Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

LO QUE ESTABA AHÍ DESDE EL PRINCIPIO

El papel seguía doblado sobre el escritorio, justo donde Ethan lo había dejado tres horas antes, y sin embargo no había conseguido apartar la vista de él más de unos minutos seguidos desde que había vuelto a su habitación.

Lo había desdoblado y vuelto a doblar tantas veces que el pliegue empezaba a rasgarse por una esquina, un hilo de papel más blanco que el resto asomando como una herida diminuta.

Una dirección. Unas letras y unos números que, según Yuki, correspondían al lugar exacto donde su padre llevaba escondiéndose los últimos meses.

Dieciséis años esperando aquello, y ahora que lo tenía entre las manos no sabía qué hacer con él.

Podía entregarlo. Llevarlo a la policía, o al padre de Elena directamente, dejar que la maquinaria que llevaba dieciséis años persiguiendo a su padre terminara por fin el trabajo que él no había podido terminar.

Sería lo más sensato. Lo más seguro, para su madre, para todos los que le importaban.

Y sin embargo, cada vez que se imaginaba haciéndolo, algo se le encogía por dentro, una necesidad que no lograba justificar del todo con ningún argumento racional: quería verlo.

Quería sentarse frente a aquel hombre, mirarlo a los ojos, y preguntarle por qué.

No como sicario, no como sospechoso de un expediente policial. Como hijo.

Sabía que era una locura. Lo sabía con la misma claridad con la que sabía que el sol saldría al día siguiente, y aun así no conseguía deshacerse de la idea.

Cerró el puño con fuerza alrededor del papel en el instante exacto en que la puerta se abrió sin que nadie llamara antes, un gesto que le costó un segundo entero reconocer como reflejo antes de que pudiera controlarlo, y guardó la mano bajo la mesa con una torpeza que esperó, sin mucha convicción, que pasara desapercibida.

—Derek me dijo que estabas aquí. —Valentina se quedó de pie en el umbral, con los brazos cruzados y una expresión que Ethan no supo leer del todo, algo a medio camino entre la cautela y el desafío—. Íbamos a hablar. O eso pensé, después de lo del otro día.

—Valentina. —Se levantó, con el papel todavía apretado contra la palma de la mano, escondido entre los pliegues de la manga—. No es un buen momento.

—Nunca es un buen momento contigo últimamente.

—Entró de todas formas, cerrando la puerta tras ella con un cuidado que contradecía la dureza de su tono, como si una parte de ella quisiera de verdad no montar una escena aunque el resto de su cuerpo ya estuviera preparado para exactamente eso—.

Llevo días pensando en esto, Ethan. En cómo hace apenas una semana estábamos en un parque de atracciones comiendo algodón de azúcar como si fuéramos dos personas normales, y al día siguiente me dijiste que no podías seguir viéndome sin darme ni una sola razón real.

Y ahora te encuentro aquí con esa cara, como si el mundo se te estuviera cayendo encima otra vez.

—No puedo hablar de eso ahora.

—Nunca puedes. —Su voz se endureció un grado, aunque algo en sus ojos siguió pidiendo, de una manera que ella misma parecía odiar, una explicación que la salvara de tener que odiarlo del todo—.

¿Sabes lo que es más duro que el rechazo, Ethan?

Es no entender por qué. Al menos si me hubieras dicho que ya no sentías lo mismo, podría odiarte con tranquilidad.

Pero me diste esa mierda de "es peligroso, es para protegerte", y ahora no sé si eres el chico más noble que he conocido o si simplemente eres un cobarde que no ha sabido decirme la verdad a la cara.

Ethan sintió el papel arrugarse un poco más entre sus dedos, escondido todavía contra la manga, y se odió a sí mismo por la parte de su cerebro que, incluso en aquel momento, seguía calculando ángulos y distancias para que ella no pudiera verlo.

—Es lo segundo —dijo finalmente, con una honestidad que le costó más de lo que esperaba—. Soy un cobarde. No puedo contarte la verdad, Valentina, y odio no poder hacerlo, pero no es porque no confíe en ti. Es porque cuanto menos sepas, más segura vas a estar.

—Ya me dijiste eso. —Dio un paso hacia él, y por un instante Ethan pensó que iba a tocarlo, a buscar algún tipo de contacto que reabriera lo que fuera que quedaba entre ellos, pero se detuvo a medio metro, como si algo en su propio orgullo la hubiera frenado en el último segundo—.

¿Sabes qué es lo peor? Que sigo aquí. Sigo viniendo a tu habitación en plena noche a pedirte explicaciones que sé que no me vas a dar, como si una parte de mí todavía esperara que esta vez fuera distinto.

Y eso me da mucha rabia, Ethan. Rabia conmigo misma, sobre todo.

—Lo siento. —Fue lo único que consiguió decir, consciente de lo insuficiente que sonaba incluso mientras lo decía—. De verdad lo siento, Valentina. Ojalá pudiera darte algo más que esto.

