Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

DECISIONES

—No voy a pedirte perdón. —Nora seguía sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el regazo, exactamente en la misma postura en que él la había encontrado, como si en todo ese tiempo —minutos, quizás más, Ethan había perdido la cuenta— no se hubiera movido un solo centímetro—.

Sé que es lo que esperas de mí. Sé que es lo que se supone que tendría que decir ahora.

Pero no lo voy a decir, porque no lo siento, y odiaría más mentirte sobre esto que dejarte enfadado conmigo el resto de tu vida.

—¿Que no lo sientes? —La voz de Ethan salió más rota de lo que pretendía, un hilo tenso a punto de partirse—.

Nora, me arrebataste la única oportunidad que iba a tener de hablar con mi padre cara a cara.

Dieciséis años esperando esa conversación, y tú decidiste, sin decírmelo, sin preguntármelo, que yo no tenía derecho a tenerla.

—Era algo que había que hacer. —Lo dijo sin levantar la voz, con una calma que a Ethan le resultó, en aquel momento, más insoportable que cualquier grito—.

Y volvería a hacerlo, Ethan. Eso es lo que necesito que entiendas, aunque te duela oírlo.

No lo hice porque disfrutara mintiéndote.

Lo hice porque conozco a mi padre, y conozco lo que era el tuyo, y sabía —lo sabía con una certeza que no me ha abandonado en ningún momento— que ibas a esa conversación buscando algo que él no te iba a dar nunca.

Una explicación que tuviera sentido. Un padre que, en el fondo, todavía fuera rescatable.

—Eso no era tu decisión.

—No. —Algo cruzó el rostro de Nora entonces, la primera grieta real que Ethan le veía desde que había entrado en la habitación, aunque desapareció casi tan rápido como había llegado—.

No lo era. Y aun así la tomé, porque prefería que me odiaras a ti vivo antes que verte destrozado por una conversación que no iba a darte nada de lo que necesitabas.

—Mi padre habría podido decirme la verdad. Habría podido...

—Tu padre no le dio la verdad ni a su mejor amigo.

—La interrupción llegó con una firmeza que dejó a Ethan momentáneamente sin palabras—.

Mi padre, Ethan. Joe. Fueron amigos desde niños, crecieron juntos, se conocían mejor que nadie en este mundo, y aun así mi padre pasó años intentando desviarlo de aquel camino sin conseguir absolutamente nada.

Se lo dijo de todas las maneras posibles.

Le suplicó. Le amenazó con dejar de hablarle.

Nada funcionó, porque cuando alguien ya ha decidido quién quiere ser, no hay conversación en el mundo capaz de cambiarlo.

Ni siquiera la de un hermano. Y tú, que apenas lo conoces, que nunca has cruzado una sola palabra con él en dieciséis años, ¿de verdad crees que tú habrías conseguido lo que mi padre no pudo?

Ethan no respondió. No porque no tuviera nada que decir, sino porque en algún rincón de su pecho, uno que llevaba resistiéndose desde el instante mismo en que había cruzado aquella puerta, sabía que ella tenía razón, y odiaba saberlo con la misma intensidad con la que odiaba haber perdido la oportunidad de comprobarlo por sí mismo.

—Necesitaba intentarlo —dijo finalmente, con la voz reducida a poco más que un susurro—. Aunque no hubiera servido de nada. Necesitaba ser yo quien lo intentara, y no tú quien decidiera por mí que no merecía la pena.

Nora se levantó despacio, y por un momento Ethan pensó que iba a acercarse, a buscar algún tipo de contacto que suavizara lo que fuera que quedaba entre los dos, pero se quedó donde estaba, a un par de pasos de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho, como buscando en ellos un punto de apoyo.

—Sigo aquí —dijo, en voz baja—. Después de todo esto. Sigo aquí, Ethan.

Él la miró un largo instante, sintiendo el peso de aquellas tres palabras suspendido en el aire entre los dos, sin saber todavía qué hacer con ellas, sin encontrar en sí mismo ni la certeza de aceptarlas ni la fuerza de rechazarlas.

Así que no dijo nada. Se dio la vuelta, cogió la bolsa que ya tenía medio hecha desde la noche anterior sin haber terminado de admitirse a sí mismo por qué la estaba haciendo, y salió de la habitación dejando la puerta abierta detrás de él —ni cerrada del todo, ni sostenida— de la misma manera exacta en que dejaba, sin saberlo aún, la pregunta que Nora acababa de plantearle.

❖

El autobús salió de la estación de Voss poco después de las siete de la mañana, con apenas media docena de pasajeros dispersos entre los asientos y una luz gris de amanecer de invierno filtrándose por las ventanillas sucias.

