CAPÍTULO 7 #2
—Entonces tienes que entregarlo. —Se incorporó un poco, con una urgencia que a Ethan le pareció genuina, buscando su mirada con una intensidad que no era habitual en ella—.
A la policía, Ethan. Ahora mismo, esta misma noche si puedes.
Es un asesino peligroso, no puedes quedarte con esa información sin hacer nada.
—No es tan sencillo.
—Es exactamente así de sencillo. —Nora se acercó un poco más, con una determinación que Ethan interpretó, sin ninguna duda en aquel momento, como preocupación pura—.
Escúchame. Sé lo que has averiguado sobre él.
Sé lo que hizo. Si tienes su paradero y no lo entregas, cada día que pase es un día más en que puede desaparecer otra vez, o hacerle daño a alguien más, o encontrar la manera de acercarse a ti antes de que estés preparado para lo que eso significa.
—Debería alejarme de ti —dijo Ethan entonces, casi sin pensarlo, con una gravedad que le salió del pecho antes de que pudiera filtrarla—.
De ti, de Elena, de Valentina. De todo el mundo que me importa.
Ya veis lo que pasó con Elena. Lo que pasó con Valentina.
Cualquiera que se acerque a mí ahora mismo está en peligro, Nora, y no puedo seguir arrastrando a la gente conmigo a este agujero.
Ella se rió, un sonido corto y sin ninguna alegría dentro, y negó con la cabeza con una firmeza que no dejaba espacio a la discusión.
—No —dijo, simplemente—. No voy a alejarme, Ethan. No sé si te has parado a pensar en cuánto sé exactamente de lo peligroso que puede llegar a ser tu padre, pero te aseguro que lo sé, y aun así llevo aquí desde el principio. No me voy a ir ahora.
—Nora...
—No. —Le sostuvo la mirada, con una intensidad que a Ethan le pareció, en aquel momento, la prueba más clara de lo que sentía por él—. Voy a quedarme a tu lado sea lo peligroso que sea esto. No sé hacerlo de otra manera. Ya deberías saberlo.
Ethan se quedó mirándola un instante, y respiró hondo antes de continuar, porque había algo más que necesitaba decirle, algo que llevaba semanas rondándole y que solo ahora, con la dirección de su padre por fin guardada en un cajón de su habitación en vez de flotando como una posibilidad abstracta, terminaba de tomar forma completa.
—Creo que fue mi madre —dijo, en voz baja—.
La que entregó las pruebas contra él, hace años.
No te lo he contado del todo, pero en el expediente que vi con el padre de Elena había unas iniciales, I.V.
, junto a la fecha en que recibieron las muestras de ADN que lo relacionaron con el crimen.
Y no dejo de pensar que es ella. Que mi propia madre fue quien puso en marcha todo esto.
Nora dejó pasar un momento sin decir nada, con algo indescifrable instalado en el rostro, algo que Ethan no supo nombrar en ese instante, aunque más tarde, mucho más tarde, la recordaría con una claridad que le costaría soportar.
—Si es verdad —dijo finalmente, con una voz más baja de lo habitual—, entonces tu madre está en un peligro todavía mayor del que imaginas.
Si él llega a saberlo alguna vez, Ethan, si conecta esas iniciales con ella...
—Se detuvo, sin terminar la frase—. Por eso mismo tienes que entregar ese paradero a la policía.
Para siempre. Para que esto se acabe de una vez, para que nadie más tenga que vivir con miedo de lo que ese hombre pueda hacer.
—No puedo hacerlo así, sin más.
—¿Por qué no?
—Porque es mi padre, Nora. —La palabra le costó salir, como le costaba siempre que la pronunciaba en voz alta—.
Necesito intentar hablar con él. Cara a cara.
De padre a hijo, aunque suene ridículo decirlo así.
No puedo creer que sea completamente irredimible.
No puedo simplemente entregarlo como si fuera un número de expediente más sin darle, al menos, la oportunidad de explicarse.
—Te estás equivocando. —Lo dijo sin levantar la voz, pero con un peso que a Ethan le pareció, en aquel momento, la preocupación más sincera que le había visto nunca—.
Ethan, escúchame. Un hombre capaz de lo que ese expediente describe no merece esa oportunidad.
Y tú no le debes nada. Nada de lo que hizo tiene que ver contigo.
—Tengo que intentarlo. —Se lo dijo a sí mismo tanto como a ella, con una certeza que sabía, en algún rincón honesto de sí mismo, que quizás no era más que la necesidad desesperada de creer que su padre todavía podía ser algo más que el monstruo que todo el mundo describía—.
Es lo correcto. Necesito intentarlo antes de rendirme del todo.
Nora lo miró durante un largo instante, con una expresión que combinaba algo parecido a la resignación con algo más oscuro que Ethan no llegó a nombrar, y finalmente asintió, despacio, como quien acepta algo que sabe que no puede cambiar por mucho que lo intente.
