Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Durante dieciséis años he tenido una versión de esta conversación preparada en mi cabeza —continuó Irina, con una voz que temblaba apenas—.

La he ensayado de mil maneras distintas, sentada aquí mismo, algunas noches en que no podía dormir.

Y en todas esas versiones, siempre encontraba la manera perfecta de explicarte por qué nunca te lo dije.

Pero ahora que por fin ha llegado el momento, me doy cuenta de que no existe esa manera perfecta.

Solo existe la verdad, que es mucho más simple y mucho menos elegante de lo que había imaginado durante todos estos años: tenía miedo, Ethan.

Un miedo constante, agotador, que se instalaba en mí cada mañana antes incluso de que abriera los ojos del todo.

Miedo de que si te contaba quién era tu padre, algo en ti cambiara para siempre.

Que dejaras de ser el niño que eras. Que empezaras a mirarte a ti mismo con la misma sospecha con la que yo llevaba mirando a tu padre desde que descubrí la verdad.

—Nunca habría cambiado nada de lo que siento por ti, mamá.

—Lo sé ahora. —Una sonrisa pequeña y triste le cruzó la cara—.

Pero no lo sabía entonces, y ese miedo se fue convirtiendo, con los años, en un hábito tan arraigado que dejé de cuestionarlo del todo.

Cada vez que se presentaba la ocasión de contártelo —y se presentó más de una vez, Ethan, créeme, hubo noches en que estuve a punto—, encontraba una razón nueva para posponerlo.

Eras demasiado pequeño. Luego eras demasiado joven.

Luego tenías exámenes, o un disgusto con algún amigo, o simplemente parecías feliz, y no soportaba la idea de ser yo quien te quitara esa felicidad con mis propias manos.

Así que seguí callando, año tras año, hasta que el silencio se convirtió en algo tan grande que ya no sabía ni por dónde empezar a desmontarlo.

Ethan alargó la mano por encima de la mesa y cubrió la de su madre con la suya, sintiendo bajo los dedos la piel fina y fría de alguien que llevaba media vida cargando con un peso que nunca había compartido con nadie.

—Y ahora, viéndote lidiar con todo esto tú solo, allá en ese campus, sin nadie que te preparara para lo que ibas a encontrar —siguió Irina, con la voz quebrándose por fin del todo—, entiendo que mi silencio no te protegió de nada, Ethan.

Solo te dejó descubrirlo a trozos, sin nadie a tu lado que te ayudara a entenderlo mientras pasaba.

Y eso es algo que voy a tener que perdonarme a mí misma durante mucho tiempo, si es que llego a conseguirlo alguna vez.

—Te perdono, mamá. —Lo dijo sin dudarlo, con una certeza que le sorprendió a él mismo—. No necesito tiempo para eso. Sé por qué lo hiciste. Sé que todo lo que has hecho en tu vida ha sido por mí, incluso esto.

Irina cerró los ojos un instante, dejando que unas lágrimas silenciosas le resbalaran por las mejillas sin hacer ningún esfuerzo por contenerlas, y cuando volvió a abrirlos, algo en su expresión parecía, después de mucho tiempo, un poco más ligero.

—Gracias —susurró—. No sabes lo que significa oírte decir eso.

❖

Las semanas que siguieron transcurrieron con una lentitud extraña, suspendidas entre dos vidas que Ethan no sabía todavía cómo reconciliar.

Volvió a algunas rutinas antiguas del pueblo —el café en la esquina donde solía desayunar antes de irse a Voss, algún paseo sin rumbo por calles que conocía de memoria desde niño— sin que ninguna de ellas terminara de encajar del todo, como ropa vieja que ya no le sentaba igual de bien que antes.

Habló con Derek casi a diario, mensajes cortos que no exigían nada más allá de saber que el otro seguía ahí.

No respondió a los pocos intentos de Nora por escribirle, no porque hubiera decidido nada de manera definitiva, sino porque cada vez que veía su nombre en la pantalla, algo en su pecho se cerraba antes de que pudiera decidir qué sentir al respecto, y prefería no forzar una respuesta que todavía no tenía.

Fue durante esas semanas, en las conversaciones tranquilas con su madre por las tardes, en los silencios compartidos que ya no pesaban tanto como antes, cuando Ethan sintió que algo empezaba a asentarse dentro de él, no una respuesta completa a todo lo que había descubierto, pero sí al menos el espacio necesario para empezar a hacerse las preguntas correctas.

Una de esas tardes, sin habérselo propuesto conscientemente, se encontró a sí mismo buscando en internet el nombre del centro de detención donde su padre esperaba juicio.

❖

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Irina, dos días después, con las llaves del coche todavía en la mano y una expresión que combinaba la preocupación con algo parecido a la resignación de quien ya sabe que no va a conseguir hacer cambiar de opinión a su hijo.

