Voss Academy: Lo que el silencio no pudo enterrar (Voss Academy 1) CAPÍTULO 6 #4
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CAPÍTULO 6 #4

—Esto es lo que se le atribuye a tu padre desde entonces —dijo, y su voz se volvió más dura, casi mecánica, distanciándose emocionalmente del contenido para poder seguir hablando—.

Docenas de crímenes. Ninguno con pruebas concluyentes que permitieran una acusación formal, hasta que, años después de la muerte de David, recibí de un contacto vinculado a Voss Academy —no voy a decirte el nombre, y no me lo preguntes— una serie de objetos con restos biológicos que, al cotejarse con la muestra original de la escena de 2002, coincidieron.

Ethan se inclinó hacia delante, con el pulso desbocado, y sus ojos recorrieron el expediente hasta detenerse, casi sin buscarlo, en una anotación al pie de una de las páginas: una fecha de recepción, y junto a ella, dos iniciales escritas con una letra distinta a la del resto del informe. I.V.

No dijo nada. El padre de Elena tampoco lo señaló ni lo explicó; simplemente dejó que Ethan lo mirara, sin apartar el dedo del papel, sin decir en voz alta lo que aquellas dos letras pudieran significar.

Ethan sintió que algo frío le recorría la espalda, una sospecha que no terminaba de tomar forma del todo, y apartó la vista del expediente antes de que aquel pensamiento pudiera completarse.

—¿Por qué me cuenta todo esto? —preguntó, con la voz más ronca de lo que hubiera querido.

El padre de Elena se quedó en silencio un momento, con la mirada fija en algún punto de la mesa, y entonces, con un gesto que sorprendió a Ethan por su humanidad repentina, abrió un cajón lateral y sacó una fotografía pequeña, con los bordes ligeramente desgastados por el tiempo: dos chicos jóvenes, sonriendo frente a uno de los edificios de piedra gris de Voss Academy, con esa despreocupación absoluta de quien todavía no sabe lo que el futuro le va a costar.

La sostuvo un momento entre los dedos, mirándola con una nostalgia que no intentó ocultar, y por primera vez desde que Ethan había entrado en aquel despacho, el hombre que tenía delante dejó de parecer un policía y pareció, simplemente, alguien que echaba de menos a un amigo.

—Éramos inseparables —dijo, con la voz más baja, casi para sí mismo—.

David quería ser abogado. Tenía toda una vida planeada, una familia que lo esperaba, una novia con la que ya hablaba de futuro.

Yo entré en la academia de policía en parte por él, ¿sabes?

Antes de que pasara nada de esto. Y luego, cuando pasó...

—Dejó la frase sin terminar, pasando el pulgar por el borde desgastado de la fotografía—.

Luego ya no pude dejarlo. No podía. Se convirtió en la única razón por la que seguía yendo a trabajar algunas mañanas.

Guardó la fotografía de nuevo en el cajón, con un cuidado casi ceremonioso, cerrándolo despacio como quien cierra algo que preferiría no tener que abrir nunca más, y cuando volvió a mirar a Ethan, la dureza había regresado a su rostro, más afilada que antes, como si hubiera necesitado aquel instante de debilidad para reunir fuerzas para lo que venía a continuación.

—Te lo cuento porque mi hija te aprecia —dijo—, y porque no pienso quedarme callado mientras ella se acerca a alguien cuyo padre es capaz de esto.

—Señaló con un gesto seco hacia el segundo expediente, todavía abierto sobre la mesa—.

Aléjate de ella, Ethan. Tu padre es un monstruo.

No lo digo como una manera de hablar. Lo digo porque he pasado dieciséis años de mi vida documentando, uno por uno, todo lo que ese hombre ha hecho, y ni una sola vez, en todo ese tiempo, he encontrado un solo indicio de que le importara nadie más que él mismo.

—Se detuvo, y su voz se suavizó un grado, apenas perceptible—.

No sé qué clase de hombre eres tú. Espero sinceramente, por tu bien y por el de mi hija, que no te parezcas en nada a él.

Pero no voy a arriesgar su seguridad para averiguarlo.

Y si de verdad te importa, tú tampoco deberías arriesgarla.

Se levantó, dando por terminada la conversación con idéntica sequedad a la que la había abierto, y acompañó a Ethan hasta la puerta sin añadir nada más.

Ethan salió de aquella casa mucho después de lo que había imaginado, con las piernas temblando de una manera que no recordaba haber sentido nunca, con el peso entero de lo que acababa de escuchar instalándosele en el pecho como una losa que tardaría mucho tiempo en aprender a cargar.

Caminó varias manzanas sin rumbo antes de recordar dónde estaba la parada del autobús, sin ver realmente nada de lo que tenía delante, con las dos letras que había visto al pie de aquella página — I.V.

— repitiéndose en su cabeza como un eco que todavía no sabía qué forma iba a tomar.

❖

Esa noche no pudo dormir.