—Está bien —dijo—. Si eso es lo que necesitas hacer, no voy a seguir insistiendo.
Pero quiero que sepas una cosa, Ethan. —Se acercó, tomándole las dos manos entre las suyas con una firmeza que él no le conocía, un gesto tan directo que lo sorprendió más que cualquier palabra habría podido hacerlo—.
Pase lo que pase, voy a estar aquí. No me importa lo peligroso que sea, no me importa lo que tarde en resolverse.
Voy a quedarme a tu lado y voy a ayudarte a hacer lo correcto, sea lo que sea que eso termine significando.
—¿Por qué? —preguntó él, en voz baja, con una vulnerabilidad que rara vez se permitía delante de nadie—. ¿Por qué te quedas, Nora? Podrías haberte alejado hace meses. Nadie te habría culpado.
Ella pasó un momento en silencio, con la mirada fija en las manos entrelazadas entre los dos, y cuando volvió a hablar, su voz sonó distinta a cualquier tono que él le hubiera oído antes, algo más desnudo, más cercano al hueso.
—Mi padre me enseñó, desde que era muy pequeña, que la mayoría de la gente se queda contigo solo mientras le convienes —dijo—.
Que en cuanto dejas de ser útil, o cómoda, o fácil, se van.
Es la lección que más veces me repitió en toda mi vida.
Y durante mucho tiempo pensé que tenía razón, porque nunca había visto lo contrario.
—Levantó la vista entonces, y a Ethan le pareció que había algo genuinamente frágil en su expresión, algo que ella rara vez dejaba ver—.
Y entonces apareciste tú. Y llevas meses siendo la primera persona que no se ha ido cuando dejar de importarle a los demás habría sido lo más fácil del mundo.
No sé hacer otra cosa que quedarme, Ethan.
Es lo único que se me ha ocurrido hacer contigo desde el principio.
Se quedaron en silencio después de aquello, un silencio que no pedía ser llenado con nada más, y Ethan fue consciente, de una manera que no le sucedía casi nunca, de todos los detalles pequeños del lugar donde estaban: el olor denso a tierra húmeda y a plantas sin podar que llevaba meses asociando a aquel rincón concreto del campus, la luz de la tarde cayendo ya casi horizontal a través de los cristales sucios, tiñendo el polvo suspendido en el aire de un dorado espeso que parecía casi sólido.
Nora tenía la cabeza ligeramente inclinada, la mirada baja, y Ethan pensó, sin poder evitarlo, que nunca la había visto tan quieta, tan sin defensas, como en aquel instante exacto.
—Gracias por contarme eso —dijo, en voz baja, sin saber muy bien qué otra cosa decir que estuviera a la altura de lo que ella acababa de compartir.
—No se lo he contado a nadie más —respondió ella, con una sonrisa pequeña y cansada—. Ni siquiera sé muy bien por qué te lo cuento a ti ahora.
Se quedaron así un momento más, con la luz de la tarde apagándose despacio entre las plantas del invernadero, hasta que Nora, sin soltarle las manos del todo, se inclinó hacia delante y apoyó la frente contra la de él.
Ethan cerró los ojos casi por instinto, sintiendo la respiración de ella, un poco más rápida que la suya, rozándole la mejilla en el espacio mínimo que quedaba entre los dos, y durante un tiempo que ninguno de los dos midió —quizás diez segundos, quizás treinta, un tiempo que después Ethan sería incapaz de precisar por mucho que lo intentara— ninguno de los dos se movió, ninguno de los dos dijo nada, como si aquel gesto exigiera por sí solo todo el silencio que pudieran darle.
Era un gesto que no pedía nada más que aquella cercanía exacta, aquel instante suspendido entre los dos antes de que cualquiera de las dos palabras pendientes —despedida, promesa, lo que fuera que aquello terminara siendo— tuviera que pronunciarse en voz alta.
—Ten cuidado —susurró ella, finalmente, con los ojos todavía cerrados y la voz apenas más alta que el propio silencio—. Sea lo que sea que decidas hacer.
—Lo tendré.
Se separaron un instante después, con una lentitud que ninguno de los dos pareció querer acelerar, y Ethan salió del invernadero con la calidez de aquel gesto todavía instalada en el pecho, con el olor a tierra húmeda pegado todavía a la ropa, sin saber, sin tener ninguna manera de saber, que sería la última vez que la sentiría de aquella forma.
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—Voy a hablar con Rivera —le dijo, ya en la puerta, volviéndose un momento antes de salir del todo—. Necesito terminar de decidirme, y ella es la única persona que puede ayudarme a ver esto con algo de claridad.
Nora asintió, sin decir nada más, aunque a Ethan le pareció, en el último instante antes de que la puerta de cristal del invernadero se cerrara tras él, que algo en su expresión se quedaba varios segundos más de lo necesario fija en el punto exacto donde él acababa de desaparecer.
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