6 Alexei
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ALEXEI
Creo que Pavel ya ha bebido demasiado.
Es la noche antes de mi “boda” y Pavel ha decidido sacarme para celebrarlo.
Dadas las circunstancias que rodean mi situación, me parece raro que estemos pasando por este estúpido ritual.
Más allá de guardar las apariencias ante quienes están fuera de nuestro círculo, creo que él simplemente está aprovechando la ocasión como excusa para salir y beber.
Y para ver a mujeres desnudas. Estamos en uno de los clubes de striptease que gestiono, sentados en un reservado de nuestra zona privada.
Seguridad está a unos metros de nosotros y unas cuerdas de terciopelo nos mantienen separados del resto de la plebe.
Supongo que este montaje está pensado para que nos sintamos como reyes, pero ahora mismo, no siento nada en absoluto.
Miro hacia el bar. Las luces estroboscópicas de colores y la música atronadora. Las mujeres semidesnudas en minúsculos tangas bailando en las barras en el centro de la sala y los clientes mirando embobados desde las sillas alrededor del escenario. Pavel lo llama “la fila de los olisqueadores”.
Echo un vistazo alrededor y me acuerdo de la sensatez de no estar directamente al pie del cañón en uno de estos lugares.
Absolutamente todos en los que he estado son básicamente iguales.
Los mismos clientes, las mismas chicas, los mismos problemas.
Estos sitios nunca cambian de verdad con el paso del tiempo.
Todos estos ilusos tiran su dinero a mujeres que no se molestarían en apagarles el fuego ni aunque estuviesen ardiendo.
Y aquí es donde a mi hermano le parece bien traerme para mi “última noche como hombre libre”. Ni siquiera sé muy bien qué significa eso. Me caso de mentira por el bien de mi familia. ¿Alguna vez fui realmente libre?
Además de nosotros en el reservado hay dos strippers que, según Pavel, son del equipo “A”. Pavel tiene el brazo alrededor de una de ellas y yo estoy ignorando a la otra, que se sienta entre nosotros. Ella se pone carmín y retoca el maquillaje, igual de desinteresada que yo.
Debería haberme quedado en casa.
—No has tocado tu copa —dice Pavel, señalando la copa de champán que tengo delante—. ¿Para qué sirve el servicio de botella si no vas a participar?
—No me gusta el champán —le digo—. Lo sabes. Siempre me da dolor de cabeza.
—Que te da dolor de cabeza —repite con un tono levemente amargo—.
Eres tú quien me está dando dolor de cabeza.
Te saco para una última noche de libertad y te pasas toda la noche de morros.
—Se gira hacia la stripper número dos y la empuja suavemente—.
Mañana va a dejar de estar en el mercado y se comporta como si le llevaran al patíbulo. ¿No es ridículo?
La stripper número dos sonríe y dice: —Quizá ella no es realmente su tipo. —Se vuelve hacia mí y se acerca un poco más, analizándome con los párpados entornados—. Un hombre grande y guapo como tú probablemente necesita a alguien más de tu ritmo.
Me pasa un dedo por el brazo y yo se lo aparto. —Voy a pedirme una copa de verdad —digo, poniéndome en pie—. Intentad no meter la pata hasta que vuelva.
Salgo y me dirijo a la barra. Sinceramente, debería estar dirigiéndome a la puerta.
Me detengo en cuanto tengo ese pensamiento y miro hacia la entrada. Diez, quizás veinte pasos, y podría estar fuera, parando un taxi. Y si salgo ahora, aún puedo pillar uno de esos programas de entrevistas nocturnos antes de acostarme. Al menos mañana llegaré más despejado a la iglesia.
—¡Alexei! ¡La hostia! ¡Alexei!
Me giro hacia la voz que me grita justo a tiempo para ver a alguien levantándose y saludándome con la mano. Tardo unos segundos en reconocerle entre las luces estroboscópicas, pero cuando se acerca y veo su pelo corto, rizado y rubio rojizo, me doy cuenta de quién es.
—¿Dmitri? —digo cuando se acerca. Me da un cálido abrazo y, por primera vez en semanas, me siento verdaderamente feliz.
—¡Primo! —dice mientras me abraza—. ¿Cuánto tiempo, eh?
Y tanto. Han pasado tres años. Dmitri se marchó a Europa después de cumplir veintiún años y nunca regresó. Se suponía que iba a ser solo un par de meses y, durante un tiempo, todos temimos que le hubiera pasado algo. Pero resulta que ha estado perfectamente todo este tiempo.
—¿Dónde has estado todo este tiempo? —me aparto un poco y le repaso con la mirada. Ha ganado algo de peso y ha crecido un par de centímetros, pero sigue igual que cuando se fue.
—En Europa —responde riéndose—. Bruselas, Ámsterdam, Alemania, París, por todas partes. Me gustó tanto que decidí quedarme allí una temporada.
