Votos de sangre CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

CUATRO SEMANAS DESPUÉS

CLARA

La boda es pequeña porque Clara se niega a exhibir su embarazo frente a trescientas personas mientras desconocidos la fotografían desde todos los ángulos.

Vittorio lo considera una exageración.

Adrian le dice que lo aguante.

Se casan en el invernadero de cristal detrás de la finca Vescari, donde rosas de invierno trepan por arcos de hierro y el sol de la tarde tiñe los cristales de oro.

Hay cuarenta y seis invitados.

Clara cuenta dos veces.

Marek está junto a Adrian.

June llora antes de que empiece la ceremonia y lo niega con vehemencia.

Graham acompaña a Clara hasta la mitad del pasillo.

Elias espera cerca del altar.

Ese acuerdo costó tres conversaciones y un portazo.

Clara no está lista para perdonar a su padre.

Puede que no lo esté durante años.

Pero ha sabido más sobre la última semana de Marianne. Hubo dolor. Hubo una petición de no prolongar el sufrimiento. Elias tomó una decisión que nadie más en la familia pudo compartir.

Clara todavía cree que debería habérselo dicho.

Tampoco sabe ya qué habría querido que hiciera.

El duelo se ha vuelto más complicado que la culpa.

Cuando llega hasta Elias, él no la toca de inmediato.

—Te pareces a tu madre.

A Clara le escuecen los ojos.

—No me hagas llorar antes de las fotografías.

Una sonrisa temblorosa.

—No lo haré.

Mira hacia Adrian.

—Me equivoqué en algunas cosas.

—¿Solo en algunas?

—Lo estoy intentando.

Clara asiente.

—Yo también.

Él le ofrece el brazo.

Ella lo toma.

Luego mira hacia el pasillo.

Adrian está esperando.

Traje negro.

Sin corbata porque Clara ha descubierto que las odia y se niega a incomodarlo solo por tradición.

Sus ojos no se apartan de ella.

Todo lo demás en el invernadero se difumina.

Cuando llega hasta él, sonríe tan ampliamente que le duelen las mejillas.

—Viniste —murmura él.

—Consideré huir.

—Cruel.

—Sobre todo porque June eligió unos tacones con los que no puedo caminar.

—La despediré.

—No trabaja para ti.

—Detalles.

El oficiante se aclara la garganta.

Clara se ríe.

Durante los votos, la voz de Adrian se quiebra solo una vez, cuando dice: —Pase lo que pase.

Ella entiende lo que quiere decir.

No solo hijos.

No solo matrimonio.

Sangre.

Familia.

Oscuridad.

Decisiones.

La ardua tarea de convertirse en personas que ninguno de los dos fue criado para ser.

Cuando el oficiante le dice a Adrian que puede besarla, él duda.

Clara levanta una ceja.

—¿Ahora pides permiso?

Cuarenta y seis invitados se ríen.

Adrian sonríe.

Y la besa.

Los aplausos llenan el invernadero.

Su mano se posa protectora sobre la curva apenas visible de su vientre.

Clara la cubre con la suya.

Por primera vez en meses, el futuro se siente más grande que el peligro que lo rodea.

ADRIAN

Cinco meses después, la barriga de Clara parece crecer cada vez que Adrian sale de la habitación.

Le parece sospechoso.

—Estás mirando.

Él levanta la vista.

Clara está tumbada sobre una manta en Griffith Park con una mano bajo la cabeza y la otra descansando sobre los gemelos.

—Estoy evaluando.

—¿Mi barriga?

—Sí.

—No es una amenaza.

—Hay dos personas dentro.

—Correcto.

—Te dan patadas.

—Eso suele considerarse buena señal.

Adrian coloca la palma contra la curva.

Uno de los bebés responde con un golpe firme.

Mira a Clara.

Ella se ríe.

—¿Ves?

—Eso fue agresivo.

—Son tuyos.

—Difamación.

Otra patada.

Adrian se inclina y besa ese punto.

La expresión de Clara se suaviza.

El embarazo la ha cambiado de formas que él esperaba y otras que nunca anticipó.

Llora viendo los anuncios de comida para perros.

Odia el pollo después de las seis de la tarde.

Una vez lo despertó a las dos de la madrugada porque necesitaba una pera, y luego lloró cuando él trajo la variedad equivocada.

Adrian nunca ha sido más feliz.

Aterrorizado, sí.

Pero feliz.

Esta noche Clara lo arrastró a ver la lluvia de meteoros de las Perseidas desde una zona oscura del parque.

Él se quejó del trayecto.

Ella lo ignoró.

Ahora están tumbados bajo un cielo despejado mientras de vez en cuando rayas blancas cruzan por encima del resplandor de la ciudad.

—Ahí.

Clara señala.

Adrian sigue la dirección.

Un meteoro destella.

—¿Valió la pena salir de casa?

—Posiblemente.

—Vaya halago.

Ella se acerca más.

Adrian la sostiene con cuidado.

—Estás encima de mí todo el rato.

—Te caíste la semana pasada.

—Tropecé con Atlas.

—El resultado fue el mismo.

—Estoy embarazada, no soy de porcelana.

—Llevas a mis hijos dentro. Se me permite cierta dosis de locura.

—¿Cierta?

—Es un término relativo.

Se quedan hasta que la lluvia empieza a menguar.

Adrian ayuda a Clara a levantarse pese a sus quejas.

Casi han llegado al todoterreno cuando ella se detiene.

—¿Qué?

—¿Oyes eso?

—No.

Un sonido débil llega de cerca de una fila de contenedores de basura.

Clara se gira.

Adrian le agarra la manga.

—Ni hablar.

—Hay un animal.

—Ya tenemos uno.

—¿Y?

—Pues habrá límites legales, digo yo.

Ella lo ignora.

Cómo no.

Cerca de los contenedores, un gatito asoma desde debajo de un palé de madera roto.

Pelaje negro.

Patas blancas.

Una oreja tiene una muesca irregular.

El rostro de Clara se ablanda al instante.

—No.

Adrian ya sabe que han perdido.

—Míralo.

—Lo estoy mirando.

—Está herido.

—Ya lo veo.

—No podemos dejarlo.

—Podemos llamar a una protectora.

El gatito cojea hacia ellos.

Adrian suspira.

Clara sonríe.

—No.

—No he dicho nada.

Él se agacha.

El gatito se queda paralizado.

—Ven aquí.

Pasan varios minutos.

Al final el animal se acerca lo suficiente para que Adrian lo coja.

No pesa casi nada.

Clara empieza a llorar.

Adrian cierra los ojos.

—Por favor, no.

—Su oreja.

—Lo sé.

—Es diminuto.

—Sí.

—Parece asustado.

—Ahora mismo lo tiene en brazos un desconocido lleno de tatuajes en un aparcamiento.

Clara se ríe entre lágrimas.

El gatito empieza a ronronear.

Adrian baja la mirada.

—Traidor.

Para cuando llegan al coche, el gatito está dormido sobre la tripa de Clara.

Uno de los gemelos da una patada justo debajo de él.

Clara jadea.

Luego se ríe.

El gatito no se despierta.

Adrian la mira desde el asiento del conductor.

—Sabes que se queda.

Clara le acaricia el pelaje blanco de la pata con un dedo.

—Probablemente.

—¿Cómo lo vamos a llamar?

Ella piensa.

Fuera, un último meteoro cruza ardiendo el cielo.

—Comet.

Adrian arranca el motor.

—Cómo no.