Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

—Pensé que me odiarías por haber vuelto a hablarte —dijo ella entonces, más despacio, con una vulnerabilidad que a Ethan le pareció, en aquel momento, absolutamente genuina—.

Pensé que después de todo esto no ibas a querer verme nunca más.

Llevo días sentada aquí, entre exámenes que apenas consigo estudiar, esperando que aparecieras y preparándome, al mismo tiempo, para que no lo hicieras.

—Estuve a punto de no venir —admitió Ethan—. Varias veces, esta semana, decidí que lo mejor era dejarlo así, sin cerrar nada. Pero entonces recordaba tu voz diciendo que seguías aquí, y no conseguía que esas dos palabras dejaran de darme vueltas por la cabeza. Así que aquí estoy.

Ethan no respondió a nada más con palabras.

Se acercó el paso final que los separaba y la besó, con una intensidad que llevaba semanas contenida bajo capas de rabia y confusión y algo más difícil de nombrar, y sintió que ella respondía de inmediato, con la misma urgencia, la urgencia de dos personas que llevaban esperando ese instante mucho antes de saber cómo iba a resolverse todo lo demás.

❖

Valentina había entrado en la biblioteca apenas un minuto antes, buscando un libro que necesitaba devolver antes de que cerraran el mostrador de préstamos, y se detuvo en seco al ver la escena al fondo de la sala: Ethan y Nora, envueltos el uno en el otro entre las estanterías, ajenos a todo lo demás.

Se quedó allí un momento, inmóvil, con el libro todavía apretado contra el pecho, sintiendo algo que ya conocía —la herida seca de un rechazo que había intentado, sin demasiado éxito, dejar atrás— asentándose de nuevo con una familiaridad amarga.

No dijo nada. No hizo ningún gesto que llamara la atención de ninguno de los dos.

Simplemente se dio la vuelta, salió de la biblioteca con el mismo paso firme y controlado con el que entraba en cualquier sala, y se marchó sin que nadie, salvo ella misma, supiera jamás que había estado ahí.

❖

Esa misma noche, ya tarde, Ethan llamó a la puerta de la habitación de Valentina con un nudo en el estómago que no terminaba de deshacerse. Ella abrió al segundo golpe, todavía vestida con la ropa del día, y al verlo allí, de pie en el pasillo, algo se endureció en su expresión de inmediato.

—¿Qué quieres? —preguntó, sin moverse del umbral, sin invitarlo a entrar.

—Hablar contigo. —Ethan se pasó una mano por el pelo, buscando las palabras que llevaba todo el trayecto hasta allí intentando ordenar sin mucho éxito—. Te vi. En la biblioteca. Sé que nos viste a Nora y a mí, y quería explicarte...

—No me debes ninguna explicación. —Su voz sonó cortante, aunque debajo de la dureza Ethan reconoció algo más frágil, algo que ella se esforzaba visiblemente por no dejar traslucir—. Nunca me la debiste, en realidad. Rompiste conmigo hace semanas. Lo que hagas ahora con Nora no es asunto mío.

—Aun así quiero que lo sepas. —Ethan dio un paso, sin llegar a cruzar del todo el umbral—.

Me alejé de ti porque tenía miedo de ponerte en peligro.

Todo lo que estaba pasando con mi padre, con la gente que lo buscaba, con lo peligroso que se estaba volviendo todo a mi alrededor...

no podía arriesgarme a que te pasara algo por mi culpa.

Fue lo único que se me ocurrió para protegerte.

Valentina se cruzó de brazos, y por un momento pareció que iba a cerrar la puerta sin decir nada más. Pero no lo hizo.

—¿Sabes cuál es el problema con eso, Ethan?

—dijo finalmente, con una voz que se había vuelto más baja, más afilada—.

Que nunca me diste la oportunidad de decidir por mí misma.

Decidiste por mí que el riesgo era demasiado grande para que yo lo asumiera, como si yo no tuviera derecho a elegir eso.

Como si mi opinión sobre mi propia vida no contara para nada en esa ecuación.

—Yo solo quería...

—Sé lo que querías. —Lo cortó, con una firmeza que no dejaba espacio para réplicas—.

Y quizás la intención fuera buena, no lo voy a negar.

Pero eso no cambia el hecho de que fui yo quien fue honesta contigo desde el principio, Ethan.

Yo te dejé ver mis inseguridades, mis dudas, todo lo que hay detrás de la fachada que llevo años construyendo para que nadie más las vea.

Y tú, en cambio, te guardaste la mitad de tu vida entera, y cuando las cosas se pusieron difíciles de verdad, decidiste por los dos que lo mejor era desaparecer sin darme ni voz ni voto.

Fui más sincera contigo de lo que he sido con nadie en mi vida, y el resultado fue que me alejaste de todas formas, sin preguntarme nada.

Ethan no encontró ninguna manera de rebatir aquello.

Buscó, durante un instante, alguna palabra que suavizara lo que ella acababa de decir, algo que le devolviera un poco de la conversación, pero no encontró nada, porque en el fondo sabía, con una claridad incómoda, que Valentina tenía toda la razón.

