CAPÍTULO 8 #3
—No me insultes fingiendo que no lo sabes.
—La voz de Volkov se endureció, aunque su expresión permaneció tan inalterable como siempre, un contraste que resultaba más perturbador que cualquier estallido de rabia—.
Joe siempre fue el más débil de los dos, el que nunca tuvo estómago para hacer lo que había que hacer cuando había que hacerlo.
Pero su hija ha demostrado tener más recursos de los que él tuvo nunca.
Sabía exactamente lo que hacía cuando decidió acercarse a ti.
—¿Qué quiere decir eso?
Volkov no respondió directamente. Se limitó a mirarlo, con una calma que a Ethan le resultó insoportable, y cuando volvió a hablar, lo hizo con una lentitud deliberada, cada palabra pesada como una amenaza envuelta en la ropa de una simple afirmación.
—Esto no ha acabado —dijo—. Ni para mí, ni para ti. Os vais a arrepentir de esto, hijo. Todos vosotros. Puede que no hoy, puede que no este año. Pero llegará el momento.
—Eso es exactamente lo que Nora dijo que harías —replicó Ethan, con una amargura que le sorprendió a sí mismo—. Que no ibas a dar ninguna explicación real. Que ibas a esconderte detrás de amenazas en lugar de responder por lo que hiciste.
—Nora. —Volkov repitió el nombre con un desdén casi curioso, como si probara el sabor de una palabra extraña—. Así que sigues llamándola por su nombre, después de todo lo que sabes. Interesante.
Lo miró entonces, en silencio, con una atención minuciosa que a Ethan le hizo sentir, por primera vez desde que había entrado en aquella sala, que estaba siendo examinado bajo un microscopio: su padre catalogaba cada gesto, cada palabra, cada reacción, con la fría meticulosidad de quien estudia a un desconocido cualquiera.
—Creo que ya he oído suficiente —dijo Ethan finalmente, con la voz temblando pese al esfuerzo por sostenerla firme, y empezó a levantarse.
Volkov ladeó la cabeza, estudiándolo como quien examina un trabajo a medio terminar.
—Todavía no lo entiendes —dijo—. Pero lo harás.
Ethan se quedó paralizado, con la mano ya apoyada en el borde de la mesa, sin saber qué responder a aquellas seis palabras que no explicaban nada y que sin embargo se le clavaron en el pecho con una precisión que no supo nombrar.
Colgó el teléfono sin decir nada más, y salió de la sala de visitas sintiendo la mirada de su padre clavada en la espalda hasta que la puerta se cerró detrás de él.
❖
El trayecto de vuelta a casa, con Irina conduciendo en silencio a su lado, se convirtió en el espacio donde Ethan terminó por asentar, con una claridad que no había sentido hasta entonces, algo que llevaba semanas resistiéndose a admitir del todo: Nora tenía razón.
No en la manera fría y calculada en que su padre había hablado de ella, reduciéndola a una pieza más de un juego que solo él parecía capaz de ver completo, sino en lo esencial, en aquello que había intentado decirle en el invernadero antes de que él insistiera en intentarlo de todas formas.
Su padre no era un hombre al que se pudiera alcanzar con palabras.
No había ninguna conversación posible que hubiera cambiado nada, ninguna versión de aquel encuentro en la que Ethan hubiera conseguido arrancarle una explicación real, algo que se pareciera, aunque fuera remotamente, a un padre.
Nora lo había sabido desde el principio.
Y aunque la manera en que había actuado —a sus espaldas, sin dejarle decidir por sí mismo— seguía doliendo, seguía siendo, de alguna forma, una traición pequeña dentro de la traición más grande que ya conocía, Ethan entendió, mirando por la ventanilla los campos oscureciéndose al final de la tarde, que ella lo había hecho, a su manera torcida y calculadora, para protegerlo de aquello mismo: de la futilidad completa de buscar en su padre algo que nunca había estado ahí.
❖
Volvió a Voss Academy una semana después, hacia el final del curso, con los exámenes finales ya asomando en el calendario y una sensación de extrañeza que lo acompañó desde el mismo instante en que cruzó la verja principal del campus.
No tardó en notar las miradas —de reojo primero, casi disimuladas, y después cada vez más abiertas, murmullos que se apagaban en cuanto él se acercaba a algún grupo y volvían a levantarse en cuanto pasaba de largo— y comprendió, con un nudo incómodo en el pecho, que su ausencia no había pasado desapercibida para nadie.
—Todo el campus lo sabe —le confirmó Derek esa misma tarde, sentado frente a él en su habitación con una expresión que oscilaba entre la preocupación genuina y una especie de disculpa anticipada por tener que ser quien se lo contara—.
Salió en las noticias con nombre y apellido, Ethan.
Lo del arresto, lo de los asesinatos antiguos, lo de la conexión con la mafia rusa.
Y claro, en cuanto alguien conectó el apellido Volkov con el tuyo, aquí no se ha hablado de otra cosa.
