extendidas de cualquier manera sobre el colchón, pero ni rastro de Alexei.

Vuelvo al salón de camino a la cocina. Bien podría prepararme una taza de café mientras planifico mi próxima escapada. Donde quiera que esté, dudo que vuelva pronto.

No doy ni unos pocos pasos antes de ver la nota sobre la mesa de centro. Me detengo y la leo. Llego más o menos a la mitad y sacudo la cabeza. Si no supiera lo que sé, diría que Alexei suena casi como un tipo medianamente decente.

Bueno… un poco más que casi. Suena bastante sincero.

Probablemente esté tan harto de todo esto como yo, a decir verdad.

Además, sea sincero o no, creo que tiene razón.

Por mucho que esté furiosa con mi padre por haberme metido en esta situación, hay piezas más grandes en juego.

Sería una estúpida si no lo tuviera en cuenta.

Me siento en el sofá, debatiendo en silencio su petición de que me quede hasta que vuelva. Ni siquiera sé cuándo se fue ni adónde. Por lo que yo sé, esta vez es él quien se ha ido de la ciudad.

Uf. Todo esto es una estupidez enorme.

Me levanto a por el café y oigo el tono del móvil. Corro al dormitorio.

Es Annie. Su nombre aparece en la pantalla como si fuera una salvación. Contesto emocionada.

—¿Annie?

—Hola —dice con voz temblorosa. Suena nerviosa, o quizás como si hubiera estado llorando—. ¿Cómo estás?

—¿Cómo estoy? ¿Me estás tomando el pelo ahora mismo? Dios mío, ¿adónde fuiste?

Hace una breve pausa y dice: —Lo siento, hermana. Tuve que salir corriendo. Simplemente no podía seguir adelante con todo aquello.

El impulso de vomitarle todo lo que me está pasando es casi imposible de resistir. Quiero darle un momento para que me cuente su versión, sin embargo. Quizás para decirme dónde está ahora. —Sí, bueno, al menos podrías haberme avisado.

—Ni yo misma sabía que lo haría hasta que estaba en tu coche —dijo—. Es que... estaba ahí de pie con ese vestido de novia mirándome y pensando en ello… pensando en cómo se suponía que ese día iba a ser el más feliz de mi vida, y una vez más, no era más que otra cosa que giraba en torno a papá.

Y tanto, pensé.

—¿Cómo está él? —pregunta—. Me imagino que mi numerito de la desaparición no le sentó muy bien.

—No. —Estoy sentada en el borde de la cama, mirando la puerta del baño, pensando en Alexei, en la boda y en todo lo demás—. Él, eh, me hizo entrar en juego a mí.

Creo oírla jadear, luego sisea: —¿Qué?

—Papá me hizo casarme con Alexei Mechnikov en tu lugar. Ahora mismo estoy sentada en su ático.

—Oh… Dios mío. Izzy, yo… nunca pensé que él llegaría a… Dios mío.

—Sí. Nos casamos hace aproximadamente una semana. —Voy a tocarme las puntas del pelo, solo para darme cuenta de que ya no están. Me froto la nuca.

—¿Estás bien? ¿Te… te hizo daño?

Annie era la única que sabía que yo seguía siendo virgen, así que sé lo que me está preguntando realmente. —No —le digo—. Está bien, ¿sabes? O sea, tampoco es que no me estuviera guardando para el matrimonio.

—Ya, pero… pero no se suponía que fuera a pasar así. Lo siento muchísimo, Izzy.

Una parte de mí quiere contarle los detalles de mi noche de bodas. No sé, quizás para aliviarle la culpa que debe de estar sintiendo, o para aligerar el ambiente. Quizás si supiera que, a pesar de todo, probablemente fue lo mejor que he sentido en mi vida, se sentiría mejor por haberme dejado aquí.

—Es lo que hay —digo en cambio—. Por cierto, gracias por robarme el coche.

Creo oírla sonreír. —Era tu coche o el de la diseñadora del vestido. Pensé que no llamarías a la policía si era el tuyo.

Quizás debería haberlo hecho. A lo mejor te habrían encontrado antes de que papá decidiera subastarme. —¿Dónde estás, por cierto?

—A salvo —dice—. Fuera de Fortune… y fuera del estado de Nueva York.

—Sí, pero ¿dónde?

Suspira. —No creo que sea buena idea decírtelo. Para tu propia protección, probablemente es mejor que no lo sepas.

Eso suena muy sospechoso. —Annie… no has ido a chivarte, ¿verdad?

Se ríe. —No, claro que no. Tampoco tendría gran cosa que contarle a la policía, de todas formas.

Papá nos mantuvo al margen de las cosas importantes, ¿recuerdas?