Ethan se sentó junto a una ventana, con la bolsa en el asiento contiguo como si aquel gesto pudiera de alguna manera protegerlo de la posibilidad de que alguien se sentara a su lado y le hablara, y pasó las primeras horas del trayecto sin ver realmente el paisaje que se deslizaba fuera, campos pardos y postes eléctricos y pueblos pequeños que aparecían y desaparecían con la misma indiferencia con la que aparecían y desaparecían sus propios pensamientos.

No lloró. Le habría gustado, en cierto modo, que las cosas fueran tan simples como para permitirle llorar, porque el llanto al menos tenía una forma reconocible, un principio y un final, algo que uno podía atravesar y dejar atrás.

Lo que sentía Ethan durante aquellas horas era distinto: un vacío raro y denso; el suelo sobre el que llevaba dieciséis años sosteniéndose sin saberlo parecía habérsele retirado sin previo aviso, y todavía no había tenido tiempo de comprobar si había algo debajo que lo sujetara.

Pensó en su padre, al que todavía no había visto, ni siquiera desde lejos, ni en una fotografía reciente.

Pensó en Irina, en la voz quebrada al otro lado del teléfono la noche anterior.

Y pensó, contra toda lógica, en Nora sentada en el borde de su cama, con las manos entrelazadas y una honestidad tan cruda que dolía más que cualquier mentira que le hubiera dicho antes.

Sigo aquí. Le dio vueltas a esas dos palabras durante buena parte del trayecto, sin llegar a ninguna conclusión que se sostuviera más de unos minutos antes de desmoronarse bajo el peso de la siguiente.

En algún momento, en torno a la mitad del viaje, Derek le escribió un mensaje breve, sin hacer preguntas: Avísame si necesitas algo.

Estoy aquí. Ethan lo leyó dos veces y no encontró fuerzas para responder nada más allá de un escueto Gracias , aunque agradeció, más de lo que habría sabido explicar, que alguien en aquel momento no le exigiera nada más que eso.

El autobús llegó a su destino pasado el mediodía, y Ethan bajó con las piernas entumecidas y la cabeza todavía llena de aquel mismo vacío gris, sin saber muy bien, hasta que vio la silueta familiar de su calle apareciendo al final del trayecto en taxi, cuánto necesitaba en realidad llegar a casa.

❖

Irina estaba esperándolo en la puerta antes incluso de que él hubiera terminado de pagar el taxi, como si hubiera calculado su llegada al minuto exacto, y en cuanto Ethan bajó del coche con la bolsa colgada de un hombro, ella cruzó el jardín pequeño de la entrada con una velocidad que no era propia de su manera habitual, siempre contenida, de moverse por el mundo.

Lo abrazó antes de que ninguno de los dos dijera una sola palabra, con una fuerza que Ethan no recordaba haber sentido en ella desde que era mucho más pequeño, y él se dejó abrazar sin oponer ninguna resistencia, sintiendo cómo algo dentro de su pecho, algo que llevaba días —semanas, quizás más— tensado hasta un punto insostenible, empezaba por fin a aflojarse un poco contra el hombro de su madre.

—Estás aquí —dijo ella, con la voz húmeda contra su oído—. Estás aquí, y estás bien. Eso es lo único que me importaba.

—Estoy bien, mamá. —No era del todo cierto, y ambos lo sabían, pero Ethan lo dijo de todas formas, porque en aquel instante concreto, con los brazos de Irina rodeándolo con aquella fuerza desesperada, parecía la única verdad que merecía la pena pronunciar en voz alta.

Se quedaron así un rato largo, en medio del jardín, sin que ninguno de los dos hiciera ademán de moverse hacia la casa, hasta que Irina se apartó lo justo para mirarlo a la cara, con las manos todavía sobre sus hombros, sin apenas creerse todavía que aquello fuera real.

—Entra —dijo finalmente—. Hace frío aquí fuera, y tienes cara de necesitar algo caliente y un sitio donde sentarte.

Cenaron esa noche casi en silencio, un silencio que no resultaba incómodo sino más bien necesario, como si ambos supieran que había una conversación pendiente entre los dos que ninguno estaba todavía preparado para empezar.

Fue después, ya tarde, con los platos recogidos y las dos tazas de té enfriándose despacio sobre la mesa de la cocina, cuando Irina retomó, sin que él se lo pidiera, lo que había empezado a contarle por teléfono la noche anterior.

—Sé que ya te expliqué por teléfono lo que pasó —dijo, con las manos rodeando su propia taza, aferrada a ella como a un punto fijo—. Los hechos, al menos. Pero hay algo más que necesito decirte, ahora que estás aquí de verdad, delante de mí, y no al otro lado de una línea de teléfono.

Ethan levantó la vista, esperando.