—¿Qué dicen exactamente?
—De todo. —Derek se pasó una mano por el pelo, incómodo—.
Que tu padre mató a un alumno de su propia promoción.
Que hubo más muertes antes de esa. Que llevaba años prófugo.
La gente añade cosas, también, cosas que no sé si son ciertas o simplemente lo que a cada uno le apetece creer.
Pero el núcleo de la historia está ahí fuera, y no hay manera de que puedas fingir que no lo está.
Ethan asintió, sin sorprenderse del todo, aunque el peso concreto de saber que todo el campus lo miraba ahora como el hijo del asesino resultara más difícil de sobrellevar de lo que había anticipado desde la distancia relativa de su casa.
—¿Y tú? —preguntó, casi sin querer—. ¿Qué piensas tú de todo esto?
—Pienso que sigues siendo el mismo tío que ha compartido habitación conmigo todo el año —respondió Derek, sin ninguna vacilación—. Y que nadie elige a su familia, Ethan. Nadie te va a oír decir lo contrario por mi parte.
Aquella respuesta, sencilla y sin adornos, le dio a Ethan más fuerza de la que habría sabido explicar para enfrentarse al resto de aquella primera tarde de vuelta.
❖
Fue al invernadero primero, casi por instinto, siguiendo el camino que sus pies conocían de memoria desde hacía meses sin que su mente tuviera que intervenir en la decisión.
Pero el invernadero estaba vacío cuando llegó, con la misma luz sucia de siempre filtrándose entre los cristales polvorientos y ningún rastro de Nora en el suelo junto a la mesa de piedra donde solía sentarse.
La encontró finalmente en la biblioteca, en una de las mesas del fondo, rodeada de apuntes y libros de texto abiertos en varias páginas a la vez, con el pelo suelto cayéndole sobre los hombros y una concentración absoluta en el gesto que Ethan reconoció de inmediato, aunque hacía semanas que no la veía.
Se quedó un momento en la entrada, observándola sin que ella lo notara todavía, sintiendo el peso de todo lo que había ocurrido desde la última vez que se habían visto asentarse de golpe en su pecho.
Un murmullo se elevó entre un par de mesas cercanas —dos alumnos que Ethan no conocía, bajando la voz de manera poco convincente en cuanto lo vieron entrar— y aquel sonido, tan pequeño y sin embargo tan cargado de todo lo que significaba, hizo que Nora levantara la vista de sus apuntes.
Sus miradas se cruzaron a través de la distancia de la biblioteca, y Ethan vio, con una claridad que le sorprendió, que en la expresión de Nora no había nada parecido a la sorpresa que habría esperado, ni tampoco la cautela defensiva con la que quizás se había preparado para recibirlo si es que él llegaba a aparecer.
Había algo más simple que eso, algo que se parecía, sobre todo, a una comprensión silenciosa y sin exigencias, como si llevara toda esa semana entendiendo, sin necesidad de que él se lo confirmara, exactamente lo que aquella visita a su padre habría terminado por revelarle.
Ethan cruzó la sala sin decir nada, sorteando mesas y sillas con una determinación que no le dejaba espacio para dudar, y cuando llegó junto a ella, Nora ya se había puesto de pie, con los apuntes olvidados sobre la mesa detrás de ella.
—Fui a verlo —dijo Ethan, en voz baja, aunque en aquella biblioteca silenciosa las palabras sonaron más fuertes de lo que pretendía—.
A mi padre. Tenías razón, Nora. En todo.
No había ninguna conversación que fuera a cambiar nada.
No había ningún padre esperándome detrás de todo esto, solo... eso. Solo lo que él es.
—Lo sé —respondió ella, con una suavidad que Ethan no le había oído nunca hasta entonces—. Y lo siento, de verdad que lo siento, aunque volvería a hacer lo mismo. Pero siento que hayas tenido que descubrirlo así, tú solo.
—No estuve solo del todo. —Ethan se apoyó contra la mesa que tenía detrás, sintiendo de pronto el cansancio acumulado de aquella semana entera—. Mi madre estuvo conmigo cada día. Y no he dejado de pensar en ti ni una sola vez, aunque durante un tiempo no supiera qué hacer con eso.
—¿Y ahora lo sabes? —preguntó ella, con una cautela que no era propia de la seguridad con la que solía hablarle siempre.
—No del todo. —Fue sincero, porque le pareció que ella se merecía, al menos, esa honestidad—.
Pero he tenido una semana entera para darle vueltas, Nora.
Para enfadarme contigo, para intentar entender por qué lo hiciste, para imaginarme todas las versiones posibles de esa conversación con mi padre que nunca voy a poder tener.
Y al final de todo eso sigo llegando al mismo sitio: que tenías razón.
Que me habrías ahorrado mucho dolor si me hubiera fiado de ti desde el principio, en lugar de necesitar comprobarlo yo mismo de la manera más difícil posible.