—Pues no puedes. —Se quedó mirándolo un momento más, con una dureza que ya no intentaba disimular la herida de debajo, y negó con la cabeza, casi para sí misma—. ¿Sabes qué? Olvídalo. Ya no sé ni por qué he venido.

Se marchó sin darle tiempo a responder, cerrando la puerta con una fuerza contenida que resultó, de alguna manera, más elocuente que un portazo real habría podido serlo, y Ethan permaneció de pie en medio de la habitación, con el papel todavía apretado en el puño, sintiendo el peso simultáneo de dos cosas que no sabía cómo separar: el alivio de que ella no hubiera visto lo que escondía, y la vergüenza de haber sentido ese alivio antes que cualquier otra cosa.

❖

La clase de Yuki al día siguiente transcurrió con una tensión que Ethan sintió físicamente desde el primer minuto, un resentimiento contenido en la mirada de ella que se dirigía a la pizarra con una disciplina que no dejaba espacio a ninguna distracción, ni siquiera a él.

Se sentaba, como siempre, dos filas por delante y a la izquierda, con la espalda perfectamente recta y los apuntes ordenados con esa letra diminuta y uniforme que Ethan había aprendido a reconocer entre cientos, pero durante toda la hora no giró la cabeza ni una sola vez hacia donde él estaba, ni siquiera en los momentos en que la profesora hacía una broma que arrancaba una risa general del resto de la clase.

No hablaron durante toda la hora. No hacía falta.

Ethan pasó los cincuenta minutos siguientes fingiendo tomar apuntes de una explicación que no llegó a registrar del todo, con la vista fija en la nuca de Yuki y un peso creciente instalándosele en el estómago cada vez que pensaba en lo que ella debía de haber sacrificado, o arriesgado, para conseguirle aquel papel.

Sabía lo poco que ella hablaba de su familia, incluso con él; sabía, sobre todo, lo mucho que le habría costado pedirle aquel favor a un padre al que temía tanto como respetaba.

Al terminar, mientras el resto de la clase recogía sus cosas entre el murmullo habitual de después de clase, Ethan se acercó a su mesa con una disculpa ya formándose en la garganta que ni siquiera llegó a pronunciar, porque Yuki habló primero, con la voz baja y sin mirarlo, guardando sus propios libros con una eficacia mecánica.

—No tienes ni idea de lo que me ha costado conseguir esa información —dijo, sin levantar la vista—. Ni idea, Ethan. Y espero, sinceramente, que sea de verdad cuestión de vida o muerte, como me dijiste. Porque si no lo es, nunca me lo voy a perdonar.

—Yuki...

—No. —Cerró la cremallera de la mochila con un movimiento seco, y lo miró de frente como no lo había mirado hasta entonces, con una dureza que no le había visto nunca hasta ese momento, aunque debajo de ella Ethan creyó reconocer algo más parecido al miedo que a la rabia—.

No me pidas disculpas ahora. Guárdatelas para cuando sepa que han servido de algo.

Se marchó antes de que él pudiera decir nada más, dejándolo con el peso añadido de aquella advertencia sumándose al resto de pesos que llevaba acumulando desde hacía días, y Ethan pensó, mientras la veía desaparecer entre el resto de estudiantes del pasillo, que empezaba a perder la cuenta de a cuánta gente le debía ya una explicación que no podía darle.

❖

Encontró a Nora en el invernadero esa misma tarde, sentada en el mismo suelo polvoriento de siempre, contra la misma mesa de piedra agrietada, con un libro abierto sobre las rodillas que no parecía estar leyendo del todo.

Llevaba el pelo suelto —ya no se acordaba de la última vez que la había visto con el moño alto de los primeros meses— y la luz de la tarde, filtrándose sucia a través de los cristales viejos, le daba a todo el espacio esa calidez desgastada que Ethan había llegado a asociar, sin darse cuenta del todo, con los únicos momentos de calma real que le quedaban.

—Estás aquí —dijo ella, cerrando el libro en cuanto lo vio entrar, con esa atención inmediata que le dedicaba siempre, como si nada más en el mundo mereciera su interés en aquel instante—. Llevo un rato esperando que aparecieras. Se te nota en la cara que algo ha pasado.

Ethan se sentó a su lado, contra la mesa de piedra, con el peso de la decisión que había tomado esa misma mañana instalado en el pecho: guardar el papel con la dirección en el cajón de su mesilla de noche en vez de llevarlo encima.

Esconderlo en un sitio fijo era, quizá, una manera de hacer que la información se sintiera menos peligrosa, menos capaz de quemarle a través de la ropa.

—Tengo el paradero de mi padre —dijo, en voz baja, sin decir todavía que lo guardaba en su habitación desde la noche anterior, sin decir que Yuki se lo había entregado en un baño vacío del edificio principal—. Ya lo tengo, Nora.

El rostro de Nora se quedó quieto un instante, una quietud repentina que a Ethan le pareció, en aquel momento, la reacción lógica de cualquiera ante una noticia de aquel calibre.

—¿Lo tienes? —repitió, y su voz sonó más tensa de lo que Ethan esperaba—. ¿Ya sabes dónde está?

—Sí.