—Fue un error bajar la guardia contigo —añadió ella, en voz más baja, casi para sí misma—. Pensé que merecía la pena arriesgarme, por una vez, con alguien que parecía distinto. Y quizás lo eras. Pero eso no cambia que no te lo merecías, Ethan. No del todo.

—Tienes razón —dijo él finalmente, con la voz reducida a poco más que un susurro—. En todo. No tengo nada que decir que lo arregle.

Valentina lo miró un largo instante, con una expresión que ya no tenía ninguna dureza fingida, solo un cansancio genuino que a Ethan le dolió más que cualquier reproche anterior, y asintió despacio, como quien cierra algo de manera definitiva.

—Ya lo sé —dijo—. Buenas noches, Ethan.

Cerró la puerta sin dar tiempo a ninguna respuesta más, y Ethan se quedó de pie en el pasillo vacío, sabiendo que no había nada que pudiera hacer para que sonara distinto de lo que había sonado.

Se quedó allí varios minutos, mirando la madera cerrada de la puerta, con la sensación extraña de que aquella despedida tenía la textura definitiva de un final absoluto.

Y sin embargo, en algún lugar que no supo nombrar del todo, algo le decía que las personas como Valentina Cross no desaparecían de una vida sin más.

Que en algún momento, de una forma que todavía no podía imaginar, sus caminos volverían a cruzarse.

❖

—Quédate un momento, Ethan. —La voz de Rivera lo detuvo justo cuando el resto de la clase salía en tropel hacia el pasillo, y él se acercó a su mesa con esa vieja sensación de expectación cautelosa que llevaba asociando a aquel despacho desde hacía meses.

Esperó a que la sala quedara vacía antes de hablar, con las manos entrelazadas sobre el escritorio y un gesto que Ethan no le había visto nunca del todo, algo más suave que la autoridad habitual con la que se movía por cada rincón de aquel campus.

—No podía creerme lo que estaba viendo en las noticias —dijo finalmente—.

Las pruebas. Los otros asesinatos, todos esos años atrás.

Sé que te dije, hace tiempo, que en él vi algo genuino, una lealtad que no he vuelto a encontrar en nadie más.

Y no te mentí al decírtelo. Pero durante todos estos años nunca tuve, ni por un solo instante, la sensación de que fuera capaz de algo así. De toda esa magnitud.

—Nadie la tuvo, según parece —respondió Ethan, con una calma que le sorprendió a sí mismo—. Ni siquiera mi madre, durante mucho tiempo.

—Supongo que ese es el tipo de hombre que era —dijo Rivera, más para sí misma que para él, con la mirada perdida un instante en algún punto detrás de Ethan—.

El que consigue que nadie vea lo que hay debajo hasta que ya es demasiado tarde para que importe.

He pasado veinticuatro años preguntándome si fui simplemente ingenua, o si de verdad había algo ahí que después se torció, y he terminado por aceptar que probablemente nunca voy a tener una respuesta que me deje del todo tranquila.

—¿Se arrepiente de no haber hecho más preguntas entonces?

Rivera se lo pensó un momento, con una honestidad poco habitual en ella, la misma que Ethan había aprendido a reconocer como el instante en que la profesora dejaba, por un segundo, que la mujer que había debajo asomara por completo.

—Me arrepiento de muchas cosas de aquella época —dijo—, aunque no todas tienen que ver con tu padre.

Pero no, Ethan, no creo que hubiera cambiado nada haber preguntado más.

Algunas personas deciden quiénes van a ser mucho antes de que el resto del mundo tenga ocasión de intervenir.

—Hizo una pausa breve, casi imperceptible—.

Espero que tú no seas una de ellas. Tienes el apellido, pero no tienes por qué tener el resto.

—Lo intento —respondió Ethan, con una sinceridad que no esperaba de sí mismo—. Cada día un poco.

—Es lo único que se puede pedir. —Rivera se levantó, dando por terminada la conversación con la misma autoridad tranquila con la que daba por terminada cualquier clase, aunque algo en su gesto, al acompañarlo hasta la puerta, se demoró más de lo estrictamente necesario—.

Gracias por contarme lo que averiguaste, en su momento.

Me ayudó a cerrar algo que llevaba mucho tiempo abierto, aunque el cierre no fuera el que esperaba.

—Gracias a usted. Por contarme lo que recordaba de él. Me ayudó también, aunque las cosas hayan terminado así.

—Me alegro de haber podido darte algo —respondió Rivera, con una sonrisa breve y cansada, la sonrisa de alguien que ha decidido, después de mucho tiempo, no seguir preguntándose qué habría pasado si las cosas hubieran sido de otra manera—. Cuídate, Ethan. Eso es todo lo que tengo que decirte hoy.

❖

Encontró a Yuki en el pasillo junto al aula de Economía, y ella se detuvo en cuanto lo vio, con una expresión cerrada que Ethan reconoció de inmediato como la misma dureza contenida de la última vez que habían hablado.

—Necesito decirte algo —empezó él, antes de que ella pudiera darse la vuelta.