CAPÍTULO 7 #3
A medio camino, cruzando el pasillo lateral que conectaba los edificios de residencias con el ala administrativa, se topó con Elena de frente, sin ningún aviso previo.
El pasillo estaba prácticamente vacío a aquella hora, y durante un instante ninguno de los dos supo bien qué hacer con la distancia que se había instalado entre ellos desde la ruptura, ni con la costumbre, todavía reciente, de buscarse mutuamente en cualquier pasillo del campus.
Ninguno de los dos llegó a detenerse. Ella lo miró brevemente, con una expresión que ya no contenía la rabia de los días anteriores sino algo más parecido a una tristeza cansada, la misma con la que Ethan la había visto cruzar el comedor las últimas semanas, y él le sostuvo la mirada el tiempo justo para que ambos supieran que el otro seguía ahí, presente, sin que hiciera falta ninguna palabra para confirmarlo.
Pensó, durante el segundo escaso que duró aquel cruce, en el banco junto a la fuente, en las dos horas de la primera semana hablando de todo menos de ellos mismos.
Siguieron caminando en direcciones opuestas sin decir nada.
❖
El despacho de Rivera olía, como siempre, a papel viejo y madera encerada, y ella lo recibió con una mirada que evaluó su estado antes incluso de que él terminara de sentarse.
—Necesito que me hables de mi padre —dijo Ethan, sin rodeos—. No de lo que hizo. De cómo era. De verdad.
Rivera se recostó en su silla, entrelazando los dedos sobre el regazo con una quietud deliberada, del tipo que solo se practica durante años para disimular justo lo contrario.
—Ya te he contado lo que puedo contarte —dijo, con una suavidad poco habitual en ella—.
Nunca creí que fuera capaz de aquello. Hasta hoy sigo sin tener nada físico, ninguna prueba propia, que me convenza del todo de lo contrario.
Puede que eso te parezca ingenuo, viniendo de alguien que ha tenido dieciséis años para reconsiderarlo.
—No me parece ingenuo. —Ethan se pasó una mano por la cara, cansado—. Me parece que quizás eres la única persona que todavía cree que puede haber algo rescatable en él. Y necesito aferrarme a eso, aunque sea solo un poco, antes de decidir qué hacer.
—¿Qué es lo que tienes que decidir, exactamente?
Ethan dudó un instante, sin llegar a mencionar el paradero, sin mencionar tampoco las pruebas de ADN ni las iniciales que llevaban días atormentándolo.
—Si voy a intentar hablar con él —dijo finalmente—. Cara a cara. Antes de que sea demasiado tarde para hacerlo de cualquier otra manera.
Algo pareció detenerse en el rostro de Rivera, una quietud que a Ethan le recordó, sin saber muy bien por qué, a la misma quietud que había visto en ella la primera vez que le mostró la fotografía de su padre.
—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?
—No estoy seguro de nada. —Ethan se pasó las manos por la cara, sintiendo el cansancio acumulado de días enteros sin dormir del todo—.
Todo el mundo me dice que es un monstruo.
El padre de Elena me lo dijo mirándome a los ojos, con dieciséis años de pruebas detrás de esas palabras.
Y una parte de mí le cree, Rivera. Le cree completamente.
Pero hay otra parte, más pequeña, más terca, que sigue necesitando oírselo decir a él.
Necesito que sea él quien me mire a la cara y me diga qué es lo que hizo, y por qué.
No puedo construir el resto de mi vida sobre lo que otras personas me han contado de él.
—Eso es comprensible. —Rivera se recostó en su silla, con la mirada perdida un momento en algún punto más allá del hombro de Ethan—.
Yo también he pasado años queriendo esa misma conversación, aunque nunca la haya tenido.
Hay una parte de perder a alguien de esa manera, sin explicación, sin cierre, que se queda abierta para siempre si no se llega a cerrar de algún modo.
—¿Tú lo harías? Si pudieras.
Rivera se quedó pensando un largo momento, con una honestidad que Ethan agradeció más que cualquier respuesta fácil habría podido merecer.
—No lo sé —dijo finalmente—. Y creo que esa es la respuesta más sincera que puedo darte. Nunca he tenido que tomar esa decisión de verdad, así que no puedo prometerte que la valentía que imagino que tendría sea la misma que tendría si de verdad estuviera delante de él.
Se quedaron un momento en silencio, y algo en la expresión de Rivera, en la manera en que su mirada volvía a perderse un instante más allá del hombro de Ethan, le hizo pensar a él que quizás ella también estaba, en aquel preciso instante, imaginándose una conversación que nunca había tenido.
—No puedo decirte qué hacer, Ethan. —Su voz sonó más suave de lo habitual—.
Pero puedo decirte lo que vi en él hace veinticuatro años, aunque haya aprendido a desconfiar de mi propio criterio desde entonces.