—No —admitió Ethan—. No estoy seguro en absoluto. Pero necesito verlo, mamá. Necesito hacerlo con mis propios ojos, aunque no consiga sacar nada en claro. Si no lo intento ahora, sé que me perseguirá el resto de mi vida no haberlo hecho.

Irina lo miró un largo instante, y algo en su rostro se suavizó, como si reconociera en aquella determinación algo de sí misma.

—Te llevaré yo —dijo finalmente—. Pero entrarás solo. Eso es algo que tienes que hacer tú, sin que yo esté delante.

❖

El centro de detención era un edificio bajo y gris, rodeado de una doble valla metálica que a Ethan le pareció, mientras cruzaba el aparcamiento con las piernas más pesadas de lo que recordaba haberlas sentido nunca, absurdamente ordinario para contener a un hombre del que llevaba meses oyendo hablar en términos que pertenecían más al territorio del mito que al de la realidad.

Pasó por el registro, entregó su documentación, esperó en una sala de espera con sillas de plástico atornilladas al suelo, y cuando finalmente un funcionario lo condujo hasta la sala de visitas —un espacio estrecho dividido por un cristal grueso, con teléfonos anticuados colgados a ambos lados— sintió que el corazón le latía con una fuerza que le costaba disimular.

Su padre entró unos minutos después, escoltado por un guardia, y Ethan se descubrió, en aquel primer instante, incapaz de apartar la vista.

No era el monstruo de las historias que había ido reconstruyendo pieza a pieza desde el otoño anterior, ni tampoco el hombre imponente y aterrador que su imaginación había ido moldeando durante las noches en vela.

Era, sencillamente, un hombre de mediana edad, de rasgos afilados que Ethan reconoció, con una punzada incómoda, como un eco distante de los suyos propios, vestido con el uniforme gris reglamentario del centro, con una serenidad tan absoluta en el rostro que resultaba, de alguna manera, más inquietante que cualquier gesto de violencia habría podido serlo.

Se sentó al otro lado del cristal con un movimiento pausado, cogió el teléfono con la misma parsimonia con la que un hombre cualquiera podría coger una taza de café, y miró a Ethan durante un largo instante antes de decir nada, como si estuviera evaluando una pieza en un tablero que solo él podía ver por completo.

—Viniste —dijo finalmente, con una voz grave y sin inflexión, la voz de alguien acostumbrado a que las palabras que pronuncia tengan siempre el peso que él decide darles.

—Vine —respondió Ethan, cogiendo el teléfono de su lado del cristal con una mano que no terminaba de estar firme.

—No esperaba que lo hicieras. —Algo parecido a una sonrisa, aunque sin ninguna calidez detrás, le cruzó la cara—. Aunque tampoco puedo decir que me sorprenda del todo. Siempre tuviste algo de curioso. Lo llevas en la sangre, aunque no lo sepas.

—Necesito preguntas. —La voz de Ethan sonó más firme de lo que esperaba, aunque por dentro sentía que todo se tambaleaba—. Necesito que me digas por qué. Por qué toda esa gente. Por qué nosotros, mamá y yo, si de verdad llegaste a sentir algo por ella alguna vez.

Volkov se recostó en su silla, con una lentitud calculada, y durante un momento no dijo nada, dejando que el silencio se extendiera entre los dos con una densidad que a Ethan le pareció deliberada, una herramienta más de las muchas que aquel hombre había aprendido a usar a lo largo de una vida entera construida sobre el control absoluto de cada instante.

—Hice lo que había que hacer —dijo finalmente, con una simplicidad que resultó, de alguna manera, más brutal que cualquier justificación elaborada habría podido serlo—.

El mundo en el que crecí no deja demasiado espacio para la elección, hijo.

Tú has tenido el lujo de crecer sin esa clase de necesidad.

No esperes que te ofrezca ningún arrepentimiento por decisiones que tomé cuando tú ni siquiera existías todavía.

—¿Y nosotros? —insistió Ethan, con la garganta cerrándose alrededor de cada palabra—. ¿Éramos reales para ti? ¿O solo estabas jugando un papel, esperando el momento de dejarlo?

Por un instante brevísimo algo se movió en la expresión de Volkov, tan rápido que Ethan no habría podido jurar después si de verdad lo había visto: una sombra, quizás, de algo que en otro hombre habría podido llamarse ternura.

Pero se borró casi antes de asentarse, sustituida de nuevo por la misma serenidad impasible de antes.

—Eso ya no importa —dijo, con una frialdad que cerró la pregunta de Ethan como una puerta de acero—. Lo que importa ahora es que estoy aquí por culpa de dos personas concretas. Tú, por supuesto. —Su mirada se endureció—. Y la hija de Joe Hart.

Aquel nombre pronunciado con tanto desprecio, aquella manera deliberada de nombrar a Nora sin nombrarla del todo, la reducía a una extensión más del tablero de ajedrez en el que su padre parecía seguir viviendo incluso desde detrás de un cristal blindado.

—Ella no tuvo nada que ver con...