—Ah, ¿y no te molestaste en visitar la patria como te sugirió Tetushka?
Se ríe por lo bajo. El recuerdo de la insistencia de su madre para que encontrara una buena chica rusa y se casara mientras estaba fuera sigue fresco en la memoria de ambos.
—En absoluto —dice—. No cuando podía estar soltero en el Barrio Rojo de Ámsterdam.
Tienes que ver las mujeres de allí, tío. Te enamorarías.
—¿Cómo? ¿Mejor que este paraíso? —señalo el escenario—. ¿Qué puede haber mejor que chicas americanas en las barras?
—Vente conmigo la próxima vez y te lo enseño —dice riendo—. ¿Has visto a mi hermana ya?
—No. —Echo un vistazo alrededor del club, hacia la barra. Normalmente, cuando Anya trabajaba, al menos se acercaba a saludar—. Debe estar de libran—
—Ahí está —asiente Dmitri hacia la puerta, justo cuando ella entra. Lleva una blusa negra de encaje y vaqueros azules, su largo y rizado pelo castaño recogido en una coleta—. Vamos.
Llegamos a la barra al mismo tiempo que ella. Nos ve y su expresión seria se transforma en una sonrisa que le ilumina toda la cara.—¡Dmitri!
Corre hacia él y prácticamente se le lanza encima.—¿Qué haces en casa? ¿Cuándo has vuelto?
—Justo hoy —responde él riendo. Ella entonces se gira hacia mí y me da un abrazo y un beso en la mejilla.
—Para ti también ha pasado mucho tiempo. ¿Qué haces aquí dentro? ¿Alguien te debe dinero?
—No. —Se me calienta un poco la cara. No sé si está bromeando o si ya se ha corrido la voz sobre lo de Kozlov—. Pavel me ha traído.
—Ah, claro —dice ella. Luego, a Dmitri—: ¿Adivina quién se casa?
—¿Quién? —Dmitri nos mira a los dos con verdadera curiosidad. Anya se ríe por lo bajo.
—Yo —le digo. Él simplemente parpadea.
—Estás de broma, ¿no? —A Anya le dice—: Está de broma.
—No lo está —dice ella soltando un profundo suspiro—. Vamos. Os traigo un par de cervezas mientras lo pones al día, Alexei.
Vamos a la barra y Anya se pone detrás. El camarero que está ahora echa un vistazo como si fuera a decirle algo sobre el inicio de su turno, pero en cuanto me ve, se lo piensa mejor y sigue sirviendo a los clientes.
—Bueno —dice Dmitri mientras ella nos sirve las cervezas—, ¿quién es la afortunada? Quiero saberlo todo. ¿Dónde la has conocido? ¿Es guapa?
—No es lo que piensas —le respondo—. Es solo un acuerdo de negocios. Nuestras familias se están aliando con los Pecora.
La boca de Dmitri se queda abierta.—¿Qué?
—Créetelo. —Le cuento todo sobre cómo Damon Pecora empezó a trapichear para mi padre y acabó debiendo tanto dinero que casi arruina por completo a su familia. Dmitri escucha mientras da sorbos a su cerveza.
—Así que ahora tienes que casarte con una de sus hijas —dice—. ¿Con cuál?
—¿Y eso qué importa? —dice Anya—. No conoce a ninguna y ahora tiene que casarse con una para que las familias se lleven bien. Es una gilipollez de la Bratva.
—Eh —dicen los dos al unísono, y Anya levanta las manos en gesto defensivo.
—Solo digo que toda esta mierda machista va a acabar siendo la ruina de todo el imperio Samorodokaya.
—Este rollo de macho alfa es la razón de que tengas trabajo —dice Dmitri—. Así que, menos falta de respeto, ¿eh? Ella simplemente pone los ojos en blanco. Dmitri se vuelve hacia mí—. Entonces, ¿con cuál te tienes que casar?
Suspiro.—Bueno, iba a ser con la mayor, pero se ha largado del pueblo. Así que ahora me caso con la pequeña.
Dmitri da un largo sorbo a su botella y luego dice—: No me acuerdo. ¿Cuál es la que está buena?
—Uf... —Anya coge su delantal de debajo de la barra—. Me voy a trabajar. Disfrutad de vuestro pequeño club de pajas.
Se aleja y Dmitri la despide con la mano.—Está enfadada porque nadie quiere casarse con ella.
—No, tiene razón —digo—. En realidad, no importa quién sea la atractiva. Nunca quise casarme con ninguna de las dos. Hago esto por la hermandad. Nada más.
Él asiente y dice: —Eso es noble, pero tienes que admitirlo. Las hijas de Pecora siempre han sido un regalo para la vista. Especialmente la pelirroja.