Tumbado en la oscuridad, con las imágenes que el padre de Elena le había descrito —aunque no las hubiera visto directamente, su imaginación se encargaba de completarlas con un detalle que hubiera preferido no tener— repitiéndose una y otra vez detrás de sus párpados cerrados.

Pensó en David Chen, en aquella fotografía de dos chicos sonriendo sin saber lo que el futuro les tenía preparado.

Pensó, sin poder evitarlo, en otro caso que el padre de Elena había mencionado de pasada entre los expedientes del segundo dossier —una familia colombiana, los Mendoza, asesinada en su propia casa, con una niña pequeña que sobrevivió por pura casualidad, por estar aquella noche en casa de sus abuelos— y sintió que el estómago se le revolvía solo de imaginar lo que aquellas páginas debían de contener con más detalle del que él había llegado a ver.

Y entonces, en algún momento de la madrugada, con la mente ya agotada de tanto dar vueltas sobre lo mismo, las dos letras que había visto al pie de aquella página volvieron a su cabeza con una claridad que no había tenido antes. I.V.

Se incorporó de golpe en la cama, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.

Irina Volkov.

Su madre.

Se quedó sentado en la oscuridad, con un sudor frío recorriéndole la espalda, incapaz de ordenar del todo los pensamientos que se le agolpaban uno encima de otro.

No podía ser. No podía ser ella quien hubiera entregado aquellas pruebas, quien hubiera puesto en marcha todo aquello que había terminado alejando a su padre de sus vidas para siempre.

Y sin embargo, cuanto más lo pensaba, más piezas encajaban de una manera que le revolvía el estómago: su madre nunca hablaba de su padre; su madre había construido una vida entera pensada, deliberadamente, para pasar desapercibida; su madre tenía secretos que guardaba con buena cara, secretos que Ethan siempre había atribuido, sin cuestionarlo demasiado, al simple dolor de un abandono.

Sintió que el miedo le subía por la garganta con una fuerza física, casi insoportable.

Si su padre alguna vez llegaba a saber, con certeza, que había sido ella —si aquel mensaje que hablaba de una traición, de alguien de su propia promoción o alguien muy cercano a él, terminaba señalando directamente a su madre—, Ethan no sabía de qué sería capaz un hombre como el que el padre de Elena acababa de describirle.

No se permitió completar aquel pensamiento.

Pasó el resto de la noche así, inmóvil en la oscuridad, hasta que la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por la ventana, incapaz de encontrar ningún consuelo que lograra aplacar aquel miedo.

❖

A la mañana siguiente, todavía con la piel erizada por la falta de sueño y el miedo de la noche anterior instalado en el pecho como una piedra, Ethan se presentó en el despacho de Rivera sin haber pedido cita previa, con una urgencia visible que ella notó de inmediato.

—Necesito saber quién podría conocer el paradero de mi padre —dijo, sin ningún preámbulo, en cuanto la puerta se cerró tras él—. Ahora mismo. Es urgente.

Rivera lo miró con una preocupación genuina, alarmada por el estado en el que lo veía, y tardó un momento en responder.

—No lo sé, Ethan. Hace años que no tengo ningún contacto con él, ni siquiera indirecto.

—Tiene que haber alguien. Alguien de su época, alguien con quien mantuviera relación.

Rivera pareció dudar, sopesando algo internamente, antes de responder.

—Tenía dos amigos cercanos en aquella época —dijo, finalmente—. Uno se llamaba Joe. No recuerdo el apellido, si es que llegué a saberlo alguna vez; siempre lo llamábamos así. Y el otro era Kenji Nakamura.

Ethan se quedó paralizado un instante, el apellido resonándole en la cabeza con una familiaridad que tardó un segundo en identificar del todo.

—¿Nakamura? —repitió—. ¿Como Yuki Nakamura?

Rivera asintió, con una expresión que confirmaba lo que Ethan ya empezaba a sospechar.

—Es su hija —dijo—. La relación entre tu padre y Kenji siempre me pareció más de negocios que de amistad genuina, aunque en aquel entonces no le di mayor importancia. Se rumoreaba, entre quienes prestábamos atención a esas cosas, que la familia Nakamura pertenecía a la yakuza.

Ethan salió de aquel despacho con la cabeza dándole vueltas a una velocidad que apenas podía procesar, atando cabos que llevaban meses esperando ser atados sin que él lo supiera. Yuki. Tenía que hablar con Yuki.

Pero antes de eso, tenía otra conversación pendiente, mucho más dolorosa, que ya no podía seguir postergando.

❖

Encontró a Elena esa misma tarde, en los jardines traseros donde tantas otras conversaciones importantes habían tenido lugar entre ellos, y en cuanto ella vio la expresión de su rostro, supo, antes de que él dijera nada, que algo se había roto.

—Ethan, ¿qué pasa?

—No puedo seguir viéndote —dijo, con una firmeza que le costó sostener—. Tu padre tenía razón.

—¿Qué quieres decir con que tenía razón? —Elena dio un paso hacia él, con una mezcla de confusión y dolor empezando a asomarle en los ojos—. ¿Qué te contó exactamente? Ethan, háblame.