—Hace una pausa, luego añade—: Hablo de papá.

Seguro que está bastante cabreado por cómo estuve a punto de fastidiarle los planes. No quiero que lo pague contigo.

—Bueno, ya no están fastidiados. Estoy pagando su deuda y la tuya. Puedes volver. —No dice nada durante unos buenos segundos—. ¿Annie? ¿Me has oído?

—Te he oído —dice en voz baja—. Escucha, Izzy, es más o menos por eso que decidí llamarte. Debes saber que no voy a volver.

—¿Qué quieres decir con que no vas a volver? Tienes que volver, Annie.

—Resulta que no —dice—. Llevo casi un mes fuera. ¿No te parece raro que un hombre tan poderoso como nuestro padre no me haya encontrado todavía? Podría rastear el mundo entero para dar conmigo ahora que está conectado con los Mechnikov, y aun así⁠⁠—

—Oye, que hayas conseguido esquivar a sus hombres hasta ahora no significa que no estén ahí fuera buscándote, y lo sabes.

—Izzy—

—Muy bien. Dime dónde estás si crees que ya no le importas.

Vuelve a quedarse callada, esta vez unos segundos más.

—Annie, ya has demostrado tu punto, ¿de acuerdo? Le plantaste cara a papá, y bien hecho. De verdad que lo pusiste en su sitio. Ahora deja ya de tonterías y vuelve a casa de una vez.

—No puedo. Lo siento, Izzy. Simplemente no puedo.

—¿Por qué no? —Se me quiebra la voz y los ojos empiezan a escocerme de lágrimas—. Eres mi hermana. Se supone que tienes que estar aquí conmigo. Estoy pasando por todo esto completamente sola y a ti ni te importa.

—Sí me importa. Izzy, te quiero muchísimo⁠⁠—

—No es verdad. Eres egoísta y mezquina, ¡y me dejaste tirada! ¡De verdad me abandonaste aquí para recoger los pedazos mientras tú ahí fuera te recorres el mundo⁠⁠—

—No es así. Iz⁠⁠—

—Estoy atrapada aquí, como bajo arresto domiciliario y…

—Me detengo. Las lágrimas me corren por las mejillas y los sollozos empiezan a brotarme del pecho.

Me seco la cara con el talón de la mano y digo—: ¿Sabes qué?

Quédate donde coño estés. Sé libre como un pájaro si quieres.

Venga, vive tu vida. Es lo menos que puedes hacer después de haberme robado la mía.

Cuelgo y tiro el móvil sobre la cama a mis espaldas.

Que le den. ¿A qué demonios se ha molestado en llamarme? Me levanto y voy al baño a echarme agua en la cara y recuperar el control. Me veo de refilón en el espejo. Tengo los ojos inyectados en sangre y señales de hinchazón alrededor de los bordes.

Yo nunca pedí esto, maldita sea. Nada de todo esto. No me puedo creer que Annie de verdad me haya abandonado así. ¿Siquiera se ha molestado en pensar en mí hasta ahora?

Da igual. Me pongo derecha y respiro hondo para sacudirme los sollozos. Estoy verdaderamente sola, así que será mejor que empiece a actuar como tal y encuentre mi propio camino para salir de este lío.

Para cuando me había duchado y vestido, Anya llamó para invitarme a comer. Estuve a punto de decir que no, ya que Alexei aún no había vuelto, pero pensé que Anya había estado en contacto con él desde por la mañana, así que probablemente estaba bien que saliera con ella.

Además, estaba harta de estar en ese ático. Necesitaba tomar el aire.

Así que ahora estamos sentadas en este restaurante que, a diferencia del café de aquella primera mañana que salimos, no tiene una estética rusa.

De hecho, se parece más a una cafetería de barrio que a cualquier otra cosa.

Cuando entramos, debo de haberle lanzado a Anya una mirada interrogante, porque dijo: —Aquí hacen unas hamburguesas buenísimas.

Después de pedir, me pregunta: —Bueno, ¿cómo va la primera semana de vida matrimonial?

Hay muchas formas de responder a esta pregunta. La más educada es simplemente decir que bien y cambiar de tema. Pero después de esa llamada de esta mañana con Annie… no sé. Podría necesitar una aliada. Quizás Anya podría serlo.

—¿Puedo ser sincera contigo?

Anya echa un vistazo alrededor. Estamos en un reservado en el rincón más alejado del restaurante, donde no hay ningún otro cliente.

Dice: —Espera un momento. —Divisa a un camarero que pasa y le hace señas.

El joven de pelo oscuro y revuelto que le caía sobre los ojos se acerca y pregunta si puede ayudarnos—.

Necesito que las mesas a nuestro alrededor estén vacías mientras estemos aquí, por favor.