Eso me molesta de forma extraña. —¿No crees que la morena es guapa? —Me odio al instante por preguntar eso. Me siento como un adolescente salido.
—No está mal —dice, encogiéndose de hombros—. Aunque, por lo que tengo entendido, era un poco salvaje. Supongo que ya se habrá calmado.
Pienso en todos los rumores que he oído sobre Isabella Pecora a lo largo de los años y decido no responder a eso. Total, tampoco es que todo esto sea elección mía.
—Bueno, si no es así —dice—, lo descubrirás. De todas formas, casarse contigo probablemente la obligue a mantener las piernas cerradas. ¿Quién se atrevería a tirarle los tejos a tu mujer?
No le falta razón. —Supongo que si hay un lado altruista en este matrimonio, es ese.
—La mejor manera de convertir a una fulana en una esposa ejemplar es casarla con el segundo cabrón más temido de Fortune City.
Me río entre dientes. —No te falta razón. Solo espero que no me la juegue demasiado. Bastante tengo ya sin preocuparme también de una esposa descarriada.
—Todo saldrá bien —dice, dándome una palmada en el hombro—. Oye, quizá esto hasta os haga amigos... o algo más. Si alguien merece un final feliz, amigo mío, eres tú.
Sonrío débilmente. Parte del motivo por el que se fue fue todo lo que ocurrió tras la muerte de Kira. Espero que no siga culpándose por ello.
Levanto mi botella de cerveza y digo: —Por los finales felices.
Él asiente y choca el cuello de su botella con la mía. —Por los finales felices.
—¡Hostia puta! ¿Ese no es Dimmy-dim?
Dmitri baja la cabeza, resignado, mientras la voz ebria de mi hermano resuena por encima de las cabezas de los clientes. Hace una mueca y me mira. —¿Cuánto ha bebido ya?
—Mucho.
Pavel se tambalea hasta llegar a nosotros y le da una palmada a Dmitri en la espalda, bastante fuerte. —Dimmy-dim-dim —balbucea—. Pensaba que te habías muerto, tío.
Dmitri no le mira. Da un sorbo a su cerveza intentando aparentar que no le molesta tanto como sé que le molesta. Odia que Pavel le llame Dimmy-dim. —No, para nada —dice—. Solo estuve en Europa. Viajando.
—¿Sí? ¿Fuiste a París? He oído que a muchos pediks les encanta París. ¿Te cruzaste con muchos pediks y chupaste muchas pollas de pedik?
Dmitri deja la cerveza y se levanta. Me interpongo entre ellos. —Dmitri, está borracho. No le hagas caso.
—No estoy... —Pavel medio hipa y medio eructa antes de proseguir—. No estoy borracho. No es culpa mía si te mola pasar el rato con un chupapollas de m...—
—Vale, ya basta —le cojo del brazo—. Te llevo a casa. Hasta luego, Dmitri.
—Claro —dice él mientras prácticamente arrastro a mi hermano fuera del club. Cuando salimos, le empujo hacia el aparcamiento—. Anda, camina.
Pavel tropieza, pero increíblemente logra mantener el equilibrio. —Oye, ¿y a qué viene esto? Solo estaba de coña con él. Me da igual a quién se la chupe.
Odio esta faceta de Pavel. No debería haber venido. Sé que cuando bebe demasiado, le gusta buscar pelea. Y con sus antecedentes de meterse con Dmitri, de verdad tendría que haber visto venir ese encuentro.
Meto a Pavel en el coche, le quito las llaves a duras penas y lo llevo a casa conduciendo yo. Está completamente dormido mucho antes de llegar siquiera a la mitad del trayecto hacia su piso.
Volver a ver a Dmitri me ha sentado bien. Cuando éramos adolescentes, funcionábamos como un equipo. Él era más pequeño que el resto de nosotros, un poco más bajo y delgado, pero era listo. Cuando no podía salir de un problema a golpes, era capaz de superar a cualquier abusón con su ingenio.
Excepto con Pavel. Había algo en él que siempre conseguía sacarle de quicio como nadie más podía. Entre los dos han volado más narices y ojos morados de los que jamás podré contar. Y desde el punto de vista de mi hermano, solo era para endurecerlo, pero Dmitri nunca lo vio así.
Ahora que ha vuelto a la ciudad, tendrá que retomar su puesto entre los que están bajo mis órdenes.
Era un buen krysha, pero me gustaba más en ambientes más intelectuales.
Todo lo que alguna vez le he pedido, lo ha hecho y lo ha hecho bien.
Me vendrá bien tenerlo en mi equipo estos días que nos estamos alineando con los Pecora.
Eso significa que sus enemigos ahora también serán los nuestros y sus problemas, los nuestros.
Si algún día descubro de quién fue la idea de meter a Damon Pecora en nuestro negocio de la droga, le pondré yo mismo una bala en la cabeza.