Vi a alguien capaz de generar una lealtad que no he vuelto a ver en nadie más.
Vi a alguien que, bajo toda esa intensidad que asustaba a la mayoría, parecía guardar algo genuino.
No sé si eso sigue siendo verdad. No sé si alguna vez lo fue del todo.
Pero si necesitas una razón para intentarlo, ahí la tienes, para lo que valga.
Ethan salió de aquel despacho con una determinación más firme que la que había entrado, la decisión ya tomada en algún punto de la conversación sin que él supiera exactamente cuál: iba a intentarlo.
Iba a hablar con su padre cara a cara, antes de decidir qué hacer con aquel papel que llevaba días quemándole el bolsillo.
❖
Esa noche, incapaz de conciliar el sueño con la decisión ya tomada resonándole en el pecho, Ethan salió de su habitación y caminó hasta uno de los rincones más tranquilos del campus, un banco apartado cerca de la fuente vieja donde nadie solía pasar a aquellas horas.
El aire de la noche le mordió la cara nada más salir, un frío seco de finales de invierno que se le metió bajo la chaqueta y le hizo lamentar, brevemente, no haber cogido algo más de abrigo, aunque no volvió atrás a por ello.
Se sentó en el borde helado del banco, sintiendo la piedra traspasarle el frío a través del pantalón, con la fuente apagada y silenciosa detrás de él, y marcó el número de su madre antes de que el valor pudiera abandonarlo.
Irina contestó al tercer tono, con esa voz cálida y ligeramente cansada que Ethan reconocería siempre entre cualquier otra.
—Ethan, cariño, ¿va todo bien? Es tarde para que llames a estas horas.
—Lo sé todo, mamá.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea, un silencio tan largo y tan denso que Ethan llegó a preguntarse, durante un instante interminable, si la llamada se había cortado. Se apartó el teléfono de la oreja un segundo, comprobando la pantalla, y volvió a acercárselo con el pulso acelerado.
—¿Mamá? ¿Sigues ahí?
—Aquí estoy —dijo ella finalmente, y algo en su voz había cambiado por completo, la calidez de un momento antes reemplazada por una cautela que Ethan reconoció enseguida, con una tristeza repentina, como la cautela de toda una vida—. ¿Qué es lo que sabes?
—Lo de papá. Lo que hizo. Lo del expediente policial, lo del ADN. —Respiró hondo, sintiendo el peso de las palabras antes incluso de pronunciarlas—. Y creo que sé que fuiste tú, mamá. Las iniciales en el expediente. I.V. Sé que fuiste tú.
Otro silencio, más largo esta vez, tan largo que Ethan llegó a apartarse el teléfono de la oreja por segunda vez, con el corazón encogido, temiendo que ella hubiera colgado sin más, incapaz de decir aquello en voz alta después de todo.
—¿Mamá?
—Sí —dijo ella entonces, con una voz que sonaba distinta, más firme de lo que Ethan esperaba, como si llevara dieciséis años preparándose, sin ser consciente de ello, para aquella conversación exacta—. Fui yo.
Ethan cerró los ojos, sintiendo el frío del banco de piedra colarse ahora también por la espalda, y notó que le temblaba la mano con la que sostenía el teléfono, un temblor pequeño que no supo si atribuir al frío de la noche o a la certeza que acababa de asentarse en su pecho, una certeza que ya no dolía menos por confirmarse pero que al menos dejaba de ser una sospecha flotante para convertirse en algo que podía, por fin, empezar a procesar.
—Cuéntamelo —dijo—. Todo. Por favor, mamá. Ya no soy un niño al que hay que proteger de esto. Necesito saberlo completo.
Irina tardó un momento en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó cargada de un cansancio que parecía acumulado durante años enteros de silencio.
—Cuando por fin entendí quién era realmente tu padre —empezó, despacio—, ya llevaba años con él.
Ya te tenía a ti. No fue algo que descubriera de golpe, Ethan.
Fue algo que se me fue revelando en fragmentos, en ausencias que no cuadraban, en un frío que a veces le veía en los ojos y que yo prefería no mirar de frente.
Y entonces, un día, encontré algo que ya no pude seguir ignorando.
No voy a darte los detalles de qué fue exactamente, porque no te van a servir de nada salvo para que veas cosas que preferirías no ver nunca.
Pero fue suficiente. Supe, con una certeza que me heló la sangre, exactamente qué clase de hombre había estado compartiendo mi vida y la tuya.
—¿Y qué hiciste?
—Estaba aterrada, Ethan. Aterrada de una manera que no había sentido nunca antes, ni siquiera de niña. No sabía a quién acudir, no sabía si contárselo a alguien podía ponerte a ti en peligro, ponerme a mí en peligro. Y entonces pensé en Joe.
—¿Joe?